Santa Misa con motivo de la Clausura del Año de la Vida Consagrada

Homilía de
Mons. D. José Leonardo Lemos Montanet
Obispo de Orense

JoseLeonardoLemosMontanet

Monasterio de Santa María la Real de Oseira. 7 de febrero de 2016.

En unión con toda la Iglesia, que en torno al papa Francisco se ha reunido estos días, del 28 de enero al 2 de febrero, para Clausurar el Año de la Vida Consagrada, también lo hacemos nosotros sintiéndonos en comunión con Pedro. Esta Iglesia particular, en este Día del Señor, se encuentra en el corazón de este monasterio para dar gracias a la Santísima Trinidad por el regalo impagable de la vida consagrada en la Diócesis de Ourense. Si hacemos una breve historia de esta Iglesia particular nos damos cuenta de que somos deudores de la obra evangelizadora realizada por la vida consagrada en nuestras tierras, tanto rurales como en las villas y en la ciudad.

Lo he podido comprobar físicamente, con motivo de mi visita pastoral a este arciprestazgo ¡cuántas hermosas iglesias de vuestro entorno todavía guardan un signo de la presencia de vuestra Orden, sus retablos, los dinteles de sus puertas, sus altares conservan todavía el escudo de esta abadía, y guardan la devoción a San Benito, a San Bernardo y a otros santos de la tradición del Cister.

En este sentido, no es de extrañar que el Santo Padre os invite a los consagrados a mirar al pasado con gratitud. Lo sabemos muy bien, procedéis de una rica historia carismática. En sus orígenes se hace presente la acción de Dios que, en su Espíritu, llama a algunas personas a seguir de cerca a Cristo, para traducir el Evangelio en una particular forma de vida, a leer con los ojos de la fe los signos de los tiempos, a responder creativamente a las necesidades de la Iglesia.

La Iglesia, en vosotros y en vuestros predecesores, desde el silencio misterioso y activo del más allá se ha esforzado por manifestarnos el misterio de solo Dios cómo nos recuerda el libro de Isaías, en medio de esa hermosa teofanía, que se hace actualmente presente en la liturgia de la Iglesia. El profeta, sorprendido en su vida cotidiana por el misterio de Dios, reconoce su indignidad, su pobreza existencial: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Señor del universo.

Pero a pesar de nuestras radicales pobrezas, y de nuestra historia personal tantas veces rota, como en el caso del profeta, nos desnudamos de nuestros criterios y nos dejamos llenar del don de Dios que como ascua divina nos purifica e impulsa y, a través de las mediaciones de la Iglesia, podemos decir con temor y temblor: Aquí estoy, mándame.

Siendo conscientes de esta historia, durante el año 2015, gracias a nuestra Delegación Episcopal de la Vida Consagrada, hemos realizado un Congreso que ha pretendido poner en valor, en la sociedad y en el mundo, vuestro estilo de vida, que ha tenido una fuerte resonancia, no solo a nivel de la Iglesia en Galicia, sino de toda la península. Son muy necesarios en la Iglesia estos encuentros para revitalizar los lazos fraternales entre los obispos, los presbíteros, los consagrados y los demás fieles laicos. Así se vive el auténtico espíritu comunitario del Pueblo de Dios que encuentra un vivo reflejo en el misterio de la Trinidad, expresión consumada de vida comunitaria de amor.

Hermanos míos: la segunda lectura de la Liturgia de la Palabra de hoy nos ofrece para nuestro estudio y contemplación, un texto de la primera carta del Apóstol Pablo a los Corintios, en él nos da la síntesis de su fe; una fe que le llevó a convertirse de un aborto en un testigo misionero. El texto que se nos ofrece pudiéramos decir que es como una versión peculiar de la antigua Shema Israel.

“Yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí:
Que Cristo murió por nuestros pecados según las escrituras;
Y que fue sepultado
Y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
Y que se apareció a Cefas
Y más tarde a los Doce;
Después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto;
Después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles;
Por último, como a un aborto, se me apareció a mí. (1Cor 15, 2-8.11)

Es necesario que acojamos esta Palabra para que nos rindamos ante la evidencia de que Dios nos llama para convertirnos en profetas y testigos de la persona y de la vida de Jesucristo. En nuestra sociedad qué difícil nos resulta aceptar esta realidad: un monje es un cristiano que se convierte en testigo vivo de Jesucristo resucitado y vivo. La posibilidad de que Dios pueda llamar a un hombre a este camino resulta desconcertante, y lo es porque nuestros contemporáneos, también algunos que se llaman a sí mismos católicos, se niegan a aceptar esta realidad. Precisamente ahí radica una de las bellezas escondidas que siembra inquietudes y desconciertos en muchos corazones cuando contemplan vuestra entrega generosa y alegre. Cuántas vocaciones frustradas o perdidas y, sin embargo, fueron y siguen siendo auténticas llamadas de Dios en su día, vocaciones que no dieron la respuesta adecuada y que a lo largo de la vida les va generando tantas situaciones delicadas, tantos traumas, que no se han solucionado en su momento. Detrás de algunas formas de clericalismo que encontramos en algunos de nuestros contemporáneos se detectan estas situaciones complejas.

Toda vocación constituye un regalo de Dios a una familia, a una comunidad cristiana, en definitiva, la vocación es un regalo que Dios hace al mundo a través de la Iglesia. Sin la comunión de la Iglesia no se entiende ninguna vocación y, mucho menos, la llamada a la vida monástica. Pero las vocaciones no surgen por generación espontánea, sino que son consecuencia de la fidelidad personal y comunitaria. Esto nos indica lo importantes que son las mediaciones a la hora de crear una auténtica cultura vocacional; sin ellas es imposible que surjan vocaciones y son imprescindibles a la hora de discernir la autenticidad de una llamada. Fijémonos bien en el texto de Isaías, su vocación se sitúa en un tiempo y en un espacio determinado: El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso… Inmediatamente se percibe el misterio y comprendió que tras aquella llamada estaba emboscado el misterio de Dios ¡era el Señor el que le llamaba!

Ponerse a la escucha del Señor es imprescindible para todo cristiano, y de manera especial para aquellos que hemos sido bendecidos con una llamada para una misión peculiar. De manera especial para los sacerdotes y para los monjes. Por eso, a lo largo de este año, la Iglesia nos ha invitado a vivir el presente con pasión, de manera especial a vosotros. La memoria agradecida del pasado tiene que impulsaros, escuchando atentamente lo que el Espíritu dice a la Iglesia de hoy, a poner en práctica de manera cada vez más profunda los aspectos constitutivos de vuestra vida monástica.

Con las mismas palabras del papa Francisco quisiera deciros que este Año de la Vida Consagrada, ha sido y seguirá siendo un acontecimiento que debería interpelaros sobre la fidelidad a la misión que se os ha confiado. Os invito a que os preguntéis: ¿Vuestras obras, vuestra presencia en esta Iglesia particular responden a lo que el Espíritu ha pedido a Benito, a Bernardo, a vuestros santos predecesores? Sé muy bien que vuestro estilo de vida es objeto de contradicción, incluso entre “los buenos”, también sé que sois muy importantes para nosotros y para el ejercicio de nuestro ministerio ordenado, porque sois como los cimientos de la vida de la misma Iglesia. Esos cimientos que no se ven y, sin embargo, sostienen todo el entramado del edificio eclesial. Seguid adelante, tenéis una finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy. Os esforzáis por tener un gran amor por nuestro pueblo; a vuestro estilo, y de acuerdo con vuestro carisma monástico sois cercanos a las penas y alegrías, así como a las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En este sentido decía san Juan Pablo II: La misma generosidad y abnegación que impulsó a vuestros fundadores deben moveros a vosotros, sus hijos espirituales, a mantener vivo su carisma que, con la misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado, siguen enriqueciéndose y adaptándose, sin perder su carácter genuino, para ponerse al servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino.

El proyecto que la Madre Iglesia os ofrece es que viváis el presente con pasión, así os convertiréis en hombres «expertos en humanidad y en comunión», «testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios». En una sociedad del enfrentamientos, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de hostilidades personales que nos pueden llevar a un fracaso colectivo, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estáis llamadas a ofrecer un modelo concreto de vida en común que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada una lleva consigo, permita vivir unas relaciones fraternas que se conviertan en expresión de vuestra fidelidad al amor.

El Evangelio de Lucas nos invita a que hagamos una sencilla experiencia de Iglesia. La escena se sitúa en las orillas del lago de Tiberíades. Jesús sube a la barca de Simón y le pidió que la apartara un poco de tierra…y acabando de hablar, dijo a Simón:

Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Pedro manifiesta la dificultades objetivas…hemos bregado toda la noche y nada…pero, por tu palabra, echaré las redes.

La obediencia de Pedro realizó un prodigio de misericordia. Ante este hecho insólito, desconcertante, se llenó de estupor…. Y se echó a los pies del Maestro y le dice: Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador…No temas; desde ahora serás pescador de hombres….lo dejaron todo y le siguieron

Santa Teresa de Jesús, esta gran mujer, maestra de santos, con sus sufrimientos, incomprensiones, denuncias, procesos inquisitoriales, incluso por parte de la misma jerarquía de la Iglesia, luchó por amor hasta el final. Las crónicas nos cuenta que sus últimas palabras fueron ¡es tiempo de caminar!

Sois como el grano de mostaza, en medio del mundo, con vuestra vida monástica vivida fielmente, os convertiréis en ese árbol frondoso en donde los pájaros del cielo, es decir, en donde todo tipo almas, en especial las más rotas, encuentren un oasis de misericordia al sentirse impactadas por vuestra vida pobre, silenciosa, casta y humilde al servicio del Reino.

La vida contemplativa ha ocupado y seguirá ocupando un puesto de honor en la Iglesia. Dedicada a la plegaria y al silencio, a la adoración y a la penitencia desde el claustro, vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3). Esa vida consagrada es el desarrollo y tiene su fundamento en el don recibido en el bautismo. Esa vida nueva ha fructificado en vosotros en el seguimiento radical de Jesucristo a través de la virginidad, la obediencia y la pobreza, que es el fundamento de la vida contemplativa. Él es el centro de vuestra vida, la razón de vuestra existencia. La experiencia del claustro hace todavía más absoluto este seguimiento hasta identificar la vida religiosa con Cristo: Nuestra vida es Cristo; hacemos nuestras las exhortaciones de San Pablo (cf. Col 3, 3). Este ensimismamiento de la religiosa, del religioso y del monje con Cristo constituye el centro de la vida consagrada y el sello que la identifica como contemplativa.

La Iglesia sabe bien que vuestra vida silenciosa y apartada, en la soledad del claustro, es fermento de renovación y de presencia del Espíritu de Cristo en el mundo. Por eso decía el Concilio que los institutos contemplativos mantienen un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo… Ofrecen, en efecto, a Dios un eximio sacrificio de alabanzas, ilustran al Pueblo de Dios con ubérrimos frutos de santidad, lo mueven con su ejemplo y lo dilatan con misteriosa fecundidad apostólica. Así son el honor de la Iglesia y hontanar de gracias celestes (Vaticano II, Perfectae Caritatis, 7).

Esa fecundidad apostólica de vuestra vida procede de la gracia de Cristo, que asume e integra vuestra oblación total en el claustro. El Señor que os eligió, al identificaros con su misterio pascual, os une a sí mismo en la obra santificadora del mundo. Como sarmientos injertados en Cristo, podéis dar mucho fruto (Cfr. Io. 15, 5) desde la admirable y misteriosa realidad de la comunión de los santos.

Esa ha de ser la perspectiva de fe y gozo eclesial de cada día y obra vuestra. De vuestra oración y vigilias, de vuestra alabanza en el oficio divino, de vuestra vida en la celda o en el trabajo, de vuestras mortificaciones prescritas por las reglas o voluntarias, de vuestra enfermedad o sufrimientos, uniendo todo al Sacrificio de Cristo. Por El, con El y en El, seréis ofrenda de alabanza y de santificación del mundo.

Para que no tengáis ninguna duda a este respecto, la Iglesia, en el nombre mismo de Cristo, tomó posesión un día de toda vuestra capacidad de vivir y de amar. Era vuestra profesión monástica. ¡Renovadla a menudo! Y, a ejemplo de los santos, consagraros, inmolaros cada vez más, sin pretender siquiera saber cómo utiliza Dios vuestra colaboración.

Os confío al regazo de esta Madre de Dios que es Madre nuestra a la que desde siglos se la ha venerado en este monasterio, para que ella os guarde y, sobre todo os cobije bajo su manto de misericordia.

«Sólo Dios basta»

¡Amén!

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