En el signo de la fe, anunciar la buena noticia

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Exhortación Postsinodal de
Mons. Fr. JESÚS SANZ MONTES, O.F.M.
Arzobispo metropolitano de Oviedo

INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos y hermanas, sacerdotes, miembros de la vida consagrada y fieles cristianos laicos. A todos os deseo la bendición del Señor, que llene vuestro corazón de su Paz e ilumine con su Bien vuestros pasos.

La Iglesia diocesana de Oviedo, ha vivido recientemente un momento de gracia precisamente en la comunión que entraña siempre la celebración de un Sínodo. Tras varios años de trabajo en diversas fases, pudimos clausurar este evento eclesial el pasado 10 de diciembre de 2011, festividad de Santa Eulalia, en la Catedral de Oviedo. Esta Exhortación Postsinodal, que ofrezco a todos los hermanos que componen la feligresía diocesana, quiere ser un complemento de síntesis y de propuesta que nos ayude en esta encrucijada de la historia para que nuestro mundo, esa ciudad que coincide con el domicilio de nuestras vidas y con el tiempo de nuestra época, se llene de alegría [1].

Cada generación cristiana está llamada a testimoniar con su propia vida, con su reflexión, oración y discernimiento, algo que sirva a ese tiempo y lugar: servidores de esta alegría en el nombre del Señor. Así lo afirma Benedicto XVI en su carta Porta Fidei: «También hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo» [2].

Como bien sabemos, el último Sínodo Diocesano que se había convocado por parte de la Iglesia que peregrina en las tierras y los tiempos de Asturias, fue en el año 1943. Para este tipo de eventos no se establece una periodicidad fija, ni tampoco se describen las circunstancias que obligatoriamente fuerzan a convocar un Sínodo. Se trata, en definitiva, de una herramienta pastoral con la que el Sucesor de los Apóstoles en una determinada Iglesia Particular afronta el desafío que ese momento plantea a los cristianos [3].

La realidad cambiante y cambiada de cuanto determina nuestro hoy, hace que la Iglesia no deba sin más seguir las inercias. Hay cosas que pertenecen al depósito inmutable del Evangelio y a la gran Tradición de la Iglesia, pero hay también aspectos de la vida cristiana que responden a una coyuntura que cambia. No hay una pauta universal para distinguir en algunas ocasiones lo inmutable y lo coyuntural. No pocas veces la fidelidad se ha concretado en cuestiones que podían y debían cambiar, resultando que una pretendida y sincera fidelidad terminó siendo rigidez fosilizante. Por el contrario, no han sido tampoco pocas las ocasiones en las que queriendo aligerar el mensaje cristiano de lo que se pensaba eran añadidos prescindibles, se ha terminado traicionando lo que de suyo era esencial. Esto es lo que explica y hasta exige un humilde discernimiento por parte de la comunidad cristiana, en el que quede siempre salvada la gloria de Dios, la comunión con la Iglesia y la respuesta contemporánea al hombre en su historia concreta. Este discernimiento es el que marca la razón de ser y hasta la metodología de un Sínodo Diocesano.

Ciertamente el Evangelio es eterno y traspasa todos los tiempos, abraza todos los espacios, e ilumina toda circunstancia. No hay una fecha de caducidad en la Palabra de Dios, sino que ésta responde al corazón humano sean cuales sean sus circunstancias espaciotemporales. Esta contemporaneidad de Dios en sus obras y palabras ha sido resaltada en el texto de la Exhortación Postsinodal que sobre la Palabra de Dios nos ha ofrecido Benedicto XVI: «La Palabra de Dios, en efecto, no se contrapone al hombre, ni acalla sus deseos auténticos, sino que más bien los ilumina, purificándolos y perfeccionándolos. Qué importante es descubrir en la actualidad que sólo Dios responde a la sed que hay en el corazón de todo ser humano (…) Por tanto, es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana. Jesús se presenta precisamente como Aquel que ha venido para que tengamos vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Por eso, debemos hacer cualquier esfuerzo para mostrar la Palabra de Dios como una apertura a los propios problemas, una respuesta a nuestros interrogantes, un ensanchamiento de los propios valores y, a la vez, como una satisfacción de las propias aspiraciones» [4].

No obstante, lo concreto que para una generación cristiana tiene el tiempo de su época y el lugar en donde vive y convive, hace que la historia tenga ese reclamo en donde nuevamente se perciba a Cristo como contemporáneo, y esta es la tarea de la Iglesia del Señor: «La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les “recordaría” y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn 14,26) y, al mismo tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,5-8; Rm 8,1-13)» [5].

Sin duda que esto es lo que como motivación última llena de sentido la razón de ser de un Sínodo Diocesano como el que hemos celebrado en Asturias, tejido todo él de las actitudes cristianas que deben presidirnos: oración, comunión fraterna, análisis riguroso del momento actual, diálogo franco, búsqueda del bien que glorifica a Dios y bendice a los hermanos.

Al recomenzar las sesiones de clausura de nuestro Sínodo Diocesano, recordé cómo teníamos detrás un nutrido elenco de nombres de personas y de eventos que han ido jalonando en estos años anteriores este momento de gracia que siempre supone este evento. Tiempo de escucharnos en un diálogo humilde y fraterno. La primera Voz que cada mañana buscamos es la del Señor que no ha dejado de hablarnos. Y sólo cuando su Palabra resuena en nuestros labios podemos ayudarnos con provecho, sin pretensión y sin daño. Por este motivo comenzábamos orando con toda la Iglesia, dando gracias por el nuevo día, y pidiendo gracia para entender el que se nos está dando.

Pasan los años, incluso los siglos. Cambiamos las distintas generaciones. Pero la presencia de Jesucristo resucitado y la compañía de la Iglesia siguen siendo las mismas. Los retos que tenemos tienen un fondo común, con unas circunstancias bien diferentes. Y en este vaivén de novedades arcanas, nos aprestamos a escribir la página de historia que nos corresponde: sabiendo leer con gratitud lo que quienes vivieron nuestra misma fe a través de todos los siglos que nos contemplan, sabiendo mirar con esperanza el futuro que se nos abre delante, y sabiendo acoger con apasionada y amorosa entrega el presente que Dios pone en nuestras manos. Porque como decía Juan Pablo II al comenzar el nuevo milenio cristiano, debemos remar “mar adentro”, «¡duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)» [6].

Esto nos movió a pedir luz al Señor en esta especie de cenáculo de plegaria y comunión que significa para una Iglesia particular la celebración del Sínodo Diocesano. Compartiendo este camino, en el Señor y con su Iglesia, los que componemos esta magna asamblea cristiana y eclesial, representamos en tantos sentidos a nuestros hermanos diseminados en la geografía diocesana, con los que nos sentimos herederos de una preciosa herencia de fe, de caridad y esperanza, una herencia de santidad que ha tenido fecha y domicilio en cada uno de los nombres de quienes nos han precedido en la vida y en la creencia.

Yo vuelvo a dar gracias al Señor y a cada uno mis hermanos sacerdotes, consagrados y laicos, de los diferentes arciprestazgos y vicarías, de los distintos movimientos apostólicos y congregaciones religiosas, de las parroquias y estamentos sectoriales de nuestra Diócesis. Quiera Dios ayudarnos, lo quiere como el que más, y que seamos nosotros dóciles a su palabra y a su gracia, para responder adecuadamente lo que Él quiere decirnos a cada uno y con nosotros gritar dulcemente como comunidad cristiana.

La presente Exhortación postsinodal, tiene como eje argumental un conocido encuentro entre Jesús resucitado y dos discípulos que, frustrados y desencantados, se fugaban a la ciudad de Emaús. Este relato es una crónica que describe la actitud del cristiano de todos los tiempos: lo vivido con Jesús habiendo escuchado su Palabra y habiendo contemplado sus signos y milagros, el desenlace incomprendido de un aparente fracaso leído en clave triunfalista y mundana, la paciencia de Dios que sale siempre a nuestro encuentro, el milagro penúltimo de ver las cosas con los ojos del Señor y experimentar en el corazón el fuego de sus latidos divinos, y saber regresar a la comunidad de la Iglesia como aquellos dos, que desandando su fuga triste, volvieron a Jerusalén para contar humildemente lo que les había sucedido en el camino.

1. DE QUÉ VENÍS HABLANDO POR EL CAMINO (Lc 24, 13-24)

«Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
El les dijo: —¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
El les preguntó: —¿Qué?
Ellos le contestaron: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron» [7].

El relato de Emaús tiene una carga humana y psicológica de honda religiosidad. Es la narración de los recuerdos y pesares, con los que aquellos dos discípulos iban poniendo tierra por medio a través de la fuga de su frustración. Nada menos que su historia con Jesús, una historia cristiana del primer momento conviviendo con el Maestro, termina en el más terrible desencanto. Cada generación cristiana puede vivir este desenlace quizás, ante la perplejidad que nos suscita una injusta memoria de nuestro pasado, una temerosa espera del futuro y una triste constatación de nuestro presente actual. Es entonces cuando nos sobrevienen las tres tentaciones tanto personal como comunitariamente, en torno a la categoría temporal: nostalgia de los tiempos pasados, tristeza frente a los tiempos presentes y desesperanza ante los tiempos futuros.

Siempre es útil conocer la historia cristiana, también la historia que se ha escrito tan rica en avatares y experta en humanidad, una historia que también ha conocido gracias y pecados, y que de todo ello puede aprender. Pero de estas tres tentaciones, cabe decir lo que Jesús nos dijo al enseñarnos a rezar con su propia oración, que Él nos libre del maligno y que no nos deje caer en la tentación [8]. Porque ni mirar para atrás con nostalgia, ni mirar el presente con tristeza, ni mirar el futuro con desesperanza nos ayudará a descubrir el reto y la llamada que se nos hace hoy y aquí a los cristianos. Aquí entra la única actitud posible desde una perspectiva cristiana ante el ayer, el hoy y el mañana con la conjugación –por así decir– de los tres tiempos verbales implicados en toda historia: el pasado, el presente y el futuro.

Porque podríamos vivir un presente que ignorase su raíz pretérita o impidiese su andadura por llegar; o podríamos acaso vivir en un pasado atrincherados en nuestra nostalgia estando ciegos ante el presente o prevenidos ante el porvenir; o, por último, podríamos estar continuamente soñando el futuro, censurando todo lo anterior y no reconociendo el momento del hoy. Cabrían todas estas variantes, que cuando en definitiva descuidan o mutilan los factores que componen siempre la realidad tejida de pasados-presentes-futuros, entonces se da paso a la carga ideológica de diferente signo, pero igualmente inútil y nociva para entrar y vivir en la verdad. Ayer, hoy y siempre, Jesucristo es el mismo [9]. Somos nosotros los que cambiamos. Pero el cambio es algo enormemente rico cuando estamos hablando de una historia que cuenta con siglos de singladura. Es nuestro caso como Diócesis de Oviedo. Vale la pena decir algo al respecto, porque de esto hemos venido hablando a través de tantos siglos.

1.1 La Diócesis de Oviedo entre el ayer y el hoy (811-2012).

La tradición sinodal ovetense Son muchas las fuentes de las que podemos servirnos para reconstruir la historia de una comunidad cristiana como es la Diócesis. La de Oviedo cuenta con un importante registro documental de primer orden [10]. No es una referencia menor la que toma en consideración precisamente los sínodos diocesanos [11]. La celebración de sínodos para tratar asuntos y problemas eclesiales aparece con relativa frecuencia en los primeros siglos de la Iglesia. Resultando muy necesarios al calor de los cismas y controversias teológicas que caracterizaron aquel intenso período eclesial de definición doctrinal y disciplinar. Pero se distinguen claramente de aquellas otras reuniones (Synodus regia) en las que participaban obispos y personalidades políticas, convocados por el monarca para tratar asuntos de índole eclesiástica y civil. Tal como ocurría en el Imperio Bizantino, en el reino Carolingio y en el caso de España con los concilios toledanos.

En cuanto a los sínodos diocesanos, como reunión únicamente del obispo con su clero para abordar asuntos exclusivamente eclesiásticos, los encontramos ya en el siglo VI [12]. Justificándose su celebración, entre otras causas, por la necesidad de disponer en cada Diócesis de un instrumento u órgano que aplicase y velase por el cumplimiento de las disposiciones y decretos de los concilios provinciales; la necesidad y urgencia en abordar y examinar toda la temática y asuntos de interés diocesano como eran los referidos a la formación del clero, la cura pastoral, la rendición de cuentas al obispo por parte de los clérigos y todo lo referente a la administración de sacramentos; así como el control y reglamentación de la vida diocesana para fortalecer y vigorizar la vida disciplinar, moral y cristiana de clérigos y fieles [13].

Sin embargo, hasta el Concilio Latenarense IV (1215) que establece su celebración anual, como complemento de los concilios provinciales que también deberían reunirse con la misma frecuencia, no se dictará una normativa o legislación general para toda la Iglesia [14]. Concilios posteriores como el de Bude (1279) y Bâle (1431) y sucesivos decretos pontificios establecerán normas diversas como el modo de asistir, el mínimo de fechas de reunión o la distinción entre los asuntos a tratar por el sínodo diocesano y el Concilio provincial. Finalmente el Concilio de Basilea (1431-1445), elevará a rango de derecho común para toda la Iglesia la praxis y formalidades que hasta ese momento se venían observando.

Posteriormente, y debido a que su práctica se había debilitado considerablemente, el Concilio de Trento retomó el interés por los sínodos diocesanos, volviendo a urgir su celebración anual y convirtiéndolos en uno de los vehículos fundamentales para la aplicación de la reforma tridentina en las respectivas Diócesis [15]. Fruto de estas disposiciones se convocarán con bastante regularidad en todas las Diócesis. Pero por diversas causas eclesiales y políticas, a partir de mediados del siglo XVII, dejaron prácticamente de celebrarse, salvo casos muy singulares, reactivándose ligeramente en el último tercio del siglo XIX. Por último, el Código de 1917 establecerá su celebración al menos cada diez años.

Es considerable la importancia que los textos sinodales han tenido para la historia de la religiosidad, de los sucesivos intentos de reforma tanto en las Iglesias locales como en la Iglesia universal, como también para la observancia de la disciplina eclesiástica establecida para clérigos y laicos. Desde esta perspectiva, se podría afirmar que revisten más interés que las grandes obras del saber teológico o canónico, como podían ser la Summa Theologica o el Corpus iuris canonici, que normalmente no figuraban en las bibliotecas de los curas, especialmente de los párrocos rurales que venían a ser la mayoría. Sin embargo, sí estaban obligados todos los clérigos, particularmente con cura animarum, a conocer y observar el último sínodo en vigor, debiendo disponer obligatoriamente de una copia en el archivo, incluidas las parroquias más pobres, aisladas o distantes del centro de la Diócesis. Razones por las que, independientemente de su eficacia y cumplimento, los sínodos incidían más en la vida real y cotidiana del clero y del pueblo que las grandes obras y tratados teológicos y canónicos.

Por otra parte, los textos sinodales ofrecen también un interesante y plural campo de investigación para los estudiosos de un amplio abanico de disciplinas (historia, economía, geografía, demografía, costumbres, folklore…), dada la secular y estrecha vinculación entre Iglesia y sociedad. Reflejando indirectamente aspectos muy plurales de la mentalidad y los comportamientos sociales de aquellos individuos y colectivos para quienes legislaban. Costumbres, usos sociales, marginalidad, trabajo, religiosidad o supersticiones son algunos de los muchos aspectos que quedan frecuentemente reflejados en las disposiciones sinodales. A ellos se añaden otras dimensiones fundamentales en la vida humana, impregnadas de hondo matiz religioso y formulación litúrgicosacramental, como el nacimiento, las nupcias, la fiesta, la enfermedad o la muerte. Constituyen, por tanto, un interesante y valioso testimonio de la rica y multiforme labor eclesial y social realizada por la Iglesia a lo largo de los siglos [16].

En la Diócesis de Oviedo la legislación sinodal anterior al Concilio de Trento, correspondiente a una veintena de sínodos de los que tenemos al menos alguna noticia, es toda posterior al s. XIII, pudiendo clasificarse convencionalmente como perteneciente a tres etapas bien definidas [17]. La precedente al episcopado de Gutierre de Toledo, la generada por la intensa labor reformadora de este prelado y la posterior. Sin duda la más relevante por su importancia legislativa y ulterior proyección es la emanada de los cinco sínodos convocados por don Gutierre [18]. Donde, entre otras cosas, se dejaron precisados para siempre aspectos como el lugar y fecha de celebración de los sínodos, que habrían de ser la catedral de Oviedo y el primer día del mes de mayo. Como también quedó establecido y formulado el denominado “Catecismo ovetense” [19]. Pequeña explicación catequética y de los sacramentos que, entregado en forma de cuadernillo al clero para que instruyese a los fieles, servirá de obligada referencia para sínodos posteriores [20]. Tras el Concilio de Trento fueron numerosos los sínodos celebrados en Oviedo. De algunos, los más relevantes, llegaron a imprimirse sus constituciones, mientras que de otros simplemente circularon manuscritas entre el clero. Entre los primeros se encuentra el celebrado en 1553 por el obispo Rojas Sandoval, cuyas Constituciones Signodales, junto al Breviarium y al Missale ovetenses, constituyen los primeros pasos de la reforma tridentina en la Diócesis de Oviedo [21]. Pero ésta sólo se consolidará, tras un largo periodo de resistencias, tensiones y luchas, con las Constituciones del obispo Álvarez de Caldas (1608). Legislación sinodal que permanecerá vigente y servirá de referente fundamental hasta las Constituciones Synodales de 1787 del obispo Agustín González Pisador, resultado del polémico y controvertido sínodo de 1769 [22].

A esta importante labor legislativa, cuyos ejemplares impresos figuraron en todos los archivos parroquiales de la Diócesis, siendo de obligada referencia para el clero y la vida pastoral diocesana, se añade la legislación emanada de aquellos otros sínodos “menores”, cuyas constituciones no llegaron a imprimirse. De todos ellos, los que hoy conocemos, aunque algunos sólo muy parcialmente, son los convocados por los obispos Aponte de Quiñones, Carrillo y Alderete, Antonio de Valdés, Caballero de Paredes, Riquelme de Quirós y Fr. Tomás Reluz [23]. Correspondiendo a estos prelados el mérito de haber mantenido vivo el espíritu de la reforma tridentina en la Diócesis de Oviedo hasta prácticamente finales del s. XVII.

 Habría de pasar más de una centuria entre el importantísimo sínodo de González Pisador y los convocados por los obispos Fr. Ramón Martínez Vigil en 1886 y Juan Bautista Luis Pérez en 1923 [24]. Los profundos cambios que se habían producido en la sociedad asturiana, los decretos del Concilio Vaticano I y el nuevo Código de Derecho Canónico de 1917 hicieron necesarias estas importantes asambleas diocesanas cuyas constituciones también se imprimieron.

A través de esta amplia y rica legislación sinodal ovetense, como también de la abundante documentación indirectamente generada, podemos percibir las principales líneas pastorales que definieron durante siglos la vida eclesial diocesana. Y así, entre otros aspectos, la formación clerical, el correcto ejercicio de la cura animarum, la preservación de los bienes parroquiales, la residencia de los clérigos en sus beneficios, la administración de los sacramentos, la catequesis, la predicación, la moralidad de vida y costumbres de clérigos y laicos, la corrección de abusos en los diferentes niveles de la administración eclesiástica o la lucha contra la superstición, fueron secular y permanentemente objeto de legislación sinodal.

Pero también se ha de tener en cuenta, para calibrar mejor su notable importancia, que por este cauce los prelados ovetenses no sólo aplicaban las disposiciones generales de la Iglesia, emanadas de papas y concilios, sino que además les permitía situar a la Diócesis en el amplio contexto de las grandes corrientes eclesiales del momento. Hasta el punto de que algunos sínodos fueron sobre todo un instrumento en manos del obispo para aplicar un programa pastoral de reforma diocesana, convirtiéndose en uno de los ejes o incluso el único de su pontificado.

Los sínodos diocesanos constituyen, por tanto, una importantísima página de la historia eclesiástica ovetense [25]. Razón por la que resulta altamente significativo que nuestro reciente sínodo diocesano coincidiera con el 1200 aniversario de la erección de la sede ovetense. Fecha que necesariamente rememora una larga y rica historia diocesana que nos da identidad. Ayudándonos también a comprender mejor el presente eclesial e invitándonos a proyectar nuestra inmediata pastoral diocesana. Es una laguna que tenemos, y constituye una deuda con la historia la falta de relieve con que ha transcurrido una efemérides importante como un aniversario redondo de carga centenaria, con motivo de los doce siglos de historia diocesana 811-2011, que de algún modo habrá que evocar en fechas venideras.

1.2. Iter del Sínodo Diocesano 2007-2011

Como ya he recordado, el último Sínodo celebrado había sido en 1923, rigiendo la Diócesis el obispo D. Juan Bautista Luis Pérez. Los temas tratados eran puntuales, no tanto mirando al conjunto de una problemática amplia, sino tratando de resolver algunas cuestiones prácticas. El Sínodo que hemos celebrado ha tenido dos períodos claramente separados con motivo del cambio de Arzobispo que aconteció en medio de ambos. Veamos brevemente este itinerario.

1.2.1. Convocatoria y primer período (2007-2009) [Mons. Carlos Osoro Sierra]

En la Cuaresma de 2006, D. Carlos Osoro Sierra, entonces Arzobispo de Oviedo, escribió una carta pastoral “La Iglesia, memoria y presencia de Jesucristo”, para ayudar a reflexionar sobre el camino a seguir por la Iglesia diocesana al finalizar el periodo del Plan pastoral diocesano entonces vigente. Se preguntaba sobre la conveniencia o no de un nuevo Plan o la conveniencia o no de la convocatoria de un Sínodo Diocesano.

En sesión de los días 30 y 31 mayo de 2006 se hizo la consulta al Consejo Presbiteral que acepta por mayoría la propuesta de celebrar un Sínodo en nuestra Diócesis. En sesión de 17 junio de 2006 se oyó al Consejo Pastoral que también muestra su acuerdo en convocar un Sínodo. En la homilía de la fiesta de la Santina de 2006 anunció la convocatoria de un Sínodo diocesano. En la misma homilía, sin desligarlo del Sínodo, anunció también la celebración del Año Santo de la Cruz 2008.

La convocatoria del Sínodo tuvo lugar el 7 de enero de 2007, festividad del Bautismo del Señor, en la Catedral, estando presentes con numerosos fieles, el Sr. Arzobispo emérito, el Obispo Auxiliar, Cabildo de la Catedral, Consejo Presbiteral, Colegio de Arciprestes y Consejo Pastoral Diocesano. En la homilía el Sr. Arzobispo habló de la importancia de la Asamblea Sinodal pues en ella, dijo, se van a orientar los pasos más significativos de nuestra vida eclesial para los próximos lustros.

En el decreto de convocatoria, que firma ese mismo día y por el cual nombra al Secretario General y los adjuntos a la Secretaría, manifiesta el motivo por el que convoca el Sínodo y la finalidad de éste: “Las circunstancias que concurren actualmente en la vida de la Archidiócesis de Oviedo, especialmente tras la experiencia positiva de los planes diocesanos de pastoral de los últimos 25 años, así como la celebración de los años jubilares del bimilenario del nacimiento de Cristo y del primer centenario de la dedicación de la Basílica de Covadonga, nos han aconsejado la celebración de un Sínodo Diocesano en el que, con la mayor participación posible de la comunidad diocesana, se fomente y fortalezca la acción evangelizadora de la Iglesia que peregrina en Oviedo como transmisora de la fe recibida del Señor, para lo que es necesario una renovación de su vitalidad espiritual, de los vínculos de comunión, de su dinamismo apostólico, de su acción caritativa y de servicio al hombre y al mundo”.

El desarrollo del proceso sinodal se pensó en tres grandes fases:

• Fase preparatoria (enero 2007 a septiembre 2008)

• Fase de los grupos sinodales (octubre 2008 a junio 2009)

• Fase de la Asamblea sinodal (octubre a diciembre 2009).

En febrero de 2007 se nombró la Comisión Preparatoria del Sínodo presidida por el Sr. Arzobispo y compuesta por 26 miembros: representantes de los sacerdotes, vida consagrada y laicos. Dicha Comisión y su Permanente tenía la misión de coordinar todos los trabajos, ayudada de pequeñas Comisiones de trabajo, creadas al efecto.

Se elaboró y se aprobó el Reglamento general del Sínodo. En la etapa de preparación, durante la cuaresma de 2008, se realizó la Consulta General que el Sr. Arzobispo hizo a todo el Pueblo de Dios sobre los posibles temas a tratar en el Sínodo. El documento de Consulta se elaboró sobre una base de temas que en su día los Consejos consultivos de la Diócesis habían propuesto, dando la posibilidad al consultado de proponer otros temas. En el documento figuraban veintiún temas, agrupados en cuatro apartados, de los cuales se podían elegir un máximo de cinco. Tal documento fue repartido por los sacerdotes de las diferentes parroquias asturianas al Pueblo de Dios en las Misas dominicales. Más de 18.000 personas cumplimentaron el documento con un total de 89.763 elecciones. En relación con el perfil de dichas personas, un 84,9% de las mismas manifestaban asistir a la Misa dominical siempre, el 12,7% algunas veces y el 2,4% casi nunca.

El departamento de sociología de la Diócesis fue el encargado de tabular las respuestas. Teniendo en cuenta los resultados de la Consulta, el 14 de junio de 2008, el Sr. Arzobispo, en la Sala Capitular de la Catedral, en presencia del Obispo Auxiliar, Consejo Episcopal, Delegados Episcopales, Comisión del Sínodo, Consejo Presbiteral, Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, Consejo de Pastoral y Colegio de Arciprestes, definió los temas a tratar en el Sínodo:

1. EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA: Problemática, misión, ayuda a la familia, defensa de la vida, la transmisión de la fe y originalidad del Sacramento del Matrimonio.

2. LA INICIACIÓN CRISTIANA DE LOS NIÑOS: Bautismo, Confirmación, Penitencia y Eucaristía; procesos, materiales, catequistas, Primera Comunión y después de ella, implicación de la familia y pastoral vocacional.

3. LOS JÓVENES: Cauces de acercamiento, su vinculación con las comunidades cristianas, pastoral educativa en la “emergencia educativa”(la escuela, la escuela católica) y pastoral vocacional.

4. LA CARIDAD: Apostar por la caridad como práctica de un amor activo y concreto en cada hermano y como ámbito que debe caracterizar la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral; acción caritativa y social de la Iglesia; opción por los pobres y pastoral social en nuestra Iglesia Diocesana.

5. LA SOCIEDAD Y LA CULTURA DE HOY: Iglesia y Sociedad: su relación, la presencia pública de la Iglesia y de los cristianos, la Doctrina Social de la Iglesia, la celebración del Domingo: sentido y vivencia del Día del Señor, desafíos y propuestas.

En octubre de 2008, partiendo del Reglamento debidamente aprobado y publicado, se constituyeron los grupos sinodales que trabajaron los cinco temas aludidos. Para orientar el trabajo se elaboró un documento sencillo de cada tema, donde iban incluidas algunas propuestas y la posibilidad de elaborar otras que no figurasen en el documento.

Las propuestas de los diferentes grupos sobre cada uno de los temas se enviaron al Secretaría general que se encargó de tabular los resultados. Se constituyeron 438 grupos con un total de 4.648 personas participando. La mayoría de los grupos fueron de ámbito parroquial; un número más reducido pertenecían a la vida consagrada, asociaciones de fieles, movimientos, comunidades y cofradías.

En junio de 2009 tuvo lugar en el Seminario Metropolitano un Encuentro de responsables, moderadores y secretarios de los grupos sinodales para finalizar de una forma festiva el final del trabajo de los grupos sinodales. Con el traslado de D. Carlos Osoro Sierra a la Archidiócesis de Valencia en abril de 2009 el proceso sinodal se vio interrumpido por imperativos canónicos.

1.2.2. Segundo período y clausura (2010-2011) [Mons. Jesús Sanz Montes]

El 30 de enero de 2010 tomé posesión de nuestra Archidiócesis. Tras un período de consulta y reflexión decidí continuar el Sínodo, llevando a cabo la tercera fase: la Asamblea sinodal. Para esta etapa nombré un Consejo de dirección integrado por los miembros de la Permanente de la anterior Comisión Preparatoria.

Teniendo en cuenta el trabajo realizado y los cambios que se produjeron en la sociedad y la Diócesis desde la interrupción del Sínodo, propuse reducir la temática, haciendo una conveniente fusión de los cinco temas tratados anteriormente, como objeto de reflexión en la Asamblea sinodal. Se abordarían los mismos temas, pero agrupados y de modo diferente. Quedaron de la siguiente manera, y más adelante las desarrollaremos:

1. “SIGLO XXI: luces y sombras de la sociedad y la cultura emergente”

2. “MATRIMONIO Y FAMILIA: entre el caos y la esperanza”

3. “LA CARIDAD: los rostros de la pobreza”

Para la elaboración de las ponencias se nombró a un equipo de redacción de cada una de las tres temáticas, del cual uno de los miembros sería el relator encargado de la disertación en la correspondiente sesión de la Asamblea. Los equipos de redacción tuvieron especialmente en cuenta los resultados de la tabulación del trabajo de los grupos sinodales de la etapa anterior.

A fin de dar comienzo a la última fase sinodal, se elaboró y publicó el Reglamento de la Asamblea sinodal donde se determinaban las competencias, períodos y metodología de trabajo, los moderadores, el horario y calendario, los elementos litúrgicos, etc. La Asamblea sinodal estuvo compuesta por 219 personas. Unos eran miembros sinodales por razón de su oficio, otro por legislación diocesana recogida en el Reglamento, y otros por libre designación del Arzobispo. El desarrollo de la Asamblea tuvo lugar en seis sesiones que se celebraron en la Capilla Mayor del Seminario: 1, 8, 15, 22 y 29 de octubre; 5 y 19 de noviembre.

La dinámica de la Asamblea fue la siguiente: sesiones dedicadas a la exposición de los temas con un posterior debate abierto. Cada ponencia terminaba con una serie de propuestas. Los miembros sinodales tenían la posibilidad de añadir o suprimir propuestas, así como cambiar, en todo o en parte, el contenido o la forma de las mismas. Otra serie de sesiones fueron destinadas a votar las propuestas definitivas, es decir, con las correspondientes modificaciones que el equipo de redacción había valorado a raíz de las sugerencias que fueron llegando a la Secretaría. La Clausura del Sínodo tuvo lugar en la Catedral en la celebración de la Eucaristía en honor de Sta. Eulalia de Mérida, patrona de la Archidiócesis de Oviedo. Al final de la Eucaristía se entregaron las propuestas de las tres ponencias, aprobadas en las distintas sesiones de la Asamblea. Resultaron un total de 28 propuestas, que luego analizaremos.

1.3. La comunidad cristiana en un mundo cambiado y cambiante

No es secundario el paso del tiempo, y cada época señala formas diversas de vivir y expresar su relación con Dios, con los demás y con uno mismo. Siempre hay algo que es inmutable, por encima de los vaivenes que inevitablemente marca el paso del tiempo, y que corresponde a ese depósito de la fe que no es coyuntural sino perenne. Pero también hay elementos de la vida en general, de la vida cristiana y eclesial en particular, que son susceptibles de revisión, de mejoramiento, de una nueva expresión para hacer comprensible a cada generación el mensaje evangélico de Jesucristo [26].

El Beato Juan XXIII tuvo un memorable discurso inaugural del Concilio Vaticano II que él había convocado. Se trataba no tanto de una justificación de tal convocatoria, cuanto de ofrecer una clave que permitiera adentrarse en ese evento eclesial con una claridad madura y acogedora. Se hablaba de la capacidad de mirar al mundo contemporáneo en su nueva relación con Dios para encontrar las formas adecuadas que puedan hacerle entender el evangelio [27]. De este modo, Juan XXIII propuso sin ambages lo que estaba en juego en esta coyuntura de la humanidad a la que seguir anunciando el Evangelio: «Es necesario, además, como lo desean ardientemente todos los que promueven sinceramente el espíritu cristiano, católico y apostólico, conocer con mayor amplitud y profundidad esta doctrina que debe impregnar mucho más y formar las inteligencias. Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contienen nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado» [28].

Estábamos y estamos ante un desafío que tiene el encuentro de una paradoja: ser capaces de anunciar un mensaje que no tiene tiempo, y hacerlo en una encrucijada que tiene todas las coordenadas históricas de una época determinada. Siempre ha tenido este reto la comunidad cristiana según iba cruzando los años y los siglos, y según se iba inculturando en los distintos modelos culturales de los pueblos a los que llegaba para anunciar el Evangelio. Pero puede darse también que no sólo sean tiempos y espacios ajenos, como cuando por primera vez se llega a un lugar y por primera vez se entra en contacto con una cultura diversa. Sino que también esto se da dentro de la propia cultura y casi dentro de la contemporaneidad del mismo tiempo.

La velocidad con la que la humanidad está recorriendo este tramo generacional, favorecida por la era de las comunicaciones sociales, hace que tales retos nos desafíen con mayor celeridad y con una incidencia que siglos atrás requería quizás el paso de largos años para que tuviésemos que hablar de un cambio de época. Se ha hablado de los distintos desafíos en el campo de la ciencia, de la antropología, de la ética, de la ecología [29], en donde hemos de colocar el gran desafío cultural que tiene que ver directamente entre una concepción de la historia donde el hombre tiene como interlocutor a Dios en cualquiera de sus posibles posiciones ante Él: bien para negar su existencia, o para huir de su presencia, o para luchar contra Él como adversario, o para convivir con gratitud secundando su plan [30]. No en vano todos estos registros se han dado de modo convulsivo en los dos últimos siglos con gran intensidad [31].

En el discurso del Papa Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 10 de enero de 2011, se abordaba esta cuestión de la insignificancia o la relevancia de Dios en la vida de la humanidad: ¿Dios es algo o alguien ajeno al hombre, como un intruso indeseado y rival, o es más bien un amigo al que inevitable y gozosamente tendemos? El Santo Padre afirmaba que, «el Misterio del Hijo de Dios que se hace hombre supera completamente cualquier expectativa humana. En su absoluta gratuidad, este acontecimiento de salvación es la respuesta auténtica y completa al deseo más profundo del corazón. De Dios viene la verdad, el bien, la bondad, la vida en plenitud que cada hombre busca consciente o inconscientemente. Aspirando a estos bienes, toda persona busca a su Creador, ya que “sólo Dios responde a la sed que hay en el corazón de todo ser humano” (BENEDICTO XVI, Verbum Domini, 23). La humanidad, a través de sus creencias y ritos, ha manifestado a lo largo de su historia una búsqueda incesante de Dios, y “estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso” (Catecismo de la Iglesia Católica, 28). La dimensión religiosa es una característica innegable e irreprimible del ser y del obrar del hombre, la medida de la realización de su destino y de la construcción de la comunidad a la que pertenece. Por consiguiente, cuando el mismo individuo, o los que están a su alrededor, olvidan o niegan este aspecto fundamental, se crean desequilibrios y conflictos en todos los sentidos, tanto en el aspecto personal como interpersonal» [32].

No es una posición coyuntural de la tradición cristiana en general, ni del magisterio de Benedicto XVI en particular. Es una constante de nuestra cosmovisión católica, aunque a veces podamos hablar de una cierta apostasía del cristianismo que extrañamente renuncia a su raíz traicionando su pertenencia religiosa y cultural [33]. En la encrucijada de caminos en los que los hombres y mujeres nos encontramos, Dios tiene que ver con cada uno de nosotros. En este camino de la vida se da lo que el Papa decía al llegar al Aeropuerto de Santiago en su reciente visita a España: que «en lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad» [34].

Una presencia que no siempre ha sido diáfana o sencilla de mostrar, especialmente cuando nos hemos encontrado con un intento de expulsión y desalojo de Dios, al que como ha indicado el Santo Padre en su homilía en el Obradoiro se le ha podido percibir extrañamente como un intruso y enemigo del hombre, de su felicidad y su libertad. No tomar el nombre de Dios en vano, pero no censurar su presencia entre nosotros [35]. Hay un camino abierto de parte de Dios hacia el hombre, que viene a encauzar los mil caminos que el hombre ha querido abrir en su acceso al mundo divino. Esta es la afirmación humilde y audaz del cristianismo: la mutua apertura de Dios y del hombre se encuentran en lo que llamamos revelación. No se trata de una palabra sórdida que Dios pronuncia para nadie, ni tampoco un silencio mudo que el hombre quiere desentrañar, sino el encuentro cabal de esa palabra gratuita que viene al encuentro del silencio mendicante del hombre [36].

No obstante ese fluido discurrir ha podido ser interrumpido extrañamente. De hecho, el cristianismo ha dejado de ser un referente único e identificativo en nuestra civilización occidental. Casi no nos habíamos percatado de que el paisaje cultural y religioso que habíamos vivido durante siglos en la sociedad de Occidente y durante tantas décadas de nuestra biografía personal, estaba pacíficamente zambullida en eso que podríamos llamar “cultura cristiana”. Éramos un pueblo cristiano, y como cristianos vivíamos todas las cosas: las más hermosas, nobles y resultonas, como también nuestras debilidades, trampas y preocupaciones. Podría parecer que este dato dado era algo incuestionado e incuestionable, y que teníamos una convivencia sin sobresaltos entre las exigencias de nuestra fe, y los avatares de nuestra fatiga cotidiana.

Como bien se ha dicho, estamos ante un paisaje que se puede calificar como neopagano imponiéndonos un post-cristianismo [37]. El hecho de que nos preguntemos sobre la realidad que conlleva eso de ser cristiano en medio de una sociedad que ha dejado de serlo [38], nos impone una constatación que indica un cambio notable de escenario: nuestra sociedad se ha secularizado, y más aún, sigue en curso su proceso de secularización [39], con todo un proceso más o menos estratégicamente diseñado por intereses políticos, culturales y mediáticos que sigue empujando hacia el nihilismo y el relativismo lo que ha sido y es el cristianismo en la cultura contemporánea [40].

Este es el reto que tenemos desde un mundo cambiado y cambiante, en el que debemos anunciar como Buena Noticia a Jesucristo, Salvador del mundo, Redentor del hombre. Es bueno tomar nota del recorrido histórico y cultural que nuestro mundo occidental y el resto de la humanidad está realizando según los parámetros de hoy, con toda la gama de luces y sombras. «El contexto sociocultural se ha confrontado con cambios importantes y también imprevistos, cuyos efectos –como en el caso de la crisis econó- mico-financiera– resultan todavía bien visibles y activos en nuestras respectivas realidades locales. La misma Iglesia se ha visto afectada de modo directo por estos cambios, ha sido obligada a enfrentarse con interrogantes, con fenómenos que han de ser comprendidos, con prácticas que deben ser corregidas, con caminos y realidades en los cuales ha de infundirse de un modo nuevo la esperanza evangélica» [41]. Los distintos escenarios en los que hoy la Iglesia debe anunciar de modo nuevo el Evangelio de Jesucristo, están reclamando no sólo una fidelidad a la herencia recibida y custodiada como depósito de la fe, sino una fidelidad también al hombre concreto que tenemos delante hoy, con sus heridas, sus pecados, sus esperanzas, sus dudas y sus certezas [42].

2. LES EXPLICÓ LAS ESCRITURAS: DIOS HABLA EN LA HISTORIA (Lc 24, 25-27)

«Jesús les dijo: —¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» [43].

Aquel encuentro entre los dos discípulos de Emaús y el insólito caminante que se puso junto a ellos, no fue una compañía banal, ni tampoco una curiosidad indiferente en su forma de escuchar. En medio de aquella confusión resentida y triste, Jesús quiso volver a proponer de nuevo aquello que habiéndolo escuchado en tantos modos, esos dos discípulos no habían entendido casi nada. Era una historia conocida, pero que aún no formaba parte de su esperanza. Se trataba de ideas sueltas, datos inconexos, realidades no asimiladas, y sobre todo, su peor deriva es que de esa historia ellos no se sentían parte. Por un lado estaba la larga historia de la salvación con la que a través de los siglos Dios había ido preparando la llegada del Mesías; estaban también aquellos tres años en los que con el Mesías al lado, ellos habían visto y oído tantas cosas que a la gente sencilla les llenaba de estupor agradecido. Pero quizás estos dos discípulos, dos entre tantos otros que se dispersaron en el Gólgota, tenía una pretensión sobre Jesús que les impedía escuchar con el corazón, mirar con el corazón, y por eso no entendían nada de lo que a sus oídos y ante sus ojos se les había mostrado.

Esta escena no es algo ajeno a nuestra vida personal y comunitaria. También nosotros conocemos cosas de Jesús, las hemos estudiado en buenos libros e interesantes cursos, las hemos aprendido en catequesis, las hemos propuesto y organizado en nuestros planes y proyectos pastorales, pero tal vez también a nosotros nos puede suceder que no estemos entendiendo con verdad y hondura, lo que en la historia Él nos sigue explicando con su acostumbrada creatividad y su humilde discreción.

En este sentido, un Sínodo Diocesano sirve para asomarnos con sencillez a lo que en la historia larga de una Iglesia particular, en la historia personal de nuestra biografía, el Señor no ha dejado de explicarnos a través de su Espíritu Santo lo que más necesitábamos para vivir, para madurar, para acoger su don. Pero no estamos al margen de lo que «el Espíritu dice a las Iglesias» [44], sino más bien estamos insertos en este Pueblo de Dios llamado a «remar mar adentro» [45]. La marcha de la Iglesia universal debe inspirar y ayudar a concretar el recorrido de cada Iglesia particular.

Así lo indicaba en la carta programática para el nuevo milenio cristiano Juan Pablo II: «Es necesario pensar en el futuro que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ellas, congregada en torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la “fracción del pan” (cf. Hch 2,42), está “verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica” (CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Christus Dominus, sobre la función pastoral de los Obispos, 11). Es especialmente en la realidad concreta de cada Iglesia donde el misterio del único Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas. Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación. Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en este especial año de gracia, más aún, en el período más amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral» [46].

Indiquemos ahora algunos momentos importantes de ese paso de Jesús en la historia más reciente de nuestra Iglesia, que son una verdadera llamada a lo que Él desea y espera de nosotros en esta encrucijada de la historia. Se trata de los signos de los tiempos que encauzan lo que Dios quiere decirnos, lo que quiere que nosotros escuchemos y lo que a través nuestro Él desea comunicar a nuestra generación. Todo esto implica la marcha de la Iglesia que con los eventos más determinantes está haciendo un camino que no debe resultarnos jamás ajeno.

2.1. Remembranza del Concilio Vaticano II: 50º aniversario

El Concilio Vaticano II ha sido uno de los eventos eclesiales más importantes de los últimos siglos. La renovación de la fe pasaba por el encuentro con Cristo en un mundo que se había ido alejando paulatinamente de la tradición cristiana. Había que volver a afianzar los fundamentos de nuestra fe, al tiempo que se abría el diálogo con una sociedad culturalmente plural, que miraba con indiferencia, con hostilidad o con simpatía el ser y el hacer de la Iglesia. Como decía el P. René Latourelle en su obra colectiva que dirigió como balance del Concilio, «el Vaticano II es un gran signo dirigido a los hombres de nuestro tiempo. Hemos recibido el Signo, pero, ¿seremos capaces de leerlo? ¿de interpretarlo? Un gran viento sacude a la Iglesia. Seremos capaces de entenderlo?… ¿Qué será de estos textos sin el Espíritu que los anima y que nos abre el corazón para comprenderlos? El signo del Concilio es contemporáneo a las amenazas de destrucción de la humanidad. Por eso, proponiendo a Cristo como Vida, a la Iglesia como sacramento de vida y de salvación universal, el Concilio puede ayudar a los hombres a triunfar sobre la muerte, a condición de que lo encarnemos en nuestras vidas. Pero sobre todo, el Concilio debe gestar santos, para testimoniar su fecundidad; el mundo los espera» [47].

Fue con esta responsabilidad histórica y eclesial con la que fue convocado el Concilio Vaticano II. Hay unas palabras verdaderamente clarividentes de la Constitución Apostólica Humanæ Salutis (25 diciembre 1961), con las que se anunciaba la convocatoria del Concilio Vaticano II, y en las que el Papa Juan XXIII apuntaba las razones históricas por las que en ese momento convenía reunir a toda la Iglesia en el santo sínodo universal. Daba cuenta de la ambivalente realidad claroscura, entre los avances inequívocos y los retrocesos también palmarios: «La Iglesia ve en nuestros días que la convivencia de los hombres, gravemente perturbada, tiende a un gran cambio. Y cuando la comunidad de los hombres es llevada a un nuevo orden, la Iglesia tiene ante sí una tarea inmensa, tal como hemos aprendido que sucedió en las épocas más trágicas de la historia. Hoy se exige a la Iglesia que inyecte la virtud perenne, vital, divina del Evangelio en las venas de esta comunidad humana actual que se gloría de los descubrimientos recientemente realizados en los campos técnico y científico, pero que sufre también los daños de un ordenamiento social que algunos han intentado restablecer prescindiendo de Dios. Por ello, advertimos que los hombres de nuestro tiempo no han avanzado a la par en los bienes materiales y espirituales» [48].

El mundo que tenemos delante tan lleno de gozo y esperanza (Gaudium et Spes) por las alegrías de nuestros momentos mejores, a menudo también le carga el lastre de la tristeza y el desencanto por tantas tragedias. Al encuentro de este mundo queremos salir como Iglesia peregrina y comunidad del Señor que tiene una luz para todos los pueblos (Lumen Gentium). Porque hemos encontrado a Dios y su presencia y fidelidad nos han salvado, y esto es lo que a diario celebramos en la liturgia de los sacramentos, en la liturgia de la misma vida como nos enseñó el Concilio (Sacramentum Concilium). La palabra que podemos susurrar con respeto o gritar con audacia no es la que tiene nuestra medida, sino la que gratuitamente se nos ha revelado como verdadera palabra de Dios (Dei Verbum), y que el Señor ha puesto en nuestros labios. En torno a estas cuatro grandes Constituciones se fue enhebrando el Concilio Vaticano II, junto a los nueve Decretos y las tres Declaraciones.

En distintos momentos se ha ido haciendo un balance del Vaticano II por parte de toda la Iglesia [49]. El Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 convocado por Juan Pablo II, tuvo como objetivo, en primer lugar, afirmar la vigencia del Concilio Vaticano II como una verdadera gracia de Dios y un don del Espíritu Santo, del que se han derivado numerosos frutos espirituales para la Iglesia y la humanidad. Y como segunda tarea la de verificar e intercambiar experiencias [50].

Vale la pena recordar, por lo ilustrativo de la polémica que suscitó una tergiversación, lo que el entonces cardenal Ratzinger decía respecto de ese balance del Vaticano II. En un célebre libro-entrevista [51], «manifestaba su opinión neta sobre los veinte años transcurridos desde el Concilio: éstos habían sido en su conjunto desfavorables para la Iglesia, decía el cardenal, y señalaba la necesidad de recuperar aquellos valores — también conciliares— que habían quedado orillados durante ese tiempo. En ese contexto de recuperación de valores el cardenal utilizó el término «restauración». Esta palabra se cargó de un fuerte magnetismo para la polémica y el sensacionalismo, con el fácil reproche de que el cardenal propugnaba una «involución» (otro de los términos entonces al uso), es decir, el intento de retrotraer a la Iglesia a la situación anterior al Concilio. Una nota del cardenal Ratzinger a pie de pagina de su Informe sobre la fe aclaraba el sentido del termino: «Ante todo quiero simplemente recordar lo que he dicho en realidad: no se da ningún retorno al pasado; una restauración así entendida no solo es imposible, sino que ni siquiera es deseable. (…) Pero si el termino “restauración” se entiende según su contenido semántico, es decir, como recuperación de valores perdidos en el interior de una nueva totalidad, diría entonces que es precisamente este el contenido que hoy se impone, en el segundo periodo del postconcilio» [52].

Esta y no otra era la intención del Vaticano II. Como recordamos los obispos españoles hace sólo unos años al hablar de los frutos del Concilio, «la tarea de recepción de la enseñanza conciliar aún no ha terminado. Pasados cuarenta años, somos testigos de los frutos valiosos que ha rendido la buena semilla. A la vez, no son pocos los que en este tiempo, amparándose en un Concilio que no existió, ni en la letra ni en el espíritu, han sembrado la agitación y la zozobra en el corazón de muchos fieles. En medio de un ambiente cultural, en el que se reflejan las opiniones más diversas sobre Jesús, es necesario acoger con docilidad la Revelación del Padre, lo que el Espíritu nos dice en el Concilio Vaticano II, llenarse de la alegría que viene de lo Alto, reposar gozosamente en la roca firme de la Iglesia y renovar cada día nuestra confesión de fe» [53].

Por eso, ya de Papa, ha insistido en la necesidad de una auténtica lectura de ese evento conciliar tan importante y fecundo para la Iglesia contemporánea. Esta fue su intervención ante la Curia Romana en su primera Navidad como Pontífice: «Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil […]. Todo depende de la recta interpretación del Concilio, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clase de lectura y aplicación». En este sentido introducía la distinción entre hermenéutica de discontinuidad y de la ruptura y hermenéutica de la reforma, que es renovación «en continuidad con el único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado; sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla sin dejar se de ser él mismo, el único pueblo de Dios en camino» [54]. Es una precisa y preciosa manera de volver al Concilio Vaticano II, en su espíritu y en su letra, con una lectura eclesial que genere una auténtica renovación de la vida cristiana como en definitiva pretendió ser.

Resultan elocuentes como un balance sereno y realista las palabras de Mons. Díaz Merchán, entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española en su discurso inaugural en la Asamblea Plenaria 44: «Pese al esfuerzo de divulgación y de estudio que hicimos de los documentos conciliares, estamos muy lejos de considerarnos satisfechos. El estudio del Concilio entre nosotros no se vio libre de tensiones y de conflictos que dificultaban su serena recepción. Hubo a veces excesivo apasionamiento, actitudes parciales, lecturas superficiales, interpretaciones desde posiciones previamente fijadas… También aparecieron recelos y reticencias en algunos reducidos sectores eclesiales. Es necesario descubrir la vigencia del Concilio, dar a conocer íntegramente sus documentos, incorporarlos a los tratados de Teología, a la Catequesis y a la formación permanente, de suerte que sus enseñanzas sean asimiladas, no como un hecho del pasado sin referencia al momento presente, sino como patrimonio vivo de la Iglesia, perfectamente integrado en el depósito de la fe. El Concilio Vaticano II ayudará a las nuevas generaciones a discernir con la luz de la fe los retos que le presenta el mundo contemporáneo, a descubrir sus valores y sus fallos, y a emprender con esperanza la evangelización de este mundo moderno con el peculiar estilo pastoral que el Concilio adopta» [55].

El Vaticano II, es una gracia que debemos seguir agradeciendo, profundizando y aprendiendo a aplicar de modo fiel y sereno en la nueva coyuntura de la Iglesia y de la Humanidad. Es el conmovedor testimonio del Beato Juan Pablo II, cuando en su testamento no olvidó precisamente una mirada agradecida y comprometedora de este evento eclesial: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado» [56].

Esta remembranza del Vaticano II es la que nuevamente podemos volver a saludar aprendiendo de este acontecimiento eclesial toda su bella sabiduría para afrontar la Nueva Evangelización en la que estamos embarcados mientras remamos mar adentro al comienzo de este tercer milenio cristiano.

2.2. La Eclesiología de comunión: ChFL, PdV-PG, VC

Han sido muchas las diversas formas de definir y explicar el misterio de la Iglesia a través de la historia cristiana [57]. Cada época, con la necesidad de enfocar desde el Magisterio y desde las distintas escuelas teológicas la imagen más adecuada de este misterio, ha ido presentando lo que de suyo es y significa la comunidad que nace de la Pascua de Jesús. Esta fue también la motivación teológica y pastoral del Vaticano II en relación con la Iglesia: presentar la identidad y la misión de la Iglesia del Señor al mundo contemporáneo [58]. Ya en la redacción de la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, la Lumen Gentium, comenzó a alumbrarse un modo colegial, comunional, de entender el misterio de la Iglesia desde la que luego se ha llamado “eclesiología de comunión” [59].

En este sentido el largo e iluminador pontificado de Juan Pablo II fue especialmente importante para desarrollar el evento eclesial del Concilio Vaticano II. Al hacer balance de la enseñanza del Papa Wojtyla, se debe tomar en consideración el extraordinario despliegue de temas que con sorprendente competencia, y a veces en medio de una no menos sorprendente indiferencia u hostilidad, este Pontífice fue entregando, subrayando, recordando a los cristianos católicos y a toda la humanidad, desde una indiscutible autoridad moral, espiritual y teológica a las puertas del tercer milenio [60].

El Papa beato de nuestros días, empleó, por así decir, dos géneros documentales, que podemos agrupar del siguiente modo: en primer lugar, podemos fijarnos en las encíclicas teológicas, las que justamente tienen por objeto el acercamiento a Dios desde el hombre actual, el anuncio del Dios revelado en Jesucristo Redentor a la humanidad de hoy. Se trata, como alguien ha dicho, de «una trilogía inicial» [61], dedicada a desentrañar al Hijo Redentor, al Padre de las Misericordias y al Espíritu que da Vida [62]. Tres encíclicas que van al fundamento de nuestra fe que es la Trinidad, una e indivisa. Ir al fundamento justamente para evitar los fundamentalismos. La auténtica fundamentación nos pone en guardia de ciertos fundamentalismos, y eso lo hace Juan Pablo II de la mano de estas tres encíclicas a las que hemos aludido [63].

Existe otro grupo documental, que corresponde al de los Sínodos Extraordinarios de Obispos, y en donde también podemos encontrar otra trilogía, esta vez de carácter eclesiológico [64]: una preocupación por las tres grandes vocaciones que vertebran las correspondientes tres formas existenciales cristianas del Pueblo de Dios, que por orden de aparición en los diversos Sínodos y en la nomenclatura más usual, son los siguientes: los laicos, los sacerdotes, los religiosos [65].

Diríase que el Papa al afrontar esta visión unitaria de las diferentes formas de existencia dentro de la Iglesia, no desea otra cosa que iluminar, conexionar, ayudar al Pueblo de Dios a que viva en armonía, en una fusión sin confusión de cada una de las vocaciones que estructuran la Iglesia. De algún modo puede aplicarse a su intento de reflexionar con los Obispos en torno a estas tres grandes vocaciones eclesiales, ese orden (armonía) desde el que el mismo Pontífice presentaba la finalidad del Derecho Canónico: «…la finalidad del Código no es en modo alguno sustituir en la vida de la Iglesia y de los fieles la fe, la gracia, los carismas y, sobre todo, la caridad. Por el contrario, el Código mira más bien a crear en la sociedad eclesial un orden tal, que, asignando la parte principal al amor, a la gracia y a los carismas, se haga, a la vez, más fácil, el crecimiento ordenado de los mismos» [66].

No es, pues, un intento de uniformación cuanto de ordenación, de poner orden armonioso en la descripción, interrelación y vivencia de estas tres formas de vida cristiana, cada cual en su lugar en la economía salvífica que les ha otorgado Dios dentro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia [67]. Lo cual no es otra cosa que recuperar lúcidamente aquello que emana de la nueva eclesiología del Concilio Vaticano II: una eclesiología de comunión, como el mismo Juan Pablo II recordaba en la exhortación resultante del primero de los Sínodos de esta trilogía eclesiológica: «Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha recordado el Sínodo extraordinario de 1985, celebrado a los veinte años del evento conciliar: “La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio”» [68].

Como bien recoge el profesor José Ramón Villar, «el Concilio Vaticano II significó el redescubrimiento de la plena vocación cristiana de todos los miembros del Pueblo de Dios, subrayando, consiguientemente, la llamada universal a la santidad y la participación corresponsable de todos en la única misión de la Iglesia. El Concilio abordó la condición de los cristianos laicos, partiendo de la común dignidad bautismal, y caracterizándoles por la índole secular. Con ello se daba término, al menos en sede magisterial, a la mentalidad que identificaba en la práctica la vocación religiosa, o sacerdotal, con la plenitud de la vida cristiana. En el período postconciliar se ha producido, en algunos casos, un fenómeno inverso. Se ha identificado la vocación bautismal con la vocación propia de los laicos, sin mayor matiz. Y por ello, las características propias de la condición laical han pasado a ser el analogatum de existencia cristiana para religiosos y ministros, causando, en parte, las conocidas “crisis de identidad”. Lo que confirma, desde la experiencia misma, que no hay una teología “autónoma” del sagrado ministerio, laicado y vida religiosa, respectivamente, sino una eclesiología total. Como demuestran los avatares de los años recientes, un oscurecimiento de la identidad teológica de alguna de estas posiciones en la Iglesia introduce oscuridad también en las demás. Parece así necesario marcar la complementariedad de las vocaciones cristianas, en el interior de una eclesiología de comunión» [69].

Es decir, el Papa Juan Pablo II, al abordar en el Sínodo de 1994 una reflexión sobre la naturaleza y la misión de la vida consagrada, no hace sino llegar al término de su trilogía eclesiológica vocacional: que la Iglesia del Señor es una comunión de vocaciones, cada una con su identidad y con su misión dentro del Pueblo de Dios. Algo que ya había adelantado en términos de diversidad complementaria en uno de los puntos de la Exhortación Christifideles laici en los que hablaba de la interrelación de los estados de vida dentro del Pueblo de Dios: «Obreros de la viña son todos los miembros del pueblo de Dios: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos, todos a la vez objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación en su misión de salvación. Todos y cada uno trabajamos en la única y común viña del Señor con carismas y ministerios diversos y complementarios… En la Iglesia-comunión los estados de vida están de tal modo relacionados entre sí que están ordenados el uno al otro… Así el estado de vida laical tiene en la índole secular su especificidad y realiza un servicio eclesial testificando y volviendo a hacer presente, a su modo, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, el significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el designio salvífico de Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo redentor en los diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole escatológica de la Iglesia, es decir, su tensión hacia el reino de Dios, que viene prefigurado y, de algún modo, anticipado y pregustado por los votos de castidad, pobreza y obediencia. Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de ellos en relación con los otros, están al servicio del crecimiento de la Iglesia; son modalidades distintas que se unifican profundamente en el “misterio de comunión” de la Iglesia y que se coordinan dinámicamente en su única misión. De este modo, el único e idéntico misterio de la Iglesia revela y revive, en la diversidad de estados de vida y en la variedad de vocaciones, la infinita riqueza del misterio de Jesucristo» [70].

Este importantísimo texto es una síntesis de la eclesiología de comunión vocacionada. Una síntesis en donde se revalidan los tres modos básicos del ser cristiano, de la identidad cristiana derivante del Bautismo, y cómo uno a otro están vinculados; el oscurecimiento, censura o mutilación de una vocación eclesial repercute inevitablemente en el oscurecimiento, censura o mutilación de las demás vocaciones hermanas. Y esto tiene una incidencia definitiva en la interrelación que existe entre las tres vocaciones cristianas. Sin duda alguna, es lo que en un Sínodo diocesano como el que nosotros hemos vivido, esto se ha expresado a través de todo el proceso de reflexión, oración, discernimiento y conclusiones, desde una verdadera y adulta «corresponsabilidad eclesial» [71]. Y así se proponía en la carta programática para el nuevo milenio, por parte del Papa Juan Pablo II tomando la comunión eclesial como verdadera urgencia pastoral en la Iglesia: «Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos en un sólo cuerpo, el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,12). Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jó- venes a las más diversas manifestaciones de la caridad» [72].

Esta Iglesia de comunión vocacional se nutre por toda una dinámica obrada por el mismo Dios a la hora de proponernos su salvación. Un Dios que ha salido en busca de sus hijos pródigos, que ha querido ofrecer el bálsamo de su propia casa para las heridas de la división: la que fractura la relación entre el hombre y Dios, entre los hombres unos con otros, y entre el hombre consigo mismo. No en vano el entonces Cardenal Ratzinger recogía esa idea de comunión integral para explicar precisamente la Iglesia: «La comunión con Dios viene mediada por la comunión de Dios con los hombres, que es Cristo en persona; el encuentro con Cristo crea comunión con él mismo y, así, con el Padre en el Espíritu Santo; desde ahí une a los hombres entre sí» [73]. La comunión como clave para comprender el misterio de la Iglesia es lo que permite entender la eclesiología que emanó del Concilio Vaticano II.

2.3. Un reto actual: la Nueva Evangelización

La nueva evangelización es uno de los cuños con los que el anuncio cristiano a nuestra generación viene presentado en un intento de volver al ardor primero de los apóstoles cuando tuvieron que afrontar el mandato misionero de Jesús tras su Ascensión. Era el reto que tenían en medio de culturas, lenguas, lugares, que distaban mucho en todos los sentidos de cuanto en aquellos tres años de ministerio público y mesiánico habían vivido Cristo y los primeros discípulos. En nuestra época, una nueva evangelización que ha marcado el antes y el después a partir de que el Beato Juan Pablo II lo anunciase en filigrana en aquella circunstancia misioneramente solemne: en Puerto Príncipe llamó a «una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» [74].

Como ha dicho uno de los protagonistas de esta tarea de reflexión teológica y de audacia pastoral, Mons. Rino Fisichella, nos encontramos al final de una época que nos obliga a tomar en serio la novedad que se perfila en el horizonte. En los años inmediatamente postconciliares, se levantó acta de la preocupación que suscitaba la crisis del presente y la fascinación que albergaba la imaginación del futuro [75]. Lenta pero inexorablemente se ha ido recorriendo un camino cultural entre esa crisis y esa fascinación, que no ha dejado de desplazar en la vida de los hombres la presencia de Dios en medio de su historia.

Podemos afirmar y hasta documentar, parafraseando a Martin Buber, que Dios se ha eclipsado en el mundo occidental [76]. Digamos que ha perdido la centralidad que otrora tenía y, como consecuencia, el hombre mismo ha perdido su puesto dentro de la creación y de la sociedad en una extrañeza que le dificulta reconocerse en este momento de la historia. Lo decía también Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011, que repitió nuevamente hablando a las religiosas jóvenes en el Monasterio de El Escorial: «Se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza» [77].

No obstante, para que la nueva evangelización no corra el riesgo de aparecer como una fórmula abstracta hay que poner de manifiesto sus contenidos y sus ámbitos, dice Fisichella. Para este arzobispo responsable del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, no hay duda de que el contenido principal es Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre; y sus lugares más inmediatos son la catequesis, la liturgia, la caridad, el ecumenismo, la inmigración, la comunicación y la cultura [78]. Este es el marco.

Ya el Papa Benedicto XVI había anunciado la creación de este nuevo dicasterio vaticano durante las primeras Vísperas de la solemnidad de San Pedro y San Pablo el 28 de junio de 2010, en la homilía que tuvo lugar en la Basílica de San Pablo Extramuros. Tras recordar en qué consiste la “novedad” de esta incesante evangelización a la que la Iglesia de todos los tiempos se siente llamada y enviada por el Señor, vendrá al final de la homilía el anuncio de este nuevo organismo: «El Papa Juan Pablo II representó “en vivo” la naturaleza misionera de la Iglesia, con los viajes apostólicos y con la insistencia de su magisterio en la urgencia de una “nueva evangelización”: “nueva” no en los contenidos, sino en el impulso interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo, que constituye la fuerza de la ley nueva del Evangelio y que renueva siempre a la Iglesia; “nueva” en la búsqueda de modalidades que correspondan a la fuerza del Espíritu Santo y sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones; “nueva” porque es necesaria incluso en países que ya han recibido el anuncio del Evangelio… He decidido crear un nuevo organismo, en forma de Consejo Pontificio, con la tarea específica de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una secularización progresiva de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un reto para encontrar los medios adecuados con la finalidad de volver a proponer la verdad perenne del evangelio de Cristo» [79].

Bien es verdad que el término “evangelización”, e incluso con alguna variante también el de “nueva evangelización”, no son conceptos nuevos en la larga tradición cristiana ni en el magisterio pontificio más reciente [80]. Pero se trata de una ocasión providencial en la que no deberíamos dejar pasar este momento de gracia y urgencia, para que tras haber concluido felizmente el Sínodo diocesano que hemos celebrado, podamos reconocernos en las palabras animadoras que Juan Pablo II proponía al concluir precisamente el año jubilar de los dos mil años de cristianismo: «Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar» [81]. Todo un estímulo para continuar.

2.4. Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española (2011-2015)

Cada Diócesis es bien llamada con razón “Iglesia particular”, porque forma parte de un todo anterior que es Pueblo de Dios presidido en la caridad por el Sucesor de Pedro como Obispo de Roma. A su vez, cada Diócesis tiene al frente a los diversos Obispos que como sucesores de los Apóstoles presiden igualmente en la caridad la comunidad que se les ha confiado, en comunión con Pedro [82]. Es un todo en el fragmento, como explicó en un libro memorable el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar a propósito de la teología de la historia [83]. De ahí se abre la comprensión de la comunión eclesial como hemos visto más arriba desde las tres vocaciones básicas cristianas: pastores, consagrados y laicos. Pero la comunión no es simplemente un ejercicio de “coordinación” y hemos de comprender en su sentido genuino el alcance de esta característica fundamental de la Iglesia del Señor [84].

Dentro de esta comunión eclesial, en la que la Iglesia universal tiene su primacía ontológica, las Iglesias particulares se consideran en sí mismas “hermanas”, y por tanto en una relación de solicitud recíproca y ayuda mutua en todos los sentidos. Como afirmó el eclesiólogo Angel Antón, la fundamentación teológica de la Conferencia Episcopal debe partir de la consideración de la Iglesia como communio ecclesiarum (comunión de las Iglesias). La colegialidad no se limita a la relación de los obispos con la cabeza del colegio, sino a una relación de comunión entre las Iglesias particulares y la universal, siempre bajo el Primado de Pedro [85].

No obstante, se ha advertido contra una cierta burocratización eclesiástica, a la que a veces pueden haber contribuido las estructuras que han ido sucediéndose como ayuda pero que terminan siendo gravosas. Fue el propio cardenal Ratzinger en una célebre entrevista a la Revista italiana Famiglia Cristiana, cuando a la pregunta de si las conferencias episcopales deberían valorarse más bien como un medio para la colegialidad, contestó así: «Distinguiría entre pequeñas conferencias, con diez o quince miembros, y grandes conferencias, con más de doscientos obispos, quizá. En el primer caso, la conferencia episcopal puede ser realmente un instrumento de coordinación, de visión común, de ayuda recíproca y también de corrección fraterna, cuando es necesaria. En el caso de las grandes conferencias, cuando en las asambleas se encuentran kilos de papel que hay que leer, órdenes del día con decenas de puntos para discutir, creo que es realmente imposible un diálogo profundo. Se da también el riesgo de que las discusiones y las soluciones sean tomadas con antelación por las oficinas, por la burocracia. En el caso de las grades conferencias, el debate debería limitarse quizá a pocos argumentos relevantes, y descentralizar el resto a cada Iglesia local. Es importante que las conferencias sean un instrumento flexible» [86].

Dicho esto, dentro de nuestro ámbito geográfico hispano, contamos con una Conferencia Episcopal que se enmarca en este cauce de comunión, donde con flexibilidad se ofrecen pautas como ayuda a sus distintos organismos (Comisiones episcopales, secretariados, departamentos, etc.). Lógicamente tales pautas pueden ser de ayuda también para las distintas Diócesis españolas. Es una referencia que sirve precisamente como subsidio, como un subrayado pastoral, no como una sustitución o suplencia de lo que en cada Diócesis podemos y debemos hacer. En este sentido es de enorme utilidad el Plan de Pastoral que la Conferencia Episcopal Española ha publicado para el quinquenio 2011-2015.

Partiendo del texto evangélico del primer encuentro entre Jesús y Pedro, en un contexto de fracaso ante las redes vacías y la primera multiplicación de los peces [87], el Plan tiene una estructura bien definida, en donde se va enhebrando algunas realidades que tienen que ver con la Iglesia que peregrina en España. Tal y como se indica al comienzo, se articula en cuatro partes que, a la vista de la situación eclesial y social del presente, pretende dar rendimiento apostólico a algunos acontecimientos de estos años, como son: las visitas del Papa a España, el V centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, la publicación de la Biblia de la Conferencia Episcopal y de los nuevos libros litúrgicos, la proclamación de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia o los cincuenta años del Concilio Vaticano II.

Así se introduce todo el Plan diciendo que «hemos entrado con toda la Iglesia en el tercer milenio cristiano escuchando por boca del Sucesor de Pedro la invitación del Señor a remar mar adentro (Duc in altum!) y a poner cada vez más en el centro de la vida cristiana la Eucaristía en el Año dedicado al Misterio de la fe. Ahora, los obispos de la Conferencia Episcopal Española queremos acoger fielmente la llamada de Benedicto XVI a retomar con nuevo empeño el compromiso en favor de la “Nueva Evangelización”, alentado ya desde el inicio de su pontificado por el beato Juan Pablo II» [88].

Por tratarse de responder a retos que compartimos las distintas Diócesis españolas, encontramos en esas páginas ideas y sugerencias que tienen que ver con la pastoral juvenil en continuidad con la JMJ 2011 en Madrid, con la promoción siempre urgente y perenne de la santidad cristiana a propósito del V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, con la potenciación de la pastoral bíblica y litúrgica con ocasión de la recepción de la Sagrada Biblia en la nueva versión de la Conferencia Episcopal Española y la publicación de los nuevos Libros Litúrgicos, y finalmente el cuidado de los actores de la nueva evangelización bajo la inspiración y patronazgo de San Juan de Ávila, nuevo Doctor de la Iglesia.

El Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2011-2015 concluye con un deseo que es al mismo tiempo recordatorio: «La Providencia ha querido que el presente Plan Pastoral se desarrolle dentro del período en el que conmemoraremos el cincuenta aniversario de la apertura y de la clausura del Concilio Vaticano II. La celebración del Año de la fe será ocasión propicia para volver sobre el Concilio, seguros de que «si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[30]. Exhortamos a que en los próximos años se vuelva a impulsar la recepción de la herencia conciliar desde una hermenéutica de la continuidad que muestre la riqueza de los textos conciliares en continuidad con la Tradición viva de la Iglesia» [89].

2.5. El Año de la fe

La convocatoria del Año de la fe con motivo del 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, por parte de Benedicto XVI nos invita a renovar nuestra vida cristiana fortaleciendo la adhesión a Jesucristo, Redentor del hombre. Porque «Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)» [90].

Podríamos pensar que la fe es algo ya adquirido, y así solemos considerarla tantas veces. De hecho, la fe que se profesa en el bautismo es algo vivo, objeto de crecimiento o de atrofia. Por eso en nuestro mundo cristiano no debe jamás darse por supuesta la fe porque es susceptible de debilitamiento, pérdida, o de crecimiento y maduración.

El Papa nos recuerda en su Carta Porta Fidei que «sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» [91]. Es un tiempo de gracia en el que en comunión con toda la Iglesia queremos poder profundizar en el significado bello y hondo de nuestra condición de creyentes, a fin de «redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año» [92].

2.5.1. Nutrir la fe

Por eso, en primer lugar la fe hemos de nutrirla. Esto significa que debemos cuidarla y formarla al tiempo que nuestra vida va creciendo en su camino humano. Sería una quiebra que tengamos una vida de adultos, con sueños y heridas de adultos, con problemas y satisfacciones de adultos, y mantengamos una fe infantil. No pocas pérdidas de la fe se deben a que ésta quedó en aquella lejana vivencia de la niñez o adolescencia. La vida se puede haber madurado en algunos aspectos: afectivamente, culturalmente, profesionalmente, económicamente… pero quizás se sigue siendo un niño en lo tocante a la fe. Entonces Dios, la Iglesia, la vida cristiana, resultan extraños o ridículos. Formarnos en la fe significa recibir la catequesis adecuada a nuestra edad, y consentir que vaya creciendo y madurando al compás de nuestra propia vida en todos los factores que la componen.

El Papa recuerda cómo los primeros cristianos estaban obligados a aprender de memoria los contenidos del Credo, que les permitía tener conocimiento de los distintos artículos de la fe a los que se adherían con verdadera conciencia del significado de la vida cristiana, y que les servía al mismo tiempo de oración para no olvidar el compromiso adquirido en el bautismo [93]. Se cita un texto bellísimo de San Agustín: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» [94]. Conocer la fe y todas sus consecuencias, es el modo mejor de nutrirla para poder madurar en ella.

2.5.2. Celebrar la fe

En segundo lugar, debemos celebrar la fe. Benedicto XVI señala que este Año será una «ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es “la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza”» [95].

La vida cristiana no es una cuestión privada, aunque será siempre personal. La celebración significa que nuestra oración personal con Dios, la liturgia y sacramentos que acompañan los momentos claves de la vida, nos ayudan a reconocer y gustar la presencia de Dios en medio nuestro que sabe acompañarnos con discreción. Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva», dice el Papa Benedicto XVI al comienzo de su primera encíclica96. El encuentro personal con Dios, como vemos que sucedía con Jesús y las diferentes personas con las que Él se iba encontrando cada una con su historia y circunstancia: Mateo y sus recaudaciones, Pedro y sus afanes sin más horizonte que las redes de cada día, Magdalena y con sus historias y debilidades, Zaqueo con sus robos, la Samaritana con su sed y sus trampas, Nicodemo y sus inquietudes nocturnas, la viuda con sus lágrimas… Con todos se encontró Jesús, y a todos y a más les dijo algo para su bien.

No basta una fe prestada. Hay que descubrir a quien de modo personal nos ama y nos llama, porque será el único camino de no convertir la fe en una ideología según los reduccionismos al uso como tantas veces en la historia cristiana se ha dado. El encuentro con un Dios real y concreto que pasa entre las mil esperas y preguntas de mi vida, y que viene a decirme: cuanto tu añoras y cuanto en ti interroga, la luz y la verdad para la que naciste, la felicidad que de tantos modos buscas, encuentra todo ello en Cristo la plenitud que las calma y que las colma.

2.5.3. Testimoniar la fe

En tercer lugar, hemos de acertar a testimoniar esa fe. Vivimos en un mundo plural, que no sólo no es tolerante siempre hacia el hecho cristiano, sino a veces tremendamente hostil por razones muy diversas. Evitar la arrogancia al testimoniar a Jesucristo, y evitar también el complejo para no anunciarle jamás. El testimonio hoy nos debe mover a la audacia de la nueva evangelización.

En un reciente libro, decía Mons. Fernando Sebastián que «necesitamos una mentalidad nueva para vivir en la nueva sociedad, abierta y pluralista sociedad, abierta y pluralista, de acuerdo con las notas de nuestra propia identidad cristiana y católica, seguros de nosotros mismos y a la vez acogedores de los demás, esperando la hora de Dios y colaborando prudentemente con ella» [97]. Una novedosa novedad, sí, la que reclama la evangelización a la que la Iglesia nos vuelve a enviar misioneramente en nuestros días. En los areópagos modernos vemos que son muchas las áreas a las que llegar poniendo en ellas la luz del Evangelio y proseguir escribiendo con pluma cristiana las páginas de cada generación. La gloria de Dios al que queremos conocer y amar cada mañana más y más. La herida del hombre en todas sus formas, que deseamos vendar y curar con el bálsamo de la ternura y de la misericordia. Los retos que nos plantea este mundo y sus culturas, con las que queremos dialogar y ofrecer nuestro diagnóstico y nuestras certezas. Son muchas las áreas, sí en las que poder verter una manera concreta de ver la realidad, de abrazarla, de acompañarla y hasta de salvarla.

Es la manera católica, la propia de los hijos de Dios que se saben al mismo tiempo hijos de la Iglesia e hijos de un tiempo, de una generación que no quiere renunciar a su fe. Una fe que no sólo sabe hacerse adoración y escucha del Buen Dios, sino que también -y por eso mismo- desea abrazar lo que ese Dios abrazó: la historia. En el surco de la historia, dejar que nuestra fe católica se haga cultura, se haga política, se haga arte, se haga solidaridad, se haga sociedad. Por eso «también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo» [98].

Un año, pues, en el que ahondar en el significado de la fe, en los cauces para su maduración, y en la audacia para testimoniarla en medio de nuestro mundo. En este sentido, el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, señala también un reclamo misionero. La llamada que hemos recibido en este momento de la historia, de caminar con nuestra generación anunciando la Buena Nueva que a nosotros se nos ha proclamado en el encuentro con Jesucristo resucitado. La plaza de Jerusalén como en el primer Pentecostés es hoy la plaza de nuestro mundo, y en ese inmenso areópago, en ese atrio de gentiles y de creyentes, hemos de saber contar las maravillas de Dios en todos los lenguajes.

3. SE LES ABRIERON LOS OJOS Y SE LES ENCENDIÓ EL CORAZÓN (Lc 24, 28-32)

«Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: —Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: —¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? [99].

Casi imperceptible fue el ademán, como quien finge prisa o aparente indiferencia para no forzar la gratitud en el otro. Hizo amago de seguir adelante, pero los dos discípulos no pudieron dejarle marchar. Es como al principio de todo, cuando aquellos otros dos discípulos se dejaron invitar por el Maestro hasta su casa, tras la pregunta insólita: «Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les dice: – ¿qué buscáis? Ellos respondieron: – Maestro, ¿dónde vives? Les dice: –Venid y ved. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran las cuatro de la tarde» [100]. Este texto basilar está estrechamente relacionado con el permanecer de Jesús y el permanecer en Jesús con el que se cierra el discurso de la vid verdadera en el evangelio de Juan [101].

La casa cristiana, morada de Dios y de los hombres, está construida con piedras vivas y tiene en Cristo la piedra angular [102]. A través de los siglos, la acogida que Dios ha hecho de sus hijos, invitándoles a entrar en su hogar trinitario [103], se ha ido plasmando en diferentes moradas como las que representan los distintos caminos de recordación y memorial de la Casa acampada entre nosotros, en nuestra historia, que siempre representa la Vida del Hijo de Dios. Si nos asomamos a las distintas historias de santidad que en tantas comunidades cristianas, en tantas parroquias anónimas, en tantas espiritualidades que los santos fundadores han ido describiendo con sus biografías humanas y cristianas, nos encontramos con las diversas modalidades con las que Dios ha ido acogiendo a cada generación. Todas ellas serían variaciones del hogar que Juan y Andrés buscaron y encontraron a las cuatro de la tarde de su historia de salvación.

Por esta razón se puede decir que la comunidad cristiana es una posibilidad con la que una determinada generación de discípulos de Jesucristo expresa la acogida del mismo Dios y ofrece en su realidad física y simbólica, un espacio en donde encontrarse con el misterio de esa Presencia del Señor que nos permite encontrarnos en toda su verdad con nosotros mismos y con los hermanos que con-viven con nosotros [104].

De nuevo dos discípulos, un Maestro y una casa como pretexto para un nuevo encuentro. El relato de Emaús desemboca en esta gratuita posibilidad, inmerecida e inesperada, por la que en medio del desconcierto, el desencanto, el cansancio, la fuga, Dios se hace de nuevo encontradizo para volver a empezar. Se trata de una gracia sucedida en el camino, sin censurar ninguno de los factores que determinan la vida: desde los más hermosos que iluminan una historia, hasta los más lerdos y mezquinos que la oscurecen.

¡Cómo suenan estas palabras y cómo acompaña este relato en la historia concreta de una Diócesis como la nuestra! El Sínodo que hemos celebrado es un alto en el camino, que hemos acogido con sorpresa y estupor, teniendo todos nuestros registros agridulces y claroscuros: los más bellos y los más torpes. Una historia centenaria de la Iglesia que peregrina en Asturias tan tejida de santos, de mártires, de confesores de la fe en donde obispos y sacerdotes, religiosos y misioneros, familias y laicos, han sabido vivir el Evangelio con creatividad fiel. Pero también siglos en los que el cansancio o la dejadez, la incoherencia y el pecado, han podido igualmente afear la belleza primera del encuentro primordial con el Señor. Y así, en esta encrucijada, surge el Sínodo como un nuevo Emaús, para invitarnos a entrar en la casa del encuentro con Dios, para volver a los hermanos, para ser de nuevo nosotros mismos.

3.1. Las tres ponencias realizadas

Los tres grandes temas que hemos abordado tienen que ver con los retos que culturalmente más nos desafían, reclamando de nosotros una respuesta cristiana, eclesial, como testimonio en el hoy de esa historia larga que nos contempla y que hemos heredado de cuantos nos precedieron en la fe, la esperanza y la caridad.

3.1.1. Siglo XXI: luces y sombras de la sociedad y la cultura emergente

En esta primera ponencia hablamos de las coordenadas culturales que pueden enmarcar nuestro tiempo, en lo que tienen de luz y en lo que tienen de sombra, pero que en medio de sus aguas bondadosas o procelosas debemos navegar. Nuestro momento histórico tiene un sinfín de claridades y de penumbras que es preciso saber reconocer para alentar su luminosidad y para disolver su oscuridad. La cultura emergente tiene muchas aristas que nos exigen ponerles nombre y situarnos ante ellas, sin nostalgias de pasados, sin temores de futuros y sin complejos de presente. Esta es la libertad sabia que nos permite discernir lo que somos, y situarnos donde estamos. Los factores emergentes en la cultura actual, suponen un escenario en el que vivir nuestra fe, la fe de la Iglesia, anunciando a modo de luz la eterna Buena Noticia del Evangelio para esperanza de nuestro mundo desde el Señor Resucitado, e individuando al mismo tiempo como denuncia las sombras que nos oscurecen. Todo ello constituye nuestro desafío y alienta nuestra confianza, porque ahí nos definimos como generación tal y como en el célebre discurso de Juan Pablo II en la ONU en 1995 se señalaba precisamente esta incidencia cultural: «Toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y en particular del hombre, es un modo de expresar la dimensión transcendente de la vida humana. El corazón de cada cultura está constituido por su acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios» [105].

El equipo de ponencia planteó la situación que en este momento nos dibuja la cultura en su más amplio sentido. Con sus tonos claroscuros, aparece este comienzo del siglo XXI presentándonos una sociedad con características propias. Las más constructivas y benévolas, y las más destructivas y maledicentes. La economía, la comunicación, el bienestar, la educación y las tecnologías, hacen que en este mundo globalizado haya espacios nuevos para tantas cosas interesantes, pero constatando que otras quedan en el margen, en el entredicho o sencillamente en la censura más excluyente. Todo el mundo espiritual que también nos constituye, puede quedar en la esfera privada, como desde tantas instancias políticas y culturales se quiere imponer como antesala de la total exclusión de quienes siguen batallando para obtener un mundo sin Dios.

Se nos dijo que “se impone recuperar a Dios, ya que las múltiples manifestaciones de la crisis (económica, social, moral y religiosa que se vive) tienen una razón última: la ausencia de Dios”. Un panorama ante el que “la Iglesia ha de mostrarse servidora del hombre, para ayudar a purificar las situaciones que afectan a nuestra sociedad”. A este respecto puso de relieve que la Iglesia no tiene ningún programa político o econó- mico, ya que “su misión consiste en el anuncio de Jesucristo y en la defensa del hombre y su dignidad, lo que comporta la expresión de juicios éticos sobre las situaciones que vivimos”, al tiempo que enfatizó en la importancia de la protección de “la libertad religiosa y la libertad individual de las personas”, en un camino en el que “se invita a los cristianos a que se comprometan en el desarrollo de los pueblos”.

Ese mundo de Dios y con Dios, sin ir en contra del hombre, es el que Jesucristo quiso anunciarnos haciéndolo visible como Reino que ya ha llegado, y es el que la Iglesia no cesa de proponer y acompañar.

3.1.2. Matrimonio y familia: entre el caos y la esperanza

En un segundo momento, abordamos la familia con todos los factores actualmente nos están desafiando: la vida en todas sus fases (la del no nacido, la del enfermo o anciano terminal, la vida que está en medio), esa vida que nos importa porque creemos en un Dios vivo de quien somos imagen y semejanza [106]: que tiene boca y habla, tiene oído y escucha, tiene corazón que se estremece. Esa vida nace en familia, y la familia atraviesa cañadas no siempre luminosas ni exentas de amenazas y confusiones. Vivir la familia es vivirla como se nos ha revelado el amor que no tiene modas ni se deja condicionar por presiones de toda índole. El matrimonio entre hombre y mujer, abiertos a la fecundidad con la que Dios bendice el amor, un amor lleno de respeto, de ternura y de fidelidad. Y en esa familia, los más pequeños como son los niños y nuestros jóvenes, nos importan para acertar a acompañarlos y educarles en la fe.

La familia como santuario de la vida, esa vida que tantas veces están en entredicho antes de nacer o cuando naturalmente termina, o amenazada de mil modos en el largo tramo intermedio en donde penamos, soñamos, gozamos.

Esa vida se une porque se enamora, y no juega a juegos prohibidos banalizando el amor, y lo que significa el cuerpo sexuado que Dios nos ha querido dar como hombre y como mujer. Porque no es inocente la cultura pansexualista y hedonista que nos rodea, porque daña la dignidad del hombre y de la mujer, porque tiene consecuencias terribles en los hijos cuya estadística real nadie se atreve a proclamar y denunciar, por todo eso nuestra apuesta por el matrimonio no es una fijación reaccionaria o fruto de una marca conservadora y política. Queremos dar cuenta de lo que el matrimonio entraña como historia de amor, fiel, abierta a la vida, y dicha para siempre como son las palabras verdaderas.

Pero esa vida cumple años, y las edades del hombre tiene para la Iglesia un reclamo que queremos saber acompañar: nuestros más jóvenes como los niños y adolescentes tienen una importancia especial.

Entre las cosas que mayormente nos reclaman una atención pastoral por todo lo que ahí se entraña, está la familia y las diferentes variables que nos exigen discernimiento, valentía, fortaleza, caridad y esperanza en el anuncio de la fe. Porque es en la familia donde la vida nace, crece, busca su lugar en la sociedad y en la Iglesia. Una familia compuesta por el matrimonio entre hombre y mujer, abiertos a la vida, en fidelidad tierna y recíproca, todos los días en una ininterrumpida historia de amor, la que mejor refleja la imagen y semejanza del mismo Dios. Pero la vida tiene también amenazas y entredichos antes de nacer o cuando llega a su tramo extremo por ancianidad o enfermedad grave, y ahí debemos dar una batalla cultural y teologal aunque seamos incomprendidos y manipulados. Una vida que cumple años, y cuyos primeros pasos representan en los niños, los adolescentes y los jóvenes, una atención educativa y pastoral de primer orden, porque ellos serán los que guíen en el mañana cercano los destinos de la sociedad y de la Iglesia en las que estamos.

3.1.3. La Caridad: los rostros de la pobreza

En la tercera ponencia tratamos sobre la pobreza en sus diversos rostros. Porque siendo importante cuanto en los dos argumentos anteriores habíamos expuesto y debatido en torno a la cultura y sus retos actuales, o en torno a la familia, a la vida y a la iniciación cristiana de niños y jóvenes, nos quedaría incompleto nuestro acercamiento a la realidad si no abrazásemos los que han sido preferidos por Jesús: los pobres. El Evangelio de Mateo tiene una página que siempre nos pondrá delante el gesto de divina solidaridad que Jesús adoptó ante tantas formas de pobreza e indigencia que Él abrazó. El incómodo texto de Jesús en Mt 25 será siempre un reclamo en este tramo de la vida por tantos motivos amenazada por el egoísmo, la injusticia, por un mundo hecho sin Dios y por lo tanto contra el hombre. Desde los pobres de fe hasta los pobres de pan, los pobres de libertad o los de dignidad, los pobres de afecto y los pobres de esperanza. Tantos rostros que nuestra sociedad genera y a los que debemos salir a su encuentro si queremos ser la Iglesia del Señor y hermanos de quienes Dios nos ha dado.

Reconocimos que tenemos siempre entre nosotros a aquellos que Jesús nos dijo que siempre tendríamos: los pobres. Pero hoy la pobreza tiene muchos rostros, esos que la insolidaridad más egoísta está generando desde un mundo pensado sin Dios o contra Él, que da como resultado hacer un mundo inhumano y contra el hombre. En este sentido siempre resultan proféticas las palabras de Henri de Lubac: «No es verdad que el hombre, aunque parezca decirlo algunas veces, no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, en fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre» [107]. La comunidad cristiana tiene el compromiso de salir al encuentro con todos aquellos en con los que Jesús ha querido preferentemente abrazar y con los que identificarse en su penuria y soledad. Acertar a poner nombre a los rostros de pobreza, es acertar a reconocer al mismo Dios que en los hermanos más necesitados nos espera.

Tuvimos que hablar de la actual crisis socioeconómica, pero no en la clave que se aborda desde los mentideros financieros y políticos, sino como muestra de la fragilidad de nuestra sociedad, en la que miles de personas se ven abocadas a pedir ayuda cuando nunca llegaron a pensar que podían verse en situación de necesidad, es más, a un paso de llegar a integrar el colectivo de los excluidos sociales en un país que registra ya un millón de hogares que no perciben ningún ingreso y en el que los nuevos pobres se suman a los pobres de siempre. Como afirmó la ponencia, la misión de la Iglesia reside en que estas personas no caigan en el precipicio de la exclusión.

Se ha maquillado la crisis real por intereses de los grandes grupos financieros y de algunas fuerzas políticas, pero el perfil de los nuevos pobres arroja una imagen a la que ya no estábamos acostumbrados en la mal llamada sociedad del bienestar: mujeres y hombres separados, familias monoparentales a los que afecta el paro y cuyas prestaciones sociales se han agotado, inmigrantes y ancianos, deudores de facturas de agua, gas o electricidad y hasta con dificultades para adquirir ropa o alimentos, o la cuenta de la farmacia. Un colectivo que se ha duplicado desde 2007 y que alcanza ya las 9.000 familias asturianas, de las que 2.500 se han acercado a Cáritas por primera vez el pasado año. A este colectivo hay que añadir las personas atendidas en otros programas de exclusión: drogodependencias, mayores, inmigrantes, infancia en riesgo, etc., que implican más de 13.000 personas. Estos son los números, detrás de cada cual hay un rostro, con nombre, destino y dignidad, y es a ellos a quienes debemos dirigir nuestra mirada y empeñar todo nuestro esfuerzo.

Dios no es un ser ajeno, lejano y gruñón al que no le interesa nuestra vida, sino más bien es alguien prójimo, alguien próximo, que se ha aprendido nuestro nombre, que sabe cuáles son nuestros límites y nuestras posibilidades; un Dios al que le conmueven nuestras penas y sabe sonreír con nuestras alegrías. Él nos acompaña cada instante con su luz, su gracia y su paz, del modo más discreto que cabría pensar. Es su amor infinito el que nos brinda. El Papa Benedicto XVI nos lo recordó en la exhortación Sacramentum Caritatis: que la Eucaristía, presencia de Dios entre nosotros, es el sacramento de la caridad, el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre, y que debe ser testimoniado en el amor a los pobres [108].

Hemos de reconocer en la santa Eucaristía esa promesa cumplida del Señor cuando nos dijo que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Pero atender a Jesús, adorarle, nutrirse en Él, no significa desatender y abandonar a los demás. Torpe coartada sería ésa de no amar a los prójimos porque estamos “ocupados” en amar a Dios. Jamás los verdaderos cristianos y nunca los auténticos discípulos que han saciado las hambres de su corazón en el Pan de Jesús, se han desentendido de las otras hambres de sus hermanos los hombres. Por eso comulgar a Jesús no es posible sin comulgar también a los hermanos. No son la misma comunión, pero son, sencillamente, inseparables.

La vida también tiene un tramo complejo y dilatado entre el momento del nacer y el del fenecer, y no sólo en esas dos circunstancias corre el riesgo de ser eliminada. La vida puede ser también amenazada por tantos entredichos que tienen que ver con los distintos rostros de pobreza que como indeseados zarpazos arañan y maltrechan la dignidad de las personas, su libertad, su situación laboral. ¡Cuántos rostros de pobreza antigua y pobreza nueva nos gritan a la comunidad cristiana un compromiso y un gesto de solidaridad por amor a Dios y por amor al hermano!

3.2. Dos temas complementarios: sacerdocio, nuevos areópagos

Hubo también dos cuestiones que no entraron como temática propia en la clausura del Sínodo diocesano, o que apenas fueron aludidas en los debates tras las sesiones, o que no obtuvieron un respaldo suficiente en la votación de las propuestas. Pero, sin embargo, sí que pertenecen a desafíos que nos retan en esta encrucijada histórica en la que se espera una respuesta por parte de nuestra Iglesia diocesana, y que representan una inquietud de la Iglesia universal. Una cuestión es más bien interna, como la problemática del sacerdocio y sus dificultades, y junto a esta la del Seminario y la pastoral vocacional. La otra cuestión es más externa, pero también nos afecta en primera línea: los nuevos areópagos en los que se nos llama a evangelizar, saliendo muchas veces al encuentro con las heridas que genera la sociedad moderna a nuestra contemporánea humanidad.

3.2.1. Sacerdocio: identidad y problemática vocacional

El tema de los sacerdotes no entró propiamente en el aula sinodal. Tampoco en el esquema de cuestiones según la primera convocatoria que se hizo por parte del Arzobispo anterior, D. Carlos Osoro Sierra. No obstante, sí que se deseaba tratar de algún modo sin haber especificado la modalidad de la aproximación. ¿La identidad del sacerdote? ¿Los problemas que en este momento acucian ante una precariedad vocacional, la edad de nuestro presbiterio y la distribución del clero dentro de todas la encomiendas pastorales que reclaman la presencia de los sacerdotes? No se había precisado nada al respecto.

No obstante, en mi trato personal con cada sacerdote así como en cuanto pude constatar ante estos retos estructurales que acabo de señalar, aparecía la necesidad de entrar en el tema desde un doble asunto: volver a la ilusión primera cuando se recibió la imposición de las manos por parte del Obispo que nos consagró para siempre como sacerdotes de Cristo, y abordar los retos que nos plantea el cambio de escenario que tenemos también nosotros como Diócesis. Esta última cuestión deberá ser afrontada por el Plan Diocesano de Pastoral que se redactará en breve, pues no es un asunto que empiece y termine en los datos sociológicos o estructurales de un presbiterio sin más, sino que afecta a toda la comunidad diocesana. La consideración de la edad de nuestros presbíteros, del número con el que contamos realmente, y el modo de presencia pastoral que implica, hace que sea esto tenido en cuenta en la redacción de este Plan Diocesano de Pastoral, porque redundará en la distribución de los sacerdotes en Unidades de Pastoral, e implicará la incorporación corresponsable de otros miembros del Pueblo de Dios como son los consagrados y los laicos.

En cuanto a la identidad sacerdotal y al reestreno de esa ilusión primera, me permito apuntar aquí algo que es esencial y particularmente urgente en la realidad diocesana de nuestro presbiterio. Fue objeto del curso de formación permanente que ofrecí a los sacerdotes durante mi primer curso de estancia en Asturias como Arzobispo de Oviedo. Debemos ahondar, agradecer, celebrar y, eventualmente, sanar la fraternidad sacerdotal. La fraternitas no es un atributo reservado a un grupo de cristianos (los religiosos), así como tampoco una opcional prerrogativa de eficacia en el trabajo pastoral. Primero porque condenaríamos al sacerdocio secular a una mutilación de algo intrínsecamente cristiano, y segundo porque la eficacia –ni siquiera la pastoral– tampoco legitima de suyo lo que es anterior y fundamental.

Tengamos como punto de partida un dato que es fácil recordar en nuestra propia ordenación sacerdotal y que hemos visto y co-protagonizado tantas veces en las ordenaciones de los demás: cuando nos impone las manos el Obispo consagrante, a continuación lo hacen todos los Presbíteros (igual sucede en el caso de los Obispos): esto significa que no se trata de una cuestión privada entre Dios y el ordenado, ni siquiera entre el ordenado y el Obispo, sino que se escenifica litúrgicamente lo que con hondura y belleza dijo el Concilio Vaticano II en el Decreto Presbyterorum Ordinis, dentro de un punto que se titula precisamente Unión y cooperación fraterna entre los presbíteros: «Los presbíteros, constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio especial en la Diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el obispo propio» [109].

Habla el texto de una fraternidad sacramental entre los presbíteros [110]. Cuando del ministerio ordenado se trata, no estamos hablando de un tipo de fraternidad reducible a una cuestión de acento carismático en una familia religiosa ni ante la utilidad pastoral de una mayor eficacia, como acabo de apuntar, sino que estamos ante algo que es mucho más ontológico, más al hilo del ser de esta vocación cristiana. Esta dimensión ontológica y no funcional del ser fraterno que implica el presbiterado, se radica en la caridad como vínculo especial [111].

Estamos ante un tipo de fraternidad muy específica dentro de la fraternidad universal que es propia del cristianismo [112]. Como ha afirmado el profesor Lorenzo Trujillo, «la inclusión en el presbiterio es anterior a cualquier determinación jurídica y fuente de ella. El mismo sacramento consiste en la destinación solidaria a una misión común. Lo que teológicamente llamamos carácter es, justamente, la caracterización del sujeto como colega permanente, como miembro de su presbiterio, como co-presbítero. El presbiterio tiene carácter sacramental, no es una estructura al servicio de la pastoral, sino el primer resultado del sacramento del presbiterado. Construir vitalmente esta fraternidad es la primera exigencia de la misión recibida, previa a cualquier actuación evangelizadora. Ante Dios los presbíteros son co-presbíteros para siempre, y en cada uno de ellos resuena la pregunta primera (“¿dónde está tu hermano?”) referida prioritariamente a los colegas sacramentales» [113].

Con la dimensión comunional, una fraternidad eclesial como la formada por un presbiterio está expresando no sólo el amor que es Dios, como relación amorosa de tres Personas, sino que también está expresando la santa insuficiencia de una vida privada e individual [114]. La comunión fraterna está viviendo esta conciencia de saludable mendicidad que me empuja a abrirme a un hermano de quien tengo que aprender y al que tengo que enseñar, de quien puedo recibir y al que puedo regalar, con quien es posible hacer un camino mutuo de mutua ayuda para un destino común.

Es así donde se enclava para el presbítero (tanto secular como religioso), que debe vivir su vocación eclesial incluyendo esta dimensión fraterna. De no hacerlo se daría pie a todo tipo de patologías humanas y cristianas que a veces se observan en los sacerdotes. Como subraya un documento de la Comisión Episcopal del Clero, «el presbítero debe situarse en permanente actitud de crecer en la comunión para poder superar autarquías, parroquialismos, pastorales solitarias y erráticas, deudoras, muchas veces, de las propias “manías” o “monotemas” pastorales» [115].

Por ello propongo los tres goznes en torno a los cuales se debe dar una correcta comprensión y vivencia eclesial de esta vocación cristiana específica que es el ministerio sacerdotal: la consagración, la comunión y la misión. Es una tríada que configura lo que de suyo es la vida sacerdotal. Hay que apelar a una mutua referencia de esta terna, porque no puede darse una sin la otra y recíprocamente todas ellas se reclaman. Tanto es así, que cuando esta armonía entre las tres coordenadas no se da, se asiste a un tipo de reduccionismo altamente nocivo y desestructurador de lo que es en sí el sacerdocio ministerial. Y este reduccionismo excluyente vendría o por una consagración a la que le basta un Dios privado y solitario, y para cuya relación sobran los otros y la misma historia; o por una comunión en la que uno está zambullido, arropado, sencillamente sumado sin saber en nombre de quién se está e ignorando las consecuencias históricas de esa común unión; o por una misión que se torna simplemente estrategia de acción, ya restauracionista, ya revolucionaria, pero que bebe y vive de una particular pretensión, desdén o fuga.

Por el contrario, con la armonía de estas tres coordenadas se afirma que se ha recibido una llamada a vivir consagradamente en Dios al que pertenecemos, con los hermanos que Él da, para la tarea misional que se nos confía en la Iglesia. Consagración, comunión y misión, las tres mutuamente referidas, recíprocamente vivenciadas, armoniosamente matizadas para no caer en ningún tipo de extremismo sino poder así vivir el radicalismo vocacionado que del Evangelio brota también para el sacerdote de Jesucristo. Serían las tres dimensiones de carácter relacional en esta vocación eclesial que es el sacerdocio ministerial: una dimensión teologal (consagración), una dimensión fraterna (comunión) y una dimensión apostólica (misión).

Efectivamente, ha habido antes alguien que nos ha llamado, gratuita e inmerecidamente, para estar con Él. Y esa permanencia que se hará pertenencia, suscitará una comunidad de con-discípulos con los que formamos una fraternidad apostólica, para luego ser enviados como portadores de una Presencia y portavoces de una Palabra que es la que constituye nuestro trabajo ministerial como sacerdotes de Jesucristo. Es la pertenencia a un Tú, el del Señor, como expresión acabada del significado de nuestra consagración sacerdotal. Es la comunión fraterna con los compañeros del presbiterio que preside el Obispo en donde se incardina nuestra historia de fidelidad. Es la misión a la que se nos envía cuando santificamos en su nombre con los sacramentos que su Iglesia pone en nuestras manos, cuando enseñamos en su nombre con la palabra y la verdad que su Iglesia pone en nuestros labios, y cuando conducimos al pueblo que su Iglesia nos ha confiado. El Papa Juan Pablo II lo apuntó al comienzo de su exhortación Pastores dabo vobis cuando trajo a colación un texto evangélico en donde se aúnan precisamente estas tres dimensiones de la Pertenencia a Dios que llama a los que escoge, la fraternidad discipular y la misión a la que se envía [116].

Sin duda alguna, que se abre un saludable examen de conciencia cuando nos preguntamos cómo nutrimos, cómo curamos, cómo maduramos, cómo compartimos, cómo purificamos, cómo recreamos… estos tres factores en los que queda cifrada nuestra existencia sacerdotal [117].

¿En dónde arraigamos de verdad la identidad en la vida sacerdotal? La llamada recibida, que es esencialmente un don de elección, una invitación de amistad, es nuestro signo mayor de identidad: le pertenecemos al Señor porque Él nos eligió, nos bendijo, nos perdonó, nos curó las heridas, nos santificó, nos regaló compañeros, nos envía en misión. Nuestra crónica es tanto una historia personal de salvación, la historia de amor de Dios en cada uno de nosotros, como una historia común, la que nos vincula al cuerpo del que formamos parte. Pero también la identidad se funda en la revitalización de la misión recibida: somos enviados para dar fruto abundante. Y así el envío es nuestro camino de sabernos suyos, de estar con él fructificando, desplegando lo que somos en la misión de trabajar y vivir por y para el Reino de Dios que se está realizando activamente en nuestra historia. Los frutos que damos forman parte de lo que somos y de lo que podemos dar a los demás como alimento, como vida compartida y fecunda.

3.2.2. Nuevos areópagos y el “Atrio de los Gentiles”

Un Sínodo también se hace eco de lo que se ha venido en llamar los “nuevos areópagos”, o el “Atrio de los Gentiles”. Se trata de los escenarios en los que la evangelización del hombre actual y sus diversas culturas se deben dar cita, como en el primitivo cristianismo el Apóstol Pablo no dudó en ir a Atenas [118]. En un interesante ensayo del filósofo franciscano José Antonio Merino, se plantea la rebelión del hombre ante un presunto silencio de Dios, pasando revista a los grandes autores que han podido reprochar tal silencio y jalear tamaña rebelión [119]. Podríamos ser fagocitados por ese binomio cayendo en una rebelión blasfema frente a un Dios que pareciera autista o fugitivo. Pero ni Dios está mudo, ni el sentido de la vida humana y sus mil desafíos se resuelven con una rebeldía.

Quienes han propiciado desde dentro o desde fuera de la Iglesia la insignificancia del hecho cristiano, han podido culpabilizar a Dios que calla y han podido jalear al hombre rebelde. Como resultado de enormes consecuencias, está la falta de incidencia de lo que culturalmente puede proponer el cristianismo, arrinconando a éste a la clandestinidad del mundo privado. Hemos de recuperar la dimensión pública del cristianismo con todo derecho, con toda responsabilidad, con todo respeto [120].

No podemos estar en este confinamiento de catacumbas al que se nos quiere someter. No significa que haya que organizar barricadas, pero sí saber dar razón de nuestra fe y esperanza. Para lo cual, lo primero que se nos pide es tener una formación cristiana adecuada (a nuestra edad, circunstancia y responsabilidad). Hoy no podemos dar determinadas batallas desde una ignorancia religiosa y teológica incomprensibles, porque «la síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia dela cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, ni fielmente vivida» [121]. Cuando hablo de “batallas” me refiero a que tenemos que salir a la palestra: si la vida está en entredicho, si la familia está intervenida, si la paz está manchada de terror, si la banalización hace frívola nuestra sociedad, si por doquier se erigen extraños santuarios en donde adorar a esos dioses falsos (dinero-sexo-poder), si los pobres de todas las pobrezas se los elimina porque sus pateras estorban nuestros puertos de lujo, si está cercenada la libertad religiosa, etc., entonces la presencia pública cristiana debe saber ofrecer un juicio sobre la realidad que sea al mismo tiempo denuncia y anuncio.

Existen lugares en donde hoy la vida de tantas personas y pueblos se decide, y allí debe estar presente también la voz de la Iglesia. Por eso la vivencia cristiana en una sociedad secularizada tiene también este marchamo: su presencia apostólica y militante en la plaza, en la política, en la escuela, en la sanidad, para seguir haciendo un tejido cultural que permita poner la luz del Evangelio no bajo el celemín de la clandestinidad, sino en el candelero de la historia [122].

Los “nuevos areópagos” son una metáfora que nació precisamente en un contexto misional, tal y como los definió Juan Pablo II en Redemptoris missio: unos espacios abiertos a la misión. El Consejo Pontificio de la Cultura presentó hace pocos años un interesante documento titulado “Para una pastoral de la cultura” [123]. Además de presentar una panorámica de los principales desafíos culturales en todos los continentes, el documento analiza especialmente los areópagos de los medios de comunicación social, la educación, la familia, el arte, la cultura científica, el ocio y tiempo libre, las nuevas formas de religiosidad y las sectas, etc., tratando de identificar lo que el documento llama puntos de anclaje y piedras de espera para el anuncio del Evangelio, así como señalando las principales amenazas. Puede resultar un buen iter para tener delante un elenco de los retos [124].

Junto a las carencias que pueden representar los desafíos tradicionales en el ámbito de la promoción social, de la educación y de la enfermedad y ancianidad, nos encontramos con las “heridas” que nuestro tiempo puede estar generando: en primer lugar, la secularización como herida religiosa y cultural, porque no es la conocida posición de quien aún no ha descubierto a Dios, sino la postura de quien lo ha abandonado: es la cultura post-cristiana con todas las consecuencias que esto tiene [125], sin olvidar las de carácter social y económico cuando mutilado a Dios en el horizonte, el materialismo (tanto el ateo como el hedonista) hace que la vida no sólo sea asfixiante, sino que deja de ser vida [126].

No sólo la herida cultural de una sociedad que considera el cristianismo como una fase superada, sino también otras heridas morales que pasan indistintamente por la destrucción de la vida como una conquista legal de progreso: aborto y eutanasia, o por la creación y manipulación de esa vida humana con todas las técnicas de la reciente ingeniería genética. Dentro de estas heridas morales, hemos de situar también el ataque frontal y sistemático a la familia por vía de su rápida disolución (divorcio exprés), por vía de su total confusión (modelos homo y heterosexuales indistintamente), o por vía de la mayor banalización dentro del pansexualismo actual desde un modelo hedonista de sociedad erotizada y liberalmente permisiva.

Una última herida podríamos situarla en el campo del relativismo de la verdad. No es tanto la traición a una verdad rechazada únicamente, sino la incapacitación para conocer la verdad como tal, la renuncia a este empeño y la censura de que esta posibilidad siquiera se pueda considerar, dejando al hombre a la intemperie de cualquier totalitarismo nihilista [127]. Es un reto contemporáneo con todo un proceso más o menos estratégicamente diseñado por intereses políticos, culturales y mediáticos que sigue empujando hacia el nihilismo y el relativismo lo que ha sido y es el cristianismo como herencia histórica que se pretende erradicar [128].

El esfuerzo de un verdadero diálogo con el mundo contemporáneo por parte de la Iglesia, encuentra un cauce en la iniciativa que el Pontificio Consejo para la Cultura ha diseñado en torno al llamado “Atrio de los Gentiles”. Ante el dato de la secularización de la vida y la cultura en grandes espacios de la sociedad occidental, se propone este ámbito de encuentro entre creyentes y no creyentes. Como decía Benedicto XVI sobre la secularización, ésta «no es sólo una amenaza exterior para los creyentes, sino que ya desde hace tiempo se manifiesta en el seno de la Iglesia misma. Desnaturaliza desde dentro y en profundidad la fe cristiana y, como consecuencia, el estilo de vida y el comportamiento diario de los creyentes. Estos viven en el mundo y a menudo están marcados, cuando no condicionados, por la cultura de la imagen, que impone modelos e impulsos contradictorios, negando en la práctica a Dios: ya no hay necesidad de Dios, de pensar en él y de volver a él. Además, la mentalidad hedonista y consumista predominante favorece, tanto en los fieles como en los pastores, una tendencia hacia la superficialidad y un egocentrismo que daña la vida eclesial. La muerte de Dios, anunciada por tantos intelectuales en los decenios pasados, cede el paso a un estéril culto del individuo. En este contexto cultural, existe el peligro de caer en una atrofia espiritual y en un vacío del corazón, caracterizados a veces por sucedáneos de pertenencia religiosa y de vago espiritualismo» [129].

 En este sentido se tiende la mano a quienes sinceramente buscan la verdad, buscan sin saberlo al mismo Dios. El Papa, al poco de regresar de su viaje apostólico a la República Checa, tan marcada por el secularismo, agnosticismo y el materialismo ateo durante décadas, habló de la evangelización del corazón del hombre moderno que sigue buscando a Dios. Dijo que «como primer paso de la evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda; debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión sobre Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esa cuestión y la nostalgia que en ella se esconde… Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de “patio de los gentiles” donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia. Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido» [130].

Espacios de encuentro y cauces de diálogo con este mundo moderno, y sabiendo utilizar las herramientas técnicas y mediáticas que tenemos a disposición, deben despertar en nosotros el ingenio, la audacia y el celo apostólico, para saber evangelizar novedosamente a nuestros hermanos contemporáneos, especialmente a los cristianos más alejados que viven una apostasía silenciosa como si Cristo no existiera [131].

3.3. Las 28 Propuestas resultantes del Sínodo Diocesano

El trabajo sinodal fue concluyendo con el debate en el aula sobre las tres ponencias propuestas. Se trata de la síntesis operativa que la Diócesis de Oviedo representada en el Sínodo Diocesano ofrece como pautas a tener en cuenta. Son indicaciones que resultan de todo un proceso de oración, reflexión, comunión y discernimiento, que a través de los años que ha durado la realización de nuestro Sínodo Diocesano, han ido emergiendo como retos que demandan una respuesta orientadora que haga de cauce. La presencia de la Iglesia del Señor en esta tierra e historia asturiana, tiene hoy este desafío pastoral para seguir anunciando la Buena Nueva de Jesucristo.

Al incluirlas dentro de esta Carta Postsinodal, no sólo las enumero tal y como se me entregaron en la Catedral de Oviedo durante la Eucaristía de clausura del Sínodo (10 diciembre 2011), festividad de Santa Eulalia, sino que con esta inclusión las asumo y hago de ellas una propuesta que nos permita vehicular el Plan Diocesano de Pastoral. Estas han sido las propuestas, que integran los tres bloques de ponencia, según los distintos apartados de las mismas:

3.3.1. Claroscuros de la sociedad y de la cultura actuales

Propuesta 1. Profundizar en el conocimiento de la Sagrada Escritura y del Catecismo de la Iglesia Católica. El conocimiento de la Sagrada Escritura, siguiendo las directrices de la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini del papa Benedicto XVI, y del Catecismo de la Iglesia Católica estará debidamente asegurado en las sesiones de formación bíblica, teológica y pastoral que tengan lugar en las parroquias y comunidades de vida cristiana. Estas se coordinarán con las instituciones académicas de la Diócesis y tendrán en cuenta las posibilidades que, para la formación y la transmisión de los conocimientos, ofrece la tecnología actual.

Propuesta 2. Dar vitalidad a la iniciación cristiana de adultos. Las parroquias y las comunidades de vida cristiana desarrollarán los oportunos itinerarios de introducción a la fe cristiana y de acceso a los sacramentos del bautismo, penitencia, confirmación y eucaristía, teniendo en cuenta los elementos de juicio y de actuación que se ofrecen en el Ritual de la iniciación cristiana de adultos. Se ve conveniente estudiar la instauración del catecumenado en la Diócesis.

Propuesta 3. Ofrecer orientaciones diocesanas ante la actual situación de “emergencia educativa”. Ante la situación calificada por el papa Benedicto XVI de “emergencia educativa”, la Diócesis ofrecerá las orientaciones pertinentes para que las familias, los centros educativos y las parroquias se coordinen y den una respuesta a esta situación, en la que se hace cada vez más difícil transmitir los valores fundamentales de la existencia y del recto comportamiento a las nuevas generaciones. En la escuela, los profesores de religión y moral católica, a la vez que dan a conocer el mensaje cristiano y enseñan los principios en que se sustenta el respeto a la dignidad de la persona, colaborarán con las parroquias y las familias en una acción educativa que necesariamente ha de ser compartida.

Propuesta 4. Promover el conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Es indispensable un conocimiento profundo de la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de que la conciencia de los católicos -y de todas las personas de buena voluntad- se forme adecuadamente en lo referente a los deberes morales y sociales. La Escuela Social Diocesana será la encargada de articular el plan académico y de organizar aquellas actividades que convenga llevar a cabo para difundir el conocimiento y la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia.

Propuesta 5. Revitalizar y fortalecer la celebración del domingo. Para que el domingo sea celebrado realmente como Día del Señor en la Diócesis, esta deberá considerar los cambios sociológicos que han tenido lugar en los últimos tiempos, procurar que las celebraciones dominicales sean una ocasión de encuentro con Dios y entre los cristianos, y arbitrar las medidas que se precisan para que, en los lugares a los que no pueda acudir el sacerdote para celebrar la eucaristía dominical, los fieles tengan ocasión de escuchar la Palabra de Dios y recibir el Cuerpo de Cristo.

Propuesta 6. Valorar, cuidar y mantener en su identidad cristiana las expresiones populares de piedad. Es preciso valorar, cuidar y mantener en su identidad cristiana las expresiones populares de piedad que radican en torno a santuarios, fiestas, tradiciones, peregrinaciones y procesiones. Armonizan fe y liturgia, sentimiento y arte, identidad cultural y cristiana, y ofrecen la posibilidad de que se lleven a cabo acciones de catequesis dirigidas a todo el pueblo de Dios y de que este se renueve por medio de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía. Se ve conveniente que haya un departamento diocesano para la piedad popular.

En la Diócesis, el santuario de Nuestra Señora de Covadonga ocupa un lugar preeminente. Es el centro espiritual de Asturias. La naturaleza, la historia, la cultura y la piedad se conjuntan armoniosamente en ese sitio, trono de la Madre de Dios, a cuyos pies acudió a postrarse, como peregrino, el Papa Juan Pablo II en 1989. La Diócesis conmemorará en 2014 el vigésimo quinto aniversario de la visita al Real Sitio de Covadonga y a la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.

Propuesta 7. Llevar a cabo una acción evangelizadora planificada en la que participen las parroquias, institutos de vida consagrada, movimientos, comunidades y asociaciones de fieles. Es necesario proseguir con la planificación de la labor evangelizadora de la Diócesis y la articulación de las Unidades Parroquiales de Acción Pastoral (UPAP), hacer que los laicos ejerzan la función que les corresponde en la vida y en la misión de la Iglesia y promover la participación de los institutos de vida consagrada, movimientos, comunidades y asociaciones de fieles en la pastoral diocesana. También es necesario que se estudie la posibilidad de instaurar el diaconado permanente en la Diócesis.

3.3.2. Pastoral de la familia y la vida

Propuesta 8: Desarrollar el Centro de Orientación Familiar (COF), para que sea un centro de referencia para temas relacionados con la educación, apoyo y soporte a las familias y a los jóvenes que se preparan para formar su propia familia. Profesionalizar el COF y darlo a conocer en todas las parroquias, donde se hará publicidad de este centro y habrá información con los teléfonos y direcciones donde acudir, tanto del centro de referencia como de las delegaciones que haya en los diferentes arciprestazgos. Los profesionales que trabajen en el COF serán personas de fe probada, que tratarán de ayudar tanto a los jóvenes como a los matrimonios que acudan, en temas de sexualidad, jurídicos o psicológicos. También será nexo de unión con las asociaciones pro-vida que trabajan en la Diócesis como Red Madre, ADEVIDA o M.A.R.

Propuesta 9: Sensibilizar a los fieles, desde las parroquias, sobre el valor y la defensa de la vida humana desde su inicio hasta su fin natural, animando a participar en actos como la Jornada en defensa de la vida y dando el valor que se merece a la etapa final de la vida y a la figura de los abuelos. Intensificar la formación doctrinal en las parroquias sobre los temas relacionados con la defensa de la vida, realizando charlas, o explicando la doctrina de la Iglesia en las homilías.

Propuesta 10: La Iglesia, como madre que sabe acoger a todos, ha de ayudar a todas las familias o personas con dificultades a experimentar que la Iglesia es su hogar, su casa y su ámbito de vivencia de la fe y de la experiencia cristiana. Es necesario prestar atención especial a aquellas personas que se puedan sentir más excluidas de la Iglesia (como los divorciados, los separados o los homosexuales) y acoger a las personas que estén en situación de riesgo de exclusión social (como los inmigrantes, las mujeres maltratadas o las familias con escasos recursos económicos). Para ello se debe intensificar la formación doctrinal en las parroquias sobre todos estos temas y fomentar la constitución de grupos donde se anime la espiritualidad matrimonial y familiar cristiana con la colaboración de los movimientos familiares y otros movimientos de la Iglesia.

3.3.3. Iniciación Cristiana de niños y adultos

Propuesta 11: Buscar cauces de acercamiento y acompañamiento de los padres ayudándoles en su formación para su tarea como padres cristianos, acompañando el proceso de formación de sus hijos como verdaderos testigos, con diversas iniciativas como las Escuelas de Padres. Los sacramentos de iniciación cristiana son una oportunidad para un trabajo pastoral con los padres: encuentros pre-bautismales, padres catequistas, misas familiares.

Propuesta 12: Impulsar el despertar religioso en la infancia:

a) Ayudando a los padres en esta tarea y facilitándoles materiales para ello.

b) Completar esta acción familiar con la presencia de la Iglesia en los colegios por medio de la Educación Religiosa Escolar (ERE).

c) Las Parroquias deben partir de un primer anuncio (despertar religioso) antes de iniciar la catequesis como proceso de crecimiento de la fe.

Propuesta 13: Instaurar el Catecumenado en nuestra Diócesis. Marcar tiempos, materiales y proceso para la Iniciación Cristiana de adultos que no han iniciado o no han concluido dicho proceso.

3.3.4. Pastoral de los jóvenes

Propuesta 14: Promover encuentros de adolescentes y jóvenes con sacerdotes, religiosas/os, laicos y matrimonios comprometidos, con experiencia de amor al prójimo, de compromiso social y actividad misionera. Promover los encuentros de jóvenes (retiros, convivencias, campamentos, vigilias) con actividades apropiadas a la edad de los mismos y en lugares adecuados para ello. Ellos mismos han de ser los verdaderos protagonistas de dicha pastoral. Promover y apoyar iniciativas y manifestaciones artísticas cristianas, que tanto mueven a los jóvenes (música, cine, teatro y deportivas).

Propuesta 15: La Eucaristía dominical es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Favorecer y alentar la participación de los jóvenes en la liturgia: enseñándoles a valorar el verdadero sentido de la Eucaristía, haciéndoles sentirse necesarios y promoviendo la participación en algunas partes de ella. Educarles en la capacidad de interiorización para captar la presencia de Dios en la Palabra, favoreciendo encuentros de oración. Igualmente hace falta presentar una renovada y convincente propuesta del sacramento de la reconciliación, afrontando la crisis del “sentido del pecado” propia de nuestra época.

Propuesta 16: Educar la sensibilidad de los jóvenes ante la injusticia y la pobreza, y formar su conciencia moral en la dimensión social y política, invitándoles a la cercanía y solidaridad con los empobrecidos, potenciando el voluntariado existente en la Diócesis, especialmente en Cáritas, y colaborando con la Delegación de Misiones en la dimensión universal misionera de la Iglesia.

3.3.5. Propuestas comunes de familia, iniciación cristiana y jóvenes

Propuesta 17: Plantear la necesidad y disponer de los medios necesarios para la formación de animadores cristianos y catequistas (de niños, jóvenes y adultos) que vivan y sepan transmitir con fuerza y convicción la fe, la esperanza y el amor cristiano. Procurar la incorporación de nuevos catequistas acordes al perfil definido por la Iglesia. Además de la formación interna de la Iglesia, se deben promover iniciativas formativas concertadas con la Universidad con créditos reconocidos. Asimismo, se revisará y se propondrán nuevos procesos formativos para la Enseñanza Religiosa Escolar (ERE). Propuesta 18: Llevar adelante una pastoral diocesana orgánica y unitaria en estos tres campos de la acción eclesial (Familia, Iniciación Cristiana y Jóvenes) requiere la elaboración de los respectivos Directorios Diocesanos, con criterios comunes, que debidamente conocidos, se puedan aplicar al unísono en toda la Diócesis, teniendo en cuenta la especificidad de cada arciprestazgo.

A) Un Directorio Diocesano de Pastoral Familiar, en línea con el de la CEE. Este proyecto debe contener unas directrices claras sobre todos los aspectos relacionados con la pastoral familiar:

– El plan de Dios sobre el matrimonio y la familia

– La preparación al matrimonio

– La celebración del matrimonio

– La pastoral del matrimonio y la familia

– La atención pastoral de las familias en situaciones difíciles e irregulares

– La familia, la sociedad y la Iglesia

– Estructuras, servicios y responsables de la pastoral matrimonial y familiar.

B) Un Directorio Diocesano para la Iniciación Cristiana para niños, jóvenes y adultos, en todas las circunstancias posibles, siguiendo el documento de la CEE.

– Naturaleza de la Iniciación Cristiana. Itinerario

– La Iniciación Cristiana en la Iglesia

a) “lugares” eclesiales de la Iniciación Cristiana: familia, parroquia, colegio.

b) Funciones eclesiales de la Iniciación Cristiana

– La Catequesis y los Catequistas

– La liturgia: los sacramentos de la Iniciación Cristiana

Renovación de la Pastoral de la Iniciación Cristiana

– Iniciación de niños, adolescentes y jóvenes: Bautismo, Confirmación, Eucaristía y Penitencia. Tiempos de preparación.

Iniciación Cristiana de adultos

Iniciación Cristiana de niños y adolescentes no bautizados

C) Un Proyecto Diocesano de Pastoral Juvenil, común y de perspectiva evangelizadora, en línea con el Proyecto Marco de Pastoral Juvenil de la CEE.

Utilizar las nuevas tecnologías como instrumento privilegiado en el mundo de los jóvenes. Incluir en él todas las propuestas de actividades diocesanas. Para llevarlo a cabo se constituirán equipos de Pastoral Juvenil en los arciprestazgos o vicarías, que fomenten la coordinación de las parroquias, movimientos, colegios, congregaciones religiosas y asociaciones. Este Proyecto de Pastoral Juvenil incluirá un apartado de Pastoral Universitaria que plantee una presencia significativa de la Iglesia en la Universidad, que tenga en cuenta a los jóvenes que en ella estudian y a los profesores y realizar un diálogo entre la fe y la cultura. Del mismo modo, se incluirá un apartado de Pastoral Vocacional que tenga por finalidad promover a nivel diocesano los servicios de sensibilización, acogida, acompañamiento y discernimiento vocacional, así como la organización de campañas y eventos dirigidos a fomentar la inquietud vocacional entre adolescentes y jóvenes.

Propuesta 19: Completada la Iniciación cristiana es necesaria la educación permanente en la fe. Para cumplir esta tarea debemos tener en cuenta el documento “Orientaciones para la formación cristiana integral” aprobado por los Obispos de la Provincia eclesiástica de Oviedo (2002), y concretado en nuestra Diócesis en un proceso denominado “Plan Diocesano de Formación Cristiana Integral de Laicos” del año 2004.

3.3.6. Los rostros de la pobreza y el reto de la caridad

Propuesta 20: Dado que la caridad es elemento esencial y definitorio de la comunidad cristiana, todas las parroquias o UPAP, así como el resto de las comunidades, atenderán esta dimensión de la Iglesia Diocesana a través de grupos de Cáritas, mínimamente organizados, o, en caso de no ser posible, participando en la actividad de Cáritas de la zona o arciprestazgo.

Propuesta 21: Al ser Cáritas la Iglesia organizada para la misión sociocaritativa, trabajarán en red todos los grupos y equipos de Cáritas de la Diócesis, formando una unidad operativa, aunque compleja y participativa. Ello incluye garantizar la correcta comunicación interna, la participación y la comunión como elementos esenciales.

Propuesta 22: No se puede practicar la caridad si no se vive, por eso la Iglesia en Asturias cuidará con esmero la fraternidad cristiana en sus propias instituciones y personas, mediante una eficaz comunicación cristiana de bienes y de servicios. Cáritas se responsabilizará de la coordinación de las organizaciones de la Iglesia Diocesana para la acción socio-caritativa (donde destacan, especialmente, las vinculadas a Congregaciones, Institutos Religiosos, Movimientos, Cofradías, Hermandades,…) desde el profundo y total respeto a la autonomía y a la diferencia de cada una.

Propuesta 23: Toda la comunidad cristiana ha de conocer la acción sociocaritativa de la Diócesis y disponer de cauces de participación en la misma, a ser posible incluidos en su programación. Por su parte, Cáritas fortalecerá las estructuras de información, sensibilización, concienciación y animación de los cristianos para la vivencia y ejercicio del amor fraterno. Asimismo, la Iglesia en Asturias desarrollará estructuras formativas sobre la Doctrina Social de la Iglesia.

Propuesta 24: La actuación socio-caritativa de la Iglesia es respuesta desde el Amor a la realidad social. Por ello, toda la acción social deberá ser significativa y comunitaria, basada en la dignidad de la persona, en la acogida y en el acompañamiento, mostrando siempre calidad y calidez, y trabajando por la transformación social.

Propuesta 25: La denuncia de las situaciones de injusticia es una de las misiones de Cáritas y del conjunto de la comunidad cristiana. Denuncia que irá acompañada de propuestas de cambio (denuncia con propuesta) y de apoyo a iniciativas de superación de las situaciones y estructuras de injusticia social. Por otra parte, la Iglesia trabajará “con” las administraciones en aquellas acciones sociales que considere conveniente, pero no “para” las administraciones. Para poder hacerlo precisa de independencia económica. Por tanto, para la realización de su actividad esencial y propia dispondrá, en su mayoría, de fondos propios, provenientes de las campañas, colectas, socios estables y donativos, dentro del marco de la Comunicación Cristiana de Bienes.

Propuesta 26: La acción socio-caritativa tendrá en el voluntario al agente fundamental de la intervención. Siendo agente protagonista de una Iglesia y de una sociedad civil madura y estructurada; siendo testimonio cristiano junto a las personas que sufren y compromiso tangible de la presencia de los valores del Reino. Un voluntariado que, además del compromiso personal, tendrá la formación y la función adecuadas a sus potencialidades y a las necesidades, para realizar una correcta actuación. Aseguraremos la formación adecuada, tanto de identidad, técnica y de desarrollo de habilidades como de conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Conscientes de lo fundamental que es la vivencia personal de la fe para dar testimonio del amor de Cristo a los pobres, los sacerdotes se ocuparán del acompañamiento y cuidado espiritual del voluntariado.

Propuesta 27: La dimensión universal de la caridad será una de las señas de identidad de la acción socio-caritativa de la Iglesia en Asturias, manteniendo y consolidando el modelo de desarrollo y cooperación fraterna con los países más empobrecidos, tanto en las acciones de cooperación al desarrollo como en las de sensibilización y educación. Se fortalecerán actuaciones a medio-largo plazo, junto con otras Diócesis, nuestras misiones diocesanas, las Iglesias locales de países que precisen atención solidaria y otras organizaciones caritativas.

Propuesta 28: El acompañamiento y apoyo a las familias en riesgo social se convierte en objetivo prioritario de la acción socio-caritativa de la Iglesia en Asturias, especialmente en los casos de presencia de menores (y también de no natos) en situación de riesgo o conflicto social o de ausencia de red de relaciones personales, sumándose al trabajo con los “últimos” y con los “no atendidos”, para los cuales se dispondrán, dentro de lo posible, equipamientos y recursos especializados.

Estas son las 28 propuestas nacidas del largo proceso sinodal diocesano, que marcan los elementos que los cristianos de aquí y de ahora reconocemos como urgencias pastorales en la tarea de la nueva evangelización. Deberán inspirar con la concreción de cauces operativos el Plan Diocesano de Pastoral que para un quinquenio nos daremos en la Diócesis de Oviedo.

4. VOLVIERON A JERUSALÉN Y CONTARON LO QUE LES HABÍA SUCEDIDO EN EL CAMINO (Lc 24, 33-35)

«Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: –Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» [132].

Volvieron a Jerusalén. Fue un viaje que comenzó siendo fuga de desencanto y concluyó como un regreso fraterno. Desandar los caminos que conducían a un incierto destino, desesperado y baldío, lleno de rencor y resentimiento rendido, no es algo fácil. Es fruto de una inesperada gracia, siempre inmerecida, que nos sorprende hasta dejarnos conmovidos por el estupor típico que experimentaban los que se encontraban con Jesús. Era una vuelta a la casa entrañable de los hermanos, cuando hubieron experimentado en la oscuridad del atardecer Alguien les dejó su casa encendida. Y con esa luz se reconciliaron con la comunidad regresando a Jerusalén. Allí estaban los Once apóstoles, que a su vez también compartían el asombro de cómo lo increíble había sido verdad: el Señor ha resucitado, se ha aparecido a Simón. Volver a Jerusalén significa también regresar a la comunidad eclesial, porque todo verdadero encuentro con Jesús implica también una auténtica pertenencia y permanencia en la Iglesia. Ellos volvieron a Jerusalén para encontrarse con Pedro y los demás discípulos, a fin de volver a empezar.

Decía Benedicto XVI en una alocución del Regina Coeli del tercer domingo de Pascua, que «en la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados. Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios» [133].

Quedan atrás tantas cosas vividas como Iglesia diocesana. La larga historia de nuestra comunidad cristiana en las tierras de Asturias, describe siglos de tantas luces sin que nos falten algunas penumbras. Pero junto a nuestras insuficiencias, lentitudes, incoherencias y pecados, destacan las gracias que hemos recibido que quienes nos han precedido en la fe, la caridad y la esperanza, han sabido testimoniar de tantos modos. Las historias de amor a Dios, de amor a los hermanos, de amor también a nuestro mundo en cada época de esta andadura cristiana, dicen de modo conocido por todos o silencian lo que sólo conoce el Señor, que somos una comunidad de discípulos del Resucitado. Capaces de relatar lo que nuestros ojos han visto y oído en el paso del Señor en nuestras vidas, y capaces también de entristecernos abrumados y deprimidos para fugarnos al Emaús de cada cual.

Un Sínodo nos invita siempre a pararnos, a hacernos encontradizos con el Señor que no deja de pasar a nuestro lado, para que Él nos relate esa historia de salvación a la que pertenecemos y de la que formamos parte. Para que nos ilumine nuestra mirada oscurecida y haga cálido el corazón enfriado. Volver a Jerusalén es volver a la belleza de nuestra Iglesia, reestrenar la comunión entre pastores, consagrados y laicos, y mientras que nos testimoniamos que Cristo, Vida nuestra, ha resucitado, contarnos lo que nos ha sucedido en el camino para poder seguir caminando.

4.1. El fruto del Sínodo Diocesano: un Plan Diocesano de Pastoral

Lo que durante estos años hemos trabajado en los dos periodos sinodales, con tan alta y cualificada participación de los distintos miembros del Pueblo de Dios, ha sido descrito más arriba al hilo del relato de los dos discípulos de Emaús. Las mismas propuestas son ya un iter que ilumina, sin duda alguna, aspectos muy importantes de nuestra presencia como Iglesia en el aquí y el ahora de nuestro momento histórico. Somos cristianos de este tiempo y en este lugar, en la Asturias del comienzo del tercer milenio. Pero, lo que se pide es una articulación ordenada que busque abrazar todos los aspectos que están en juego.

Por este motivo, teniendo conciencia de esta opción, no voy a promulgar unas constituciones sinodales hechas solamente por mí como deriva documental de todo este recorrido realizado por la Diócesis. Más bien, con todo lo que hemos vivido en estos años, lo que hemos rezado y discernido, lo que hemos reflexionado y compartido, y con esas propuestas que se me entregaron en la clausura del Sínodo, vuelvo a implicar a ese Pueblo de Dios para redactar un Plan Diocesano de Pastoral. Dicho de otra manera, tendremos en cuenta las tres vocaciones constituyentes de la comunidad cristiana: pastores, consagrados y laicos, cada cual en su llamada específica y dentro de su responsabilidad eclesial. Tendremos en cuenta las 28 propuestas sinodales. Y lo haremos desde la compañía de este momento eclesial que viene marcado por efemérides o documentos que son de gran valor: el año de la fe y el recuerdo del 50º aniversario del Concilio Vaticano II, el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, y el Plan de Pastoral que para el quinquenio 2011-2015 se ha dado la Conferencia Episcopal Española.

Como a continuación enumeraré, habrá cuestiones que deberán ser respondidas orgánicamente en este nuevo Plan Diocesano de Pastoral: unas más de carácter estructural como la reorganización de nuestro territorio eclesial, donde manteniendo la estructura básica irrenunciable (parroquias, arciprestazgos, vicarías, Diócesis), podamos arbitrar una relación de equilibrio y eficiencia eclesial entre las demandas pastorales y los diversos agentes de evangelización que en este momento contamos. Aquí entran cuestiones como la distribución del clero, la implicación de consagrados y laicos, y la organización de las UPAP. Otras cuestiones más bien responderán a la coyuntura histórica que en este momento tenemos delante: pastoral juvenil y vocacional, la iniciación cristiana tanto de niños como de adultos, la familia y sus diferentes retos, la cultura y la sociedad plural en la que estamos, los medios de comunicación y otros cauces modernos de evangelización.

4.2. Evitar el reduccionismo: de la sinodalidad a la sinfonía

Fue algo que también advertí en mi anterior carta pastoral, y que representa una especie de ritornello o estribillo en no pocos escritos de teología en mi época de profesor universitario [134]. Hemos de evitar un reduccionismo en la propuesta resultante del Sínodo. Por eso, deberemos arbitrar el cauce y el argumentario adecuados para esta finalidad. Porque la gran pregunta a la que un Sínodo Diocesano responde y después un Plan Pastoral traduce, en el aquí y el ahora de un pueblo cristiano al que tenemos que seguir nutriendo de Dios, hermanando fraternamente y enviando con una Buena Nueva que contar, es siempre esta: ¿cómo hacer para responder a esa gran cuestión y traducirla mirando a nuestros pueblos, a nuestra sociedad plural, a los jóvenes, a las familias, a los graves problemas económicos y sociales, a las vocaciones sacerdotales, a la edad de nuestro presbiterio?

La posibilidad de caer en algún reduccionismo, nos empuja a no cifrar en lo parcial de los aspectos lo que debe ser contemplado en toda su amplia totalidad de factores. Como dijera el gran teólogo H.U. von Balthasar, la verdad es sinfónica [135], y por ello vuelvo a proponer, los tres goznes en torno a los cuales se debe dar una correcta comprensión y vivencia eclesial: la consagración de una vida centrada y referida en Dios, la comunión con los hermanos que nos han sido dados y la misión que nos hace portadores y portavoces del mensaje evangélico que la Iglesia anuncia. Es una tríada que configura lo que de suyo es la vida cristiana en cualquiera de sus tres grandes vocaciones (sacerdotal, consagrada y laical). Hay que apelar a una mutua referencia de esta terna, porque no puede darse una sin la otra y recíprocamente todas ellas se reclaman.

Cuando esta armonía entre las tres coordenadas no se ha dado, se ha asistido a un tipo de reduccionismo altamente nocivo de la vida cristiana y de nuestro empuje pastoral, como se puede verificar en la disidencia de determinadas teologías [136]. Y este reduccionismo excluyente vendría o por una consagración a la que le basta un Dios privado y solitario, y para cuya relación sobran los otros y la misma historia; o por una comunión en la que uno está zambullido, arropado, sencillamente sumado sin saber en nombre de quién se está e ignorando las consecuencias históricas de esa común unión; o por una misión que se torna simplemente en estrategia de acción, ya restauracionista, ya revolucionaria, pero que bebe y vive de una particular pretensión, desdén o fuga que termina siendo simple ideología.

Por el contrario, con la armonía de estas tres coordenadas se afirma que se ha recibido una llamada a vivir consagradamente en y para Dios al que pertenecemos, con los hermanos que Él nos da y con los que se le busca y se le comparte, viviendo una tarea misional de seguir lo que con ese Dios encarnado tuvo feliz comienzo y a cuya plenitud se encamina la historia toda. Consagración, comunión y misión, las tres mutuamente referidas, recíprocamente vivenciadas, armoniosamente matizadas para no caer en ningún tipo de extremismo sino poder así vivir el radicalismo vocacionado que del Evangelio brota: una dimensión teologal (consagración), una dimensión fraterna (comunión) y una dimensión apostólica (misión).

Es la pertenencia a un Tú, el del Señor, como expresión acabada del significado de nuestra consagración bautismal luego vocacionada. Es la comunión fraterna con los hermanos que Dios nos da, dentro de una comunidad diocesana que preside un Sucesor de los Apóstoles en donde se incardina nuestra historia de fidelidad. Es la misión eclesial a la que se nos envía cuando santificamos con los sacramentos que la Iglesia pone en nuestras manos, cuando enseñamos con la palabra y la verdad que la Iglesia pone en nuestros labios, y cuando conducimos al pueblo que la Iglesia nos ha confiado, cuando anunciamos la paz y la justicia del Reino de Dios, cuando vendamos samaritanamente las heridas de cuantos encontramos en el camino. Desde el Tú del Señor, desde el nosotros de los hermanos, salir a la plaza del mundo con una misión de Evangelio. Esta es la vida cristiana que vibra y vive en la Iglesia [137].

4.2.1. La primacía de Dios: nuestra consagración a Él

Ha sido una de las cuestiones que durante los trabajos del Sínodo, tanto en los grupos sinodales previos como en las sesiones de la Asamblea Sinodal de clausura, ha estado presente: la fontalidad de Dios en nuestra vida. No es un referente vagamente piadoso que hay que dar por supuesto, sino que hemos de vivir y profundizar esta dimensión de pertenencia al Señor cuidando los distintos factores que lo nutren y maduran dentro de la historia cristiana personal y comunitaria a la que pertenecemos.

Hemos de decir que nuestras prioridades pastorales no pueden ser distintas en este sentido que las ya señaladas por el Papa Beato Juan-Pablo II en su carta programá- tica al comienzo de este tercer milenio cristiano: la búsqueda de la santidad como triunfo del amor y de la verdad de Cristo [138] en cada uno de los bautizados que formamos parte de la Diócesis de Oviedo; el cuidado esmerado de la oración como encuentro personal con el Señor [139]; una participación activa en la Eucaristía dominical [140]; la llamada constante al sacramento de la Reconciliación como experiencia gozosa de la misericordia de Dios, tal y como la Iglesia la comprende y la ofrece [141]; la exigencia de la primacía de la gracia como ayuda de nuestra libertad [142]; la escucha orante de la Palabra de Dios [143]; el compromiso de ser testigos de esta consagración a Dios, como servidores de su Palabra en la exigencia de la nueva evangelización también en la devoción popular a María y nuestros santos [144].

A fin evitar la fragmentación o la diferencia de criterios a la hora de acompañar a las personas y las comunidades cristianas en todo lo que significa el universo sacramental, hemos de elaborar unos directorios que faciliten la comprensión de cada uno de los signos de salvación que representan los sacramentos, desde una práctica común en toda la Diócesis [145]. Además del Directorio Diocesano para la Iniciación Cristiana de niños, jóvenes y adultos, se precisará un Directorio Diocesano para la celebración de los Sacramentos.

4.2.2. Amar lo que Dios ama: los hermanos que Él nos ha dado

Una de las insistencias más clarividentes de Juan Pablo II en su carta programática para el nuevo milenio cristiano, fue el de la comunión que nos hace testigos del amor de Dios. «Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, queridos hermanos y hermanas, nuestra programación pastoral se inspirará en el “mandamiento nuevo” que él nos dio: “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como de la Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32)» [146].

Se dedica un apartado a desarrollar lo que el Papa llama la espiritualidad de comunión con una bella y exhaustiva explicación de todas las concreciones que entraña esta comunión fraterna [147]. Se trata de una manera nueva de comprender la corresponsabilidad eclesial a la hora de trabajar juntos, cada uno desde su vocación y su responsabilidad dentro de la Iglesia: sin injerencias, sin exclusiones y sin confusión148. La acción evangelizadora está pidiendo este ejercicio de comunión corresponsable entre los distintos miembros del Pueblo de Dios: pastores, consagrados y laicos, e incluso instaurando el diaconado permanente en nuestra Diócesis [149].

Los que ya están en la Iglesia y jamás se fueron, los que no están pero un día estuvieron integrados con diverso compromiso en la comunidad cristiana y luego se alejaron, y los que todavía no han recibido su primera iniciación cristiana, todos ellos han de ser acogidos y acompañados desde esta comunión que nos hace testigos del amor de Dios [150]. Pero también la acogida se extiende a quienes por alguna razón se sienten o son excluidas, para que puedan en verdad experimentar que la Iglesia es madre que sabe acoger a todos [151].

4.2.3. Una sinfonía incompleta en la que se nos confía una misión en el mundo

Jesús envió a sus discípulos confiándoles la misma misión que Él había recibido del Padre Dios [152]. La misión nos pone delante la dimensión teologal de la esperanza que nos recuerda que Dios no lo hizo todo de una vez para siempre, sino que quiso contar con cada uno de sus hijos en la transformación de la historia que a cada cual le ha tocado en suerte y en gracia vivir [153]. El trozo de tiempo y de espacio que pisan nuestros sueños y nuestros pies, reclaman la conciencia de ser colaboradores del mismo Dios junto a nuestros hermanos. Una misión que tiene denominación de origen claramente eclesial para construir el mundo como Dios lo quiere y como en el fondo los hombres todos lo esperan [154].

En este sentido, son muchos los campos en los que hoy se nos abren nuevos caminos de evangelización: la cultura, la familia, la vida, la educación, la increencia, la ecología, la paz, como bien señala y enumera Juan Pablo II en esa carta referida antes [155]. Y ahí están las diferentes propuestas que precisamente en torno a todos estos retos se hicieron sugerencias de cara al diálogo con las culturas emergentes en un mundo plural y a veces neopagano en el que hay un gran areópago que evangelizar [156]. No en vano el Atrio de los gentiles y la Misión Metrópoli que han sido sugeridas desde la Santa Sede y en parte ya acogidas por nosotros en la Diócesis, deberán encontrar también su cauce misionero como propuesta de nueva evangelización [157].

En el instrumentum laboris para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, se apunta al escenario religioso como uno de los ámbitos a tener en cuenta en el debate cultural moderno [158]. En este sentido el Santuario de Covadonga está llamado a ser un punto de encuentro con Dios y María por parte de las personas creyentes y las alejadas que buscan a Dios de tantos modos. Covadonga es un lugar identitario de nuestra historia cristiana en Asturias, que aúna el hondo significado espiritual, en medio de un ámbito natural de singular belleza, y que está llamado también a un protagonismo cultural de profundo calado [159].

Tenemos todo un frente educativo al que hemos de saber responder acompañando las edades del hombre en sus distintas fases biológicas (infancia, adolescencia, adultez, ancianidad) con las consecuencias que esto tiene para el desarrollo evolutivo de la vida cristiana [160]. Acompañar en este campo supone entender esa “emergencia educativa” de la que hablaba Benedicto XVI [161].

Todo el mundo de la familia y la vida, representa uno de los retos de mayor calado por ser el ámbito de enorme vulnerabilidad política y cultural. Ahí la comunidad cristiana tiene ante sí un auténtico desafío que responder y vehicular [162], desde el Directorio para la Familia y la Vida hasta el desarrollo de los Centros de Orientación Familiar, además de promover las asociaciones pro-vida con las que debemos colaborar activamente [163].

No sólo en la coyuntura actual de crisis económica y moral, sino siempre en la Iglesia hemos tenido una atención debida a los pobres, sea cual sea su rostro de pobreza, porque como dijo Jesús siempre los tendríamos con nosotros [164]. Fue toda una sección temática dedicada a la caridad en sus diversas formas como compromiso de nuestra consagración y comunión cristianas [165]. Pero no sólo la asistencia a estos hermanos, sino también la formación en la perspectiva moral que legitima nuestra posición ante la justicia social, es lo que reclama el interés de la Doctrina Social de la Iglesia en su rico magisterio teórico y práctico [166].

CONCLUSIÓN: LA CIUDAD SE LLENÓ DE ALEGRÍA (Hch 8,8)

En mi primera carta pastoral tras unos meses como nuevo Arzobispo en Asturias, recordaba que nuestra historia diocesana, sin remontarnos al umbral de Don Pelayo, también ha experimentado en los últimos decenios muchos cambios en diversos órdenes. Es saludable el compromiso de nuestra gente, el empeño de nuestros curas, para acompañar a un pueblo tantas veces herido con los estigmas del trabajo duro en las minas y en la mar, de la explosión industrial y de su ulterior apagamiento, de la despoblación de nuestro mundo rural, del envejecimiento de la sociedad, de los avatares no siempre limpios de una política partidistamente interesada.

Ahí están las esperanzas y las frustraciones del pueblo que se nos ha confiado, y ahí se ha vertido de mil modos el Evangelio con nuestra predicación, nuestra catequesis, con los sacramentos, con la construcción de comunidades cristianas, con la discreta cercanía al lado de las personas según su circunstancia y su edad. Ahí están precisamente los retos que la secularización y la increencia, la juventud y sus contrastes, la familia y sus amenazas, la vida en entredicho, los problemas del paro y la violencia. Y más internamente, el cansancio de los sacerdotes con pocas ganas o con exceso de responsabilidades pastorales, la escasez de vocaciones, la irrelevancia que se nos impone a los cristianos socialmente, y un largo etc. que nos empuja a reflexión, discernimiento y plegaria.

Ante la perplejidad que nos suscita el tratamiento hostil que culturalmente sufrimos los creyentes a título personal y a título institucional, y ante las dificultades internas eclesiales pueden sobrevenirnos varias tentaciones, al menos estas tres en torno a la categoría temporal: nostalgia de los tiempos pasados, tristeza frente a los tiempos presentes y desesperanza ante los tiempos futuros [167].

Deseo que esta Exhortación Postsinodal como Carta Pastoral sirva al mismo tiempo de síntesis del trabajo realizado, de asunción de las conclusiones a las que llegamos y de intrumentum laboris para la elaboración del Plan Diocesano de Pastoral. Obviamente no se celebra un Sínodo Diocesano, con todo lo que implica de tiempo, de esfuerzo y dedicación en todos los sentidos, para redactar simplemente un Plan Pastoral. Pero entiendo que tras todo ese itinerario realizado en verdadera comunión eclesial, con la seriedad metodológica y la profundidad teológica que hemos podido compartir en la reflexión, en el discernimiento y en la oración, siempre quedará como referente último para un tiempo venidero todo este acervo que hemos recogido en los grupos sinodales, en los esquemas de trabajo, en los debates en el Aula sinodal, y en las propuestas que nos dimos finalmente. Es un ejercicio de discernimiento y de madurez eclesial que nos permite señalar las urgencias, detectar los retos, y vislumbrar también los caminos por donde el Espíritu del Señor hoy nos quiere encaminar como Iglesia que peregrina en Asturias.

El Plan Diocesano de Pastoral será el fruto inmediato, aunque no será el único, de cuanto juntos hemos podido vivir y convivir como hermanos, en la Presencia del Señor y en comunión con nuestra madre la Iglesia. Y por eso deseo que se cumpla en este momento de historia salvífica que nos afecta en el aquí y el ahora de nuestra vida personal y diocesana, lo que el libro de los Hechos de los Apóstoles recoge ante la llegada del cristianismo a Samaria: «La ciudad se llenó de alegría» [168].

Esta expresión relata un acontecimiento en un tramo concreto de la historia cristiana. No se trata de una quimera, ni siquiera de un legítimo deseo, sino de algo que ha cambiado la vida de personas y ha transformado el claroscuro de una comunidad. No es un acontecimiento sucedido en aquella ciudad de Samaria tras la persecución religiosa que se fraguó en Jerusalén contra los primeros cristianos [169], sino algo que la tradición de la Iglesia no ha dejado de volver a verificar con sorpresa y gratitud: ver que una circunstancia puede ser renovada por la gracia de un don que inmerecidamente se regala a quien lo pide, a quien lo espera, a quien lo reconoce. Entonces, el Espíritu que hace nuevas todas las cosas [170], vuelve a cambiar el caos en armonía como la mañana primera [171], llenando la ciudad de alegría.

Hay un cambio profundo que no es fruto del cálculo ni de una estrategia, sino de algo más grande y más gratuito que proviene de la providente misericordia de Dios a través del testimonio incensurable de aquellos primeros seguidores de Jesús. Decía el Papa Benedicto XVI al comentar este texto del libro de los Hechos, que lo que sucedió en esa ciudad samaritana es que en tras las persecuciones los discípulos tuvieron que huir. Llegando a Samaria predicaron el Evangelio y aquellos habitantes «acogieron de forma unánime el anuncio de Felipe y, gracias a su adhesión al Evangelio, Felipe pudo curar a muchos enfermos. En aquella ciudad de Samaria, en medio de una población tradicionalmente despreciada y casi excomulgada por los judíos, resonó el anuncio de Cristo, que abrió a la alegría el corazón de cuantos lo acogieron con confianza. Por eso —subraya san Lucas—, aquella ciudad “se llenó de alegría”» [172].

La alegría es un imperativo teológico que aparece en algunos profetas: «alégrate, Hija de Sión» [173], «alégrate, la estéril que no dabas a luz» [174], «canta jubilosa, hija de Sion. Lanza gritos de alegría, Israel. Alégrate» [175]. En el caso de María, recobra el cumplimiento de una promesa que toma razón de ser en el sí de la Virgen: «alégrate, María, la llena de gracia, el Señor está contigo» [176].

¿De qué alegría se trata? No un saludo normal, sino una bendición, una invitación al gozo mesiánico porque se cumple en ese momento, en esa persona, una promesa de Dios que no puede negar [177]. Más allá de todos los inconvenientes, de todas las incoherencias, de todas las infidelidades, la irrupción de Dios puede cambiar el curso de una historia libremente, inmerecidamente, como un total regalo de gratuidad. No estamos condenados como rehenes de nuestros errores si dejamos que Dios cumpla su promesa. La alegría supone un volver a empezar con toda la fuerza del querer de Dios.

Es la misma alegría que verificamos en la visita que María hace a su prima Isabel, yendo presurosa a la montaña: «¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? Apenas me llegó tu saludo ha saltado de alegría la criatura que llevo en mis entrañas» [178]. Dos mujeres madres de un milagro: porque en donde la vida no cupo jamás como en la estéril Isabel y donde casi no cabía aún como en la doncella María, Dios hizo que brotara a borbotón. Los hijos en ellas fueron los testigos. ¡Qué bella esa lección de relación y de encuentro, en donde con la fe y el amor, con la visita de María a Isabel salta en ella de gozo la vida que lleva dentro. ¡Si supiéramos así todos encontrarnos y reconocernos…! [179]

Tras todo este recorrido sinodal, y con lo que tenemos por delante en la andadura que viene, podemos desear esta santa alegría, verdadera paz y gracia, con la que nuestra ciudad, nuestro mundo es colmado de dicha, y saltar lo mejor que llevamos dentro de la auténtica leticia cristiana. Especialmente las personas más desesperanzadas, las que están siendo más castigadas por la crisis económica y moral, por la falta de horizonte en sus vidas, por la pérdida de la fe o no haber experimentado en sus vidas lo que significa el perdón, la ternura y la misericordia. En todas estas personas pensamos cuando hablamos de esta especial alegría con la que el Señor llena la ciudad as través del anuncio de la buena noticia que entraña el acontecimiento cristiano.

A esta alegría nos acogemos, y que nuestra Madre la Santina de Covadonga, la intercesión de todos nuestros santos, nos ayuden a vivir con gozo responsable como cristianos en el aquí y el ahora de esta tierra y este tiempo. Para gloria de Dios, bendición de los hermanos, y dicha del mundo y de la historia se que nos han encomendado.

Oviedo, 4 de octubre de 2012
Festividad de San Francisco de Asís

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✠ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo


[1] Cf. Hch 8,8.

[2] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 7. Cf. J. RATZINGER, Servidor de vuestra alegría (Herder. Barcelona 1994) 120 págs.

[3] Cf. CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS-CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS, Instrucción sobre los Sínodos Diocesanos, 1; Código de Derecho Canónico, canon 460.

[4] BENEDICTO XVI, Verbum Domini, 23.

[5] JUAN PABLO II, Veritatis Splendor, 25.

[6] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 1.

[7] Lc 24, 13-24.

[8] Cf. Mt 6, 9-13; Lc 11, 1-4. 9 Hb 13,8.

[10] Cf. J.L. GONZÁLEZ NOVALIN, Bases e hitos para una historia eclesiástica de la Diócesis de Oviedo (Secretariado MCS del Arzobispado de Oviedo. Oviedo 1995) 47-53.

[11] Para nuestra Diócesis de Oviedo, véase el trabajo exhaustivo de J.J. TUÑÓN ESCALADA, Los sínodos diocesanos de Oviedo. Una fuente para la historia de Asturias (Oviedo 2012). Se trata de un brillante y documentado estudio presentado para el ingreso en el Real Instituto de Estudios Asturianos, cuyo Discurso leído por al autor en el acto de su solemne recepción académica el día 20 de marzo de 2012, fue también brillantemente respondido con la Contestación de D. Andrés Martínez Vega.

[12] Cf. L. FERRER, “Sínodo” en DHEE, t. IV, 2487-2494; F. G. SAVAGNONE, Le origini del Sinodo Diocesano (Studi Brugi 1910).

[13] Cf. A. GARCÍA Y GARCÍA, Historia del Derecho Canónico (Salamanca 1971).

[14] Cf. Conciliorum Oecomunicorum Decreta, ed. de L. Alberigo (Bologna 1962) 212. Sobre su repercusión en España y Asturias puede verse: A. GARCIA Y GARCIA, “Primeros reflejos del Concilio IV Lateranense en Castilla”, en Studia Historico-Eclesiastica: Festgabe für Prof. Luchesius Spätling, Bibliotheca Pontificii Athenaei Antoniani 19 (PAA. Roma 1977); F. J. FERNÁNDEZ CONDE, “La aplicación del Lateranense IV en la Diócesis de Oviedo”, Miscellanea Historiae Pontificiae 50 (1983) 121-133.

[15] Cf. Conc. Trid. sess. XXIV, c. 2, de Reformatione.

[16] Cf. J. TEJADA Y RAMIRO, Colección de cánones y de todos los concilios de la Iglesia de España y de América (Madrid 1859-63). En las últimas décadas el interés por los sínodos ha dado lugar a elencos, estudios e investigaciones como los siguientes: A. ARTONNE, L. GUIZARD, O. PONTAL, Répertoire des statuts synodaux des diocèses de l´ancienne France XIII à la fin du XVIII siècle (Paris 1963); S. DA NARDO, Sinodi diocesani italiani. Catalogo degli atti a stampa 1534-1878 (Città del Vaticano 1960). Para el caso de España se puede consultar la amplia bibliografía recogida en A. GARCÍA Y GARCÍA, Synodicon hispanum (BAC. Madrid 1981) p. XX.

[17] Legislación sinodal ovetense que ha de contextualizarse en el panorama general del resto de las Diócesis españolas. Cf.: J. SÁNCHEZ HERRERO, “Los Concilios Provinciales y los Sínodos Diocesanos Españoles, 1215-1550”, en Quaderni Catanesi di Studi Classici e Medievali III (1981) 113-181, IV (1982) 111-197.

[18] Cf. F. J. FERNÁNDEZ CONDE, Gutierre de Toledo obispo de Oviedo (1377-1389). Reforma eclesiástica en la Asturias bajomedieval (Oviedo 1978).

[19] Cf. A. C. FLORIANO CUMBREÑO, “Un catecismo castellano del siglo XIV”, Revista española de Pedagogía 3 (1945) 87-99.

[20] Iniciativa episcopal que se ha de valorar en el contexto de la actividad catequética ejercida a través de la enseñanza y de la progresiva aparición de catecismos en las Diócesis españolas durante la época bajomedival. Cf. J.SANCHEZ HERRERO, “La enseñanza de la doctrina cristiana en algunas Diócesis de León y Castilla durante los siglos XIV y XV”, en Archivos Leoneses 59-60 (1976) 145-183; ID., Las Diócesis del Reino de León. Siglos XIV y XV (León 1978) 239-256.

[21] Cf. J. L. GONZÁLEZ NOVALÍN, “Historia de la reforma tridentina en la Diócesis de Oviedo”, Hispania Sacra 16/32 (1963) 323-346.

[22] Cf. J.J. TUÑÓN ESCALADA, D. Agustín González Pisador, obispo de Oviedo (1760-1791). Iglesia y Sociedad en Asturias (Oviedo 2000).

[23] Estos textos sinodales, conservados inéditos, han sido recientemente publicados. Cf. J.J. TUÑÓN ESCALADA, Los sínodos diocesanos de Oviedo, 117-234.

[24] Cf. J. BARRADO BARQUILLA, Fray Ramón Martínez Vigil, OP. (1840-1904), obispo de Oviedo, (Editorial San Esteban. Salamanca 1996). Careciendo de una monografía sobre la relevante personalidad y episcopado de J.B. Luis Pérez, remitimos al perfil episcopal esbozado por J.J. TUÑÓN ESCALADA, Los sínodos diocesanos de Oviedo, 106-115.

[25] Cf. J.J. TUÑÓN ESCALADA, Los sínodos diocesanos de Oviedo. Una fuente para la historia de Asturias (Oviedo 2012).

[26] Cf. A. CORDOVILLA, «Cambio de época. La fe en tiempos de crisis: ser cristiano en la cultura actual», en ID., Crisis de Dios y crisis de fe. Volver a lo esencial (Sal Terrae. Santander 2012) 85-108.

[27] Cf. R. FISICHELLA, La nueva evangelización (Sal Terrae. Santander 2012) 14.

[28] JUAN XXIII, Gaudet Mater Ecclesiae 6.5 (ver la edición bilingüe patrocinada por la Conferencia Episcopal Española: Concilio Vaticano II: Constituciones, Decretos, Declaraciones (BAC. Madrid 1993) 1094-1095. Todas las citas del Concilio Vat. II las tomamos de esta edición).

[29] Cf. J.L. RUÍZ DE LA PEÑA, Crisis y apología de la fe. Evangelio y nuevo milenio (Sal Terrae. Santander 1995) 115-278.

[30] Cf. J. SANZ MONTES. «Dios amigo o Dios rival. La nostalgia incensurable del encuentro con el Dios verdadero», en 46enes Jornades de qüestions pastorals de Castelladaura. Secularisme i cultura de la fe: Església i diáleg, entre la tradició i el present (Barcelona, 25/26 enero 2011).

[31] Cf. O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Dios (Sígueme. Salamanca 2004) 259-264.

[32] BENEDICTO XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede (10 enero 2011).

[33] Cf. M. PERA, Por qué debemos considerarnos cristianos. Un alegato liberal (Encuentro Madrid 2010) 31-37.

[34+ BENEDICTO XVI, Discurso en el Aeropuerto de Santiago de Compostela (Sábado 6 de noviembre de 2010). En este sentido se hacía intérprete del significado hondo del viejo camino de Santiago: «El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo».

[35] BENEDICTO XVI, Homilía durante la Santa Misa. Plaza del Obradoiro, Santiago de Compostela (Sábado 6 de noviembre de 2010).

[36] Cf. J. SANZ MONTES, «El silencio y la palabra. Dos modos de comunicación en Dios y en el hombre», Communio. Revista Católica Internacional 23 (2001) 207-237.

[37] Cf. el lúcido y audaz diagnóstico que hace J. RATZINGER, Ser cristiano en la era neopagana (Encuentro. Madrid 2006) 205 págs.

[38] Es pertinente el juicio de alguien como Marcello Pera, ajeno al ámbito de la fe, y que sin embargo no duda en analizar el momento que vive Occidente con preocupación: “¿Qué es Europa? ¿En qué cree? ¿Qué ideales, valores y estilos de vida persigue? Ahora bien, es la religión la verdadera piedra de escándalo. Más que olvidada, es objeto de combate. Lo que está pasando en Europa es una apostasía del cristianismo, una batalla que se libra en todos los frentes, desde la política a la ciencia, desde el derecho a las costumbres, en la que la religión tradicional europea, la que la ha bautizado y educado durante siglos, asume el papel de imputada de culpas que van desde la amenaza al Estado laico al obstáculo para la coexistencia social, a la aversión a la investigación científica. El resultado total es que los europeos conviven sin identidad en una Europa sin Dios»: M. PERA, Por qué debemos considerarnos cristianos. Un alegato liberal (Encuentro Madrid 2010) 33. Véase también su importante trabajo: Europe without God and Europeans without Identity, en CH. DEMUTH-Y. LEVIN (eds.), Religion and the American Future (The American Enterprises Institute Press. Washington 2008).

[39] Cf. L. OVIEDO TORRÓ, La fe cristiana ante los nuevos desafíos sociales: tensiones y respuestas (Cristiandad. Madrid 2001) 19-107.

[40] Cf. M. BORGHESI, Secularización y nihilismo. Cristianismo y cultura contemporánea (Encuentro. Madrid 2007) 46-68.

[41] SÍNODO DE LOS OBISPOS. XIII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Lineamenta, 4. (BAC-documentos. Madrid 2011) 25.

[42] Cf. JUAN PABLO II, Redemptoris Missio, 37; ver también SÍNODO DE LOS OBISPOS. XIII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Instrumentum laboris, 51-75 (BAC-documentos. Madrid 2012) 53-77.

[43] Lc 24, 25-27.

[44] Apoc 2, 7.

[45] Cf. Lc 5,4.

[46] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 3.

[47] Cf. R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas (Sígueme. Salamanca 1989) 16.

[48] JUAN XXIII, «Humanæ Salutis», b. Concilio Ecuménico Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones (BAC. Madrid 1993) 1067-1068.

[49] Cf. S. MADRIGAL, Vaticano II: remembranza y actualización. Esquemas para una Eclesiología (Sal Terrae. Santander 2002).

[50] Una visión de conjunto de este importante Sínodo la podemos ver en: El Vaticano II, don de Dios: los documentos del Sínodo extraordinario de 1985 (PPC. Madrid 1986); G. CAPRILE, II Sinodo dei Vescovi: seconda assemblea generate straordinaria (24 novembre-8 dicembre 1985) (La Civiltà Cattolica. Roma 1986); Synode extraordinaire: celebration de Vatican II (Cerf. Paris 1986); Vingt ans apris Vatican II. Synode extraordinaire, Rome, 1985. Textes choisis et presentés (Centurion. Paris 1986).

[51] Cf. J. RATZINGER, Informe sobre la fe (BAC. Madrid 2005) 44.

[52] J.R. VILLAR, «El Sínodo de 1985. El Concilio 20 años después», Scripta Theologica 38 (2006/1) 61-72.

[53] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción Pastoral Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II (30 marzo 2006).

[54] BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Romana (22 de diciembre de 2005).

[55] G. DÍAZ MERCHÁN, Discurso inaugural de la XLIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (21 abril 1986).

[56] JUAN PABLO II, Testamento espiritual. Anotaciones en los Ejercicios espirituales del Jubileo del año 2000 (12-18.III.2000) –para el testamento–, n. 4.

[57] Cf. J. COLLANTES, La Iglesia de la Palabra I-II (BAC. Madrid 1972); Y.M. CONGAR, «Eclesiología desde s. Agustín hasta nuestros días», en AA. VV., Historia de los dogmas. Vol. III (Madrid 1976); A. ANTÓN, El misterio de la Iglesia. II: De la apologética de la Iglesia-sociedad a la teología de la Iglesiamisterio en el Vaticano II y en el posconcilio (BAC. Madrid 1987); H. BÜRKLE, La misión de la Iglesia (Edicep. Valencia 2002); B. FORTE, La Iglesia, icono de la Trinidad. Breve eclesiología (Sígueme. Salamanca 2003); J. PLANELLAS BARNOSELL, La recepción del Vaticano II en los manuales de eclesiología españoles (PUG. Roma 2004); E. BUENO DE LA FUENTE, Eclesiología (BAC. Madrid 2007).

[58] Cf. R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas (Sígueme. Salamanca 1989); S. MADRIGAL, Vaticano II, remembranza y actualización: Esquemas para una eclesiología (Sal Terrae. Santander 2002).

[59] Cf. J. KOMONCHAD, «Hacia una eclesiología de comunión», en G. ALBERIGO (ED.), Historia del Concilio Vaticano II. Vol. IV: La Iglesia como comunión. El tercer periodo y la tercera intercesión (Sígueme. Salamanca 2007) 17-97. 49-91. Véase también el debate de las distintas corrientes teológicas dentro del Concilio Vaticano II: cf. S. MADRIGAL, «Hacia una “eclesiología de comunión”: el debate sobre la colegialidad», en ID., Tiempo de Concilio. El Vaticano II en los Diarios de Yves Congar y Henri de Lubac (Sal Terrae. Santander 2009) 182-193.

[60] Cf. AA. VV., «Giovanni Paolo II. Un quarto di secolo», Regno 19 (2003) 585; A. SASSI, Il vento di Cracovia. Papa Wojtyla: un Papa per l’umanità, (Aracne. Roma 2005); G.F. SVIDERCOSCHI, Un Papa que no muere. La herencia de Juan Pablo II (San Pablo. Madrid 2011).

[61] M. TAGLIAFERRI, «Prólogo», en J. A. MARTÍNEZ PUCHE (ed), Encíclicas de Juan Pablo II (Edibesa. Madrid 1993) XIV.

[62] Cf. respectivamente, Redemptor hominis (4 marzo 1979), Dives in misericordia (30 noviembre 1980) y Dominum et vivificantem (18 mayo 1986).

[63] Cf. A. ARANDA, Trinidad y salvación. Estudios sobre la trilogía trinitaria de Juan Pablo II (Eunsa. Pamplona 1990) 440 págs.

[64] Lo hicieron notar los Lineamenta del Sínodo sobre la vida consagrada (1994): cf. SÍNODO DE LOS OBISPOS. IX ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA. La vida consagrada y su función en la Iglesia y en el mundo. Lineamenta. nº 3b.

[65] Cf. respectivamente las exhortaciones apostólicas resultantes de estos Sínodos: JUAN PABLO II, Christifideles laici (1988), Pastores dabo vobis (1992), Vita Consecrata (1996), y Pastores Gregis (2003), siendo esta última un complemento a la de Pastores dabo vobis al tratar también del ministerio ordenado, pero en referencia a los Obispos.

[66] JUAN PABLO II, «Constitutio Apostolica Sacræ Disciplinæ Leges», AAS 85/2 (1983) XI.

[67] Cf. Col 1, 24; 1 Cor , 12,12.

[68] JUAN PABLO II, Christifideles laici, 19.

[69] J.R. VILLAR, «El lugar eclesiológico de la vida consagrada», Confer 121 (1993) 132. Cf. J. L. ILLANES, «Llamada a la santidad y radicalismo cristiano», Scripta Theologica 19 (1987) 303-332.

[70] JUAN PABLO II, Christifideles laici, 55.

[71] Cf. R. PRAT I PONS, La misión de la Iglesia en el mundo. Ser cristiano hoy (Secret. Trinitario. Salamanca 2004) 98-99. Dirigiéndose Benedicto XVI al Foro Internacional de Acción Católica (FIAC), hablaba de esta : «La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como ‘colaboradores’ del clero, sino como personas realmente ‘corresponsables’ del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos» [BENEDICTO XVI, Mensaje a la VI Asamblea Ordinaria del Forum Internacional de Acción Católica (FIAC), Iaşi (Rumanía), 22-26 agosto 2012].

[72] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 46.

[73] J. RATZINGER, Convocados en el camino de la fe. La Iglesia como comunión (Cristiandad. Madrid 2004) 136.

[74] Cf. JUAN PABLO II, Discurso al CELAM (III. Obispos para una renovada evangelización) Puerto Príncipe. (9 marzo 1983).

[75] Cf. J. RATZINGER, Glaube und Zukunft (Kösel. München 1970) 11.

[76] Cf. M. BUBER, El eclipse de Dios (Sígueme. Salamanca 2003) 42-43. Véase también: F. TONUCI, La soledad del niño (Ed. Barcanova. Barcelona 1994); P.J. CORDES, El eclipse del padre (Palabra. Madrid 2002).

[77] BENEDICTO XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011, 1.

[78] Cf. R. FISICHELLA, La nueva evangelización (Sal Terrae. Santander 2012) 65-82.

[79] BENEDICTO XVI, Primeras Vísperas en la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo (28 junio 2010). Cf.

[80] El profesor Antonio Aranda lo desarrolla en su reciente trabajo al respecto, indicando en qué consiste la novedad del término, y a quiénes nos referimos con los destinatarios y los métodos pastorales explícitos: Cf. A. ARANDA, Una nueva evangelización. ¿Cómo acometerla? (Palabra. Madrid 2012) 17-46.

[81] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 15.

[82] Sobre el debate en torno al binomio Iglesia universal-Iglesia particular, véase la Conferencia del cardenal Joseph Ratzinger sobre la eclesiología de la “Lumen Gentium” pronunciada en el Congreso internacional sobre la aplicación del Concilio Vaticano II, organizado por el comité para el gran jubileo del año 2000 (http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/).

[83] Cf. H.U. VON BALTHASAR, Das Ganze im Fragment. Aspekte der Geschichtstheologie (Johannes Verlag. Einsiedeln 1963). Hay traducción española: El todo en el fragmento (Encuentro. Madrid 2008).

[84] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como Comunión (Communionis notio). 28 mayo 1992; Cf. F. OCÁRIZ, «Unità e diversità nella comunione ecclesiale», Ius Ecclesiae 5 (1993) 392-395.

[85] Cf. A. ANTÓN, «Fundamentación teológica de las Conferencias Episcopales», Gregorianum 170 (1989) 205-232.

[86] Entrevista al cardenal Ratzinger: la comunión de la Iglesia no es un hecho sociológico (Famiglia Cristiana 2 (2004). Véase el libro que da pie a esta entrevista, aunque allí no se aborda específicamente la cuestión de las Conferencias Episcopales: J. RATZINGER, La Comunione nella Chiesa (San Paolo, Cinisello Balsamo 2004).

[87] Cf. Lc 5, 4-5.

[88] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La nueva evangelización desde la Palabra de Dios. “Por tu Palabra echaré las redes” (Plan Pastoral 2011-2015) 1.

[89] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La nueva evangelización desde la Palabra de Dios. “Por tu Palabra echaré las redes” (Plan Pastoral 2011-2015) 37.

[90] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 6.

[91] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 2.

[92] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 9. Cf. JUAN PABLO II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992).

[93] Cf. BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 9.

[94] SAN AGUSTÍN, Sermo 215, 1.

[95] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 9. Cf. Sacrosanctum Concilium, 10.

[96] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 2.

[97] F. SEBASTIÁN, Evangelizar (Encuentro. Madrid 2010) 395.

[98] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 7.

[99] Lc 24, 28-35.

[100] Jn 1, 38-39

[101] Cf. Jn 15, 4-14. Véase J. MATEOS-J. BARRETO, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético (Cristiandad. Madrid 1979); R. SCHNACKENBURG, El evangelio según San Juan. 4 vol. (Herder. Barcelona 1980); G. SEGALLA, «Juan (Evangelio de)», en R. ROSSANO-G. RAVASI-A. GHIRLANDA, Nuevo Diccionario de Teología bíblica (Paulinas. Madrid 1990) 924-932.

[102] Cf. 1Cor 3,9ss; 1Pe 2,4ss.

[103] El teólogo Bruno Forte hablará de cómo en los últimos decenios se tiene una percepción más ajustada del misterio de Dios en la especulación teológica, y llega a hablar del regreso a la patria trinitaria, el final del exilio de Dios, es decir, la vuelta a ese hogar divino como paraíso encontrado por una pura gracia de la condescendencia de Dios. Véase su trabajo clásico: B. FORTE, Trinità come storia. Saggio sul Dio cristiano (San Paolo. Cinisello Balsamo 1993) 13-17.

[104] Cf. P. GARCÍA BARRIUSO, «La casa religiosa», en A. APARICIO-J.M. CANALS (eds.), Diccionario teológico de la Vida consagrada (Claretianas. Madrid 1999) 158ss.

[105] JUAN PABLO II, Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (Nueva York, 5 octubre 1995) 9-10.

[106] Cf. Gén 1,26.

[107] H. DE LUBAC, El drama del humanismo ateo (Encuentro. Madrid 1990) 11; Cf. PABLO VI, Populorum progressio, 42, en F. GUERRERO (ed.), El Magisterio pontificio contemporáneo. t.II (BAC. Madrid 1992) 791.

[108] BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, 1.90.

[109] Presbyterorum Ordinis, 8.

[110] Cf. M. MORONTA RODRÍGUEZ, El presbiterio y la fraternidad sacramental: elementos para una reflexión teológica (Bac. Madrid 2008) 124 págs.

[111] Cf. Presbyterorum Ordinis, 8.

[112] Cf. J. RATZINGER, La fraternidad de los cristianos (Sígueme. Salamanca 2005). Cuando a finales de los años 50 Joseph Ratzinger era un joven teólogo, dictó un curso en Viena sobre el concepto «hermano» según el cristianismo. Aquella investigación histórica y su correspondiente reflexión teológica fueron puestas por escrito para ser publicadas en forma de un libro que ha llegado a convertirse en todo un clásico. Su título es ya una declaración de intenciones: La fraternidad de los cristianos. ¿En dónde radicaba la originalidad de este análisis? ¿Por qué sigue siendo hoy válido? Fundamentalmente porque reúne los datos históricos más significativos del cristianismo primitivo, porque los contrasta con la mentalidad occidental dominante (mezcla de Ilustración y marxismo) y porque propone cuatro tesis teológicas para nada pacíficas: 1) la fraternidad depende del concepto que se tenga de la paternidad de Dios y de cómo sea Dios; 2) la fraternidad cristiana está siempre por delante de los lazos biológicos (familia) y sociales (ciudadanía); 3) el cristiano es antes de nada y sólo hermano del cristiano; 4) el cristiano es hermano para servir a los que están fuera de la comunidad cristiana.

[113] L.TRUJILLO, “El presbítero en el presbiterio”, en AA. VV., Espiritualidad del presbiterio diocesano secular. Simposio. (Edice. Madrid 1987) 486.

[114] Cf. J.M. ROVIRA BELLOSO, Vivir en comunión: comunión trinitaria, comunión eucarística, comunión fraterna (Secretariado Trinitario. Salamanca 1991) 181 págs; L.F. LADARIA, La Trinidad, misterio de comunión (Secretariado Trinitario. Salamanca 2002) 245 págs.

[115] COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, «Sacerdotes, día a día. La formación permanente integral» (cap. 3, nº 3), en ID., La formación permanente de los sacerdotes según la Pastores dabo vobis (Edice. Madrid 2004) 163.

[116] «Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas palabras: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15). Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y modalidades diversas— ha vivido continuamente en su historia esta página del Evangelio, mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al presbiterado y a los sacerdotes mismos. Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada por las profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de contextos en los que anuncia y da testimonio del Evangelio» [JUAN PABLO II, Pastores dabo vobis, 2].

[117] Cf. X. QUINZÁ LLEÓ, «Nutrientes para la vida consagrada. Para desarrollar en la práctica una cultura de la vida en el Espíritu», en B. FERNÁNDEZ-F. TORRES, Recrear nuestra espiritualidad. 30 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada (Claretianas. Madrid 2001) 155-183].

[118] Cf. SÍNODO DE LOS OBISPOS. XIII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Instrumentum laboris, 51-75 (BAC-documentos. Madrid 2012) 53-77.

[119] Cf. J.A. MERINO, El silencio de Dios y la rebelión del hombre. Filosofía, ciencia y religión (BAC. Madrid 2011) 103 págs.

[120] Cf. A.M. ROUCO VARELA, «Exigencia y compromiso del católico en la vida pública», en J.F. SERRANO OCEJA (ed.), Católicos y Vida Pública (BAC. Madrid 2010) 364-376.

[121] JUAN PABLO II, Discurso a los Representantes de las Reales Academias, del mundo de la Universidad, de la Investigación de la Ciencia y de la Cultura de España (3 noviembre 1982) 2.

[122] Cf. A. OLLERO TASSARA, «El papel de los católicos en el debate cultural», en J.F. SERRANO OCEJA (ed.), Católicos y Vida Pública (BAC. Madrid 2010) 31-45.

[123] CONSEJO PONTIFICIO DE LA CULTURA, Para una pastoral de la cultura (Libreria Editrice Vaticana. Città del Vaticano 1999) 84 págs.

[124] Cf. A. CENCINI, «Alcuni areopaghi della missione», Informationes S.C.R.I.S. 22 (1996) 20-146.

[125] Véanse los trabajos breves pero lúcidos de J. MARÍAS, «Visión cristiana del hombre y filosofías europeas», en AA. VV., Cristianismo y cultura en Europa (Rialp. Madrid 1992) 59-65; L. GRYGIEL, «Algunas características de la tradición cristiana en Europa», en AA. VV., Cristianismo y cultura en Europa…, 121-126 y N. LOBKOWICZ, «Cristianismo y cultura en Europa», en AA. VV., Cristianismo y cultura en Europa…, 148-153.

[126] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate (2009), en donde fija la postura de la Iglesia en esa vocación de construir para Dios un mundo verdaderamente humano, al hilo del magisterio de sus predecesores PABLO VI, Populorum progressio y JUAN PABLO II, Centessimus annus.

[127] Puede verse la espléndida descripción del fenómeno en J. RATZINGER, Fede. Verità. Tolleranza. Il Cristianesimo e le religioni del mondo (Cantagalli. Siena 2003) 117-275. En el umbral de su elección como sucesor de San Pedro, tuvo una importante conferencia que aborda el mismo tema desde la perspectiva europea y sus raíces: J. RATZINGER, L’Europa di Benedetto nella crisi delle culture (Cantagalli. Siena 2005) 142 págs.

[128] Cf. M. BORGHESI, Secularización y nihilismo. Cristianismo y cultura contemporánea (Encuentro. Madrid 2007) 46-68.

[129] BENEDICTO XVI, Discurso al Pontificio Consejo para la Cultura (8 marzo 2008).

[130] BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Vaticana (21 diciembre 2009).

[131] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, 9 y 47.

[132] Lc 24, 33-35.

[133] BENEDICTO XVI, Regina Coeli (6 abril 2008).

[134] Cf. J. SANZ MONTES, A Dios, con los hermanos, para la misión. Carta pastoral al comienzo del curso 2010-2011 (Delegación de MCS del Arzobispado. Oviedo 2010) 24-26.

[135] Cf. H.U. VON BALTHASAR, Die Wahrheit ist symphonisch. Aspekte des christlichen Pluralismus (Johannes Verlag. Einsiedel 1972).

[136] Cf. J. SANZ MONTES, «La reducción racionalista en la teología y la actitud discipular del teólogo», Revista Española de Teología 2-4/LX (2000) 561-576; H. BOJORGE, S.J., Teologías Deicidas. El Pensamiento de Juan Luis Segundo en su Contexto (Ediciones Encuentro. Madrid 2000) 380 págs.

[137] Cf. J. SANZ MONTES, «El ministerio ordenado y la vida consagrada. A los cuarenta años del Vaticano II», en AA. VV., Teología y secularización. A propósito de un documento de la Conferencia Episcopal Española (Edicep. Valencia 2007) 63-84.

[138] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 30-31.

[139] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 32-34.

[140] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 35-36. Cf. Propuestas sinodales, 5 y 15.

[141] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 37.

[142] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 38.

[143] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 39. Cf. Propuesta sinodal, 1.

[144] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 40-41. Cf. Propuesta sinodal, 6.

[145] Cf. Propuesta sinodal, 18.

[146] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 42.

[147] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 43-52.

[148] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 46.

[149] Cf. Propuesta sinodal, 7.

[150] Cf. Propuesta sinodal, 18b.

[151] Cf. Propuesta sinodal, 10.

[152] Cf. Jn 20,21; Mc 16,15.

[153] Cf. J. SANZ MONTES, A Dios, con los hermanos, para la misión. Carta pastoral al comienzo del curso 2010-2011 (Delegación de MCS del Arzobispado. Oviedo 2010) 34-37.

[154] Es uno de los temas de fondo de mi libro sobre la esperanza como un itinerario del aburrimiento al deseo, verdadero drama que se libra en el corazón: J. SANZ MONTES, Il cammino della speranza. Dalla noia al desiderio. A proposito dell’Enciclica Spe Salvi. (Marietti. Torino 2009) 112 págs.

[155] Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 51.

[156] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Vaticana (21 diciembre 2009); Ver también JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, 9 y 47.

[157] Cf. R. FISICHELLA, «La nueva evangelización en Europa. Misión metrópolis», L’Osservatore Romano (13 julio 2011); R. FISICHELLA, La nueva evangelización (Sal Terrae. Santander 2012) 65-78. 119- 132.

[158] Cf. SÍNODO DE LOS OBISPOS. XIII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Instrumentum laboris, 63-77 (BAC-documentos. Madrid 2012) 60-62.

[159] Cf. Propuesta sinodal, 6.

[160] Cf. Propuestas sinodales, 2 y 11-13, 18b.

[161] Cf. Propuesta sinodal, 3.

[162] Cf. Propuestas sinodales, 8 y 9.

[163] Cf. Propuestas sinodales, 18a y 8.

[164] Cf. Mt 26,11.

[165] Cf. Propuestas sinodales, 20-28.

[166] Cf. Propuesta sinodal, 4.

[167] Cf. J. SANZ MONTES, A Dios, con los hermanos, para la misión. Carta pastoral al comienzo del curso 2010-2011 (Delegación de MCS del Arzobispado. Oviedo 2010) 16-18.

[168] Hch 8,8.

[169] Cf. Hch 8,1ss.

[170] Cf. Apoc 21,5.

[171] Cf. Gén 1,1-2,3.

[172] BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa del domingo IV de Pascua, El Buen Pastor (27 abril 2008).

[173] Zac 2,12.

[174] Is 54, 1.

[175] Sof 3, 14-17.

[176] Lc 1, 26-28.

[177] Cf. F.M. LÓPEZ MELÚS, María de Nazaret. La verdadera discípula (Sígueme. Salamanca 1999) 58. 178 Lc 1, 44

[179] Cf. C.M. MARTINI, Il vangelo di Maria (Ancora. Milano 2008) 28-36.

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