Santa Misa con el Rito de la Ordenación episcopal de D. Luis Javier Argüello García

Homilía del
Card. D. RICARDO BLÁZQUEZ PÉREZ
Arzobispo metropolitano de Valladolid

blazquez03062016

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción
Viernes 3 de junio de 2016

En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuya devoción ha echado raíces profundas en nuestra Diócesis a partir de la experiencia singular del beato Bernardo de Hoyos, recibes, querido hermano Luis, la ordenación episcopal. La Iglesia de Valladolid, acompañada por numerosos hermanos en la fe de otros lugares, participa hoy en tu ordenación episcopal que considera como un regalo del Sagrado Corazón. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

La gracia del ministerio episcopal

En esta asamblea multitudinaria, con la presencia de un grupo amplio de Obispos –entre los cuales Mons. Renzo Fratini Nuncio del Papa en nuestras Diócesis de España, a través del cual le expresamos nuestro vínculo de comunión como Iglesia en Valladolid-, que agradezco cordialmente, y con la participación de numerosos presbíteros y diáconos celebramos solemnemente en la catedral la ordenación del Obispo Auxiliar. Agradezco la atención del Papa, que respondió con pronta solicitud a la petición de colaboración de un obispo, dadas las circunstancias de mi ministerio episcopal en Valladolid, que estimo como mi primer encargo pastoral. Querido amigo Luis, participamos desde ahora como hermanos en el ministerio episcopal para el servicio pastoral de nuestra amada Diócesis.

Por la ordenación episcopal con la unción del Espíritu Santo, recibes la autoridad para actuar en la Iglesia en nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Pastor Bueno. En virtud del sacramento del episcopado recibes la misión de anunciar el Evangelio, celebrar los Sacramentos, animar la Caridad y presidir la Iglesia con dedicación sacrificada y misericordia entrañable.

Por la ordenación episcopal entras en la sucesión apostólica para custodiar la tradición apostólica, mantener la fidelidad a lo que el Señor nos ha transmitido a través de los Apóstoles, y la Iglesia ha recibido como herencia preciosa. Formarás parte del Colegio Episcopal, presidido por el Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, para unificar la Diócesis confiada en comunión y misión; para participar con afecto colegial en la solicitud por todas las Iglesias dentro de la Comunión Católica. La imposición de manos de los Obispos concelebrantes y el abrazo de paz que intercambiaremos todos significa esta unión en el ministerio al servicio de la Iglesia y cuidado de las personas, particularmente de los necesitados.

Apacentarás la grey, que es la Iglesia, con la autoridad del Señor, Hijo de Dios que se hizo Siervo de todos. La autoridad ministerial es en sí misma servicio (cf.Lumen Gentium 18 y24). Como hemos escuchado en la Bula apostólica de tu nombramiento, seguirás «los ejemplos luminosos de Cristo, Maestro divino, que “no vino a ser servido sino a servir” (Mt. 20,28)». Que la autoridad recibida por nosotros en la ordenación no degenere en poder mundano y menos aún en poder ejercido autoritariamente, sin respetar las personas que, además, son hijos de Dios y hermanos por el bautismo. Debe manifestarse en el ejercicio de nuestro ministerio el estilo de Jesús, que estuvo en medio de los suyos como el que sirve (cf. Lc. 22,27). Jesucristo, que nos ha llamado, consagrado y enviado, es el Señor y Maestro lavando los pies a los demás (cf. Jn. 13, 12-16).

Querido, hermano Luis, gasta tu vida con sencillez y dedicación apostólica, con obediencia y gratitud a Dios, con misericordia humilde para con los pecadores, los necesitados y los excluidos. Si Jesús está presente en medio de nosotros para siempre, si la Eucaristía es como el corazón de la Iglesia y si los pobres ocupan el centro del Evangelio, ese es nuestro hábitat y desde ahí queremos evangelizar. Participamos diariamente de la cruz y del gozo del Señor.

Pastor “según el Corazón de Cristo”

¿Qué significa ser sacerdote, ser obispo, según el corazón de Cristo? Las lecturas propuestas por la Iglesia, que han sido proclamadas y hemos escuchado con la atención de la fe, responden concretamente a esa pregunta. La imagen del pastor diseña desde el Antiguo Testamento la promesa del Buen Pastor, con que se identifica Jesús, para apacentar debidamente a su pueblo. Jesús es el Buen Pastor y nosotros seguimos las huellas del mayoral de los pastores (cf. 1 Ped. 5,4). Él es el Pastor supremo; y sus ministros estamos unidos a Él, participando de su autoridad y de sus actitudes. Necesitamos ser apacentados por el único Buen Pastor, y nuestra misión consiste en apacentar unidos a Él. “Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo”. Que en nuestro ministerio se muestren la misericordia y la cordialidad del Buen Pastor Jesucristo.

San Agustín en el famoso sermón 46 sobre los pastores, en que comienza afirmando que nosotros somos al mismo tiempo cristianos y obispos, desarrolla qué significa apacentar según el Corazón de Jesús y qué proceder le es contrario. En otro lugar afirma, con su genial penetración, que hemos recibido un amoris officium (Tratados sobre el Evangelio de San Juan. 12,5). Así resume el diálogo mantenido entre Jesús resucitado y Pedro junto al lago de Tiberiades después de haber compartido el almuerzo pascual. “Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dice: “apacienta mis ovejas” (cf. Jn. 21, 15-17). San Agustín subraya: “Apaciéntalas como mías no como tuyas”. El oficio de pastor supone el amor profesado por Pedro a Jesús. Las tres preguntas de Jesús recuerdan a Pedro las tres negaciones, cuando en la pasión Pedro insistentemente se distanció de Jesús: “No lo conozco”. “No sé de quién me hablas”. Pero Jesús no cortó la amistad con Pedro; en las idas y venidas por el Pretorio Jesús miró compasivamente a Pedro y éste rompió a llorar amargamente (cf. Lc. 22, 56-62). Le mantuvo la promesa de confirmar la fe de los hermanos, una vez convertido (cf. Lc. 22,32). Nuestro sí a Jesús debe ser consciente de nuestra fragilidad; apoyados en el Señor, podemos responder: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. En una ocasión alguien preguntó al Papa Francisco: ¿Quién es el Papa? ¿Cuál es su currículum? Y esta fue la respuesta: “Soy un pecador, de quien el Señor ha tenido misericordia”.

La palabra corazón designa en la Sagrada Escritura el centro de la persona y es símbolo del amor. Dios es Padre, Dios nos ama, Dios tiene corazón; y en el corazón de su Hijo, hecho hombre y crucificado por nosotros, se ha manifestado el amor sin medida que nos tiene (cf. Jn. 13, 1). “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. “Este amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. El amor palpitante del corazón de Jesucristo ha regenerado por el amor nuestros corazones.

La imagen del pastor, presente en el Antiguo Testamente y a través de la cual describe Jesús su misión de Buen Pastor, es muy elocuente, como muestran las lecturas que hemos escuchado, uniendo en feliz coincidencia la fiesta del Sagrado Corazón y la ordenación episcopal de D. Luis.

Queridos hermanos y hermanas, hemos sido buscados por Dios, porque no deja de amarnos, también cuando huimos y estamos perdidos. Nos ha rescatado y convertido en sus amigos. Cada uno hemos sido cargado sobre sus hombros y nos ha congregado en su rebaño. El Buen Pastor, todo pastor tallado según el Corazón de Jesucristo, sale a buscar a las ovejas perdidas; es un discípulo-misionero que no se conforma con los ya presentes en la comunidad cristiana.

El pastor bueno cuida el rebaño, lo defiende, lo apacienta. El pastor, animado por la misericordia del Corazón de Jesús, “buscará la oveja perdida, recogerá a la descarriada; vendará a las heridas; fortalecerá a las enfermas” (Ez. 34,16). La misión se alimenta del amor apostólico. No puede estar contento el pastor si hay ovejas perdidas, dispersas y desorientadas. El obispo, presbítero y diácono, como ministros de la Iglesia, se deben enteramente al Buen Pastor y a su rebaño. Necesitamos ser apacentados por Jesús para poder apacentar las ovejas que se nos confían.

El buen pastor sufre cuando se pierden las ovejas y se alegra cuando las encuentra de nuevo. Sin el amor pastoral, que es como el alma de todo pastor (cf.Presbyterorum órdinis 13- 14), sería indiferente tanto a los alejados como a los cercanos. El amor de Dios, derramado en los corazones por el Espíritu Santo, es fuente y garantía de todo buen pastor.

Hermanos y hermanas: ¡Qué María nos enseñe a mirar compasivamente a las personas para descubrir sus indigencias y hacernos eco de ellas ante Jesús! (cf. Jn. 2,3). Que así sea.

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