El presidente de la celebración eucarística

COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA

EL PRESIDENTE DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Directorio litúrgico-pastoral

INTRODUCCIÓN

Motivos del directorio

1. La presidencia de la Eucaristía en la persona de Cristo es el más noble y gozoso de los ministerios que se le han confiado al presbítero. La Eucaristía es, en efecto, la fuente y la culminación de la acción evangelizados y el centro de toda la asamblea de los fieles que preside el presbítero (cf. CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum ordinis [PO] 5; CONC. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium [SC] 10; CONC. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium [LG] 11).

En los últimos años, una serie de factores ha afectado al ejercicio de este ministerio, dando lugar a una reflexión que puede ser útil para quienes han de desempeñarlo en la Iglesia.

En primer lugar la evolución teológica, a partir de una eclesiología de comunión, tal como fue señalada por la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II. Esta eclesiología, centrada en el Pueblo de Dios y en su sacerdocio bautismal, ha hecho que se vean con perspectiva renovada tanto el protagonismo de la asamblea litúrgica como la razón de ser y el papel del ministerio ordenado
dentro de ella.

En segundo lugar la renovación litúrgica, que ha contribuido al redescubrimiento y la clarificación de aspectos como la presencia viva del Señor, actor principal y Sumo Sacerdote de la liturgia cristiana, y la comprensión de la Iglesia como sujeto integral de la celebración. Con esto se ha logrado que sea más efectiva la participación de los distintos ministerios y oficios en la acción litúrgica, y de modo particular el servicio de la presidencia de la celebración. El sacerdote que antes era contemplado como el único «celebrante», ahora es visto como el presidente de una comunidad que celebra.

2. Por otra parte, hoy existe una nueva sensibilidad en la dinámica de los grupos humanos, que repercute también en las celebraciones litúrgicas. Esta nueva sensibilidad consiste en la tendencia a un mayor énfasis en la actuación y en el protagonismo del grupo mismo, con peligro a veces de una cierta confusión en las funciones de cada miembro.

Además, al que tiene la función rectora de un grupo o ha de actuar delante de una asamblea cualquiera, se le exigen hoy una serie de dotes personales de comunicación, de expresividad, de persuasión, y aún de imagen, que muy pocos pueden poseer. La presidencia de la celebración no está exenta de estas exigencias, habiéndose convertido en un arte difícil, el arte de presidir la celebración de una comunidad.

Estos factores han contribuido a crear en no pocos sacerdotes, junto al deseo de mejorar la calidad de su ministerio presidencial, una sensación de inseguridad en cuanto al modo de ejercer la presidencia de la celebración.

Destinatarios y finalidad del directorio

3. El presente directorio del Secretariado Nacional de Liturgia, que se publica con la aprobación expresa de la Comisión Episcopal, quiere ofrecer a los sacerdotes unas orientaciones y sugerencias sobre el sentido y la práctica de este ministerio litúrgico en la celebración de la Eucaristía. Su fuente de inspiración son los actuales libros litúrgicos, que hablan claramente de él y motivan suficientemente su ejercicio con profundidad de fe y espíritu litúrgico.

El directorio resultará muy útil también a los futuros presidentes de las asambleas litúrgicas, los alumnos de los seminarios, que han de adquirir una formación no sólo doctrinal sino tamben pastoral y práctica que les permita ejercer adecuadamente el ministerio.

A las comunidades cristianas, este directorio les ayudará a comprender mejor el sentido y la función del presidente de la celebración, superando los enfoques meramente sociológicos o de dinámica de grupos, que resultan insuficientes para explicar el misterio que se realiza en la acción eucarística.

El Directorio se ocupa preferentemente de la presidencia litúrgica del presbítero. Pero es evidente que cuanto se dice de este ministerio sacerdotal, es aplicable también al Obispo.

Las orientaciones y sugerencias de este directorio se refieren fundamentalmente a la Eucaristía, pero valen también para las restantes celebraciones.

I. ORIENTACIONES DOCTRINALES

La asamblea celebrante

4. El sujeto primordial —integral— de la celebración litúrgica es la asamblea cristiana, el pueblo sacerdotal «que debe dar gracias a Dios y ofrecer, no sólo por manos del sacerdote sino juntamente con El, la Hostia inmaculada, y aprender a ofrecerse a sí mismo» (OGMR 62; SC 48). Como enseña el Concilio Vaticano II, «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia… Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiestan y lo implican» (SC 26).

De ahí la preferencia por las celebraciones comunitarias, en las que se puede decir que toda la asamblea es celebrante. En efecto, es la asamblea la que se congrega bajo la dirección de sus pastores, la que escucha y celebra la Palabra proclamada, la que ora, da gracias y ofrece el sacrificio, la que es invitada a participar en el banquete del Cuerpo y Sangre del Señor y es enviada a dar testimonio en medio del mundo, (cf. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Ordenación General del Misal Romano [OGMR] 1, 7, 9, 25, 34, 45, 54, 56, 57).

La asamblea celebrante es el primer signo o «sacramento» de la presencia de Cristo a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Esta presencia se manifiesta también en otros signos, como la persona del que preside, la proclamación de la Palabra y, del modo más eminente, en los dones eucarísticos (cf. SC 7).

Los ministerios en la asamblea

5. Dentro de esta comunidad celebrante que manifiesta a todo el cuerpo de la Iglesia, existen unos ministros que la ayudan a celebrar de manera expresiva y sinfónica el memorial del Señor. El Pueblo de Dios jerárquicamente ordenado comprende diversidad de ministerios y funciones, que diferencian a sus miembros.

La diversidad está justificada por un motivo litúrgico y por un motivo teológico. Si toda la asamblea es invitada a celebrar la Eucaristía, es conveniente que diversos ministros hagan esto posible proclamando la Palabra de Dios, animando el canto y la oración, elevando a Dios en nombre de todos la plegaria eucarística y distribuyendo el Cuerpo y la sangre del Señor.

Pero es la motivación teológica la que mejor explica la razón de ser de estos ministerios: «en la asamblea que se congrega para la Misa, cada uno de los presentes tiene el derecho y el deber de aportar su participación, en modo diverso según la diversidad de orden y de oficio; por consiguiente, todos, ministros y fieles, cumpliendo cada uno con su oficio, hagan todo y sólo aquello que pertenece a cada uno; de este modo, y por el mismo orden de la celebración, aparecerá la Iglesia constituida en diversidad de órdenes y de ministerios» (OGMR 58).

En efecto, la asamblea eucarística es el signo y la realización local de la Iglesia universal, el misterio de una comunidad vivificada por Cristo y por su Espíritu, dentro de la cual existen con una función específica los ministros ordenados y también otros fieles que participan de algún modo en la misión santificadora de sus hermanos, (cf. LG 26; SC 41-42; CONC. VAT. II, Decr. Apostolicam actuositatem [AA] 2-3).

El ministerio de la presidencia de la Eucaristía

6. Para comprender el significado de la presidencia de la Eucaristía dentro de la asamblea celebrante, es preciso tener en cuenta una doble realidad: a) Cristo es el Sumo Sacerdote y Mediador, el celebrante principal y cabeza de la comunidad que celebra la Eucaristía, el que actualiza ahora su Ministerio Pascual para santificar a los hombres y dar gloria al padre; b) La Iglesia local, congregada para la Eucaristía y asociada a Cristo como Esposa y Cuerpo sacerdotal para celebrar este mismo misterio, en el que ella misma participa en virtud de la asociación a Cristo.

Ahora bien, Cristo ha querido servirse de la mediación de los ministros de la comunidad para poner de manifiesto su presencia santificadora en la Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. En particular, el presbítero, constituido en su ministerio por una nueva participación y configuración con Cristo Sacerdote y Pastor por el sacramento del Orden, se convierte en signo viviente para actuar en la persona de Cristo Cabeza, en medio de la comunidad (cf. LG 28; PO 2, 6, 12).

Por su parte, la comunidad local, como realización de la Iglesia universal y como organismo vivo unido a su Señor, no alcanza su plenitud expresiva como Pueblo sacerdotal, en el ejercicio del culto, sin la presencia del ministro ordenado que hace las veces de Cristo y la constituye en signo manifestativo de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía (cf. LG 26; SC 41-42; PO 5).

Carácter sacramental de la presidencia de la Eucaristía

7. El presbítero que preside la Eucaristía en la persona de Cristo es parte de la sacramentalidad litúrgica, es decir, es responsable de un modo de presencia del Señor que se visibiliza y se manifiesta en la palabra, en los gestos y en toda la persona del que «hace las veces de Cristo» ya desde el saludo inicial de la celebración (cf. OGMR 7, 28).

El presidente de la Eucaristía es un «instrumento vivo de Cristo» (PO 12) en la transmisión de la Palabra y en la comunicación de sus dones; «cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, e insinuar a los fieles, en el mismo modo de comportarse y de anunciar las divinas palabras, la presencia viva de Cristo» (OGMR 60). En efecto, en nombre de Cristo saluda y bendice a la comunidad, le explica la Palabra de Dios, pronuncia las oraciones presidenciales y especialmente la plegaria eucarística, en la que proclama las palabras del Señor que se refieren a su autodonación en los dones eucarísticos.

8. El presbítero, que visibiliza sacramentalmente la presencia de Cristo cabeza y Señor de la comunidad, actúa también en nombre de todo el Pueblo Santo» (OGMR 10). Al presidir la asamblea congregada, «dirige su oración, le anuncia el mensaje de salvación, se asocia al pueblo en la ofrenda del sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida eterna y participa del mismo con ellos» (OGMR 60).

De este modo la asamblea celebrante, signo de la Iglesia, y el ministro que la preside, signo de Cristo, se complementan mutuamente. El ministro que preside en nombre de Cristo Cabeza y Pastor y haciendo sus veces, completa a la comunidad, haciéndola realización sacramental de la Iglesia entera. A la vez se complementa con ella, porque el ministro no actúa solo sino dentro de ella y para ella. De este modo la celebración litúrgica comunitaria manifiesta visiblemente «el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia» (SC 2, 26). La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, en el que todo «el Cuerpo Místico, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro». (SC 7).

En comunión con el Obispo y con toda la Iglesia

9. El ministerio de la presidencia de la Eucaristía pone también de relieve otra dimensión teológica importante, la comunión con el propio Obispo y con la Iglesia universal. En efecto, el presbítero preside una comunidad cristiana haciendo las veces del Obispo (cf. SC 42), como cooperador del Orden episcopal y participe a su vez del ministerio de los Apóstoles (cf. LG 28; PO 2, 12, 13). Cuando preside la Eucaristía, está manifestando la unión con el Obispo y, a través de él, con todo el Colegio Episcopal y con el Papa que presiden a todo el Pueblo de Dios y, por la sucesión apostólica ininterrumpida están al frente de la Iglesia, sacramento de unidad (OGMR 59; LG 26; SC 26).

Este aspecto de la presidencia litúrgica debe ser recordado y tenido en cuenta en las celebraciones para grupos homogéneos o reducidos, por ejemplo, grupos de jóvenes o niños, equipos apostólicos o comunidades religiosas. Ellos son también parte de la Iglesia y celebran en comunión con ella, a través del ministro ordenado que ha sido designado por el Obispo para este ministerio de presidir la Eucaristía y ser vínculo de comunión eclesial.

Actitudes espirituales del presidente de la Eucaristía

10. La presidencia de la Eucaristía, por tratarse de un ministerio eclesial destinado a la edificación de la Iglesia (cf. Ef 4,12) no es un privilegio que coloca al presidente por encima o al margen de la comunidad, sino un servicio dentro de ella. El ministro que preside es signo personal del Señor, que se llamó a sí mismo el Siervo: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27; cf. 12,37; Mt 20,28). El servicio, por tanto, define al ministerio de la presidencia y lo sitúa en la perspectiva de la vocación y del carisma que se traducen en una actitud pastoral y en un talante de presencia servicial en el ejercicio concreto de este ministerio.

Por otra parte, la especial vinculación del presidente de la Eucaristía con Cristo, a quien representa en la asamblea celebrante, le obliga a buscar la perfección de manera especial, según la palabra del Señor: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Por ello ha sido «enriquecido de gracia particular para poder alcanzar mejor, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección de aquel a quien representa» (PO 12).

11. El que preside ha de estar estrechamente unido a Cristo y manifestar, aun en su porte externo, el carácter santo de la acción que realiza como Instrumento vivo de la presencia del Señor en su Iglesia (cf. OGMR 60). A través del ministro que preside, Cristo santifica a los miembros de su cuerpo.

Por eso, es preciso que la asamblea lo contemple «como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1). Todas estas actitudes espirituales que deben alimentar la actuación de los presidentes de la Eucaristía, se nutren y se sustentan en el trato personal con el Señor y en el propósito, fielmente cumplido, de acercarse siempre a la celebración con las adecuadas disposiciones. En particular, el presidente de la celebración eucarística no debe dejar de realizar nunca la preparación para la Misa y la acción de gracias después de ella (Comisión Episcopal de Liturgia, Carta a los sacerdotes, de 2-XII-1984) [1].

12. El presidente de la celebración debe sentirse también unido a la comunidad que preside. Es miembro de ella, un hermano que ha recibido el encargo y la gracia sacramental para realizar este ministerio no desde fuera de la comunidad sino desde dentro de ella. Esta doble relación tiene una consecuencia importante: el que preside no puede organizar la celebración, en aquellos aspectos determinados ya por la Iglesia, según su preferencia particular o de un grupo concreto. La fidelidad a los aspectos normativos del Misal y del Leccionario es algo connatural al ministerio que se le ha confiado.

13. No obstante, los mismos libros litúrgicos permiten un margen de flexibilidad, dentro del respeto a las estructuras fundamentales de la celebración, y ofrecen y hasta aconsejan una cierta adaptación (cf. OGMR 313 ss.). Véase el documento de la Comisión Episcopal de Liturgia, de 23-IV-1986: Creatividad en la fidelidad [2].

Presencia y alteridad en relación con la asamblea

14. El presidente deberá ser consciente de una doble relación con la asamblea que preside, relación de presencia y de alteridad a la vez.

Ante todo él es también miembro de la comunidad cristiana, y de alguna manera se identifica con ella, no siendo extraño ni superior a ella. La actitud de presencia en la celebración supone que él es un ejemplo para todos de atención a lo que se celebra, de escucha atenta de la Palabra de Dios cuando la leen o proclaman otros ministros, de oración y de canto con todos, de petición humilde de perdón en el acto penitencial, y de participación gozosa en la comunión eucarística como sus hermanos. En toda su actuación debería situarse en esta perspectiva de pertenencia y de cercanía a la misma asamblea a la que sirve en su ministerio.

Cuando ora en nombre de todos, no se manifiesta a sí mismo, sino que expresa lo que la Iglesia quiere decir a Dios. Cuando realiza los signos sacramentales, se goza de ser el instrumento vivo de Cristo, por el que los fieles celebran y entran en contacto con la salvación que Dios les ofrece.

15. Pero el presidente de la Eucaristía tiene también otra segunda perspectiva en su propia identidad ministerial. Es signo de Cristo, Señor de la comunidad y Cabeza de la Iglesia.

En este sentido existe una alteridad con relación a sus hermanos. El presidente en nombre de Cristo, predica, pronuncia la plegaria presidencial, o bendice al final. No se confunde del todo con la asamblea celebrante. Le está cercano y se siente miembro de ella, pero a la vez la preside en nombre de Cristo y de la Iglesia. No está separado de los demás, pero tampoco confundido. Está al servicio de la asamblea, de la Palabra, de la plegaria y de la acción litúrgica, pero ha recibido el encargo de moderar la celebración y determinar el ritmo de su desarrollo. Debe saber conjugar la confianza, que no es altanería ni privilegio, con la humildad, que tampoco debe ser angustiosa pérdida de la propia identidad humana y ministerial (cf. OGMR 60). La alteridad no le aleja sino que le relaciona de una manera más viva con sus hermanos.

El ministerio de la presidencia de la Eucaristía recuerda a toda la comunidad y al mismo presbítero que esta acción sagrada no es tan sólo humana, ni propiedad de una persona o de una asamblea, sino don y acto de su Señor, Cristo Jesús.

II. SUGERENCIAS PRÁCTICAS

El presidente, primer responsable de la animación litúrgica

16. Si la celebración eucarística es acto y manifestación de la Iglesia como comunidad jerárquicamente ordenada y dotada de diversos ministerios y funciones (cf. SC 26 ss), es preciso que todos los fieles que componen la asamblea litúrgica contribuyan cada uno con su propia competencia a la acción común. No todos los ministerios y funciones pertenecen al presidente de la celebración, por lo que es necesario que algunos miembros de la comunidad asuman las tareas no específicamente presidenciales para ayudar a la asamblea en su condición de sujeto celebrante.

Ahora bien, esto requiere una coordinación y una distribución de funciones y servicios, que de suyo corresponde al presidente de la celebración, dada su específica posición como ministro ordenado, es decir, como signo vivo de Cristo y factor de unidad y de comunión dentro de la asamblea y entre los distintos ministerios y funciones. El presidente, por tanto, hará bien en distribuir los servicios y despertar una corresponsabilidad entre los fieles presentes, religiosos o laicos, y no sólo por motivos de pedagogía litúrgica sino también por exigencias del derecho y del deber de los miembros del Pueblo sacerdotal a participar en las celebraciones litúrgicas (cf. SC 14, 19, 27, 31).

17. El presidente ha de asumir en principio todo y sólo aquello que es propio de su ministerio presidencial, y únicamente de modo sustitutorio o subsidiario otros servicios o funciones.

Al presidente corresponde animar la celebración, una vez iniciada, con su palabra y su gesto, con su actitud y con oportunas intervenciones, si es el caso, para coordinar toda la acción y darle el ritmo apropiado. Su papel de guía de la asamblea y de los ministros, deberá cumplirlo a la vez desde su propia identidad de presidente, consciente también del servicio específico de todos los demás ministerios y del papel de la asamblea celebrante.

Preparar la celebración

18. Pero la tarea del presidente de la Eucaristía empieza antes de la celebración. Para coordinar y distribuir los diferentes servicios y funciones, de acuerdo con las exigencias y la capacidad de cada asamblea, es preciso estar en contacto con el equipo que prepara la celebración, o, al menos, con las personas que van a intervenir en ella.

Se trata no solamente de la preparación efectiva de la celebración litúrgica «en lo que concierne al rito o al aspecto pastoral o a la música», sino también de la elección, dentro de lo que cabe, «de los textos apropiados, lecturas, oraciones y cantos que mejor respondan a las necesidades y a la preparación espiritual y modo de ser de quienes participan en el culto» (OGMR 73 y 313).

El presidente debe ser el moderador de esta preparación, procurando que se haga «con ánimo concorde entre todos aquellos a quienes la cosa interesa… y oído también el parecer de los fieles» (OGMR 73). «El sacerdote, al preparar la Misa, mirará más al bien espiritual común de la asamblea que a sus personales preferencias» (OGMR 313; cf. 316). Antes de la celebración conviene que todos los que han de intervenir en ella sepan claramente qué textos les corresponden, sin dejar nada a la improvisación (cf. Ib.).

Al servicio de la asamblea

19. El presidente de la celebración eucarística tiene la función de promover y formar la asamblea como signo local de la presencia del Señor «cuando dos o más están reunidos en su nombre» (Mt 18,20). El momento inicial de la celebración es especialmente importante para crear un clima de acogida recíproca entre quienes se han congregado para participar en la Mesa del Señor. El papel del presidente es decisivo como mediador del encuentro de todos los participantes entre sí y de éstos con Cristo. «El sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia consagrada» (OGMR 28).

Desde el primer momento el presidente es el máximo guía y exponente de la acogida que cada fiel recibe cuando acude a la convocatoria de la comunidad. Igualmente la bendición final que el presidente da a la asamblea en nombre de Cristo, antes de la despedida, subraya los frutos de ánimo y de compromiso que la Eucaristía debe tener en la vida de todos (cf. OGMR 57). Entre uno y otro momento, todo cuanto debe realizar el presidente de la celebración es un servicio a la comunidad cristiana.

Al servicio de la Palabra de Dios

20. El que preside la Eucaristía es también ministro de la Palabra en virtud del mismo sacramento del Orden que lo capacita para actuar en la persona de Cristo. Por ello, al ejercer este ministerio en la celebración litúrgica proclamando el Evangelio, cuando no hay diácono, o pronunciando la homilía, personifica a Cristo Maestro que acerca el mensaje salvador de Dios a sus hermanos. Por otra parte, al explicar la Palabra de Dios, aplicándola a las circunstancias concretas de la vida y al rito que se está celebrando, contribuye a poner de manifiesto la unidad entre las dos partes de la Eucaristía, la liturgia de la Palabra y la liturgia del sacramento (cf. SC 56).

21. La homilía es un servicio a la Palabra de Dios que consiste en mostrar su actualización en el presente: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). La homilía la tendrá normalmente el que preside (ct. OGMR 21; SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Ordenación de las lecturas de la Misa [OLM] 24). La Iglesia desea que sea el ministro ordenado que preside la celebración el que realice este ministerio, guiando a sus hermanos en la comprensión de la Palabra que Dios les dirige en las lecturas del día (cf. OLM 41). Esta norma vale también para la concelebración, aunque está establecido que pueda también hacer la homilía otro de los concelebrantes (cf. OGMR 165; OLM 24). Siempre es más expresivo que predique el que es signo de Cristo presidiendo la celebración.

Dada la importancia del ministerio de la homilía, los presidentes de la Eucaristía deben prepararse bien para realizar este servicio. En 1983 la Comisión Episcopal de Liturgia publicó unas Orientaciones para este ministerio, con el título Partir el pan de la Palabra, que los ministros de la homilía harán bien en volver a leer.

Al servicio de la plegaria de la Iglesia

22. «Entre las atribuciones del sacerdote ocupa el primer lugar la plegaria eucarística, que es el vértice de toda la celebración. En segundo lugar las oraciones, es decir, la colecta, la oración sobre las ofrendas y la poscomunión. Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote —que preside la asamblea representando a Cristo— en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes. Con razón, pues, se denominan oraciones presidenciales» OGMR 10; cf. SC 33).

La dignidad de la plegaria eucarística y la naturaleza de todas las oraciones presidenciales exigen que se respete la objetividad del texto formulado, el cual posee contenidos y estructura propias, y que se pronuncien con voz alta y clara, para que todos las escuchen atentamente (cf. OGMR 12). Al invitar a orar, el presidente ha de hacer una pausa para que los fieles oren en silencio brevemente (cf. OGMR 88). El que preside ora dentro de la asamblea y en nombre de ella, de manera que su plegaria no es sustitutiva. La actitud de ésta no es pasiva sino de escucha atenta y de sintonía, ayudada por las aclamaciones e intervenciones —a ser posible cantadas— con que a su debido tiempo expresa su asentimiento a la oración del que preside.

Un equivocado intervencionismo de la asamblea en estas oraciones, como por ejemplo decir la doxologia de la plegaria eucaristía, además de ir contra la naturaleza de las cosas, desfigura la imagen de la comunidad eclesial y del ministerio del que preside en nombre de Cristo (cf. OGMR 54-55; Instr. Inaestimabile Donum, de 3-IV-1980, n. 6).

23. En la oración universal o de los fieles, «toca al sacerdote celebrante dirigir estas súplicas, invitar a los fieles a la oración con una breve monición y concluir las preces» (OGMR 47). Otros ministros, especialmente el diácono, pueden enumerar las intenciones. La asamblea participa o con una invocación común que subraya la intención anunciada por el ministro, o con la oración en silencio y el Amén final. De este modo se expresa la diversidad y a la vez la unidad de las funciones que existen en la comunidad cristiana.

El servicio de la Palabra de Dios y de la plegaria de la Iglesia por parte del presidente de la celebración eucarística, se extiende también a otras formas de intervención oral como los saludos, las invocaciones, el diálogo del prefacio, las invitaciones y las moniciones. Entre estas últimas hay algunas que tienen más sentido si las pronuncia el mismo presidente. Además de aquellas que «por su misma naturaleza no se requiere que se reciten en la forma propuesta por el Misal» como la invitación al acto penitencial, al Padrenuestro y a la comunión (Instr. Eucharistiae Participationem, de 27-IV-1973, n. 14), hay otras que pueden ayudar a la asamblea a entrar más en sintonía con lo que celebra: Por ejemplo, al principio y al final de la celebración, momentos en que se quiere alimentar la conciencia de la comunidad o conectar la celebración con la vida. Importante es también la monición, más mistagógica, inmediatamente antes de iniciar la plegaria eucarística (cf. OGMR 11).

Otras moniciones más concretas, de introducción a una lectura o a un canto, o las referentes a la marcha de la celebración, las puede confiar el presidente a otros ministros.

Gestos y actitudes corporales del presidente

24. El presidente debe saber estar ante los fieles en la sede, en el ambón y en el altar. Se le pide una determinada actitud corporal y una digna expresividad en sus gestos, por su condición de presidente de una comunidad a la que debe dirigirse según las leyes de toda comunicación humana y por su calidad de signos visibles de Cristo Pastor y Maestro.

La voz, con que proclama el Evangelio y hace la homilía y las oraciones presidenciales, en especial la plegaria eucarística, debe ser clara y comunicativa, de modo que la palabra llegue a todos y todos la puedan seguir sin esfuerzo. Al hablar, el presidente deberá adoptar el tono de voz que requiera el pasaje narrativo, aclamatorio, asertivo, interrogativo, suplicatorio o lírico. Y todo esto con la ayuda de adecuadas técnicas vocales, pero sin convertir la proclamación o la recitación en un mero ejercicio retórico, teniendo en cuenta la función de intermediario de todo ministro en el diálogo entre Dios y su pueblo.

Deben distinguirse las oraciones que el presidente pronuncia en nombre de toda la comunidad, de aquellas que debe hacer a título personal y que se dicen «en secreto» (cf. OGMR 13). De igual modo el canto de aquellas partes de la celebración que corresponden al presidente, debe hacerse con la necesaria dignidad y competencia técnica, y con la debida preparación (cf. Instr. Musicam Sacram, de 5-III-1967, nn. 8, 14, 26).

25. Es importante también el lenguaje de los gestos y de las actitudes corporales del presidente, que expresan, juntamente con la palabra, el misterio celebrado. Los gestos de los brazos y de las manos, la expresión del rostro, la postura del cuerpo y los movimientos deben ser reflejos de la verdad de las actitudes interiores y del respeto que inspira la acción sagrada que realiza.

El presidente, cuando está de pie, en la sede o en el altar, y eleva los brazos o extiende las manos en la oración, o las impone sobre las ofrendas o sobre el pueblo, o bendice o besa el Evangeliario o el altar, debe realizar cada movimiento y cada gesto con sencillez y con elegancia, con autenticidad y sin afectación. Los gestos no teatrales, pero expresivos y dignos a la vez, de un buen presidente, ayudan mucho a que la asamblea adopte las actitudes internas que convienen en cada momento.

En la formación litúrgica de los futuros presbíteros se han de tener en cuenta estos aspectos de la presidencia, de manera que aprendan teórica y prácticamente todo cuanto se relacione con la digna celebración de la Eucaristía (cf. Instrucción sobre la Formación litúrgica en los seminarios, de 3-VI-1979, n. 20). Los candidatos al Presbiterado tienen la obligación de conocer bien todos los ritos y ceremonias de la Misa antes de acceder a este Orden sagrado.

Los signos de la presidencia: los lugares

26. La dimensión teológica y espiritual del ministerio de la presidencia se hace patente en la acción litúrgica a través de los signos y del lenguaje simbólico. Este aspecto se ha de cuidar con esmero no sólo por razones psicológicas o de dinámica de grupos, sino también y de manera especial porque tanto el presidente como la comunidad tienen aquí un importante medio para sintonizar con el misterio que celebran. Por eso se pide al presidente que sepa utilizar con sabiduría pastoral, todos los signos que se refieren a su ministerio, comenzando por los lugares de la celebración, que constituyen los diversos centros de la acción litúrgica.

Recientemente se ha publicado por este Secretariado Nacional de Liturgia un Directorio sobre Ambientación y arte en el lugar de la celebración, que ofrece numerosas orientaciones al respecto.

27. La Sede presidencial o lugar desde el que se preside toda la primera parte de la celebración eucarística, tiene su importancia y sus exigencias simbólicas. La palabra presidir viene de prae-sedere, sentarse delante del pueblo, y hace referencia al lugar donde el presidente saluda a la asamblea, dirige a Dios la oración colecta, escucha la Palabra, hace la homilía, e inicia y termina la oración universal. En la Sede el presidente puede clausurar la celebración y despedir al pueblo.

La Sede ha de ser única y estar en posición preeminente, de cara al pueblo y no demasiado distante, para que exprese mejor la presencia y la cercanía de Cristo, representado por el presidente, y para que la asamblea pueda ver y comunicarse mejor con éste (cf. OGMR 271). No debe retirarse después de la celebración, para que permanezca como un recordatorio de la constitución eclesial de la comunidad.

La Sede más significativa es la Cátedra del Obispo en la Iglesia Catedral. Ha de ser única y fija, y permanecerá vacía mientras no la ocupe su titular. Para el presbítero celebrante se ha de preparar otro asiento distinto de la Cátedra.

28. El Altar es otro lugar presidencial por excelencia, además de ser el centro de la acción eucarística y de la iglesia (cf. OGMR 259;262). Junto al Altar el presidente eleva a Dios la Plegaria eucarística, después de haber realizado la preparación de los dones del pan y del vino y haber invitado a los fieles a unirse a él en la ofrenda del santo sacrificio. Del Altar toma el Cuerpo y la Sangre para distribuirlos en la comunión.

Al comienzo de la celebración el presidente besa el Altar y, si es el caso, lo inciensa, como
expresión de respeto y de la santidad de la acción que se ha de desarrollaren él. Durante el ofertorio el Altar puede ser incensado nuevamente, a continuación de las ofrendas colocadas en él, «para significar de este modo que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso» (OGMR 51). El presidente y el pueblo pueden ser incensados también.

Aunque después de la Comunión, el presidente puede volver a la Sede para la oración silenciosa o el canto de un salmo o de un himno de alabanza, y para la oración poscomunión, el altar sigue siendo el lugar más coherente con la función presidencial en estos momentos finales de la Eucaristía.

29. El Ambón es el lugar reservado para la proclamación de la Palabra de Dios por los lectores y el diácono (cf. OGMR 272; OLM 32-34).

El presidente de la celebración no ocupa este lugar a no ser que, no habiendo lectores, tenga que hacer él las lecturas (cf. OGMR 96). Pero esto no debe ser lo habitual en unas celebraciones en las que se procure el ejercicio real de todos los ministerios y oficios litúrgicos, como se sugiere en los nn. 16-18 del presente directorio.

Desde el Ambón puede hacerse la homilía y dirigirse la oración de los fieles, aunque en principio está previsto que se hagan desde la Sede (cf. OGMR 97, 99; OLM 26).

Los signos de la presidencia: los vestidos litúrgicos

30. El vestido litúrgico, entre otras funciones, contribuye a poner de manifiesto la diversidad de ministerios en la Iglesia, ya que constituye un distintivo propio del oficio que desempeña cada ministro (cf. OGMR 297). Sigue siendo válido el lenguaje simbólico y pedagógico de los vestidos litúrgicos, como ocurre también en otros ámbitos de la vida social. No se debe olvidar tampoco su contribución al decoro y al carácter festivo de la acción sagrada.

El presidente de la celebración eucarística tiene como vestidura propia, además del alba, que es común a todos los ministros de cualquier grado y que se completa, si es necesario, con el cíngulo y el amito (cf. OGMR 298), la estola y la casulla (cf. OGMR 81a, 299, 302).

La llamada «alba-casulla» o «casulla sin alba», que envuelve totalmente el cuerpo y sobre la que se pone únicamente la estola, no está autorizada en la celebración ordinaria. Tan sólo puede usarse en la concelebración, excepto por el celebrante principal, en las misas para grupos particulares, en las celebraciones fuera de lugar sagrado y en otros casos semejantes en que sea aconsejable por motivos de lugar o de personas (cf. Not. 81 (1973) 96-98).

En la concelebración, cuando es muy numeroso el número de concelebrantes o faltan casullas, éstos, a excepción del que preside, pueden llevar solamente la estola sobre al alba (cf. OGMR 161). En todos los casos, los vestidos litúrgicos deben llevarse con dignidad y de manera adecuada.

La presidencia de la concelebración eucarística

31. Todo cuanto se ha dicho en el directorio acerca del presidente de la celebración eucarística tiene aplicación al celebrante principal en el caso de la concelebración. Aunque todos los concelebrantes actúan en la persona de Cristo en virtud del sacramento del orden que ha hecho de cada uno de ellos signo vivo e instrumento de Cristo Buen Pastor y Cabeza de la Iglesia, sin embargo el ministerio de presidir y animar la celebración desde esta función concreta, corresponde tan sólo al celebrante principal.

En este sentido adquieren todo su valor las indicaciones del Misal cuando se refieren a lo que es competencia del celebrante principal y a lo que deben hacer los concelebrantes. El celebrante principal realiza todos los ritos y dice todas las oraciones que de ordinario debe realizar y pronunciar el que preside la celebración. Los demás concelebrantes hacen solamente los gestos que expresamente se les indican (cf. OGMR 161-208). Solamente extienden las manos hacia las ofrendas al recitar la epiclesis, y tienen las manos juntas o extendidas en aquellas partes de la Plegaria eucarística que corresponde decir a todos. Las palabras de la Institución, si el gesto parece conveniente, las dicen con la mano derecha extendida hacia el pan y hacia el cáliz. «Los textos que competen a todos los concelebrantes los pronuncian a una, pero en voz baja para que pueda oírse distintamente la voz del celebrante principal» (OGMR 170).

El celebrante principal puede confiar a uno u otro de los concelebrantes las intercesiones de la Plegaria eucarística, quien las pronuncia él solo con las manos extendidas y en voz alta, mientras todos los demás escuchan en silencio (cf. OGMR 172, 175, etc.). «La doxología final de la Plegaria eucarística pueden pronunciarla o sólo el celebrante principal o con él todos los demás concelebrantes» (OGMR 191).

Madrid, marzo de 1988


[1] En Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española nº 5, 1985, pp. 34-35.

[2] En Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española nº 11-12, 1986, pp. 174-181.

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