Toma de Posesión de la Diócesis de Málaga

Homilía de
Mons. D. JESÚS E. CATALÁ IBÁÑEZ
Obispo de Málaga

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S.I. Catedral Basílica de la Virgen de la Encarnación, Málaga
Sábado 13 de diciembre de 2008

1. El Señor Jesucristo, el Buen Pastor, me envía a esta querida Diócesis de Málaga, para que cuide con solicitud pastoral de los fieles de esta grey. Quiero ser fiel a esta misión y desgastar mi vida en la tarea que se me encomienda. Pido a Dios poder amarle con todo mi ser, para serviros como Él desea; y que, en su infinita misericordia, me sostenga en esta nueva misión, a pesar de mis limitaciones y debilidad humana. Como san Pablo: «Doy gracias a Aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al ponerme en este ministerio» (1 Tim 1, 12).

Agradezco la confianza del Santo Padre, Benedicto XVI, a quien expreso mi filial afecto y la plena comunión con él.

Vengo a servir a la milenaria Iglesia malacitana, que ha dado hermosos frutos de santidad en muchos de sus hijos: Desde San Patricio y los santos mártires, Ciriaco y Paula, Patronos de esta Ciudad, pasando por el Beato Manuel González, inspirador de la tradición sacerdotal de Málaga y gran impulsor de su Seminario, hasta tantos testigos de la fe, que supieron dar su vida por el Evangelio como los Beatos Enrique Vidaurreta, sacerdote y Juan Duarte, diácono; y la última beatificada, Madre Carmen.

2. Saludo fraternalmente al Nuncio Apostólico de Su Santidad, a los Emmos. Cardenales, Arzobispos y Obispos, especialmente a mi hermano Antonio, que ha regido esta Diócesis, con entrega generosa, durante los últimos quince años.

Una palabra de afecto a los sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y miembros de vida consagrada, a las Asociaciones de fieles y Movimientos.

Un saludo cordial a las Autoridades civiles, judiciales, académicas y militares; menciono de modo concreto a los Srs. Alcaldes de Málaga y Alcalá de Henares. A todos los fieles de la Diócesis malacitana, a cuantos habéis venido de otras ciudades, y a quienes participáis a través de los medios de comunicación, recibid un abrazo de paz en nombre de Jesucristo.

Permitidme que dirija unas palabras a mi familia y a mis paisanos en nuestra propia lengua: Estimats germans i familia, amics i païsans, moltes gracies per la vostra presencia, per la vostra oració i per el vostre afecte.

Con mi saludo, vaya también mi sincero agradecimiento a todos los que, con tanta generosidad y dedicación, han preparado esta celebración.

3. La liturgia de este sábado de Adviento nos ha ofrecido un texto del libro del Eclesiástico, en el que se nos presenta al profeta Elías como un hombre de Dios, cuyo ministerio es como una palabra inflamada de celo santo por las cosas del Señor: «Surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha» (Eclo 48, 1).

La humanidad, queridos hermanos, necesita ser purificada, para quemar lo que estorba la llegada del Reino de Dios. Nuestros corazones precisan de una limpieza a fuego, para derretir la escoria de nuestros pecados y allanar el camino del que viene a salvarnos. Se nos apremia a la conversión, porque ha llegado el Reino de los cielos (cf. Mt 3, 2).

Ya cercanos a la Navidad, el profeta nos anima a acoger la Palabra eterna, que se encarna, como dice San Juan en su Evangelio (cf. Jn 1, 14), asumiendo la naturaleza humana y transformándola. Su venida es purificadora. Como ha dicho el mismo Jesús: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12, 49).

No tengamos miedo de que el Señor queme en nosotros, con el fuego de su Espíritu, lo que impide su llegada bienhechora.

4. A través del ministerio del profeta Elías, Dios hizo grandes prodigios, calmando la ira divina, haciendo volver el corazón de los padres a los hijos y haciendo felices a quienes disfrutaron de su misión (cf. Eclo 48, 10-11).

La presencia del hombre de Dios trae consigo una renovación. A la pregunta de sus discípulos sobre Elías, Jesús responde: «Elías vendrá y lo renovará todo» (Mt 17, 11).

El gran Profeta, Palabra eterna del Padre, ya ha venido (cf. Jn 1, 9). Su obra salvífica ha sido ya completada; ahora resta sólo acogerlo en nuestros corazones y dejar que nos renueve. No todos lo acogen; hay algunos que no quieren reconocerlo. La constatación de Jesús en el Evangelio es tajante: «Os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido» (Mt 17, 12).

No seamos nosotros, queridos hermanos, de los que no le reconocen, sino más bien de los que creen en Él y tienen vida eterna (cf. Jn 3, 36).

5. El evangelista Mateo trae a colación el tema de Elías, a raíz de la transfiguración del Señor ante sus discípulos más íntimos, en la que aparecen Moisés y Elías conversando con Él (cf. Mt 17, 1-3).

El Papa Pablo VI subrayaba el aspecto eclesial del misterio de la Transfiguración: “Yo quisiera que fueseis capaces de entrever en la Iglesia la luz que lleva dentro, de descubrir a la Iglesia transfigurada, de comprender todo lo que el Concilio ha expuesto tan claramente en sus documentos. (…) La Iglesia encierra una realidad misteriosa, un misterio profundo, inmenso, divino. (…) La Iglesia es el sacramento, el signo sensible de una realidad escondida, que es la presencia de Dios entre nosotros” (Pablo VI, Homilía de la misa celebrada en la parroquia de San Pedro Damián, 27.II.1972: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de marzo de 1972, p. 4). ¡Que sepamos también nosotros descubrir esa presencia y transmitirla a los demás!

¡Que Dios nos conceda a nosotros servir con fidelidad y amor a la Iglesia, trabajando con entusiasmo en la nueva evangelización, a la que los últimos Pontífices nos han invitado con insistencia! Le pedimos a María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización, que nos ayude en esta tarea.

6. Los discípulos, al ver aquel espectáculo de la transfiguración, «cayeron de bruces, llenos de espanto. Pero Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: Levantaos, no temáis» (Mt 17, 6-7). El temor sacude el alma, purificándola y elevándola; de este modo, ayuda a no rebajar la grandeza de Dios al nivel de nuestros proyectos mundanos. Los caminos del Señor y sus pensamientos –dice Isaías– aventajan a los nuestros como aventaja el cielo a la tierra (cf. Is 55, 9).

Por eso hay que contemplar al Señor, que viene a salvarnos, a iluminar nuestra vida y a guiar nuestros pasos por caminos de paz (cf. Lc 1, 79). Cuando el hombre vive en Dios, queda enriquecido y transformado; cuando el hombre se aparta de Dios, se envilece y embrutece. Harta experiencia tenemos de ello.

El Señor quiere inflamar nuestros corazones, purificándolos e iluminándolos con su luz transformadora. Aclamemos su Venida con el grito del Adviento y pidámosle, una y otra vez: “Ven, Señor Jesús”.

7. El Apóstol San Pablo nos ha recordado en su carta a los Corintios la importancia de la unión con la Trinidad y, en consecuencia, de la comunión eclesial. Es decir, la necesidad de vivir el amor a Dios y a los hermanos; de lo contrario no puede haber frutos de santidad. Me consta el esfuerzo que estáis haciendo, queridos fieles de la Diócesis de Málaga, en acoger a los más necesitados. Las riquezas de la Iglesia han sido siempre los pobres; con mayor razón en estos momentos difíciles.

He sido enviado como pastor a esta Iglesia particular en el Año Paulino, con la misión de anunciaros el Misterio de amor, manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8, 39).

Pablo nos ha recordado hoy los carismas. Son dones del Espíritu Santo a la Iglesia, para construir el Reino de Dios, que se caracteriza por ser un Reino de amor, de justicia, de verdad, de paz; y para la edificación de todo el cuerpo eclesial en el amor (cf. Ef 4, 16).

La Iglesia, introduciendo este Reino, “no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, –dice el Concilio– sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva” (cf. Lumen gentium, 13). ¡Que nadie, pues, tenga miedo de lo que la Iglesia proclama en nombre de Cristo! Más bien que sea aceptado con afecto y gratitud!

8. El Concilio Vaticano II ha expuesto con claridad que en el pueblo de Dios hay diversidad de carismas, que están armónicamente coordinados y jerarquizados (cf. Lumen gentium, 7), según la misión que cada fiel cristiano debe desempeñar (cf. Ad gentes, 28). ¡Que cada cual, pues, ponga al servicio de los demás los dones que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios! (cf. 1 Pe 4, 10).

San Pablo nos indica el modo de encarnar los propios carismas, en torno a la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca» (1 Co 13, 4-7).

9. Todos los fieles cristianos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos, estamos llamados a vivir la caridad hasta ofrecer, con el don de la propia vida, el testimonio de amor ante los hombres. El Concilio Vaticano II nos recuerda: “Cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad” (cf. Lumen gentium, 41). Para ello, queridos hermanos, es necesario acudir a la Eucaristía, fuente de amor fraterno. A este propósito, felicito y animo a todos los Adoradores eucarísticos, en la celebración del ciento veinticinco Aniversario de la Adoración Nocturna en nuestra Diócesis.

Los presbíteros como servidores del pueblo de Dios, en fraternidad sacerdotal, representan a Cristo Cabeza y Pastor (cf. Presbyterorum ordinis, 10; Pastores dabo vobis, 22). ¡Vivid con ilusión, alegría y dedicación, queridos sacerdotes, el ministerio sacerdotal! Ello será fuente de nuevas vocaciones. Una palabra particular de aliento al Seminario y a los seminaristas, para que sigáis con fidelidad y gozo la llamada del Señor.

El ejercicio de la caridad en los religiosos se expresa mediante la práctica de los consejos evangélicos (cf. Lumen gentium, 44). ¡Queridos religiosos y personas de especial consagración, sed signo de la transcendencia, con vuestro coraje, frescura y generosidad, dando testimonio de la primacía de Dios sobre todas las cosas!

Los laicos ejercen la caridad como fermento en el mundo. Vuestra colaboración es muy valiosa, tanto para la Iglesia como para la sociedad. El Concilio Vaticano II les anima a “coordinar sus fuerzas, para sanear las estructuras y los ambientes del mundo” (cf. Lumen gentium, 36). Una palabra de aliento quiero dar a las familias, a los miembros de Asociaciones, Hermandades y Cofradías y a los responsables de la actividad pública, para que viváis la fe en Cristo Jesús, iluminando y transformando las realidades temporales.

El Señor me envía a vosotros, para celebrar juntos la fe y compartir el camino de la vida, como hizo Jesús con los discípulos de Emaús, a quienes les explicó las Escrituras y con quienes partió el pan (cf. Lc 24, 27-30).

A todos los hombres de buena voluntad, que buscan a Dios con sincero corazón y recta conciencia, sin conocer el Evangelio de Cristo, les deseo que Jesucristo, Luz del mundo, ilumine su corazón y su mente.

10. En la diversidad de ministerios y servicios, uno solo es el Espíritu de Dios, que obra todo en todos (1 Co 12, 6) y una sola es la misión: conocer al único y verdadero Dios y al que Él ha enviado, Jesucristo (cf. Jn 17, 3). Os invito a todos a una fraternal colaboración en la caridad, para alcanzar esta meta.

Sin amor, hermanos, la vida no tiene valor; sin la caridad, como nos ha dicho San Pablo, no somos nada (cf. 1 Co 13, 1).

Como Pastor de esta Iglesia malacitana, vengo a confortaros en la fe, a sosteneros en la esperanza y a ejercitarme con vosotros en la caridad. En el ejercicio de mi ministerio episcopal, deseo vivir en comunión de amor con todos vosotros, siguiendo el ejemplo de Cristo, el Buen Pastor.

Parafraseando una expresión musical de esta tierra, quiero decir: ¡Málaga, querida, qué bonitos ojos tienes! ¡Déjame que te contemple; permíteme que te acompañe; y concédeme poder amarte!

¡Que nuestra Patrona, Santa María de la Victoria, nos ayude y nos sostenga, hoy y siempre, en el ejercicio de la caridad, para construir el Reino de Dios! Amén.

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