Acto de presentación de la nueva edición del Leccionario de la Misa

Intervención de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León
Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia

julianlopezmartin

Madrid, 4 de noviembre de 2015

SIGNIFICADO DE LA NUEVA EDICIÓN DE LOS LECCIONARIOS DE LA MISA

 Sean mis primeras palabras de saludo y agradecimiento a todos ustedes por su presencia en este acto. Especialmente quiero agradecer la del Sr. Cardenal Presidente de nuestra Conferencia Episcopal. Quisiera destacar también la participación de algunos centros superiores de formación teológica y pastoral, de los delegados diocesanos y de otros responsables de la vida litúrgica en diversos ámbitos, percibiendo en ello la importancia que debe darse a los libros litúrgicos de la Iglesia como testimonio específico de la lex orandi y de la lex credendi. Deseamos ofrecer a las diócesis y a los Institutos de Vida Consagrada esta nueva edición de los leccionarios destinados a la celebración de la Eucaristía.

Porque de esto se trata, de una nueva edición de la serie de libros que recogen la versión en lengua castellana de los textos del Ordo Lectionum Missae (Orden de lecturas de la Misa), el Leccionario que fue promulgado por el beato Pablo VI el 3 de abril de 1969 juntamente con el Missale Romanum vinculado al Concilio Vaticano II. Posteriormente, el 21 de enero de 1981, la Santa Sede publicó la segunda edición típica del Leccionario. En España se venía ya trabajando con gran ilusión y competencia en las traducciones litúrgicas desde los comienzos de la reforma, de manera que en noviembre de 1969 aparecía el primer volumen del “Leccionario reformado por mandato del Concilio Vaticano II y promulgado por Su Santidad el Papa Pablo VI”, siendo presentado por el entonces Cardenal Arzobispo de Toledo y Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia, D. Vicente Enrique y Tarancón, con fecha de 15 de octubre del mismo año, fiesta de Santa Teresa de Jesús. Merece la pena evocar lo que afirmaba entonces el recordado cardenal: “El Leccionario constituye uno de los pasos más decisivos y esperanzadores en orden a enriquecer la celebración de la Eucaristía. El Concilio subrayó la importancia de la Sagrada Escritura en la liturgia y en la vida de la Iglesia”.

El tiempo ha confirmado aquellas apreciaciones. Desde entonces han transcurrido 46 años exactamente y hoy asistimos a una nueva publicación que es también actualización y notable mejora no solo en cuanto al texto bíblico, de acuerdo con la decisión de nuestra Conferencia Episcopal de contar con una idéntica versión de la Sagrada Escritura en la liturgia, en los catecismos y en otros documentos magisteriales u oficiales, sino también en cuanto a la edición misma de los volúmenes. Todo esto será explicado a continuación.

Por mi parte tan solo quiero subrayar una cosa. El Leccionario de la Misa es mucho más que un libro, y lo es verdaderamente, un libro-signo de la Palabra de Dios que, por este motivo, recibe honores litúrgicos. En efecto, es lleva­do entre luces, incensado, besado, co­locado sobre el altar, mostrado al pueblo, con él se bendice a los fieles, se sujeta abierto sobre la cabeza del que es consagrado obispo durante la plegaria de ordenación, y se coloca encima del ataúd de los difuntos según nuestro ritual de exequias. Pero el Leccionario es también un modo de leer e interpretar las Escrituras en la comunidad de la Iglesia, no el único ciertamente, pero sí el más significativo desde el punto de vista de lo que supone la proclamación del misterio que se actualiza simbólica y eficazmente en la liturgia. Porque es en el ámbito de la celebración donde se cumple sacramentalmente la Escritura que se anuncia siguiendo el año litúrgico, de manera que destacar esta realidad constituye una de las funciones de la homilía.

Por eso el Leccionario no es fruto de una razón práctica, como podría ser el disponer ordenada­mente las lecturas según el calenda­rio de las celebraciones. Tampoco es el resultado de una mera labor de selección temática de los textos bíblicos con una intención doctrinal. Es mucho más que todo esto. El Leccionario o, mejor dicho, los leccionarios -porque cada gran Iglesia ha tenido no uno sino varios leccionarios a lo largo de su historia- han empezado a existir desde el mo­mento en que la comunidad se dispuso a celebrar el misterio de Cristo evocando e interpretando, a la luz del Antiguo Testamento y de la predicación apostólica, los aconte­cimientos histórico-salvíficos de la vida terre­na de nuestro Salvador. En este sentido el Leccionario nació a la vez que el año litúrgico, especialmente en lo que conocemos como ciclo del Señor, antes incluso de que se organizara el santoral.

La justificación y el significado original del Leccionario en la liturgia están insinuados en la escena de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús, cuando el Señor, “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los pro­fetas, les iba interpretando en todas las Escrituras cuanto a él se refería” (Lc 24, 27; cf 24, 44). Esta inmersión en el misterio de Cristo a la luz de las Escrituras, de la que es testigo todo el Nuevo Testamento, para anunciar la actualización sacramental y espiritual de su obra de salvación en el devenir de los hombres, es tarea confiada a la Iglesia, y que ésta reali­zó desde el principio no solo escrutando los libros santos (cf. Jn 5, 39), sino también proclamando su contenido en la liturgia, desplegándolo en la catequesis y en la enseñanza teológica, y  ofreciéndolo como alimento espiritual y referencia de conducta en todo el conjunto de la acción pastoral.

Espero y deseo que esta nueva edición del Leccionario de la Misa sea ocasión para una renovada, gozosa y consciente acogida eclesial de la Palabra de Dios entre nosotros, y un estímulo para mejorar no solo la proclamación litúrgica y el canto, por ejemplo, del salmo responsorial, sino también para una más adecuada preparación y realización de las homilías sobre la base, imprescindible, de los textos bíblicos, sin olvidar la lectio divina y otros modos de acceder a la Sagrada Escritura en la vida cristiana.

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