Acuíferos vocacionales

Carta de Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Obispo de Huesca y de Jaca

Domingo, 19 de marzo de 2006

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Es una de las músicas más sonoramente cantarinas, que siempre que la escuchamos nos hace vibrar: el agua. En la necesaria lluvia, en los manantiales de nuestras andanzas montañeras, en los riachuelos de nuestros valles, en los ibones y embalses de nuestra geografía diocesana… el agua sabe cantar. Y su música nos hace atentos a esa magia que tanto nos agrada escuchar. Pero, en verdad esta sinfonía acuática se nos hace remisa incluso aquí en nuestra tierra altoaragonesa. Y andamos comentando aquí y acullá, que estamos faltos de agua, de la hermana agua, a pesar de estar presididos por nuestras hermosas montañas con su altura y majestuosidad.

Me viene esta reflexión al llegar la fiesta de San José, en la que celebramos también el día del Seminario. Fue la primera cosa que hice cuando hace algo más de dos años me llamó el Nuncio para decirme que el Papa quería hacerme Obispo de Huesca y de Jaca: llegando a mi comunidad franciscana, averigüé dónde teníamos los seminaristas y cuántos eran. Se trataba no de una primera auscultación de cómo estaba la Diócesis a la que el Señor me enviaba. Era un índice de tantas otras cosas más.

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Santa Misa para los trabajadores

Basílica Papal de San Pedro, Vaticano
Domingo, 19 de marzo de 2006

Homilía
III DOMINGO DE CUARESMA (B)

Santa Misa para los trabajadores

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado juntos una famosa y bella página del libro del Éxodo, en la que el autor sagrado narra la entrega del Decálogo a Israel por parte de Dios. Un detalle llama enseguida la atención:  la enumeración de los diez mandamientos se introduce con una significativa referencia a la liberación del pueblo de Israel. Dice el texto: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud» (Éx 20, 2). Por tanto, el Decálogo quiere ser una confirmación de la libertad conquistada. En efecto, los mandamientos, si se analizan en profundidad, son el instrumento que el Señor nos da para defender nuestra libertad tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los maliciosos. Los «no» de los mandamientos son otros tantos «sí» al crecimiento de una libertad auténtica. Conviene subrayar también una segunda dimensión del Decálogo: con la Ley dada por medio de Moisés el Señor revela que quiere establecer con Israel una alianza. Por consiguiente, la Ley, más que una imposición, es un don. Más que mandar lo que el hombre debe hacer, quiere manifestar a todos la elección de Dios: Él está de parte del pueblo elegido; lo liberó de la esclavitud y lo rodeó con su bondad misericordiosa. El Decálogo es testimonio de un amor de predilección.

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