Santa Misa con el Rito de la Ordenación episcopal de D. Esteban Escudero Torres

Homilía de
Mons. D. AGUSTÍN GARCÍA-GASCO VICENTE
Arzobispo metropolitano de Valencia

agustín.garcia-gasco

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Sábado 13 de enero de 2001

Eminentísimo Sr. Cardenal
Queridos hermanos en el episcopado
Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y miembros de institutos seculares.
Excelentísimas autoridades civiles y militares
Familiares de D. Esteban Escudero
Queridos hijos e hijas, fieles cristianos laicos

1. Jesucristo, Pastor Eterno, gobierna a su Pueblo con protección constante y quiere incorporar hoy al colegio episcopal a nuestro hermano Esteban.

El ministerio apostólico llega hasta nosotros por la oración de la Iglesia y la imposición de las manos de los sucesores de los apóstoles (cf. Hch 1, 24-25; 2Tim 1,6).

El obispo, por la consagración recibida con el sacramento del Orden, entra en una relación particular y específica con el Padre, origen de todo poder; con el Hijo, de cuya plenitud sacerdotal participa; y con el Espíritu Santo que lo consagra y le da su fuerza.

En virtud del querer y del obrar trinitario, el obispo recibe el don espiritual que lo constituye en pastor del Pueblo de Dios, verdadero padre que se distingue por el espíritu de amor y de solicitud por todos (cf. Concilio Vaticano II, Christus Dominus nº 16).

Es investido pontífice del culto de la Nueva Alianza, para que todos los que están confiados a sus cuidados sean unánimes en la oración, crezcan en la gracia por la recepción de los sacramentos y sean testigos fieles del Señor (Ibidem, nº 15).

La plenitud del sacramento del orden lo convierte en maestro auténtico del Evangelio; es decir, del misterio de Cristo en su integridad, del misterio del hombre a la luz de Jesucristo, y de las cosas mismas de este mundo y de las instituciones humanas según el designio de Dios Creador (cf. Ibidem, nº 12).

La misión confiada por el Señor a los apóstoles y a sus sucesores es cuidar del Pueblo de Dios mediante la predicación del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad.

El evangelio que ha sido proclamado muestra la vocación sacerdotal, en el seguimiento y la conformación con Jesucristo, como una historia de amor: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas (Jn 10,11).

2. Querido Esteban:

La sucesión de los apóstoles se asienta en la palabra, confiada por Jesucristo a los suyos, que nos revela el misterio de Dios: Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor (Is 61, 1-2a).

En virtud de esta palabra los apóstoles y sus sucesores deben guardar, en depósito, las enseñanzas del maestro y formar el nuevo Pueblo de Dios. Jesucristo es el que está al frente de la misión apostólica, como bien dice San Pablo: Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo (2Tim 1,9).

Dios concede la sabiduría del corazón mediante su Palabra, viva, eficaz, capaz de penetrar hasta lo más íntimo del hombre.

Nosotros, los pastores, en virtud del munus docendi —de nuestro oficio de enseñar—, estamos llamados a ser heraldos cualificados de esta Palabra: Escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor (Jn 10,16).

Se nos ha confiado una palabra viva. Por tanto, debemos anunciarla con nuestra vida, antes que con nuestros labios. Es una palabra que coincide con la persona de Cristo mismo.

Por consiguiente, es el rostro de Cristo lo que hemos de mostrar a los hombres; es su cruz lo que debemos anunciarles, con el vigor de S. Pablo: Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado (1Co 2,2).

3. Los obispos, orando y trabajando por el Pueblo de Dios, difundimos de muchas maneras y con abundancia la plenitud de la santidad de Cristo (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, nº 26).

Toda nuestra actividad pastoral tiene como objetivo último la santificación de los fieles, comenzando por la de los sacerdotes, nuestros colaboradores directos. Por tanto debe tender a suscitar en ellos el compromiso de responder con prontitud y generosidad a la llamada del Señor.

Nuestro testimonio de santidad personal es la llamada más creíble y más persuasiva a la que tienen derecho los laicos y el clero en su camino hacia la perfección.

La santidad es algo de lo que el Pueblo de Dios tiene sed y percibe como por instinto. Por ello detrás de nuestra palabra ha de haber un compromiso por alcanzar una vida santa.

4. Querido Esteban, el gozo más grande de un pastor de la Iglesia de Cristo, que busca su propia perfección, es el que nace también del crecimiento de sus hijos en la santidad: Nada me produce tanta alegría como oír que mis hijos son fieles a la verdad (3Jn 1,4).

El Obispo ha de prestar el servicio a la verdad y a la fe cristiana sin ambigüedades.

Los obispos somos predicadores del Evangelio y llevamos nuevos discípulos a Cristo. Somos los maestros auténticos de la verdad Revelada por estar dotados de la autoridad de Cristo. Debemos predicar al pueblo que tenemos confiado la fe que hemos de creer y debemos llevar a la práctica.

Cuando enseñamos, en comunión con el Romano Pontífice, merecemos el respeto de todos por ser testigos de la verdad divina y católica (cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, nº 25).

El Pueblo de Dios tiene necesidad de nosotros: los creyentes, para progresar en su fe; los que dudan o se desorientan, para encontrar firmeza y seguridad; los que quizá se alejaron, para volver a vivir su adhesión al Señor.

Dos son las concisas recomendaciones de san Pablo: No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio (2Tim 1,8).

Como verdaderos Apóstoles, los obispos, en momentos de zozobra, hemos de levantar la mirada hacia el Señor para decirle: confiamos en Ti, y en tu nombre seguiremos echando las redes; en medio de sacrificios e incomprensiones.

Querido Esteban:

Como has hecho hasta ahora, y en adelante más comprometidamente, proclama sin temor alguno la verdad completa y auténtica sobre la persona de Cristo, sobre la Iglesia que él fundó, sobre el hombre y el mundo que ha redimido con su sangre, sin ambigüedades.

Frente al relativismo y al subjetivismo que contaminan gran parte de la cultura contemporánea, defiende y promueve la unidad doctrinal de los fieles.

Solícito por las situaciones en las que se pierde o ignora la fe colabora con todas tus fuerzas en favor de la evangelización, preparando para ello a sacerdotes, religiosos y laicos, poniendo a su disposición los recursos necesarios.

Celebra los sacramentos y cuida que se celebren como la Iglesia ha dispuesto para bien del todo el Pueblo de Dios y como signo de su unidad, santidad y catolicidad.

El anuncio del Evangelio, la santificación del Pueblo y dar la vida por las ovejas es nuestra misión específica. Aquí esta la raíz de nuestros desvelos diarios; la fuente inagotable de nuestra alegría auténtica; la fidelidad al servicio al que Cristo nos llama en su Iglesia.

5. De este modo, garantizamos y conservamos la voluntad de Jesucristo sobre la Iglesia que, por su misterio pascual, hizo de ella una comunión de vida, de amor y de unidad.

Los obispos somos los responsables primeros de la comunión entre todos los miembros de la Iglesia. Este servicio humilde y perseverante a la comunión es, sin duda alguna, el más exigente y delicado, pero también el más precioso e indispensable.

La comunión abre la vía a la esperanza porque la palabra que llega a cada hombre a través del testimonio de comunión es mensaje de esperanza.

Contra los intentos disgregadores que amenazan la vida de la Iglesia y del mundo, el Obispo es servidor, constructor, promotor, garante, defensor y custodio de la Iglesia-comunión. La Iglesia, por este motivo, es germen, principio y fermento de comunión en la humanidad.

6. Querido Esteban, la Iglesia de Valencia, de la que has sido nombrado Obispo Auxiliar, te recibe con gozo y esperanza. De ti espera todo aquello que el profeta Isaías anuncia al pueblo creyente. En ti ha puesto su confianza para que junto a mí la guiemos por el sendero justo, por el honor del nombre de Dios (cf. Sal 22, 3b). Esto exige:

—Tu fidelidad y tu constancia en el anuncio del Evangelio.

—Tu preocupación por la conservación íntegra y pura del depósito de la fe.

—Tu desgaste en la edificación de la Iglesia en comunión con el Papa, sucesor de Pedro; tu capacidad de servir incondicionalmente al Pueblo santo de Dios.

—Tu dedicación al gobierno solícito y prudente para que el Pueblo fiel alcance la salvación; a la atención solícita por los más necesitados.

—Tu disponibilidad para buscar y entregarte generosamente hacia quienes están alejados de Dios y de la Iglesia

—Tu esmero en el cumplimiento fiel de las funciones del sumo sacerdocio, propias del Obispo.

7. Querido Esteban, he aquí la figura del Buen Pastor. He aquí la vida que en adelante debes testimoniar, pues hoy eres hecho obispo, sucesor de los Apóstoles, llamado a hacer las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, nº 21).

De esta manera, podrás siempre estar seguro que el Pueblo santo de Dios proclamará con el salmo: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan (22,4).

Dirigimos ahora nuestra mirada a María, Madre de la Iglesia, bajo su advocación de Madre de los Desamparados. Ella es modelo e imagen de la Iglesia. Ella supo acoger a Cristo y darlo al mundo. Que todo tu ministerio episcopal esté animado por el ejemplo de la Virgen María.

Ella te tiene de su mano para que no caigas; te protege para que nada temas; te guía para que no te pierdas; te ampara porque es tu Madre.

María, Reina y Madre, ruega por nosotros.

Amén.

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