Funeral por la víctimas de Sallent

Homilía de
Mons. D. JOSÉ Mª CONGET ARIZALETA
Obispo de Jaca

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S.I. Catedral de la Transfiguración del Señor, Huesca
Lunes 21 de agosto de 2000

También nuestra tierra, esta bonita tierra del Pirineo, tierra de paz, tierra de bien, de acogida de tantos visitantes, con una naturaleza que habla de Dios, se ha teñido de sangre. Sangre joven, sangre inocente.

Sallent de Gállego, el pueblo en el que vuestros hijos ejercían su servicio de paz y seguridad, estaba ayer domingo sobrecogido. No podían creer que la plaza del pueblo, lugar de encuentro, de fiesta, de juegos de niños, se hubiera convertido en un cementerio. Hacían el elogio de vuestros hijos: tan cercanos, tan serviciales, presentes en toda la vida del pueblo, como unos más. Por eso los han nombrado hijos adoptivos, a título póstumo.

El domingo, cuando todos dormían, porque la noche del sábado había sido larga, ellos madrugaron para servir, cumpliendo con su deber y se encontraron con la trampa de una muerte a traición.

Ayer en la plaza, frente al amasijo de hierros y huellas del atentado, yo recé con el párroco y otro sacerdote: ¡El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar! ¡Tu vara y tu cayado me sosiegan! Y tenía la esperanza de que ellos gozarán ya de la gloria de Dios.

Pero alrededor, con todos los alcaldes de la zona, desconcertados e impotentes y muchos vecinos con lágrimas en los ojos, sólo se oían dos palabras: ¡Qué horror! ¡Qué locura! Y ¿por qué? Y ¿hasta cuándo?

Y en esta catedral, cuando estamos reunidos para rezar por ellos y pedir para vosotros los padres fortaleza y para las autoridades lucidez, no tenemos palabras. Os decimos Palabras de Dios.

Queridos padres: “No os podéis entristecer como los que no tienen esperanza… A los que creen en Jesús Dios los llevará con Él”. Aunque ahora todo es desconcierto y el dolor no nos deja ojos serenos, creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte y nos mantiene la esperanza de que resucitarán con Él para siempre. Él nos dijo la víspera de su muerte: “Me voy a prepararos sitio… volverá y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros”. ¡Qué Santa María haya salido al encuentro de vuestros hijos!

Pero hay otra Palabra bíblica, que nos gustaría que pudiera llegar al corazón de los asesinos y a todo el entorno de las gentes, que hacen posible esta locura. Es la palabra de Yavé Dios, que sonó en la noche del tiempo, cuando un hombre mató a su hermano. “Caín, ¿qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo”.

Desde esta tierra sagrada, tierra de convivencia, de paz, tierra de caminos, se oye la sangre de estos dos jóvenes, que pedimos con toda la fuerza de nuestra fe y de nuestra condición humana que sea la última. En nombre de todo lo más santo, en nombre de tantas gentes que sufren, ponemos a Dios por testigo, para que cese esta locura y como nos dijo el Profeta “las armas que matan se conviertan, en aperos para la paz”.

El grito de su sangre es ante Dios, Señor de todos. El domingo, día del Señor, cunado dos millones de jóvenes le pedían al Papa que luchara contra la pena de muerte, en la plaza de Sallent, en el corazón del Pirineo, en la oscuridad se levantó un patíbulo y se asesinó a sangre fría a dos hermanos. Dolor y más dolor, desolación, rabia, impotencia y serenidad.

Y ante Dios, más clamor, porque valga tan poco la vida humana. Que dos vidas, como otras muchas, se pongan en la balanza como moneda de cambio para unas exigencias políticas o sociales, que los hombres las tienen que ventilar por los caminos del ejercicio normal de la libertad, que todos disfrutemos, en un Estado de Derecho, es un grito que clama al cielo. La vida es sagrada. El derecho a vivir es inviolable, hay que decirlo bien alto y nunca entenderemos que haya personas y ambientes que justifiquen la muerte, colaboren, o miren a otro lado y no quieran terminar de una vez por todas con esta locura.

Y el clamor es, también, ante nosotros, ante toda la sociedad. Las autoridades necesitáis lucidez y coraje y una gran inteligencia entre todos. Es la hora de la unidad y de la fortaleza. Que Dios os ilumine. No os canséis, no os desaniméis: que el futuro no se puede construir con un horizonte de muerte, sino de vida. Y la vida y la libertad sólo se puede garantizar, respetando los derechos de las personas. Nunca con la violencia que mata.

Y el clamor, cada día más alto, (lo percibimos los ciudadanos de a pie), ha llegado a todas las personas. Somos un pueblo que sufre en silencio, que su muerde los labios, que se porta cívicamente, que no devuelve venganza por venganza, que se duele y espera. Ayer lo podríamos comprobar con la Guardia Civil y los alcaldes y la gente del Valle de Tena: había muchas lágrimas en los ojos, pero nadie perdía la paciencia. Y todos confiaban serenamente en la justicia.

En cristiano, no podemos alimentar el odio, no podemos devolver mal por mal, pero con serenidad, oímos el clamor de Dios, para que esto termine: rezando los que tenemos fe, sembrando serenidad los que tenemos alguna responsabilidad y pidiéndole al Señor, que ayude a todos los que sufren, sobre todo a las víctimas de tanto dolor y nos ayude a salir de este túnel.

Señor Jesús, a Irene y José Ángel dales el descanso eterno. A sus familias, con nuestra gratitud, llénalas de consuelo y esperanza.

¡Qué la Virgen de las Nieves, Patrona de estas Montañas, nos ayude a mirar a lo Alto, de donde nos vendrá la salvación!

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