Santa Misa de Ordenación episcopal

Alocución de
Mons. D. SALVADOR GIMÉNEZ VALLS
Obispo titular de Abula y auxiliar de Valencia

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S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Sábado 2 de julio de 2005

Sr. Arzobispo.
Sr. Cardenal.
Sres. Obispos.
Dignas autoridades.
Hermanos todos.

Los discípulos de Emaús volvían desanimados.

Tras las explicaciones de Jesús ardieron sus corazones, y le rogaron:

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE».

Esta súplica es, queridos amigos, la que deseo hacer viva aquí en esta acción de gracias y en el resto de mi vida.

En esta frase, «MANE NOBISCUM, DÓMINE», que he elegido como lema de mi episcopado, confluyen dos realidades: la constante evidencia de que EL SEÑOR está en la historia de los hombres, y la súplica de quien, como yo, desearía permanecer siempre junto a Él. Es el año de la Eucaristía.

      Por eso, Señor Jesús, acepta hoy mi plegaria:
permanece conmigo para que sea un testigo valiente
y auténtico de tu Evangelio.
Permanece con nosotros, en comunidad de hermanos,
donde todos nos reconocemos hijos del Padre celestial
y miembros de la misma Iglesia
animada por un mismo Espíritu.

Deseo que la exigencia y responsabilidad que libre y gozosamente asumo, sean sólo mías, para que Dios me pida cuentas sin que me excuse o derive a otros mis exclusivas obligaciones ante Él y ante los demás.

Pero igualmente deseo, con más fuerza si cabe, que mi tarea sea siempre para los otros, con los otros, en los otros… para fortalecer y hacer más creíble la propia Iglesia de Jesucristo, y para alabarle y darle gracias en medio de la comunidad.

      «En medio de mis hermanos te alabaré
y daré gracias, oh Altísimo
».

Teniendo como telón de fondo la teología del Episcopado claramente expuesta por nuestro Sr. Arzobispo en su homilía, lo que de verdad me sale del corazón hacer en este momento es prorrumpir en un gozoso canto de ACCIÓN DE GRACIAS, y decir con la Virgen María a voz en grito:

      «Engrandece mi alma al Señor
y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador
».

• En primer lugar doy gracias a Dios por mi vida, por mi fe, por la Iglesia. Por todos los dones recibidos a lo largo de mi historia personal. Con S. Pablo puedo decir: «todo se lo debo a Él», y por eso a Él quiero que revierta mi persona y mi ministerio episcopal. Siguiendo los pasos de JESUCRISTO, el Buen Pastor, deseo que mi entrega, mi disponibilidad, mi obediencia sean completas para el servicio al Pueblo de Dios.

Con palabras de Carlos de Foucauld y de Francisco de Asís:

      «Señor: me pongo en tus manos…
Haz de mí un instrumento de tu paz
».

• Doy gracias a los hombres y mujeres que Dios ha ido poniendo en mi camino; el último de ellos es alguien que, aún sin conocerme personalmente, ha confiado ya en mí para este puesto de Obispo auxiliar: el papa Benedicto XVI, que me ha hecho este encargo recordándome lo que ya dijera Juan Pablo II en su exhortación apostólica «Pastores gregis»: que «el Obispo es el primer predicador del Evangelio con la palabra y con el testimonio de su vida», y que lo debo hacer con vigor y confianza (PG 26).

      «Con tu gracia, estoy dispuesto, Señor,
a no defraudar a quien se ha fiado de mí
».

• También al Sr. Arzobispo por lo mucho que me ha enseñado y por las muestras de afecto y confianza que me ha mostrado. Su cercanía será un apoyo inestimable para una entrega más exigente a esta comunidad diocesana.

• Por supuesto a mis hermanos que han sido o son obispos auxiliares de Valencia. Y con ellos agradezco a todos los demás obispos las muestras de fraternidad y cariño que me han transmitido en los últimos días. Confío en que sus oraciones me ayuden a devolver con creces y servicio auténtico su magnífica disposición a acogerme en el Colegio Episcopal.

      «Por ellos sé, Señor, lo que es la obediencia
hecha fidelidad a la Iglesia
».

• Gracias a mis amigos, los sacerdotes: los que han acompañado mi vida iniciándome de niño en la fe, descubriendo de adolescente mi vocación sacerdotal y haciendo posible que en mi juventud siguiera incondicionalmente a Jesucristo con buena disposición y entrega generosa. He reconocido en ellos lo que S. Gregorio Magno decía en la Regla Pastoral:

      «Cantamos en la caridad a fin de que todo predicador
resuene más por sus hechos que por sus palabras…
»

• A los formadores del Seminario, a los distintos grupos de sacerdotes que han estado conmigo a lo largo de mi trabajo ministerial: a los compañeros de Buñol, del Seminario Menor, de la Escuela de Magisterio Edetania, del Secretariado de Enseñanza de la Conferencia Episcopal, los compañeros de Arciprestazgo de Alcoy y los hermanos del Consejo Episcopal con quienes he compartido preocupaciones y satisfacciones viendo crecer el Reino de Dios a pesar de nuestras imperfecciones y dificultades.

      «Qué bueno es y cuánta alegría da, Señor,
ver a los hermanos unidos
».

• No quiero dejar pasar un recuerdo agradecido a los sacerdotes de la Vicaría II, a quienes he intentado servir y acompañar, recibiendo siempre de ellos buena acogida y gran colaboración. Extiendo ese recuerdo a todos los sacerdotes diocesanos o religiosos, concretándolo en ese grupo que esta mañana, a esta misma hora, está dando gracias a Dios por sus cincuenta años de sacerdocio. De ellos he aprendido y continúo aprendiendo el difícil arte de la entrega y la preciosa dádiva de la generosidad.

• No puedo olvidar a mis condiscípulos. Hemos sido una familia numerosa en la que ha abundado la fraternidad, aprendida del Padre Dios y de la Madre, la Virgen María. Algunos estamos juntos desde los once años en que iniciamos la formación en el querido Seminario de Moncada: ¡cuánta alegría ante tan buenos recuerdos! Después, cada uno en su tarea pastoral, ha ido compartiendo sufrimientos y esperanzas incontables.

      «Con ellos, Señor, empecé a ejercitarme
en el camino de la amistad
».

• Llegado este momento, con Jesús —que lleno de la alegría del Espíritu dio gracias al Padre por haber manifestado las maravillas del Reino a los sencillos— quiero agradecer a Dios la vida de tantos laicos y comunidades de vida consagrada que han estado acompañando mi ministerio sacerdotal y han contribuido a que fuera lo que ahora soy. He recibido mucho más de lo que he podido entregar. Imposible nombrar a todos para expresar cumplidamente mi gratitud. Tras cada nombre hay todo un mudo de vivencias, emociones, búsquedas, encuentros con el Señor en lo que decimos, celebramos y compartimos.

* Las gentes de Alborache y los estudiantes de Buñol, mi primera dedicación pastoral. Con ellos empecé a saber lo que era orientar, santificar y enseñar a la familia cristiana. Con aciertos y errores recibí un trato exquisito y una gran colaboración. La familia alborachera cuidó de mí como si fuera su propio hijo.

* En el Colegio Claret de Játiva, en el Seminario Menor y en la Escuela de Magisterio Edetania comprobé la importancia de la educación y recibí en correspondencia la ilusión y energía de una juventud que quiere abrirse camino, que le cuesta situarse y que sufre con las incomprensiones y las injusticias. En todos pretendí introducir el cariño y la ternura del maestro Jesús.

* Los alcoyanos, sobre todo la feligresía de San Mauro y San Francisco donde tuve la oportunidad de mostrar al Buen Pastor: el grupo de jóvenes, los matrimonios, los ancianos y enfermos, los grupos de formación, la Archicofradía de la Virgen de los Lirios. ¡Cuánto viví, aprendí y gocé en mis años alcoyanos! Gracias por todo.

* Últimamente, en los feligreses de las parroquias de la Vicaría II, he podido descubrir la presencia de un Dios cercano con la acogida que siempre me han dispensado. Con S. Pablo quiero deciros:

      «Vosotros sois el sello de mi apostolado en el Señor».

* Mi gente de Muro. En ese gran pueblo recibí de Dios el regalo de la vida, de la fe y de la vocación sacerdotal. Un profundo agradecimiento a los «mureros» por lo que han significado en mi vida. Desde lo más íntimo de mi ser quiero manifestar mis gracias emocionadas en la persona del señor Alcalde que representa a todo el pueblo. ¡Y cómo no resaltar la labor educadora que mi parroquia natal realizó conmigo, alegrándose y disfrutando de mi vocación, de mi ordenación sacerdotal y de mis tareas ministeriales! En la persona del Sr. Cura agradezco vuestra presencia aquí, protegidos siempre por la Virgen María, la Madre de los Desamparados, a quien con fuerza y vibrante alegría cantamos ese primer verso de nuestro himno:

      «Sed Amparo de Muro que canta».

* Y mi familia del cielo. Ante todo mis padres, cuyos nombres —LOLA y SALVADOR— pronuncio con un corazón agradecido, emocionado y, por qué no decirlo, todavía conmovido por el dolor de la ausencia. Ya eternamente unidos, confío que desde el cielo se alegrarán junto al PADRE por la predilección que ha mostrado una vez más para con su hijo.

* Y ya aquí en la tierra, mis hermanos Juan Vte. y Enri, mis sobrinos Óscar y Marián, mi más que hermana Mila y el resto de familiares. Gracias porque habéis contribuido a que uno de vuestra sangre dedicara su vida al ministerio sacerdotal en la Iglesia. Que Dios continúe bendiciendo nuestra familia con los dones de la unidad, la armonía y la paz.

No más. A no ser poner en el corazón a los que sin querer no coloqué debidamente en él: a quienes no he atendido como ellos esperaban o a quienes defraudé en sus expectativas para conmigo como persona o como sacerdote y pastor.

Y si el SEÑOR permanece con nosotros, su presencia se hace más que palpable en los pobres, humillados y ofendidos de nuestra sociedad.

      «Que sepa reconocer en ellos tu rostro, Señor».

Como veis, ha sido una mirada agradecida al pasado personal con vosotros dentro. Ahora, mirando al futuro, me toca pedir: ayudadme con vuestras oraciones y vuestro ejemplo de vida entregada a ser un buen pastor de la Iglesia. Ya que me habéis enseñado a ser sacerdote, pedidle a Dios que aprenda a ser Obispo y a dar mi vida totalmente y en exclusiva al servicio de su Pueblo.

— Como PERSONA, quiero seguir vinculado íntimamente a mi familia y amigos, sin cuyas raíces todo árbol se vuelve estéril.

— Como CIUDADANO, pretendo la solidaridad y la justicia en todos los ámbitos, soñando todavía hoy con un mundo en el que sea posible ser humano.

— Como CRISTIANO, deseo seguir viviendo con alegría y sencillez la vida como don y como gracia del Señor.

— Como SACERDOTE, hago mío lo que celebro cada día en la Eucaristía y tan bellamente nos interpretó Juan Pablo II:

      «Tomadme y comedme. Es mi vida entregada por vosotros.»

— Y como OBISPO, hoy auxiliar del Sr. Arzobispo de Valencia, trataré de ser el colaborador fiel y solícito en las tareas que él y la Iglesia me encomienden.

MARÍA, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, a quien nosotros nos dirigimos llamándole Madre de los Desamparados y un grupo de peregrinos valencianos le suplica hoy en la gruta de Lourdes, me animará a que la entrega sea fiel, dócil y esperanzada.

MANE NOBISCUM, DOMINE

Quédate con nosotros, Señor,
y tras partir contigo el Pan,
saldremos a anunciar a todos los hombres
que estás vivo y que sólo Tú eres
la esperanza de una nueva humanidad.

      AMÉN.

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