Santa Misa con motivo del XXV aniversario de la Provincia Eclesiástica de Madrid

Homilía de
Mons. D. CARLOS OSORO SIERRA
Arzobispo metropolitano de Madrid

osoro03062016

Cerro de los Ángeles, 3 de junio de 2016
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Sr. Cardenal;
Sr. Obispo de Getafe;
Sr. Obispo auxiliar de Getafe;
Sr. Obispo de Alcalá de Henares;
Sr. Obispo auxiliar de Madrid;
Vicarios generales y vicarios episcopales;
Rectores de nuestros seminarios;
Queridos hermanos sacerdotes;
Queridos miembros de la vida consagrada;
Madres Carmelitas.

Queridos hermanos y hermanas todos en Jesucristo Nuestro Señor:

En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús quiero deciros ya desde el inicio de mis palabras con toda verdad que el corazón de Nuestro Señor Jesucristo se estremece con pasión y misericordia entre los hombres. La Iglesia en esta fiesta nos presenta el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso que nos muestra la pasión inmensa de Dios por el hombre, que no se rinde ante la ingratitud ni siquiera ante el rechazo, su único deseo es restituir la dignidad del hombre. Un corazón que abraza, que acoge, que se presta a perdonar y a curar. Él mismo nos lo dice: no he venido para los sanos que no necesitan médico sino para los enfermos. Todos los hombres necesitamos no solo sentir el latido de nuestro corazón, tenemos necesidad de sentir y acoger el latido del corazón de Jesús. Tenemos necesidad de realizar un trasplante de corazón y poner en el nuestro las medidas del corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

El Señor ha querido reunirnos hoy en esta fiesta del Sagrado Corazón para celebrar los 25 años de existencia de esta Provincia Eclesiástica que quiere promover esa acción pastoral común, según las circunstancias y las personas y situaciones, para que se fomenten relaciones de fraternidad entre obispos y miembros de las Iglesias particulares; para que todos sintamos la necesidad de tener este corazón del Señor y promover el modo y la manera en que todos los hombres de nuestra Provincia Eclesiástica sientan cómo se derrama el amor del Señor sobre todos nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, si tuviésemos que resumir esta noche lo que el Señor nos ha dicho en una palabra o en unas palabras, os diría esto: «Yo os busco y os cuido. Vivid con y de mi amor. Además os regalo una estrategia para vivir como misioneros-discípulos míos».

«Hermanos yo os busco y os cuido», lo acabamos de escuchar, a través del profeta Ezequiel. «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré». Esta experiencia se hace verdad en todos nosotros esta noche. Nunca sabremos de verdad cómo es el corazón de Cristo y no entenderemos la alegría de vivir su misericordia si no hacemos ese trasplante que nos invita a hacer el Señor. Es el mensaje más contundente y verdadero, el que más necesita el ser humano, el que puede cambiar la dirección de esta humanidad.

Os habéis dado cuenta de algo que es importante y fundamental: cómo nos gusta condenar; ¿por qué nos costará tanto salvar?, ¿qué es lo que nos pide el Señor y se acerca con su corazón? El Señor nos lo ha dicho: «No he venido a condenar a los hombres, he venido a salvarlos». Basta con recordar por un instante encuentros diversos que el Señor tuvo y que nos narran de formas diversas en el Evangelio.

Sí hermanos, cómo salva la vida el Señor, cómo la salva y cómo nos pide que acojamos su corazón, que le tengamos en nuestra vida. Y por eso se hace verdad aquí las palabras que nos ha dicho a través del profeta Ezequiel: Él nos ha buscado, nos cuida. Él quiere que abramos nuestra vida a su vida. Él quiere y desea que abramos de tal manera nuestro corazón que entre su amor en él y que sea de este amor del que nos alimentemos; que se haga verdad lo que nos ha dicho el Señor: «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar» y haré posible que, sobre toda la tierra, crezca lo que hace un instante nos decía el salmo que hemos cantado, «crezcan las verdes praderas, se produzcan fuentes tranquilas que reparen las fuerzas de los hombres». Y esto es lo que el Señor nos dice hoy: «Os busco y os cuido para esto. Os busco y os cuido para guiaros, para que caminéis por cañadas que dan luz, que tienen luz, salgáis de las oscuras, hagáis salir a los hombres de las mismas. No temáis porque yo voy con vosotros».

En segundo lugar, el Señor nos ha dicho no solamente os busco y os cuido, os pido que viváis con y de mi amor. Lo habéis escuchado queridos hermanos, en la segunda lectura que hemos proclamado del apóstol Pablo a los Romanos. Nos dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones; estamos, si queremos, llenos de ese amor.

Nuestro Señor Jesucristo nos muestra su corazón y nos manifiesta y revela que jamás, jamás, se cansa de perdonar. ¿No os dais cuenta de que somos nosotros los que nos cansamos de pedirle al Señor que nos perdone?, ¿no os dais cuenta de que somos nosotros los que nos cansamos de abrir nuestro corazón para que entre ese amor que Él nos regala gratuitamente?

El cansancio viene de nosotros. Él nunca se cansa. Nunca. Siempre está dispuesto a perdonarnos, a curarnos. Para entender cómo es el corazón de Cristo y para entender la necesidad que tenemos los hombres de tener un corazón como el de Él, a mí siempre me impresionaron unas palabras el Primer Libro de los Reyes, cuando Dios le propone a Salomón que le pida lo que quiera, que Él se lo va a dar. El sabio Salomón responde:«Concede a tu siervo un corazón que entienda».

Queridos hermanos, el secreto de tener un corazón que entienda, es tener un corazón a semejanza de Dios como el de Cristo, y Él nos lo da, nos lo regala. Escuchar a Dios, escuchar a los demás que son imagen y semejanza de Dios, es lo que hizo el Señor mientras estuvo con nosotros en este mundo. Pasó por la vida mirando y escuchando, comprendiendo y queriendo, regalando su cercanía y mostrando su misericordia. Y Él desea que nosotros tengamos ese corazón suyo para hacer lo mismo, para escuchar, para regalar su misericordia. Regalarla, sí, comprender, querer.

Por otra parte, yo percibo que así como los padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, entiendo que hoy sigue siendo el mayor pecado de la humanidad que se ha convertido en una aldea donde todos estamos enterados de todo lo que les pasa a los hombres, en cualquier lugar del mundo. Pero tenemos una insensibilidad en el corazón para mostrar lo que el Señor nos muestra, nos mira, nos escucha, nos comprende, nos quiere…

Vivamos con y desde el amor del Señor, tal y como hace un instante escuchábamos al apóstol Pablo cuando nos decía esas palabras que suenan tan bien en nuestra vida: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones».

Y en tercer lugar, no solamente el Señor nos busca y nos cuida, no solamente nos invita a vivir con y desde su amor, el Señor ciertamente nos hace un regalo y nos da una estrategia para vivir como discípulos misioneros. Sí, una estrategia que acabamos de escuchar en el Evangelio que hemos proclamado. ¿Quién de vosotros, que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja a las 99 en el desierto y va tras la descarriada hasta que la encuentra? Es una estrategia. Hay muchos hombres hoy que desconocen al Señor, y no están lejos, están cerca de nosotros; o tienen una noticia falsa de un Dios en el que nosotros creemos y sentimos en este instante también su cercanía y su misericordia. ¿Cómo no acoger este regalo y esta estrategia para vivir como discípulos misioneros?

Vivimos en un mundo que nos acostumbra cada vez menos a reconocer nuestras responsabilidades y a que nos hagamos cargo de las mismas. Nunca entremos en ese juego que no es evangélico, ese de que los que se equivocan siempre los demás, los culpables son siempre los otros y nunca nosotros. No entremos en ese juego. Cuando lo hacemos, consagramos nuestra vida a hacer fronteras y muros, a regularizar las vidas de los demás y a ir poniendo requisitos y prohibiciones. Nos ponemos en esa actitud de siempre, dispuestos a condenar y a no a coger. ¿Por qué no entramos por el camino de disponer nuestras vidas para inclinarnos con compasión hacia las miserias de la humanidad? Y la más grande es desconocer al Dios verdadero, es desconocer el corazón mismo de Cristo. Esta es una gran miseria.

Qué diferencia más abismal entre los perdones que damos los hombres, que a veces son por decreto, y el perdón que da Dios, dándonos siempre una caricia. Acaricia nuestras heridas, acaricia nuestra vida, nuestras heridas por muy hondas y sangrantes que sean.

Hagamos esta estrategia, seamos discípulos misioneros, vayamos donde sepamos que hay –y a veces está muy cerca de nosotros– gentes que no conocen, que desconocen el amor de Dios. Necesitamos, como veis, hacer un trasplante de corazón; urge que nos dejemos hacer el corazón por Jesucristo, pues Él hace verdad real en nuestra vida lo que tan bellamente describe el profeta Ezequiel: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne».

Estos 25 años de nuestra Provincia Eclesiástica de vida, celebrados en esta fiesta del Sagrado Corazón, nos invitan a convertirnos a Cristo, a recibir un corazón de carne, sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás Y a responder siempre a situaciones en las que viven los hombres, en las que están, no en las que nos gustaría que estuviesen a nosotros, sino en las que están. Como lo hace el Señor, con un corazón lleno de misericordia. El Dios que se hizo hombre para darnos su corazón y para despertar en nosotros el amor a todos los hombres con un interés especial por los más descartados, por los que más sufren, los más necesitados, los que han sido robados en su dignidad…

Este Dios, una vez más, se hace presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía, con su corazón para dárnoslo a nosotros. Acojámoslo. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.

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