Santa Misa con el Rito de la Ordenación episcopal de D. Enrique Benavent Vidal

Homilía de
Mons. D. AGUSTÍN GARCÍA-GASCO VICENTE
Arzobispo metropolitano de Valencia

agustín.garcia-gasco

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Sábado 8 de enero de 2005

Eminentísimo Sr. Cardenal
Excelentísimos y Reverendísimos Sres. Arzobispos y Obispos
Excelentísimas autoridades civiles y militares.
Queridos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas.
Queridos fieles laicos.
Hermanos y hermanas todos en el Señor.

1. Dios nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por la gracia que nos fue concedida por medio de Cristo Jesús desde la eternidad (cf. 2 Tim 1, 9-10).

Con estas palabras, el Apóstol San Pablo resume el plan de salvación de Dios Padre, realizado con el envío al mundo de su Hijo único.

Es el contenido central del Evangelio, que ha de ser anunciado a todas las gentes, en todos los tiempos.

El Señor Jesús nos ha librado del pecado y de la muerte y nos ha dado la esperanza de una vida inmortal por medio del Evangelio.

2. Jesucristo enviado por el Padre para redimir al género humano, envió a su vez por el mundo a los doce Apóstoles para que, llenos de la fuerza del Espíritu Santo, anunciaran el Evangelio, gobernaran y santificaran a todos los pueblos, agrupándoles en un solo rebaño.

Para que este servicio continuara hasta el fin de los siglos, los Apóstoles eligieron colaboradores, a quienes comunicaron el don del Espíritu Santo que habían recibido de Cristo, por la imposición de manos, mediante la cual se confiere la plenitud del sacramento del Orden.

De esta manera, a través de los tiempos, se ha ido transmitiendo, por la sucesión continua de los Obispos, este ministerio, y permanece y se acrecienta hasta nuestros días la obra del Salvador.

Y esto es lo que va a suceder dentro de unos momentos en tu persona, querido Enrique.

3. Tomado de entre el presbiterio de nuestra archidiócesis, has sido elegido por el Santo Padre Juan Pablo II como obispo auxiliar mío y, junto con tu hermano, el obispo Esteban, colaborador principal en el gobierno pastoral de la Archidiócesis de Valencia.

Tus largos años de servicio incondicional a nuestra Iglesia particular se han visto coronados por esta elección a la plenitud del sacramento del orden.

Lo que acabamos de escuchar en el Evangelio de la Misa, se aplica de un modo especial a tu persona:

“Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer” (Jn 15, 17).

Sí, el Señor te hace amigo suyo y te envía al mundo para que anuncies lo que él ha oído del Padre: el Evangelio de la salvación.

Querido Enrique:

4. Por la ordenación episcopal y por la comunión jerárquica con el Papa y con los demás obispos de la Iglesia, vas a entrar a formar parte del Colegio episcopal.

Esta dimensión colegial da al episcopado un carácter de universalidad.

De ahí se deriva la solicitud que, de ahora en adelante, has de tener por las otras Iglesias particulares y por toda la Iglesia universal.

Desde tu incorporación al Colegio episcopal debes comprender tu nueva misión como obispo auxiliar:

“Precisamente porque el Colegio Episcopal es una realidad previa al oficio de ser Cabeza de una Iglesia particular, hay muchos obispos que, aunque ejercen tareas específicamente episcopales, no están al frente de una Iglesia particular.

Cada obispo, siempre en unión con todos los hermanos en el episcopado y con el Romano Pontífice, representa a Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia: no sólo de manera propia y específica cuando recibe el encargo de ser pastor de una Iglesia particular, sino también cuando colabora con el obispo diocesano en el gobierno de su Iglesia” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 8).

¡Querido hijo! A esta función estás llamado: a representar a Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, colaborando conmigo en mi misión pastoral al frente de nuestra querida archidiócesis de Valencia.

5. El ministerio pastoral, al cual tu, desde ahora, vas a colaborar conmigo, se articula según una triple función: la de enseñar, la de santificar y la de regir.

Este ministerio es un reflejo de la misma misión de Cristo y el cumplimiento del mandato misionero: “Id y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20).

“Entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio. En efecto, los obispos son los predicadores del Evangelio. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 25).

A esta importante función estás llamado. Tu tienes que predicar la fe que hay que creer y que hay que aplicar a la vida ordinaria.

Esta instrucción la has venido realizando hasta ahora desde tu cátedra de Teología: lo que te añade el episcopado es la función de ser maestro auténtico de la verdad revelada.

Cuando tu enseñes en comunión con el Romano Pontífice, merecerás el respeto de todos, pues serás testigo cualificado de la verdad divina y católica (cf ibidem).

Esta enseñanza la tendrás que realizar con la palabra, pero ante todo con el testimonio de tu vida.

“El testimonio de vida es para el obispo como un nuevo título de autoridad, que se añade al título objetivo recibido en la consagración. A la autoridad se une el prestigio. Ambos son necesarios” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 31).

Y para ello, antes que nada, tu tienes que ser el primer oyente de la Palabra de Dios.

En el momento de tu ordenación episcopal se va a poner encima de tu cabeza el libro de los Evangelios.

Ese gesto litúrgico quiere indicar que la Palabra de Dios arropa tu ministerio episcopal, y que desde ahora tu vida queda como envuelta por la verdad revelada, a la que siempre tienes que prestar filial sumisión (cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 28).

Recuerda siempre aquello que decía San Agustín a sus fieles: “considerando el puesto que ocupamos, somos vuestros maestros, pero respecto al único maestro, somos con vosotros condiscípulos en la misma escuela” (idem). Antes que maestro, debes ser discípulo en la escuela del Dios vivo.

En el silencio de la meditación y de la oración contemplativa deberás madurar los contenidos de tu predicación a la comunidad cristiana.

Querido Enrique:

De los muchos aspectos que abarca el ministerio de la palabra, quisiera subrayar una tarea específica, en la que actualmente está empeñada la pastoral diocesana: la renovación de la catequesis.

El obispo es el catequista por excelencia. A esta renovación de la catequesis quisiera que te empeñases con ilusión.

Te pido que, con tu valiosa experiencia en el campo de la educación en la fe, nos ayudes a conseguir que la catequesis esté al servicio de la iniciación cristiana y garantice una formación básica de la vida según el espíritu de Cristo.

6. Otra misión fundamental del Obispo es el ministerio de la santificación.

“El obispo, cualificado por la plenitud del sacramento del orden, es el ‘administrador de la gracia del sumo sacerdocio’, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 26).

El deber de celebrar la Eucaristía es el cometido principal del ministerio del obispo (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 37).

“La Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos” (Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, 12).

Recibes la ordenación episcopal en el marco del Año de la Eucaristía, y siguiendo las indicaciones de Juan Pablo II deberás empeñarte en “fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, con los movimientos y todo el modo de comportarse” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 18).

El ministerio de la santificación lo realizarás también a través de la celebración de los demás sacramentos, la alabanza divina de la Liturgia de las Horas, la presidencia de los otros ritos sagrados y también mediante la promoción de la vida litúrgica y de la auténtica piedad popular.

En las actuales circunstancias, querido Enrique, hemos de llamar la atención sobre la importancia de la Liturgia, que debe celebrarse de tal modo que haga efectiva su fuerza didáctica y educativa.

Las celebraciones litúrgicas han de expresar con claridad la naturaleza del culto divino, reflejando el sentido genuino de la Iglesia que ora y celebra los misterios divinos.

La liturgia ha de resplandecer en nuestra Iglesia particular por su dignidad y belleza.

En el ejercicio de mi ministerio yo mismo he querido dar una prioridad a las celebraciones litúrgicas tanto en la Catedral como en mis visitas pastorales a las parroquias.

Haciendo brillar la belleza y la dignidad de la liturgia cristiana promovemos el auténtico sentido de la santificación del nombre de Dios, con el fin de educar el sentimiento religioso de los fieles y abrirlo a la trascendencia.

Te exhorto, por tanto, a que por la manera en que celebres la liturgia anuncies con claridad la verdad revelada, transmitas fielmente la vida divina y expreses sin ambigüedad la auténtica naturaleza de la Iglesia.

Hemos de ser conscientes de la importancia de las sagradas celebraciones de los misterios de la fe católica.

La verdad de la fe y de la vida cristiana no se transmite solo con palabras, sino también con signos sacramentales y el conjunto de ritos litúrgicos. Es bien conocido el antiguo axioma que vincula estrechamente la lex credendi a la lex orandi.

7. Finalmente, la tercera función del obispo es la de regir al pueblo de Dios.

Esa misión me fue concretada a mí por el Santo Padre, cuando me nombró hace años Arzobispo de esta archidiócesis valentina. Pero, en una diócesis tan grande y compleja y con tan elevado número de habitantes, yo no podría conseguir eficazmente el bien de las almas sin la valiosa ayuda de mis obispos auxiliares.

Doy gracias a Dios por aquellos que he tenido y me felicito por tu reciente nombramiento como auxiliar mío en las tareas del gobierno.

Quiero manifestar también mi público agradecimiento al Santo Padre Juan Pablo II que, benignamente, ha acogido mi súplica para concederme tan valiosa ayuda.

Pero, has de considerar ya desde ahora que el ejercicio de la autoridad en la Iglesia no se puede entender como algo impersonal y burocrático; al contrario, “el obispo, enviado por el Padre de familias para gobernar su familia, debe tener ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir y a dar su vida por sus ovejas” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 27).

Tienes que tener siempre bien presente aquella enseñanza que Nuestro Señor Jesucristo impartió a sus Apóstoles, cuando Santiago y Juan le pidieron sentarse en su gloria uno a su derecha y otro a su izquierda: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos” (Mc 10,42-44).

De acuerdo con la palabra del Señor, el episcopado es un servicio, no un honor; por ello has de vivir para los fieles, y dejarte “expropiar” en beneficio de todos.

Tu gobierno será pastoralmente eficaz si se apoya en la autoridad moral que le da tu entrega por los fieles y en la santidad de tu vida (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 43).

Todo lo que digas o hagas debe revelar la autoridad de la palabra y los gestos de Cristo (idem).

De entre todas las tareas con que me puedes ayudar en la función del gobierno, yo quisiera destacar por su importancia la visita pastoral a las parroquias de la archidiócesis, que está actualmente en curso.

Son ya muchas las parroquias que hemos visitado, pero queda mucho trabajo por hacer.

La visita pastoral es un tiempo de gracia y un momento especial de encuentro del obispo con los sacerdotes, consagrados y fieles laicos (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 46).

En tu diálogo abierto con todos, escucha sus proyectos y dificultades, sus esperanzas y sus temores.

No son momentos fáciles para quienes buscan seguir a Jesucristo y tratan de sembrar la semilla del Reino en el corazón de los hombres, especialmente en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Por eso, esfuérzate por suscitar en ellos la esperanza, que nace de la victoria de Cristo sobre el mundo.

Compórtate con los sacerdotes como padre y hermano, que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta y haz todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico.

Ten una gran solicitud para con las personas de vida consagrada, especialmente con aquellas que se dedican a la vida contemplativa.

Preocúpate por la formación y el compromiso temporal de los laicos, en un momento en que su presencia y su testimonio cristiano en los asuntos temporales se hace cada vez más imprescindible.

Muestra una gran preocupación por las familias y considera a los jóvenes como una prioridad pastoral de cara al futuro, pues ellos son el porvenir de la Iglesia.

Fomenta la pastoral vocacional de cara al sacerdocio ministerial. Suscita, en la medida de tus posibilidades, la acción misionera y el diálogo ecuménico e interreligioso.

Promueve una auténtica “cultura de la vida” frente a las amenazas provenientes del aborto, la eutanasia y la manipulación genética.

Y sobre todo, ten una gran predilección por los pobres, por los enfermos, por los emigrantes y por todos los que buscan consuelo y ayuda en su necesidad (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 47-54).

Esta caridad pastoral para con todos tiene por finalidad crear una auténtica comunión entre los fieles de la archidiócesis.

Recuerda siempre aquellas palabras de Juan Pablo II:

“La comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 43).

8. Querido Enrique: una gran misión te espera en adelante. Que no te abrume ni te agobie. Cuentas con la protección de los santos y santas del cielo, cuya intercesión vamos a invocar ahora en las letanías de los santos.

Cuentas también con nuestras oraciones y con las de todos los hijos e hijas de esta querida archidiócesis.

Pero, cuentas sobre todo con la protección de nuestra Madre, la Virgen de los Desamparados, a quien hace poco —estoy seguro de ello— has confiado tu episcopado. Que ella te ayude, te defienda y te ampare en tu nueva misión eclesial.

Así sea.

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