Santa Misa con el Rito de la Ordenación episcopal de D. Salvador Giménez Valls

Homilía de
Mons. D. AGUSTÍN GARCÍA-GASCO VICENTE
Arzobispo metropolitano de Valencia

agustín.garcia-gasco

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Sábado 2 de julio de 2005

1. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas… (Jn 10, 11. 15).

El Evangelio de San Juan que acaba de ser proclamado nos recuerda la imagen del Buen Pastor, presente en la Iglesia desde sus orígenes, por voluntad de Cristo. La figura de Jesús, el Buen Pastor, es una imagen privilegiada en la cual hay que inspirarse continuamente.

El Señor Jesús anunció el Evangelio del Reino y lo inauguró en sí mismo, revelando su misterio a todos los hombres.

Llamó a hombres y mujeres para que lo siguieran y eligió entre sus discípulos a “Doce” para que estuvieran con él (Mc 3,14).

El Señor, Pastor eterno, envió a los Apóstoles como Él fue enviado por el Padre (Jn 20,21), y ha querido que sus sucesores, los Obispos, sean los pastores de su Iglesia hasta el fin de los siglos (Mt 28,20).

Precisamente por esto los Apóstoles se preocuparon de instituir sucesores, de modo que, como dice san Ireneo, se manifestara y conservara la tradición apostólica a través de los siglos (Contra las herejías, III, 2,2; III, 3,1: PG 7, 847-848; Propositio 2).

La especial efusión del Espíritu Santo que recibieron los Apóstoles, la transmitieron a sus colaboradores con el gesto de la imposición de las manos, que hemos evocado en la segunda lectura (2 Tm 1, 6-7).

Estos, a su vez, con el mismo gesto, la transmitieron a otros y éstos últimos a otros más.

De este modo, el don espiritual de los comienzos ha llegado hasta nosotros mediante la imposición de las manos, es decir, la consagración episcopal, que otorga la plenitud del sacramento del orden, el sumo sacerdocio, la totalidad del sagrado ministerio.

Así, a través de los Obispos y de los presbíteros que cooperan con ellos, el Señor Jesucristo, sentado a la derecha del Padre, sigue presente entre los creyentes.

A través del ministerio del Obispo, Jesucristo predica la palabra de Dios a todas las gentes, administra los sacramentos de la fe a los creyentes y dirige el pueblo del Nuevo Testamento, en su peregrinación hacia la bienaventuranza eterna.

El Buen Pastor no abandona el rebaño, sino que lo custodia y lo protege mediante el ministerio de los Obispos, que desarrollan el papel de maestro, pastor y sacerdote.

Sí: los Obispos ejercen el ministerio pastoral en nombre de Cristo y son constituidos como vicarios y embajadores suyos (cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, nn. 21; 27).

Además, la Ordenación episcopal y la comunión jerárquica con el Romano Pontífice y los otros Obispos, introducen al Obispo en el Colegio episcopal.

Precisamente porque el Colegio episcopal es una realidad previa al oficio de ser Cabeza de una Iglesia particular, hay muchos Obispos, que aunque ejercen tareas específicamente episcopales, no están al frente de una diócesis.

Cada Obispo, siempre en unión con todos los Hermanos en el episcopado y con el Romano Pontífice, representa a Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia: no solo de manera propia y específica cuando recibe el encargo de pastor de una Iglesia particular, sino también cuando colabora con el Obispo diocesano en el gobierno de su Iglesia (cf. Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus 25-26); (cf. Para todo el n. 1 de la Homilía: Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, sobre el Obispo servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, nn. 6-10).

2. Querido Salvador: El Señor, a través del ministerio del Santo Padre Benedicto XVI, te ha llamado para que formes parte del Colegio episcopal, como Obispo auxiliar mío.

En esta circunstancia quiero manifestar públicamente, una vez más, mi agradecimiento al Papa, por haberme concedido esta ayuda inestimable en atención al bien de las almas de nuestra querida Iglesia valentina.

El Obispo auxiliar, que es dado para conseguir más eficazmente el bien de las almas, es el principal colaborador del Obispo diocesano en el gobierno de la diócesis.

Desde hoy, Salvador, tu trabajo apostólico se sumará al que ya vienen realizando con entrega generosa y ejemplaridad, mis otros dos Obispos auxiliares: Esteban y Enrique.

La extensión de nuestra archidiócesis, su creciente número de habitantes, el dinamismo de los apostolados y la multiplicación de actividades pastorales en la vida diocesana me llevaron a presentar a la Santa Sede la petición de un tercer Obispo auxiliar.

No se trata de razones de honor o prestigio. La tarea pastoral que tenemos en marcha y los retos que nuestra Iglesia particular debe afrontar son inmensos.

3. Querido Salvador: Nuestra tarea primordial es el anuncio de la fe, la función de enseñar (cf. Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, Apostolorum Successores, Vaticano 2004, nn. 118 y ss.).

Tenemos el deber y el derecho originario, independiente de cualquier poder humano, de predicar el Evangelio a todas las gentes, proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, y dar nuestro juicio sobre cualquier asunto humano, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas (cfr. c. 747 CIC 1983).

El Obispo ha de predicar personalmente, con frecuencia, el misterio de la salvación que se ha cumplido en Cristo.

Es, además, el moderador del ministerio de la Palabra y por ello debe vigilar sobre la integridad doctrinal de su rebaño.

Es más: hemos de enseñar a los sacerdotes de nuestra archidiócesis que el anuncio fiel de la Palabra de Dios es tarea esencial del pastor de almas.

También es nuestro deber iluminar la conciencia de los fieles. Sí. No podemos callar.

De modo particular, querido Salvador, es necesario en este tiempo, enseñar y defender con valentía, sin miedo, cuanto concierne al valor de la vida; a la dignidad y estabilidad de la familia fundada en el único matrimonio; la procreación y la educación de los hijos; la contribución al bien común y al trabajo; el significado de la técnica y la utilización de los bienes materiales.

Y todo ello en plena fidelidad con las enseñanzas e indicaciones de la Sede Apostólica.

En esta tarea episcopal de magisterio ocupa un puesto primordial todo lo referido a la catequesis. Somos los primeros responsables de la catequesis diocesana. Los planes pastorales que tenemos en marcha al respecto ocuparán una buena parte de tu ministerio episcopal.

Nos preocupan también los Colegios diocesanos. La Archidiócesis de Valencia cuenta con una extensa red de Colegios, vinculados directamente a las parroquias. Hemos de convertir estos centros educativos en referencia y ejemplo de educación humana y cristiana.

La naciente Universidad Católica ha de seguir creciendo en calidad. Hoy más que nunca son necesarios profesionales rigurosamente formados en las ciencias humanas, dispuestos a informar con el espíritu del Evangelio las realidades temporales.

No puedo olvidar tampoco la necesidad de estar presentes en los Medios de Comunicación Social. A través de la Fundación diocesana de Comunicaciones Sociales seguimos de cerca los trabajos de la Agencia de Noticias AVAN, del semanario diocesano PARAULA y de los proyectos avanzados de RADIO Y TELEVISIÓN que estamos haciendo realidad.

En todas estas tareas querido Salvador ejercerás tu oficio de enseñar, el oficio en virtud del cual el Obispo es doctor auténtico de la Iglesia.

4. Y junto al oficio de enseñar, ejercerás también la función de santificar (cf. Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, Apostolorum Successores, Vaticano 2004, nn. 142 y ss.).

El Obispo debe considerar como oficio propio ser responsable del culto divino.

Esta función se distingue además porque en ella el Obispo actúa específicamente en la persona de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Y constituye la cumbre y la fuente de la vida cristiana. Serás dispensador de los misterios cristianos.

Presidirás con frecuencia celebraciones litúrgicas rodeado de fieles, deseosos de escuchar al pastor. Recuerda que las celebraciones presididas por el Obispo deben tener una función de ejemplaridad para todos.

Nos preocupa la dignidad de nuestras celebraciones eucarísticas, el decoro del culto divino y la formación litúrgica de los fieles.

En este Año de la Eucaristía hemos de fomentar intensamente la santificación del domingo de modo que los fieles lo celebren como Día del Señor, mediante la participación en el Santo Sacrificio de la Misa, las obras de caridad y el necesario descanso del trabajo.

La piedad popular, verdadero tesoro de espiritualidad en la vida de la comunidad cristiana, conduce a muchos fieles al encuentro personal con Cristo, a la comunión con la bienaventurada Virgen María y con los Santos.

Por eso seguiremos alentando y mejorando estas formas de piedad que se añaden a la vida sacramental de la Iglesia.

5. Querido Salvador: Además de enseñar y santificar, forma parte también de la misión del Obispo el gobierno pastoral de la diócesis (cf. Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, Apostolorum Successores, Vaticano 2004, nn. 158 y ss.).

Esa misión me fue concretada a mí por el Santo Padre, cuando me nombró hace años Arzobispo de esta iglesia particular.

Pero, en una diócesis tan grande y compleja y con tan elevado número de habitantes, yo no podría conseguir eficazmente el bien de las almas sin la valiosa ayuda de mis obispos auxiliares.

Considera ya desde ahora que el ejercicio de la autoridad en la Iglesia debe tener ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir y a dar su vida por sus ovejas (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 27).

Tienes que tener siempre presente aquella enseñanza que Nuestro Señor Jesucristo impartió a sus Apóstoles: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos” (Mc 10,42-44).

De acuerdo con la palabra del Señor, el episcopado es un servicio, no un honor; por ello has de vivir para los fieles, y dejarte “expropiar” en beneficio de todos.

Tu gobierno será pastoralmente eficaz si se apoya en la autoridad moral que le da tu entrega por los fieles y en la santidad de tu vida (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 43).

Todo lo que digas o hagas debe revelar la autoridad de la palabra y de los gestos de Cristo (idem).

De entre todas las tareas con que me puedes ayudar en la función del gobierno, yo quisiera destacar por su importancia la visita pastoral a las parroquias de la archidiócesis, que está actualmente en curso.

Son ya muchas las parroquias que hemos visitado, pero queda mucho trabajo por hacer.

En tu diálogo abierto con todos, escucha sus proyectos y dificultades, sus esperanzas y sus temores.

No son momentos fáciles. Por eso, esfuérzate por suscitar en los fieles la esperanza, que nace de la victoria de Cristo sobre el mundo (cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, nn. 3-5. 66-72).

Compórtate con los sacerdotes como padre y hermano, que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta y haz todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico.

Ten una gran solicitud para con las personas de vida consagrada, especialmente con aquellas que se dedican a la vida contemplativa.

Preocúpate por la formación y el compromiso temporal de los laicos, en un momento en que su presencia y su testimonio cristiano en los asuntos temporales se hace cada vez más imprescindible.

Muestra una gran preocupación por las familias y considera a los jóvenes como una prioridad pastoral de cara al futuro, pues ellos son el porvenir de la Iglesia.

Fomenta la pastoral vocacional de cara al sacerdocio ministerial.

Suscita, en la medida de tus posibilidades, la acción misionera y el diálogo ecuménico e interreligioso.

Y sobre todo, ten una gran predilección por los pobres, por los enfermos, por los emigrantes y por todos los que buscan consuelo y ayuda en su necesidad (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, 47-54).

Esta caridad pastoral para con todos tiene por finalidad crear una auténtica comunión entre los fieles de la archidiócesis.

Recuerda siempre aquellas palabras de Juan Pablo II:

“La comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 43).

Es el momento de la comunión y de la unidad. El mundo espera nuestro testimonio fiel y perseverante.

La figura ideal del obispo, al inicio del Tercer milenio, con la que la Iglesia sigue contando es la del pastor que, configurado con Cristo en la santidad de vida, se entrega generosamente por la Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo en el corazón la solicitud por todas las Iglesias del mundo.

En el Pontifical Romano, durante la solemne oración de ordenación, el Obispo ordenante principal, después de invocar la efusión del Espíritu, repite las palabras del antiguo texto de la Tradición Apostólica: “Padre Santo, tú que conoces los corazones, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey”.

Así lo pedimos al Señor esta mañana: que seas un buen pastor y vivas el ejercicio de tu ministerio a la luz de la esperanza teologal.

Una gran misión te espera en adelante. Que no te abrume ni te agobie. Cuentas con la protección de los santos y santas del cielo, cuya intercesión vamos a invocar ahora en las letanías de los santos.

Cuentas también con nuestras oraciones y con las de todos los hijos e hijas de esta querida archidiócesis.

Y cuentas, sobre todo, con la protección de nuestra Madre, la Virgen de los Desamparados, a quien hace poco —estoy seguro de ello— has confiado tu episcopado. Que ella te ayude, te defienda y te ampare en tu nueva misión eclesial.

Así sea.

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