La celebración eucarística después del Concilio Vaticano II

Conferencia de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León
Delegado Nacional para los Congresos Eucarísticos Internacionales

lopez_martin_11062012

50 Congreso Eucarístico Internacional

Dublín, 11 de junio de 2012

El Congreso Eucarístico Internacional de Dublín, centrado en “La Eucaristía, comunión con Cristo y entre nosotros”, en coincidencia feliz con el 50 aniversario del Concilio Vaticano II que presentó la Eucaristía como el culmen de toda acción de la Iglesia, debe ser una ocasión no sólo para avivar el recuerdo agradecido de aquella gran asamblea convocada por el Beato Juan XXIII y felizmente reconducida y sancionada por el Siervo de Dios Pablo VI, sino también para una nueva receptio eclesial de uno de los frutos más importantes y decisivos de la obra renovadora de la vida litúrgica que entonces se puso en marcha, el Ordo Missae. Por otra parte el Congreso, desde su preparación, se ha manifestado sensible también al reto de la nueva evangelización, lo que hace que se inscriba en la dinámica de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” y del “año de la fe” que se inaugurarán en octubre próximo. Esta iniciativa del Papa Benedicto XVI nos orienta hacia una fe “profesada, celebrada, vivida y rezada”.

En este sentido todos esperamos y deseamos que el Congreso sea un factor importante para fomentar una catequesis renovada del Misterio eucarístico bajo todos sus aspectos e implicaciones éticas y culturales, una celebración más viva y fructuosa de la Santa Misa y un culto de adoración cada vez más auténtico e intenso, todo ello para que la Eucaristía aparezca y sea considerada como “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG 11; SC 10). El Congreso, inspirado directamente en la eclesiología eucarística conciliar, concretamente en LG 7, además de una manifestación de la fe y del culto al Santísimo Sacramento, es una gracia divina orientada a la vida eucarística de toda la Iglesia en línea con lo que el Magisterio e la Iglesia ha venido ofreciendo y fomentando desde el Concilio Vaticano II. No en vano los Congresos eucarísticos posteriores a él se han beneficiado de la renovación litúrgica y han influido de manera positiva en la adecuada participación de los fieles y de los pastores. En este sentido la celebración del Congreso no es un privilegio concedido a una diócesis o a un país o una actividad más de las muchas que pueden organizarse, sino un servicio a todo el pueblo santo de Dios en línea con el significado eclesial de la Eucaristía (cf. 1 Cor 10, 16-17). Pues en ella “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres” (PO 5).

El texto-base del Congreso ha sido sensible también al momento que viven las Iglesias locales de Irlanda en relación con la participación eucarística y de manera especial a la importancia del Misal Romano de 1970 como fruto de Concilio Vaticano II, cuya tercera edición típica enmendada de 2008 se reflejará en la traducción en lengua inglesa. En España se está a la espera de la recognitio por parte de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la versión de la Conferencia Episcopal Española. Se han publicado ya las ediciones en lengua española de Colombia (2007) y Argentina (2009).

Agradezco al P. Kevin Doran, Secretario general del Congreso, la gentileza y confianza que ha tenido al confiarme esta aportación sobre la celebración eucarística después del Concilio Vaticano II. El título es muy amplio e invitaría a ocuparse del 2 desarrollo progresivo de la reforma litúrgica del Ordo Missae en este ámbito siguiendo las disposiciones conciliares y las determinaciones pontificias. Sería posible también analizar la estructura y las diversas partes de la celebración tal y como se describen en el Misal Romano. Sin embargo, cualquiera de estos temas necesitaría no una conferencia sino un curso entero. Por eso, considerando también el marco de esta exposición, el Congreso eucarístico y su enfoque, me propongo subrayar algunas líneas teológicas y pastorales de la celebración eucarística del rito de la Misa, teniendo delante el Ordo Missae y su explicación en la Institutio generalis Missalis Romani según la última edición típica del Misal, y las últimas Exhortaciones Apostólicas postsinodales dedicadas a la Eucaristía y a la Palabra de Dios, la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis y Verbum Domini de S.S. Benedicto XVI. También tendré en cuenta el Catecismo de la Iglesia Católica como recomienda la Carta Apostólica Porta Fidei ante el “año de la fe”.

Dividiré mi intervención en cuatro puntos: 1) El Misterio eucarístico: fe profesada y celebrada en clave de tradición y legítimo progreso. 2) La Eucaristía, acción de Cristo y de la Iglesia. 3) Unidad de la celebración eucarística como acto de culto. 4) Algunos elementos significativos del Ordo Missae de 1969. Y 5) Terminaré con una breve reflexión a modo de conclusión.

I.- EL MISTERIO EUCARÍSTICO: FE PROFESADA Y CELEBRADA EN CLAVE DE TRADICIÓN Y LEGÍTIMO PROGRESO

“Es necesario vivir la Eucaristía como misterio de la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de que «el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia». En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe” (SCa 34). Con esta frase, alusiva a la relación intrínseca entre la liturgia y la fe en el Misterio eucarístico o, dicho de otro modo, entre la lex orandi y la lex credendi en la Eucaristía, el Papa Benedicto XVI abre la segunda parte de la Exhortación postsinodal Sacramentum caritatis dedicada precisamente a la Eucaristía como misterio que se ha de celebrar. De este modo pone de manifiesto que la celebración de la Misa sólo puede ser correctamente vivida y auténticamente explicada desde la doctrina de la fe, la cual está en relación, a su vez, con la forma como la Iglesia ha cumplido a lo largo de los siglos el mandato del Señor al instituirla: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24-25; cf. Lc 22, 19).

Por eso es preciso tener en cuenta también la evolución histórica de la liturgia eucarística, como recordaba el Beato Juan Pablo II, en uno de sus primeros documentos magisteriales, la Exhortación Apostólica Dominicae Cenae: «La celebración de la eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia, los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutable la esencia del ‘mysterium’, instituido por el redentor del mundo durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio”.

Ahora bien, aunque el Concilio Vaticano II no pretendió ocuparse directamente de los aspectos doctrinales de la Eucaristía sino intervenir en el plano pastoral de la celebración, de modo que los fieles cristianos “no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadora y activamente en la acción sagrada…” (SC 48), interpretando correctamente el término “pastoral” aplicado al Concilio Vaticano II en general y a la reforma y renovación litúrgica en concreto, es preciso valorar también el significado y el alcance de la relación, de carácter teológico, entre la celebración litúrgica, especialmente la Eucaristía, y el misterio de la Iglesia, tal y como aparece en numerosos textos de las constituciones Sacrosanctum Concilium (cf. SC 2; 5-10; 41-42; etc.) y Lumen Gentium (cf. LG 1; 8; 10; 11; 26; etc.). Estos son los altiora principia o principios fundamentales de la renovación litúrgica Se afirmó así la idea de la participación de los fieles en la liturgia, procurada desde los tiempos de San Pío X por el Movimiento litúrgico acompañado por los movimientos bíblico y eclesiológico que tuvieron una clara orientación y apoyo en el magisterio del Papa Pío XII.

A) Fe y celebración del Misterio eucarístico

Volviendo de nuevo a la relación intrínseca entre la fe y la celebración, parece claro que estamos ante dos aspectos inseparables del Misterio eucarístico, la fe profesada y la fe celebrada, o sea, lo que la Iglesia cree, profesa y enseña, y el ritual con que cumple el mandato institucional de la Eucaristía. Ambos aspectos se influyen mutuamente de manera que el conocimiento y la vivencia del Misterio eucarístico se han ido transmitiendo a los fieles desde los tiempos apostólicos mediante esa doble vía de la doctrina de la fe y de la liturgia. Otra cosa es que el progreso de ambos aspectos haya corrido paralelo, puesto que cada uno ha seguido su propio camino y ritmo de desarrollo, puesto que no siempre la teología de la Eucaristía ha tenido en cuenta los datos de la liturgia, ni esta ha evolucionado al compás de los avances doctrinales sobre el Misterio eucarístico.

Quizás el mayor distanciamiento entre la teología y la liturgia de la Eucaristía se produjo a raíz de las controversias eucarísticas alto-medievales llegando incluso hasta la época postridentina. Hoy la situación es diferente. Concluida la reforma del Ordo Missae establecida por el Concilio Vaticano II (cf. SC 50) con la publicación del Missale Romanum (ediciones de 1970, 1975 y 2002 -2008-) y a la vista de las intervenciones del Magisterio pontificio que han acompañado y dirigido la revisión de los ritos y de los textos de la Misa, creo que puede afirmarse que existe una gran armonización entre las dos vías de penetración y de vivencia del Misterio eucarístico (cf. IGMR 8-9).

Los dos aspectos apuntados antes tienen su origen último en la voluntad de nuestro Salvador al instituir “el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte y Resurrección” (SC 47), de manera que, como señala expresamente Benedicto XVI, “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual” (SCa 34). Ahora bien, la armonía y la interdependencia de la fe y de la celebración en la conciencia de los ministros y del pueblo cristiano ha dependido con frecuencia, más allá de las intervenciones del magisterio de la Iglesia, de la acción de los hombres unas veces en el ámbito teológico y catequético y otras en el campo litúrgico. No es cuestión ahora de entrar en el análisis de este tema sino de tomar buena nota del propósito todavía vigente de la Iglesia de unir formación de la fe e iniciación litúrgica o, si se prefiere, catequesis eucarística y pastoral de la Santa Misa. En efecto, fue en el contexto del Concilio Vaticano II donde se afirmó solemnemente que los sacramentos y, por tanto, la Eucaristía “no sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe» (SC 59).

No en vano la celebración litúrgica “dispone óptimamente a los fieles a recibir con fruto la misma gracia, a dar culto rectamente a Dios y a practicar la caridad” (ib.). Esta función nutritiva y enriquecedora de la fe se denomina mistagogia, y a ella alude el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma: “La catequesis litúrgica pretende introducir en el Misterio de Cristo (es “mistagogia”), procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los sacramentos a los misterios (CCE 1075). La mistagogia de la fe profesada y celebrada en la liturgia requiere, por tanto, que las celebraciones, en especial la de la Eucaristía, se desarrollen siguiendo fielmente los textos y las indicaciones de los libros litúrgicos, en este caso del Misal, pues “no se edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía: por ella, pues, hay que empezar toda la formación para el espíritu de comunidad” (PO 6).

B) La expresión de la fe de la Iglesia en la liturgia eucarística

Nadie debería dudar, por tanto, de que la liturgia en general y la celebración eucarística en concreto, realizada fielmente según los libros litúrgicos, expresa la fe de la Iglesia a la vez que la alimenta en los fieles. La liturgia es fe profesada, celebrada, vivida y hecha oración, de manera que puede afirmarse que la Iglesia cree de la misma manera que ora (cf. CCE 1124). En este sentido toda la celebración es una profesión de la fe eclesial asumida y reconocida como propia por los ministros y los fieles de acuerdo con el axioma, ya citado, de que la norma de la plegaria es la norma de la fe. Esta realidad se pone de manifiesto en la aclamación Mysterium fidei, traducida de tres modos en español: “Este es el misterio de la fe”; “este es el sacramento de nuestra fe”; y “Aclamemos el misterio de la fe”. La Eucaristía es, por tanto, el gran signo de lo que la Iglesia cree y enseña como fundamento de su existencia y de su esperanza cumplidas en el misterio pascual de Jesucristo, celebrado y proclamado en la plegaria eucarística como también en la recitación del Símbolo de la fe. Son dos fórmulas específicas de profesar y celebrar la fe, y lo mismo sucede mediante otros textos eucológicos o plegarias e incluso por medio de los ritos, gestos y signos que emplea la liturgia, cada uno según sus características propias.

No obstante, la liturgia no suele precisar o fijar fórmulas dogmáticas de fe, ni es posible usar los textos litúrgicos como afirmaciones doctrinales, porque esta no es su finalidad y la mayoría de las veces se limitan a reflejar el sentir común o histórico acerca de un misterio de la fe en clave de plegaria según distintos géneros: alabanza, súplica, etc. Por su naturaleza la liturgia no pretende “enseñar” directamente aun cuando ayude, en calidad de celebración de la fe, a vivirla en profundidad. Ahora bien, esto no quiere decir que la función litúrgica sea irrelevante para la doctrina de la fe, puesto que ha jugado siempre un papel decisivo para la asimilación de esta por el pueblo de Dios. De ahí la famosa frase del Papa Pío XI: “la liturgia es el más importante órgano del magisterio ordinario de la Iglesia… la didascalia de la Iglesia!”.

Fe y celebración no deben verse independientemente la una de la otra, puesto que la teología reflexiona siempre sobre la fe que es celebrada en la liturgia, pero no debe olvidarse que doctrina de la fe y liturgia son dos formas diversas de actuación de la vida de la Iglesia de las que es preciso reconocer la peculiaridad de cada una. Sólo así nace su fecunda cooperación y unidad. Por eso la Eucaristía, en cuanto manifestación principal de la Iglesia (cf. SC 41), es ámbito necesario siempre -aunque no el único- en el que se confiesa pública y abiertamente la fe de la Iglesia. Así lo ratifica el ministro del bautismo cuando dice, y toda la asamblea asiente: «Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro».

C) Continuidad en la tradición

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía confiesa dinámicamente, mediante gestos y palabras, la fe recibida desde el principio, lo que convierte la Santa Misa en un elemento constitutivo de la tradición santa y viva (cf. CCE 1124; cf. 78; 1327), como se sugiere ya en el relato paulino de la institución de la Eucaristía en la I Carta a los Corintios: “He recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1 Cor 11, 23; cf. 15, 3). Esta continuidad, en lo tocante al Misterio eucarístico, que se hace testimonio de fe inalterada abarcando los siglos y que tiene su expresión en las enseñanzas del Concilio de Trento y del Concilio Vaticano II, es puesta de relieve por la Institutio generalis Missalis Romani al afirmar la fidelidad de la Iglesia respecto al citado Misterio como “aparece continuamente en las fórmulas de la Misa” (IGMR 2). Como ejemplos relevantes, este documento cita la célebre oración sobre las ofrendas de la misa del Jueves Santo: “Cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención”, y la anámnesis de las plegarias eucarísticas. “De este modo, afirma, en el nuevo Misal, la ‘lex orandi’ de la Iglesia responde a su perenne ‘lex credendi’” en lo que se refiere al mismo y único sacrificio de Cristo en la cruz y a su actualización sacramental en la Santa Misa.

El carácter sacrificial de la Misa aparece en las palabras de la consagración y en incontables expresiones alusivas al carácter memorial y representativo respecto al sacrificio de la cruz, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto” (CCE 1366; cf. 1365). El Beato Juan Pablo II afirma en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine: “No hay duda de que el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad, comed… Tomó luego una copa y… se la dio diciendo: Bebed de ella todos…» (Mt 26,26.27)… Sin embargo, no se puede olvidar que el banquete eucarístico tiene también un sentido profunda y primordialmente sacrificial. En él Cristo nos presenta el sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota”.

Lo mismo sucede respecto a la presencia real de Cristo bajo las especies sacramentales. La Constitución Sacrosanctum Concilium la relaciona con otros modos o grados de presencia del Señor en la acción litúrgica (“Ecclesae suae semper adest”: SC 7), interpretándola también de una manera dinámica y destacando, obviamente, la presencia bajo las especies eucarísticas (cf. SC 7). La IGMR señala, además de las palabras de la consagración que “hacen presente a Cristo por la transubstanciación”, los signos y gestos de reverencia y adoración que tienen lugar en la liturgia eucarística (cf. n. 3). En cuanto a la naturaleza del sacerdocio ministerial que vincula al ministro de la Eucaristía a la autoridad con que Cristo mismo forma y santifica a su cuerpo eclesial, “queda esclarecida… por la preeminencia del lugar reservado al sacerdote y por la función que desempeña”, como pone de relieve el prefacio de la Misa crismal al mencionar la transmisión de la potestad sacerdotal mediante el sacramento del orden (cf. n. 4; 92-93), lo que hace que el sacerdocio ministerial se distinga del sacerdocio común de los fieles no sólo en esencia sino también en grado (cf. LG 10; PO 2; SCa 23). Ahora bien, es digno de estima también esta participación en el único sacerdocio de Cristo que justifica y exige la participación plena, consciente y activa de los fieles en las celebraciones litúrgicas, de la que hablaré más adelante.

D) Legítimo progreso

Todos estos aspectos del Misterio eucarístico son esenciales y han sido muy tenidos en cuenta en la revisión del Ordo Missae, como propuso el Vaticano II, “para conservar la sana tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo” (SC 23) y “de acuerdo con la primitiva norma de los Santos Padres” (SC 50; cf. IGMR 6-9). Esta última frase de la Constitución Sacrosanctum Concilium aparece tanto en la edición del Misal Romano promulgado por San Pío V en 1570 como en el de 1970 por el Papa Pablo VI, de manera que el hecho de que “ambos Misales Romanos convengan en las mismas palabras puede ayudar a comprender cómo, pese a mediar entre ellos una distancia de cuatro siglos, ambos recogen una misma tradición. Y si se analiza el contenido interior de esta tradición, se ve también con cuánto acierto el nuevo Misal completa al anterior” (IGMR 6). Esto quiere decir la norma de los Santos Padres pedía algo más que la conservación del legado recibido sino que, a partir de este, se procurase también el legítimo progreso (cf. IGMR 9)

En este sentido el actual rito de la Misa, como todo el Misal Romano “que testifica la lex orandi de la Iglesia Romana y conserva el depósito de la fe transmitido en los últimos Concilios, supone al mismo tiempo un paso importantísimo en la tradición litúrgica” (IGMR 10). Al ser muy distintas las circunstancias históricas que precedieron y rodearon la obra litúrgica del Concilio Vaticano II respecto a las del Concilio de Trento (cf. IGMR 7; 11), la Iglesia ha podido prestar una mayor atención al carácter didáctico y pastoral de la sagrada liturgia para la formación de la fe (cf. SC 21; 33; etc.; IGMR 12-14) y, al mismo tiempo, fomentar la participación activa que se venía promoviendo desde los orígenes del movimiento litúrgico. En efecto, “la Iglesia, que conservando «lo antiguo», es decir, el depósito de la tradición, permanece fiel a su misión de ser maestra de la verdad, cumple también con su deber de examinar y emplear prudentemente «lo nuevo» (cf. Mt 13, 52)” (IGMR 15).

El Beato Juan Pablo II, a los 25 años de la aprobación de la Constitución Sacrosanctum Concilium, subrayó la importancia de la reforma litúrgica efectuada enmarcándola en la continuidad renovadora iniciada por San Pío X, proseguida por Pío XII y confiada por el Beato Juan XXIII al Concilio Vaticano II, señalando que “respondía a una esperanza general de la Iglesia” y destinada a la renovación de la vida eclesial. Por su parte Benedicto XVI, haciéndose eco de la XI Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos de 2005, reconoce “el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II” (SCa 3).

El progreso legítimo se constata en el conjunto de la reforma del Ordo Missae determinada en el capítulo II de la Constitución litúrgica del Vaticano II, en cuanto a la orientación general y a los aspectos concretos, y en el análisis de las innovaciones que ha incorporado para manifestar con mayor claridad el sentido y mutua conexión de cada parte del rito facilitando una participación de los fieles piadosa y activa. Desde el punto de vista teológico, se aprecia en la estructura, en los elementos tanto eucológicos y rituales, en la IGMR y aun en las mismas rúbricas del Ordo Missae, una serie de riquezas que son fruto no de una simple deseo de aggiornamento del rito de la Misa sino de la voluntad de la suprema autoridad de la Iglesia, responsable última de la reforma litúrgica efectuada ad pristinam sanctorum Patrum normam (SC 50; cf. 21-23), como he recordado antes. Todo ello con el fin de que se reflejen y se pongan a disposición de todo el pueblo de Dios los valores y aspectos del Misterio eucarístico que han ido aflorando en la investigación teológica de las fuentes bíblicas, patrísticas, eucológicas y teológicas de los últimos siglos (cf. IGMR 8-15) bajo la guía del magisterio de los Papas.

II. LA EUCARISTÍA, ACCIÓN DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.

La IGMR dedica un capítulo, el IV, a las “Diversas formas de celebrar la Misa”. No obstante, el capítulo comienza recordando la diversidad de asambleas litúrgicas señalando que en la Iglesia local el primer puesto corresponde, por su significado, “a la Misa presidida por el Obispo, rodeado de su presbiterio, diáconos y ministros laicos, y en la que el pueblo santo de Dios participa plena y activamente. En ésta, en efecto, es donde se realiza la principal manifestación de la Iglesia” (IGMR 112; cf. SC 41). A continuación menciona la Misa que se celebra con la comunidad parroquial, representación también de la Iglesia universal en un determinado lugar y tiempo, especialmente el domingo (cf. IGMR 113), y la Misa conventual o “de comunidad” (cf. IGMR 114).

Hecho esto se detiene en describir propiamente las tres “formas” de celebrar la Eucaristía: la Misa con el pueblo, que se celebra con participación de los fieles -esta es la nota principal-, con canto y con ministros, aunque también puede celebrarse sin canto y con un solo ministro, sin diácono o con diácono (cf. IGMR 115-198); la Misa concelebrada, que manifiesta claramente la unidad del sacerdocio, del sacrificio y de todo el pueblo de Dios (cf. IGMR 199-251); y la Misa con la participación de un solo ministro, que celebra el sacerdote al que asiste y responde un solo ministro (cf. IGMR 252-272), en otro tiempo llamada “sin el pueblo”. La Misa con el pueblo, viene a ser la forma típica, hoy curiosamente denominada Misa sin diácono (cf. IGMR 120-170).

Estas formas de celebración se distinguen entre sí por la mayor o menor participación de los fieles cristianos, en el caso de la Misa con el pueblo o con un solo ministro, coincidiendo ambas en la presencia y presidencia del sacerdote; y por la presencia de más de un sacerdote en el caso de la Misa concelebrada. Pero, en todas las formas se da algo verdaderamente transcendental y que se ha afirmado antes: “La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente” (IGMR 16).

A) Del signo al significado en la acción litúrgica

En efecto, contemplada desde fuera, la celebración eucarística aparece como la acción de la Iglesia representada por una comunidad de fieles cristianos bajo la presidencia de un sacerdote o por un sacerdote con un ministro. En todo caso se está cumpliendo el mandato del Señor relativo a la institución de la Eucaristía: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24a.25a). Así ha sucedido desde el principio (cf. Hch 2, 42.47; 1 Cor 11, 20 ss.) de manera que la celebración se ha desarrollado siempre siguiendo unas líneas básicas que en su substancia han permanecido invariables hasta nuestros días a través de las diversas tradiciones litúrgicas (cf. CCE 1345-1346; 1348-1355).

En efecto, la Iglesia ha sido consciente siempre del mandato institucional del Señor en lo relativo a los gestos y palabras esenciales realizados por Él tal y como aparecen en los evangelios y en San Pablo, aunque ha rodeado estas acciones de plegarias y de otros gestos distinguiendo lo que procede del Señor y ha sido transmitido (cf. 1 Cor 11, 23 ss.), de lo que es plegaria eclesial del ministro y responde también a la necesidad de incorporar a los demás fieles (cf. 1 Cor 11, 26). La prueba más evidente de esta distinción se encuentra en el modo de dirigirse a Dios del sacerdote: durante toda la plegaria se emplea la primera persona del plural: “Te pedimos… te ofrecemos… reunidos en comunión veneramos…”, menos cuando llega la consagración. Entonces se emplea la primera persona del singular: “Esto es mi Cuerpo… Este es el Cáliz de mi Sangre… Haced esto en memoria mía (o “de mí”). ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que en la celebración eucarística intervienen Cristo el Señor y la Iglesia asociada a Él. Dicho de otro modo que la Eucaristía es acción única del Christus totus in capite et in corpore, como afirma Benedicto XVI en la Exhort. Apost. Sacramentum caritatis citando a San Agustín: “En efecto, no se ha de creer que Cristo esté en la cabeza sin estar también en el cuerpo, sino que está enteramente en la cabeza y en el cuerpo” (SCa 36; cf. 23).

B) La acción de Cristo y de la Iglesia y el ministerio del sacerdote

Por tanto, cuando se dice que la Santa Misa es acción de Cristo y de la Iglesia, no se habla de dos actores que unen sus respectivos actos, sino de un solo sujeto que es Jesucristo, el cual se hace siempre presente a su Iglesia para realizar su obra de salvación (cf. SC 7). En este sentido la celebración eucarística, sin dejar de ser acción eclesial, es siempre y principalmente la obra de quien se hace presente como Sumo Sacerdote y Mediador entre Dios y los hombres, puesto que “en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas” (IGMR 27). La cita alude, así mismo, a los varios modos o grados de presencia del Señor en la acción litúrgica que el rito actual de la Misa destaca convenientemente, para que se aprecie el carácter ministerial y, por tanto, subordinado de quien preside en la persona de Cristo (in persona Christi) asociando a la vez a la comunidad reunida en la oblación santa. Es el propio Señor el que es, al mismo tiempo, Sacerdote y víctima según la célebre expresión de Santo Tomás basada en Ef 5, 2 (cf. Sum. Th. III, q. 22, 2) al ofrecer bajo los signos sacramentales y por ministerio del sacerdote el mismo sacrificio que se verificó en la cruz de una vez para siempre (cf. Hb 7, 26-27; 9, 28; SCa 23).

El Concilio de Trento, para subrayar la identidad del sacrificio eucarístico, memorial perfecto de la oblación cruenta en la cruz, utilizó la categoría de la representación (re-praesentatio) en sentido ontológico como renovada presencia de aquel sacrificio cuantas veces se celebre dicho memorial bajo los signos sacramentales del pan y del vino (cf. 1 Cor 11, 26; DS 1740; CCE 1362 ss.). No es, pues, la última cena lo que se hace presente en la Eucaristía mediante las palabras y los gestos determinados por el Señor y celosamente custodiados por la Iglesia, sino el sacrificio de la cruz, instituido y mandado perpetuar, eso sí, en aquella. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un mismo y único sacrificio; tan sólo difieren en la manera de ofrecer, cruenta en la cruz, incruenta y sacramental en la Misa.

Según esto el sacerdote, en la celebración eucarística, actúa in persona Christi capitis, sin anular la participación de la comunidad de los fieles, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. Él es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando “en la persona de Cristo cabeza”) preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera” (CCE 1348; cf. LG 28; PO 2; 5; etc.). La IGMR, refiriéndose expresamente a la plegaria eucarística, reservada al sacerdote, señala que este “invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre” (IGMR 78), para que “los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos” (IGMR 79; cf. 62). Queda claro, por tanto, que la presidencia del sacerdote no es algo honorífico y externo sino necesario y sacramental como cabeza y pastor de la comunidad local en la que representa a Cristo.

C) Los fieles participan también en la acción eucarística

Así pues, la Iglesia, esposa y cuerpo de Cristo, unida a su cabeza y Sumo Sacerdote y santificador (cf. CCE 1136; 1140-1141) y manifestada por la asamblea litúrgica reunida bajo la presidencia del sacerdote, como se acaba de ver, es asociada con Cristo a la ofrenda eucarística y se ofrece también por medio de Él. De ahí que la Eucaristía es también sacrificio de la Iglesia y de los fieles que participan en él (cf. CCE 1368). La Instrucción Eucharisticum Mysterium lo afirmaba sintéticamente: “En la Misa Cristo, perpetuando a través de los siglos en forma incruenta el sacrificio de la cruz (SC 47), se ofrece a sí mismo al Padre para la salvación del mundo por ministerio de los sacerdotes (DS 1741). La Iglesia, por su parte, esposa y ministro de Cristo, cumpliendo con él el oficio de sacerdote y de hostia, lo ofrece al Padre y se ofrece a sí misma toda entera con él (LG 11; SC 47-48; etc.). Así la Iglesia, sobre todo en la gran oración eucarística, da gracias con Cristo al Padre en el Espíritu Santo por todos los bienes que él concede a los hombres en la creación, y de modo verdaderamente especial en el misterio pascual, y le pide la venida de su reino”.

Las plegarias eucarísticas del Misal, a comenzar por la primera o Canon Romano, expresan la realidad de la Iglesia asociada al sacrificio de Cristo: “Acuérdate, Señor, de tus hijos N. y N. y de todos los aquí reunidos (ómnium circunstantium), cuya fe y entrega bien conoces; por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, a ti, eterno Dios, vivo y verdadero”. Significativa es también la fórmula empleada por la Plegaria eucarística que puede usarse en las Misas por diversas necesidades: “Mira con bondad la ofrenda de tu Iglesia, en la que se hace presente el sacrificio pascual de Cristo, que se nos ha confiado…”. La idea de la Eucaristía confiada por el Señor a la Iglesia como memorial de su pasión, muerte y resurrección, y dada también como celebración perenne de este misterio impregna totalmente la Ordenación general del Misal Romano, de tal manera que las referencias al sacerdote que actúa en la persona de Cristo aparecen siempre en relación con su función presidencial de la asamblea reunida. En el caso de la Misa con la participación de un solo ministro, se encarece que, al menos, asista uno para que diga las partes que corresponden al pueblo (cf. IGMR 252). La celebración sin al menos algún fiel no debe hacerse sin causa razonable (cf. IGMR 254).

La presencia y participación de los fieles aparece, por tanto, como un componente necesario de la celebración eucarística. En ella “el pueblo de Dios es congregado, bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico” (IGMR 27; cf. PO 5; SC 33). No en vano el Concilio Vaticano II habló de la actuosa participatio o “participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” como una exigencia de la liturgia misma y un derecho y deber del pueblo cristiano que, en virtud del bautismo, es “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 Pe 2, 9; cf. 2, 4-5). En este sentido la constitución jerárquica de la celebración eucarística no se reduce a una pura y simple organización sino que responde tanto a la unidad del sacrificio de Cristo y de la Iglesia -no son dos sacrificios sino uno solo (cf. CCE 1367-1368)- y a la unidad del sacerdocio de Cristo-cabeza, representado por el sacerdote en virtud del sacramento del orden, y de su cuerpo eclesial, representado por los fieles en virtud del bautismo y de la confirmación (cf. CCE 1546-1547).

Consecuencia de toda la doctrina anterior relativa a la Eucaristía como acción de Cristo y de la Iglesia, es también el apartado de la IGMR dedicado a los Oficios y ministerios en la Misa, que comienza con este bello párrafo: “La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, un pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del Obispo. Por eso, pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta; pero afecta a cada uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y actual participación” (IGMR 91; cf. SC 26). A continuación se desglosan los oficios propios del orden sagrado, es decir, la función capital del obispo, relacionada con la Iglesia local y con la dirección de toda celebración legítima de la Eucaristía, la del presbítero, dotado de la potestad sagrada del sacramento del orden para actuar en la persona de Cristo, y la del diácono (cf. IGMR 92-94; LG 26; 28; 29; SC 42; PO 2). Siguen los ministerios del pueblo de Dios (cf. IGMR 95-97; SC 48) y los ministerios peculiares, especialmente el del lector y el del acólito (cf. IGMR 98-107).

III.- UNIDAD DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA COMO ACTO DE CULTO

El Concilio Vaticano II, al tomar la decisión de que se revisase el rito de la Misa (ordo Missae), señaló al mismo tiempo la doble finalidad de esta revisión: “que se manifestase con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se hiciese más fácil la piadosa y activa participación de los fieles” (SC 50). Esta participación dependería en buena medida de la percepción del significado del conjunto de la celebración y de cada una de sus partes o elementos. Obviamente el fruto de la participación en la celebración eucarística no depende exclusivamente del planteamiento ni de la reforma realizada, aunque se vea facilitada por ella, sino que está sujeta también a la correspondencia de cada uno de los fieles a la gracia divina tratando de poner el alma en consonancia con la voz (cf. SC 11). Pero es indudable también la importancia que tienen tanto la actitud del sacerdote que preside, en definitiva su ars celebrandi (cf. SCa 38), como otros factores como la sencillez de los ritos, la trasparencia de los signos y de los gestos, la lengua litúrgica, la riqueza bíblica del misal, etc. (cf. SC 50; 51; 54; etc.).

A) Unidad intrínseca de las dos partes de la Misa

Desde esta perspectiva que podemos denominar mistagógica para introducir a los fieles en la vivencia profunda del Misterio eucarístico en la celebración de la Misa, el Concilio formuló también el deseo de que “las dos partes de que consta la Misa, a saber: la liturgia de la Palabra y la Eucaristía, están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto” (SC 56). La IGMR se hace eco de este propósito al referirse a la estructura general de la Misa, explicando que “en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento. Otros ritos abren y concluyen la celebración” (IGMR 28). Lo mismo sucede con los praenotanda del OLM, que se abren con una bella síntesis sobre la importancia de la Palabra de Dios en la liturgia (cf. OLM 1-10) y de su celebración (cf. OLM 11-37).

El Papa Benedicto XVI ha ampliado aun más estas perspectivas hablando de unidad intrínseca para evitar, en la catequesis y en la celebración, que se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. En efecto, “escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); y en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual” (SCa 44). La consecuencia es obvia: la celebración eucarística se presenta como la doble mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, de manera que “se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin connatural” (ib.).

Es muy importante que se contemple y se ofrezca esta visión unitaria de la celebración eucarística como un solo acto de culto a partir de la unidad intrínseca de las dos partes sustanciales de la Misa, según la expresión de Benedicto XVI. En este sentido resulta muy esclarecedora la enseñanza que el mismo Papa ofrece acerca de la íntima unidad entre la Palabra de Dios y la Eucaristía en la Exhortación Apostólica Verbum Domini, fruto de la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos (2008), sobre la base de dos grandes textos bíblicos: el discurso sobre el pan de la vida (Jn 6) y el relato de la aparición del Señor a los discípulos de Emaús (Lc 24). En efecto, a partir de estos pasajes se percibe de qué manera la Palabra de Dios proclamada por la Iglesia en la liturgia, conduce a la participación en el sacrificio de la alianza y en la comunión sacramental del Cuerpo de Cristo: “Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico”. Dicho de otro modo, esta unidad pone de manifiesto también la conexión íntima entre la palabra -Palabra de Dios y palabra de la Iglesia- y el 12 sacramento, entre el Evangelio y la Eucaristía. La secuencia de las lecturas – Antiguo Testamento (profecía y salmo), Nuevo Testamento (apóstol) y Evangelio, responde también al desarrollo de la historia de la salvación que culmina en Cristo (cf. IGMR 55; 60).

De esa íntima unidad se deriva también otra consecuencia: si la Palabra de Dios conduce a la Eucaristía, sin el reconocimiento de la presencia real del Señor en el sacramento eucarístico la comprensión de la Escritura queda incompleta. De ahí que la Iglesia honre con una misma veneración, aunque no con el mismo culto, la Palabra de Dios y el Misterio eucarístico y procure también convocar a los fieles para celebrar el misterio pascual de Jesucristo, sobre todo los domingos, leyendo cuanto a Él se refiere en toda la Escritura (cf. Lc 24, 27; SC 6; 106).

B) Alcance pastoral de la estructura ritual de la Misa

Merecería la pena examinar los pasos que se fueron dando en la reforma litúrgica de la Santa Misa para que lograr que los fieles encuentren en la celebración eucarística “instrucción y alimento” para la vida cristiana precisamente mediante una disposición más abundante de la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. IGMR 28; SC 48; 51; DV 21; PO 4). Baste recordar que, a la vez que se revisaba el Ordo Missae simplificando ritos manteniendo su substancia, suprimiendo elementos duplicados o puramente añadidos, y restaurando según la necesidad o conveniencia ritos que habían desaparecido (cf. SC 50), un coetus especial se dedicaba a elaborar el actual Ordo lectionum Missae que vería la luz el 25 de mayo de 1969 (2ª edición típica en 1981) dando lugar al más rico leccionario bíblico de la liturgia romana, publicado primero en latín (1970) y posteriormente en las lenguas modernas. Benedicto XVI ha ponderado la riqueza bíblica exhortando a conocer y apreciar “los tesoros de la Sagrada Escritura en el Leccionario” En realidad todos estos trabajos habían sido preparados por la investigación histórico-litúrgica y por la reflexión teológica en el seno del movimiento litúrgico y en los proyectos, más o menos desarrollados, de la época de S. Pío X y, sobre todo, de Pío XII que hoy empiezan a ser conocidos y estudiados.

De lo que se trataba era de modelar el rito de la Misa según la visión teológica unitaria del Misterio eucarístico emergente de la tradición eclesial como fundamento de la participación «consciente, activa y piadosa» de los fieles en la acción sagrada (cf. SC 47-50). Para ello se procuró centrar la atención en la forma de celebración que se describe en la IGMR como Misa con pueblo (cf. IGMR 115 ss.), celebrada con participación de los fieles sobre todo los domingos, ya aludida anteriormente y que fue calificada también como “forma típica” en anteriores ediciones de la IGMR (n. 82, hoy n. 120 ss.). La estructura de esta forma de celebración es la referencia para las otras formas de celebración, a saber, misa estacional, misa conventual, concelebración, misa con participación de un solo ministro (cf. IGMR cap. IV), permitiendo incluso la integración ritual de algunos sacramentos y la unión de alguna hora del Oficio Divino. Por tanto, la estructura de la que vengo hablando no tiene una finalidad meramente funcional o práctica, sino pastoral, en orden a favorecer «la consciente, activa y total participación de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la que la Iglesia desea» y teniendo en cuenta «la naturaleza y demás circunstancias de cada asamblea» (IGMR 18; cf. 17 y 21).

C) Significado del conjunto y de las partes y elementos de la celebración

Ahora bien, toda esta estructura ritual tiene detrás un significado global que sustenta todo su dinamismo y que articula todas sus partes y elementos, haciendo posible en cada momento la sucesión de actitudes internas y de gestos y acciones que componen los distintos ritos. La celebración de la Santa Misa constituye, como se ha señalado antes, un solo acto de culto en torno a dos momentos, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística que, no obstante, están perfectamente diferenciadas (cf. IGMR 28), e tal manera que deben desarrollarse en lugares distintos: el ambón y el altar, a los que se une la sede como lugar de la presidencia de la asamblea en la primera parte de la Misa (cf. IGMR 296, 309 y 310; OLM 32-34). Esta articulación de partes y de lugares permite captar mejor el sentido unitario de toda la celebración en torno al Memorial del sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre con su cuerpo eclesial (cf. IGMR 2; 7; 17; 27; 79), como Presencia del Señor en diversos grados o modos que culminan en la real por antonomasia bajo las especies sacramentales (cf. IGMR 3; 7; 27; 79) y como sagrado Banquete (cf. IGMR 28; 79; 80), aspectos ya aludidos en el primer capítulo de este trabajo.

El significado de cada parte de la celebración en concreto, descrita en la IGMR atendiendo a una triple referencia: la naturaleza del rito fijada por la tradición litúrgica, que sitúa cada parte o cada  elemento en relación con el Misterio eucarístico; su función en el interior del conjunto de la acción ritual, lo cual configura el dinamismo de toda la celebración; y las modalidades de su realización práctica, muchas veces según la oportunidad (cf. IGMR 46-90. Por otro lado la posibilidad de formas de celebración (IGMR cap. IV) no está supeditada a la amplitud mayor o menor de las ceremonias en razón de la solemnidad externa, sino a la composición de la asamblea y a su participación. Especial importancia tienen también los elementos simbólicos en la celebración: los signos con los que se alimenta, robustece y expresa la fe, los gestos y acciones, los símbolos, las posturas corporales, los objetos litúrgicos, etc. (cf. IGMR 20; 42-44; 82; 154; cap. IV y VI); las lecturas y los salmos (cf. IGMR 29; 55; 57-61; 12-23); las oraciones y otras fórmulas que se usan en la celebración (cf. IGMR 30-37); el canto (cf. IGMR 39-40); el silencio (cf. IGMR 45; 56; OLM 28); la lengua litúrgica (cf. SC 11-13); el edificio eclesial y los lugares de la celebración, el sagrario, las imágenes, etc. (cf. IGMR cap. V); etc.

Por otra parte, la distinción de ministerios y funciones (cf. IGMR cap. III), facilita no sólo la acción de toda la asamblea como sujeto integral de la celebración y signo de la Iglesia asociada a Cristo, sino también la actuación específica del ministerio sacerdotal en relación con el sacerdocio común de todos los fieles (cf. IGMR 4-5; 19-20; 27; 92-93; 95 ss.). Los fieles ya no son meros «asistentes» sino «participantes» y los distintos ministerios están no sólo al servicio de la Palabra de Dios y del altar, sino también al servicio del pueblo de Dios reunido en la asamblea santa. Los signos de la presidencia litúrgica, como la sede y los vestidos litúrgicos, tienen la finalidad de mostrar el carácter comunitario de la asamblea misma presidida por quien hace las veces de Cristo cabeza y actúa in persona Christi, como ya he indicado (cf. IGMR 4; 60; 310; etc.; LG 28; PO 2; 5; etc.).

Estas referencias a la asamblea que celebra, con su transfondo pastoral y pastoral apuntados antes, son las que justifican y exigen un esfuerzo por parte de los todos los responsables de la vida litúrgica, comenzando por los obispos y presbíteros, de formación litúrgica del pueblo de Dios y de educación en la verdadera participación (cf. IGMR 5; 13; 18; 20; etc.) unida a una autodisciplina que se traduzca en la fidelidad a 14 los aspectos normativos de la liturgia (cf. SC 22), una preparación más efectiva de las celebraciones (cf. IGMR 108-111), y una atención más responsable «al bien espiritual común de la asamblea» a la hora de la elección, dentro de lo que cabe, de los textos, lecturas y cantos «que mejor respondan a las necesidades y a la preparación espiritual y modo de ser de quienes participan» (IGMR 352 ss.).

IV.- ELEMENTOS SIGNIFICATIVOS DEL ORDO MISSAE DE 1969

La descripción más antigua de la celebración eucarística que se conoce es la descrita por San Justino en el siglo II (I Apol, 67: PG 6, 429). En ella aparecen ya unas líneas que han permanecido invariables hasta hoy a través de las diversas tradiciones litúrgicas de Oriente y de Occidente (cf. CCE 1345-1346). A este testimonio se unen las plegarias eucarísticas más venerables, como la que aparece en la Tradición Apostólica de Hipólito. A partir de aquí la historia de la Santa Misa y, de modo particular, de la gran oración central es testimonio de la exquisita fidelidad de la Iglesia al mandato del Señor en el momento de instituir la Eucaristía. Como se dice en la IGMR, “hoy, gracias al hallazgo de tantos documentos litúrgicos se conocen mejor las tradiciones de los primitivos siglos, anteriores a la constitución de los ritos de Oriente y de Occidente” (IGMR 8) de manera que la “norma de los Santos Padres”, reclamada por el Concilio Vaticano II como criterio para hacer avanzar el legado recibido en orden a facilitar una vivencia más profunda y rica del Misterio eucarístico, ha permitido restaurar en unos casos y restablecer en otros, algunos elementos de la celebración eucarística que habían sido modificados o habían desaparecido con el paso del tiempo (cf. SC 50; IGMR 9; 15; 17). De este modo se ha mantenido no sólo la continuidad con la tradición precedente sino que se ha puesto de manifiesto la coherencia de la lex orandi, expresada en el Ordo Missae y, por extensión en el Misal Romano de 1970, con la perenne lex credendi de la Iglesia.

Ante la imposibilidad de analizar todo el rito de la Misa, me fijaré tan sólo y de manera muy sucinta en aquellas partes recuperadas más significativas, a saber, la homilía, la oración de los fieles, las plegarias eucarísticas, la concelebración y la comunión bajo las dos especies.

A) La homilía

La recuperación de la homilía como “parte de la misma liturgia, en la que se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana” fue deseo expreso del Concilio Vaticano II (cf. SC 52), que la entendió también como “un anuncio de las maravillas de Dios en la historia de la salvación, es decir, del misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros, sobre todo en las celebraciones litúrgicas” (SC 35,2). La IGMR precisa aún más al señalar que “es necesaria para alimentar la vida cristiana” y que conviene que sea “una explicación de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes” (IGMR 65; cf. 29; 66; OLM 24-27). Acerca de la importancia de la homilía se puede afirmar que goza también de una cierta asistencia del Señor, como sugiere el Papa Pablo VI al decir: “(Cristo) está presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios y solamente se anuncia en el nombre, con la 15 autoridad y con la asistencia de Cristo”. Benedicto XVI, además de recomendar una esmerada preparación de las homilías sobre la base de un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura pide, entre otros aspectos, que ponga “la Palabra de Dios proclamada, en estrecha relación con la celebración sacramental (SC 52) y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia (DV 21)” (SCa 46).

B) La oración universal o de los fieles

Por deseo también del Concilio (cf. SC 53), la oración universal, situada al término de la liturgia de la Palabra, aparece de alguna manera como respuesta y acogida de esta a la vez que, como expresión del sacerdocio común de los fieles, “ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos” (IGMR 69; OLM 30; cf. 1 Tm 2, 1-2). Curiosamente, para esta parte de la Misa no ha existido nunca un libro litúrgico en edición típica latina y, por tanto, que haya tenido que ser traducido y adaptado en las lenguas modernas. No obstante, con fecha 17-IV-1966, el Consilium encargado de la reforma litúrgica editó un directorio titulado De Oratione communi seu fidelium en el que describía la naturaleza universal de esta oración, estructura de las peticiones: invitación a orar por o para que…, jerarquía de las mismas, aclamación del pueblo, etc. Algunos libros litúrgicos, comenzando por el propio Misal Romano, contienen algunos formularios típicos. De manera sucinta, la IGMR se refiere también a las intenciones y al modo de desarrollar esta oración (cf. IGMR 70-71).

C) Las plegarias eucarísticas

La plegaria eucarística, «centro y culmen de toda la celebración, es una oración de acción de gracias y de santificación» (IGMR 78), está situada en el centro de la celebración eucarística configurando el sacrificio y convite pascual “por medio del cual el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia cuando el sacerdote, que representa a Cristo Señor, realiza lo que el mismo Señor hizo y encargó a sus discípulos que hicieran en memoria suya” (IGMR 72). “En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (IGMR 72), de manera que todos los fieles se sientan incorporados a la oración que el sacerdote eleva al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo en nombre de la asamblea y aun de toda la Iglesia.

Esta dimensión latréutica y de acción de gracias, junto con la doble epíclesis, primero sobre los dones del pan y del vino y, después de la consagración, sobre la comunidad, la expresión de la comunión con la Iglesia celeste y la intercesión por los vivos y los difuntos -véanse los elementos de la plegaria eucarística descritos en IGMR 79-, han estado siempre presentes de manera más o menos extensa en los formularios de plegarias eucarísticas de Oriente y de Occidente que han llegado hasta nosotros. Su conocimiento y estudio ha sido también uno de los factores de la incorporación al Misal Romano de otras plegarias eucarísticas que han venido a acompañar al Canon Romano o plegaria eucarística I.

Toda la plegaria eucarística tiene una gran unidad de significado y de contenido, de manera que cada elemento responde principalmente a un aspecto del Misterio eucarístico si bien nunca de manera exclusiva sino integrando aspectos de las restantes partes. En este sentido es admirable la relación entre la primera epíclesis y la 16 consagración eucarística y entre la anamnesis y la oblación de la Víctima Santa, que desemboca, a su vez, en la segunda epíclesis (cf. IGMR 79, c-d, y e-f. El Papa Benedicto XVI, remitiéndose a estas partes invita a unir espiritualidad eucarística y reflexión teológica, que se iluminan mutuamente “al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato de la institución, en la que «se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena»” (SCa 48; cf. IGMR 79d).

No obstante, especialmente las cuatro plegarias eucarísticas del Misal Romano que se encuentran dentro del cuerpo del Ordo Missae, ofrecen características especiales cada una, lo que hace que sea recomendable emplear las cuatro según las celebraciones. La revalorización de la plegaria eucarística en el Rito de la Misa, como fórmula eucológica, ha ido acompañada del aumento considerable del número de prefacios, la parte variable de la gran oración eucarística romana.

V.- A MODO DE CONCLUSIÓN

La celebración actual de la Eucaristía es el resultado de la conjugación de dos grandes principios de la reforma litúrgica del Vaticano II, el mantenimiento de la sana tradición y la apertura al legítimo progreso, buscando siempre la finalidad pastoral del provecho verdadero de la Iglesia. Estos fines no eran ninguna novedad, pues habían sido tenidos en cuenta siempre que fue necesario poner al día los ritos y los libros litúrgicos. Así se hizo básicamente cuando el Papa san Pío V llevó a cabo la revisión del Misal y del Breviario siguiendo los deseos del Concilio de Trento, y así se planteó la restauración de la Vigilia pascual y de la Semana Santa por el Papa Pío XII en 1951 y 1955, como reconocía Pablo VI al promulgar el Misal Romano actual.

El Papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Dominicae Cenae, pudo decir igualmente que «el rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva con la que Cristo, celebró sacramentalmente el misterio de su pasión y resurrección», no es una añadidura del hombre, de manera que «nuestras misas, derivando de esta liturgia, revisten de por sí una forma litúrgica completa que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece substancialmente idéntica». Por esto, concluye el Papa en la Carta conmemorativa de la Sacrosanctum Concilium, «se puede decir que la reforma litúrgica es rigurosamente tradicional ‘ad normam sanctorum Patrum’».

Entre la fe profesada y la fe celebrada o, si se prefiere, entre la lex credendi y la lex orandi, existe una admirable y fecunda relación según lo expuesto al principio de este trabajo. En este sentido celebrar la Eucaristía siguiendo fielmente el Ordo Missae promulgado por Pablo VI y poniendo en práctica las actitudes y recomendaciones de los últimos pontífices Beato Juan Pablo II y Benedicto XVI en los documentos que he venido citando, es garantía de inmutabilidad substancial y de comunión con todos aquellos que en el pasado y en el futuro han celebrado y celebrarán el mysterium fidei, el Misterio-sacramento de nuestra fe. La liturgia de la Misa después del Concilio Vaticano II ha querido facilitar una verdadera actuosa participatio basada en una visión teológica renovada e integradora de todos los aspectos del Misterio eucarística para que este sea profesado, celebrado y vivido como el centro de la vida de la Iglesia.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s