Institución de los Ministerios de Lector y de Acólitos

Homilía de
Mons. D. José Leonardo Lemos Montanet
Obispo de Orense

JoseLeonardoLemosMontanet

Seminario del Divino Maestro, 17 de enero de 2016.

Hermanas y hermanos míos en el Señor.

Permitidme que salude con especial afecto a Carlos, a José María y a José Antonio, seminaristas que hoy van a recibir los ministerios del Lectorado y del Acolitado en el marco de esta celebración solemne de la Eucaristía.

¡Queridos amigos todos!

¡Contad las maravillas del Señor a todas las naciones!

Así nos lo recuerdo el Salmos 95 que nos propone la Liturgia de la Palabra de este II Domingo del Tiempo Ordinario. ¡Sí! el Señor a través de su Palabra nos invita a que comuniquemos las maravillas del Señor que se hacen patente en la celebración de estos ritos sagrados y también en la generosidad de estos tres seminaristas, que después de unos años de discernimiento, han solicitado a la Iglesia recibir estos ministerios que ya les sitúan en los umbrales mismos del ministerio ordenado para el servicio del Pueblo de Dios.

Después de la Luz de los Magos de Oriente y del Bautismo del Señor en el Jordán, la gloria de Dios se nos manifiesta en las Bodas de Caná. La Iglesia, desde muy antiguo, coloca delante de nosotros estos tres cuadros a través de los cuales se lleva a cabo la manifestación del Dios hecho Hombre, Nuestro Señor Jesucristo ¡Luz de Luz y Señor de Señores! En el texto del IV Evangelio que acabamos de proclamar no solo se nos invita a las bodas de Caná de Galilea, sino que con ocasión de ellas, quiere que descubramos de forma privilegiada la relación de amor que Dios tiene con su pueblo y que queda reflejada en la profecía de Isaías. Este es el tema fundamental que se nos ofrece. Un amor de preferencia que se hace misericordia y ternura, a pesar de nuestras infidelidades y pecados.

Mis queridos sacerdotes y seminaristas ese amor se hace especialmente elocuente en nuestra llamada. No somos ni mejores ni diferentes a los demás ¡no somos ni nos sentimos superhombres! Eso sí, debemos sentirnos privilegiados por la llamada que hemos recibido, sin ningún mérito por nuestra parte, pero este sentimiento nos tiene que llevar a ser sencillos y humildes delante de Dios y de nuestros hermanos, porque hemos sido llamados para servirles.

Aquel de vosotros que no entienda esto, haría bien en marcharse, porque si no concebimos así nuestro camino seremos infelices. El ministerio ordenado no es un funcionariado eclesiástico que os capacita para reunir al Pueblo de Dios, leerle la Palabra, entregarle el misterio vivo de su presencia eucarística y administrar los bienes de la comunidad. ¡No vais a ser funcionarios! No seréis instituidos por la Iglesia, a través del ministerio del Obispo, al que quedáis vinculados sacramentalmente, para ejercer una representación teatral que a la larga os convierta en instrumentalizadores de los nobles sentimientos religiosos del pueblo santo. La Iglesia como Madre jamás podrá justificar este tipo de actuación y ruega por vosotros para que acojáis estos ministerios como un regalo que se os otorga para servicio de nuestros hermanos que viven en las diferentes comunidades de nuestra Iglesia particular, a las que seréis destinados y donde ejerceréis vuestro ministerio en unión con el Obispo y con el Presbiterio Diocesano. Entender las cosas de otra manera sería una grave equivocación, de la cual jamás podréis acusar a vuestros profesores y formadores, porque así no os lo han trasmitido.

La grandeza de nuestro ministerio, sea este el episcopal, el presbiteral, o en vuestro caso el acolitado o el lectorado, no depende de nosotros, ni de nuestras cualidades, sino del Señor a quien servimos y de la Iglesia Santa cuyos dones nos manda distribuir generosamente. Nunca os olvidéis del consejo de Señor: Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis (Mt 10, 8). Si obráis así no permitiréis que vuestro corazón, vuestro ministerio, en definitiva, toda vuestra vida quede metalizada por el dinero. Sin embargo, si nos sentimos pequeños y pobres, con el corazón agradecido por el don de la vocación al ministerio ordenado, seremos inmensamente felices y nos convertiremos delante de nuestros contemporáneos en testigos alegres y creíbles del Evangelio de Jesucristo.

Mis queridos Carlos, José María y José Antonio: Como ya he dicho, la recepción de estos ministerios, es un paso previo a la ordenación sacerdotal. Durante este intervalo de tiempo, os ruego que acrecentéis el cultivo de vuestra vida interior, de manera especial que os habituéis a ser contemplativos de la Palabra de Dios; léela cotidianamente, que sea fuente que alimente vuestra vida espiritual, que os dejéis interpelar por ella descubriendo así el querer de Dios sobre vuestra vida. En este sentido, quisiera hacer mías las palabras de aquel Padre de la Iglesia latina que ejerció el ministerio de Pedro y nos dejó hermosos escritos, me refiero a san Gregorio Magno:

Hablaré para que la espada de la Palabra de Dios, aunque sea a través de mí, llegue a traspasar el corazón del prójimo. Hablaré para que la Palabra de Dios resuene también contra mí por medio de mí [1].

¡Qué buen consejo nos da este Doctor de la Iglesia! Os invito a que junto con el estudio y la contemplación de la Palabra de Dios le dediquéis un tiempo diario, aunque sea poco, pero constante, a la lectura espiritual, de manera especial de los Padres de la Iglesia y de los demás autores espirituales cuya valía ha sido reconocida por la Iglesia. Dejaos escrutar en lo más íntimo de vuestro corazón por toda esa riqueza que la Iglesia pone a nuestro servicio.

Mis queridos seminaristas, en el texto del Evangelio aparece la madre de Jesús que observando la grave necesidad de aquellos jóvenes esposos ¡les falta el vino! se acerca a su Hijo e intercede por ellos. Estad cerca de María, con ella jamás os faltará la ayuda necesaria para ser fieles; pero recordad el consejo que Ella nos da: Haced lo que él os diga. Permitidme, para terminar, que en nombre de Jesús, el Señor, el Hijo de Santa María, os proponga cuatro prioridades para vuestro ministerio, si es que queréis seguir vuestro camino al sacerdocio, y si queréis ser fieles y felices:

 En primer lugar, no os olvidéis nunca de que es más importante nuestro estilo y modo de vida como sacerdotes, siendo coherentes con lo que significa este ministerio, que todo lo que podamos hacer como tales. A veces, detrás del ruido de nuestras muchas acciones, no queda nada, solo un puro hacer por hacer que termina vaciándonos por dentro.

 Segundo: Grabaos en el corazón que es más importante lo que Jesucristo hace en el sacerdote que lo que el sacerdote pueda hacer por sí mismo.

 En tercer lugar quisiera recordaros que ¡No somos nadie sin los otros, y menos nosotros! Por eso, no os olvidéis nunca, y vividlo ya desde ahora en el Seminario, que es más importante vivir el ejercicio de nuestro ministerio en comunión con el Presbiterio al que pertenecemos, junto con su cabeza que es el Obispo – el que sea y como sea- que entregarnos en solitario a nuestras propias pastorales.

 Finalmente – y aquí está la clave de todo lo que he dicho antes- es más importante el ministerio de la oración y el estudio y contemplación de la Palabra, que la mucha actividad pastoral, aunque sea buena y necesaria, que nos puede vaciar de nosotros mismos hasta llegar a perder nuestra ilusión y esperanza; y quizás nos lleve a perder el sentido de nuestro camino.

Quisiera finalizar mis palabras pidiendo a María, Madre de misericordia, que os haga fieles a vuestros compromisos y os convierta en apóstoles de nuevas vocaciones para el Seminario. Que vuestros amigos, niños y jóvenes, al veros llenos de alegría e ilusión, sepan descubrir que la vida sacerdotal es una realidad bien hermosa con la que podemos ser felices y útiles a nuestra sociedad, ¡y mucho más hoy que somos más necesarios!

Que San Martín de Tours, patrono de nuestra Iglesia, al cumplirse los 1700 años de su nacimiento, año jubilar para nuestra Diócesis, nos ayude a todos los aquí presentes, pastores y fieles laicos, a encarnar en nuestras vidas el espíritu de las obras de misericordia con el mismo tesón y heroísmo con las que él supo vivirlas a través de su ministerio pastoral.

¡Qué así sea!


[1] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, I,II, 5

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