Misa de Acción de Gracias por el Ministerio episcopal en la Diócesis de Jaén

Homilía de
Mons. D. RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ
Administrador Apostólico de Jaén

hoyo22052016

S.I. Catedral de la Asunción de María, Jaén
Domingo 22 de mayo de 2016

1. Agradezco la presencia de mis hermanos en el Episcopado, Excmo. Sr. Arzobispo Metropolitano de Granada, D. Javier Martínez Fernández, Obispo de Guadix, D. Ginés García Beltrán y del Obispo Emérito de Cádiz y Ceuta, D. Antonio Ceballos Atienza. Muchas gracias por vuestra cercanía.

Queridos amigos y hermanos sacerdotes, desde el Ilmo. Sr. Vicario General y Deán de la Catedral hasta el último de los ordenados. Queridos fieles Consagrados, miembros del Opus Dei, Rector, Formadores y Seminaristas. Delegaciones diocesanas, asociaciones y movimientos, Cáritas diocesana y Manos Unidas. Agrupaciones de Cofradías y Hermandades.

Gracias, por su presencia, a las autoridades civiles, militares, judiciales, universitarias y representaciones de otros colectivos, a nivel local, provincial, regional y nacional. Sinceramente les estoy muy agradecido a todos Uds.

A mis hermanas y sobrinos. Gracias por vuestra compañía de siempre.

A las personas privadas de libertad en el Centro Penitenciario de Jaén, a su Director y Capellanes, a los niños, adolescentes y jóvenes de todas las Diócesis, a las personas mayores y enfermas, a quienes sufren y están solos, sin trabajo, sin famila… mi saludo especial como predilectos del Señor.

A Onda Jaén TV, y demás medios de comunicación.

A la Coral Cantoría y Escolanía de la Catedral.

A cuantos han intervenido en la preparación de esta celebración: Gracias.

Queridos fieles todos:

2. Estoy verdaderamente sorprendido y hasta emocionado por tanta generosidad inmerecida, en este acto y en otros recientes, con ocasión de mi despedida.

Sólo deseo dar gracias a Dios, por haber alcanzado esta meta, después del recorrido de mis últimos veinte años como Obispo. Comencé en Cuenca en la tarde del 15 de Septiembre de 1996, Fiesta de la Virgen de las Angustias, y terminaré, si Dios quiere, el próximo sábado, día 28, víspera del día grande del Corpus, cuando a mi sucesor en esta Iglesia de Jaén, D. Amadeo Rodríguez Magro, se le entregue el báculo de Pastor y se siente en la Cátedra episcopal. Todos estos años han transcurrido para mí entre una fiesta de la Santísima Virgen y la Eucaristía, dos hitos que me han acompañado siempre.

Mi interior rebosa de agradecimiento en estos momentos, y también de profunda de alegría ante Dios, al lado de cuantos, durante los últimos once años, hemos caminado juntos por estas queridas tierras de Jaén.

Llegué hasta aquí “en el nombre del Señor”, y me voy también a su lado, junto a Él, cumplida la misión que la Iglesia puso en mis pobres manos. Recibí el testigo de mi predecesor, D. Santiago García Aracil y lo entregaré a D. Amadeo el próximo día 28. Son eslabones de la cadena ininterrumpida que llamamos “sucesión apostólica”, que, en Jaén se remonta hasta uno de los siete varones apostólicos, San Eufrasio, Padre de esta Iglesia.

Puedo asegurarles que he querido a todos, que he rezado por todos, y que seguiré haciéndolo. He intentado manifestar, cuanto he pedido en mi vida y ministerio episcopal, la paternidad de Dios, su bondad, misericordia, solicitud, dulzura y autoridad moral “en nombre de Cristo”, que vino a dar su vida por nosotros y hacer una sola familia. Si he logrado algo, sólo Él lo sabe, pero mi intento ha sido sincero y constante. No me ha importado menguar para que Él creciera, ni me importa pedir perdón por mis limitaciones y lagunas en este recorrido, como es propio de todos los humanos.

He tenido la oportunidad de hacerme presente en todas y cada una de las parroquias de la Diócesis, en no pocas bastantes veces, aunque fueran muy pequeñas. Nunca podré agradecer bastante su cercanía. He podido comprobar, con gozo, las profundas raíces cristianas que caracterizan a tantos y tantos hombres y mujeres de estas tierras, además de la hondura de otras muchas virtudes humanas y cristianas, que afloran y se captan de inmediato, en sus buenas gentes.

3. Les decía hace pocas fechas, en una Carta Pastoral, que “el servidor del Evangelio sabe, desde el principio de su ministerio, que no tiene lugar permanente… y que llega el tiempo de apartarse del trabajo encomendado, para aceptar tareas más acordes con su edad avanzada… Que lo que importa es, como lámparas encendidas, iluminar siempre, aunque sea desde un pequeño rincón”.

Remontándome a la tarde en la que el Señor Nuncio de Su Santidad Monseñor Lajos Kada, a quien siempre recordaré, me consagró Obispo, cuando quedé, en aquella noche, solo ante el Sagrario, me asustó un tanto pensar en los veinte años que se abrían por delante en mi ministerio episcopal. Me puse en sus manos una vez más, y pensé, ¡si así lo quieres Señor, caminaré hasta el final en su nombre, día a día!. Mi súplica está a punto de cumplirse.

De una cosa estoy seguro: de que sin la ayuda de los sacerdotes, consagrados y tantísimos fieles colaboradores, en todos los campos de la pastoral, mi ministerio no sería apenas nada. En estos últimos once años, en Jaén, hemos intentado seguir juntos al Buen Pastor, Jesucristo, en todas nuestras tareas y programas. He podido comprobar, de forma muy palpable, su voz y sus pasos. Él ha ido siempre por delante. ¡Bendito sea el Señor!

4. En estas Vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, a la luz de las lecturas proclamadas, les invito a reflexionar juntos, brevemente, sobre sus contenidos:

Se nos propone y recuerda que nuestro Dios no es un ser abstracto, inalcanzable, frío, sumamente lejano… No es así. Dios tiene un nombre: es amor y misericordia. Nos acompaña y hasta habita en nuestro interior.

Dios es: el amor del Padre, que está en el origen de cada vida; es el amor del Hijo, que muere en la cruz y resucitó para nuestra salvación; es el amor del Espíritu Santo, que renueva y regenera a la humanidad, y a toda la creación, continuamente.

El misterio de la Santísima Trinidad es el rostro con el que Dios mismo se nos revela, sobre todo, a través de Jesucristo, icono perfecto del Dios misericordioso, que camina a nuestro lado, que nos alimenta con su Palabra y Sacramentos, nos ama y nos guía por medio de su Espíritu.

Como hemos escuchado en el Salmo, Él mismo se define, como un Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”.

El apóstol San Pablo, en su segunda carta a los Corintios, se refiere a Él, como “el Dios del amor y de la paz”. Fue Jesucristo mismo quien reveló a Nicodemo esta importante verdad, que hacemos nuestra: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él”. Nos envió a su Hijo, Jesucristo, a este mundo para darnos vida sobrenatural y salvarnos. No para condenar, sino para levantar al caído y recuperar a la oveja perdida.

Toda nuestra vida de creyentes cristianos está impregnada de este misterio del Dios Uno y Trino. Bien pronto en nuestras familias, parroquias, colegios… nos enseñaron a invocar y a santiguarnos en el nombre de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En el nombre de la Santísima Trinidad fuimos bautizados. Así lo proclamamos en el Credo y en el Gloria, durante las celebraciones litúrgicas, y en otros momentos, más privados, de nuestra vida.

En un mundo como el nuestro que parece otorgar protagonismo a quienes se declaran agnósticos o ateos, les invito a profesar nuestra fe con naturalidad y hasta con valentía, sin herir, ni humillar, a nadie, pero tampoco avergonzándonos, ni escondiendo nuestro mayor tesoro: ser creyentes.

Sin embargo, sabemos también, que esa fe ha de traducirse en hechos y obras, que reflejen el amor de Dios hacia nosotros mismos. Nuestra vocación, como discípulos de Jesucristo, es ser misericordiosos con todos como nos recuerda y anima el Papa Francisco, especialmente durante este año jubilar extraordinario que estamos celebrando.

5. Para finalizar mis palabras, quisiera invitarles, en esta liturgia, a tener un recuerdo especial por quienes en nuestra Iglesia han sido llamados a la vida contemplativa: los monjes y las monjas, vírgenes y eremitas, quienes ofrecen a la comunidad cristiana y al mundo entero un anuncio silencioso y, a la vez elocuente, del amor misericordioso de Dios. Es hoy y mañana la jornada “pro orantibus” que celebramos en esta Fiesta todos los años.

Los diecinueve monasterios en la Diócesis de Jaén son verdaderos oasis de misericordia en medio de muchos desiertos humanos. Su ofrenda, continuada y sin reservas, nos ayuda a todos. Por eso nuestro agradecimiento y apoyo, haciéndoles muy presentes en esta celebración.

6. Un gran contemplativo, que pisó estas tierras y vino a morir al Monasterio de Carmelitas Descalzos de en la Ciudad de Úbeda, San Juan de la Cruz, escribió que “el mirar de Dios es amor”.

Que esa mirada, siempre compasiva y misericordiosa del Señor, nos penetre y estimule con su amor. Al fin y al cabo, todos seremos examinados, en el último día, sobre “si hemos amado o no”.

Una cosa me atrevo a pedirles: que acojan con todo su apoyo a mis Sucesor, D. Amadeo, como nuevo Pastor, enviado por el Señor a esta Iglesia.

Por mi parte, tengo el propósito firme, de seguir amándoles a todos desde mi unión con Dios y cercanía a Nuestra Madre del Cielo, la Virgen María. Desde la distancia, pero siempre, caminaré junto a las buenas gentes de Jaén y a su Iglesia. Puedo asegurárselo. Adiós, amigos y recen también por mí. Muchas gracias.

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