Santa Misa en la Solemnidad de san Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia

Homilía del
Card. BENIAMINO STELLA
Prefecto de la Congregación para el Clero

stella10052016_misa

Basílica de San Juan de Ávila, Montilla
Martes 10 de mayo de 2016

 

Querido D. Demetrio, pastor de esta Iglesia particular de Córdoba; queridos sacerdotes:

¡Qué alentadoras son las palabras de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, sobre todo cuando sufrimos, nos sentimos solos o inútiles! “Vosotros sois la luz de mundo. Vosotros sois la sal de la tierra”. Con estas pocas palabras, Jesús nos recuerda dos ideas, dos realidades, muy importantes para la vida de cualquier persona: primera: hay alguien que cuenta con nosotros; segunda: hay alguien que necesita de nosotros.

Frente a esa sensación de inutilidad que a veces nos invade, cuando parece que nadie nos hace caso y que nuestro servicio no es valorado, cuando nos sentimos incapaces de vencer tentaciones y pecados, Jesús nos recuerda que Dios cuenta con nosotros, cuenta contigo y conmigo. Seamos mayores o jóvenes, enfermos o sanos,  alegres o tristes, estemos más o menos cerca de Él, cuenta con nosotros.

Cada día, cuando despertamos, cuando abrimos el corazón a Dios en la oración, cuando salimos de casa o de la parroquia, cuando comenzamos un trabajo, tendríamos que renovar esta convicción: Dios cuenta conmigo. Dios espera mucho de mí. Esta convicción me llena cada día de humilde gratitud.

Hay alguien que cuenta con nosotros: Dios. Y hay alguien que necesita de nosotros: hay mundos oscuros que iluminar y tierras sosas a las que dar sabor. Aunque parezca lo contrario, nuestra sociedad nos necesita, necesita a los sacerdotes, porque necesita a Dios, el único que puede saciar el hambre de felicidad, de justicia, de paz, de amor que siente, en mayor o menor medida, cada persona con la que nos encontramos. Así lo explica nuestro querido Santo Padre:

Son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza». En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás (EG 86).

La llamada y el envío de Jesús se dirigen a cada persona y, sobre todo, a la comunidad cristiana: Dice “vosotros sois”. No “Tú eres”. De nosotros, pastores, depende mucho que nuestras comunidades sean realmente comunidades evangelizadoras, tal como lo explica el Papa Francisco, en su Exhortación apostólica “La alegría del Evangelio” (cf. n. 24):

La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan.

«Primerear». La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos.

Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz.

Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico.

Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados.

Por último, la comunidad evangelizadora, gozosa siempre, sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso a entregarse.

El Evangelio que hemos proclamado nos enseña, además, que en la misión es más importante el ser que el hacer. Vosotros sois, dice Jesús. No quiero decir con esto que debamos descuidar las tareas y hacerlas sin un mínimo de programación, reflexión y evaluación. Sí quiero subrayar que lo más importante para la misión es la persona: la persona del cura, la persona del laico, la persona del religioso o religiosa, la persona del cristiano que, a través de la fe, se ha dejado iluminar y transformar por el Espíritu de Dios. Así lo explica el Papa Francisco:

Con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! […] Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. (Ángelus del 9 de febrero de 2014).

Esta tarea evangelizadora produce una gran alegría, en los evangelizadores y en los evangelizados. Nos lo recuerda la primera lectura: “Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor”. Quizá la falta de ardor misionero sea, a la vez, causa y consecuencia de la escasa alegría que a veces las comunidades cristianas y los sacerdotes transmitimos. ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! (EG 81).

Finalmente, destaco una idea que aparece tanto en la primera lectura como en el Evangelio. El libro de los Hechos dice que los gentiles alababan la palabra de Señor. Y el Evangelio: den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. La razón final de la tarea evangelizada no es darnos gloria o que la gente nos alabe. El objetivo de nuestra misión es que las personas –cuantas más, mejor– conozcan, amen, sigan y alaben al Señor. Nosotros somos pastores, nada menos y nada más. Pero Pastor (con mayúscula) sólo hay uno: Jesucristo. Las ovejas son suyas y sólo él puede darles los cuidados, la guía, el alimento y la compañía que precisan; la salvación que desean.

Hermanos sacerdotes: Tenéis (tenemos) un gran ejemplo e intercesor para seguir recorriendo este camino: San Juan de Ávila. Sus palabras y, sobre todo, su vida nos animan a ser sal de la tierra y luz del mundo, a transmitir la alegría del Evangelio.  San Juan de Ávila nos recuerda que ha de arder en el corazón del eclesiástico un fuego de amor de Dios y celo de almas (Plática 7ª). Reavivemos este ardor, que no nos deja encerrarnos en nuestros intereses egoístas y demos gracias a Dios, nuestro Señor, que ha querido tomarnos como ayudadores (Sermón 81) en su misión y hagamos nuestro su deseo de acoger y de anunciar a Cristo: ¡Quién pudiese tener mil millones de lenguas para pregonar por todas partes quién es Jesucristo! (Carta 207).

Santa María, madre de los sacerdotes, acompáñanos y guíanos en esta hermosa tarea.

 

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