Santa Misa de Ordenación episcopal

Alocución de
Mons. D.
LUIS JAVIER ARGÜELLO PÉREZ
Obispo titular de Ipagro y auxiliar de Valladolid

arguello03062016

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción
Viernes 3 de junio de 2016

Una nueva oportunidad, una segunda oportunidad

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos permite ser testigos de este acontecimiento eclesial y de fe.

Veni, lumen cordium.

Bendito sea Dios que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino del Hijo de su amor, a su luz admirable.

Veni, lumen cordium. La luz y su misterio en el fondo mismo de lo que existe. La luz interior, luz del corazón que desarrolla la comunión y es fuente de adhesión al Misterio.

“De tu Corazón, Señor, correrán ríos de agua viva”, decías y te refirías al Espíritu. Ríos de agua viva, luminosos como el cristal. Ven, luz que traspasas las almas, Ven agua viva.

Veni, lumen cordium. De tu Corazón a mi corazón, para ser cauce de tu luz, que es vida, sangre y agua, verdad y amor. Verdad en el amor, amor en la verdad.

Veni, lumen cordium, que unido a Pedro, (gracias Sr. Nuncio por su presencia, renueve ante el Papa Francisco mi comunión y mi agradecimiento y exprésele que quiero ser, como él dice, un obispo kerigmático, orante y pastor; que acojo la recomendación que me hace en la bula de nombramiento de seguir el ejemplo de Cristo, Maestro divino “que no vino a ser servido sino a servir”); y al Colegio episcopal (gracias hermanos obispos que aseguráis la sucesión apostólica y me acogéis en este nuevo colegio, en esta nueva familia. Gracias D. Braulio, D. Francisco Cerro, queridos Obispos de la Región, en el recuerdo agradecido a D. José Delicado); Gracias D. Ricardo, hermano Ricardo, contigo voy a aprender a ser apóstol, voy a ensayar la fraternidad episcopal y voy a seguir tus indicaciones en el pastoreo de este pueblo santo y fiel que se nos ha encomendado.

Veni, lumen cordium, que unido a Pedro y al Colegio episcopal, bajo el pastoreo de nuestro Cardenal Arzobispo sea custodio del testimonio trinitario de toda la Iglesia en favor del mundo:

Sí, Dios es Padre y nos presenta al Hijo amado: “Eres mi Hijo en ti me complazco, escuchadlo”. El Hijo responde Abba, padre queridísimo “eres todo mi amor” y se entrega a su voluntad. El inmenso intercambio de amor entre el Padre y el Hijo es la manifestación de su amor con la que nos abraza. Es su Espíritu el que nos pasa, y así decimos:

Padre, somos hijos-hermanos; Señor, solo tú tienes palabras de vida eterna. Somos discípulos-misioneros de un anuncio sorprendente: ¡La gracia triunfa sobre la cerrazón del pecado, la muerte ha sido vencida! La tierra es hogar; la humanidad, familia. La argolla de la esclavitud se ha roto, la senda que lleva a la vida está abierta y la mesa de la reconciliación, la comunión y la fiesta interminable, está puesta definitivamente. El que tenga sed que venga y beba.

Veni, lumen cordium, para que agradezca el don de la vida y el de la fe (querida familia gracias por todo y perdón por tanto.gracias por todo y perdón por tanto. Saludo especialmente a mi padre y a mi madrina; recordemos a los que siguen esta celebración desde el otro lado, nuestra madre, Rafael, abuelos, tíos, tío José) en la vida en un pueblo, Meneses. La vida y la fe en la propuesta sencilla de nuestras parroquias rurales, Villerías y Meneses, la devoción recibida al Cristo de la Salud y a la Virgen del Tovar.

Veni, lumen cordium, para que con un corazón agradecido pueda aprovechar la nueva oportunidad que me ofreces de ser discípulo-misionero con mis hermanos bautizados.

Veni, lumen cordium, para acoger la segunda oportunidad de vivir el sacerdocio apostólico, al recibir ahora la plenitud del sacramento del Orden.

Una nueva oportunidad de seguir al que se abajó, y se despojó en el pesebre y se vació en la cruz, para de su mano y en la fuerza del Espíritu Santo crecer hacia abajo en humildad, pobreza y sacrificio. Una nueva oportunidad de comunión de vida, de bienes y de acción; una nueva oportunidad de anunciar la belleza de su rostro, la novedad del Evangelio y la alegría de la misericordia; una nueva oportunidad de aliviar y curar; una nueva oportunidad para ensanchar la justicia de su Reino. Una nueva oportunidad, como la ya vivida en la comunidad cristiana, en los grupos del Colegio con los hermanos de la Salle; una nueva oportunidad, queridos amigos recibidos en torno al Evangelio y el camino de la misión, Laicos en Asamblea, Movimiento Cultural Cristiano, las antiguas y nuevas realidades eclesiales, comunidades, cofradías, movimientos y asociaciones, de conversión a Jesucristo, de comunión en la Iglesia y de anuncio del Evangelio a los pobres y con los pobres para la salvación del mundo.

Una segunda oportunidad para vivir el sacerdocio apostólico en la escucha más honda de la Palabra para anunciarla con más audacia; en la ofrenda de la propia existencia con el Señor en la Cruz; una segunda oportunidad para servir con mayor transparencia los sacramentos de su gracia; una segunda oportunidad para vivir el sacerdocio apostólico en la obediencia más diligente a su voz de Pastor para guiar al pueblo santo, entre las flores y las fieras, hacia la tierra de la herencia. Una segunda oportunidad, hermanos en el presbiterio de esta Iglesia, para hacer visible nuestra fraternidad sacramental, asumir, en comunión con nuestro Arzobispo, el pastoreo de esta Iglesia que peregrina en Valladolid y decir a los hermanos que cada Domingo participan en la Eucaristía: “vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios”. El pueblo del Domingo, el pueblo de la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, que he podido celebrar en gran parte de las parroquias de la Diócesis, especialmente en Santa Mª la Mayor de Portillo, Santa María Magdalena de Matapozuelos y la Asunción de Nuestra Srª de Ventosa y Villalba. Somos el pueblo del Domingo, así lo expresamos de manera solemne y emotiva el pasado Corpus Christi. Ven Señor y bendice a todos los que han preparado y colaborado en las dos grandes celebraciones que esta Diócesis ha vivido en esta semana.

Una segunda oportunidad para vivir la caridad pastoral.

Veni, lumen cordium, para ser pastores según tu Corazón; danos tus mismos sentimientos, para que despojándonos del propio “yo”, encontremos, en la caridad obediente, casta y pobre, la vía maestra de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos. Una segunda oportunidad para ser cauce de la llamada del Señor vivir esta vocación.

Veni, lumen cordium, sobre los seminaristas, especialmente por los cuatro que serán ordenados en este mes y sobre tantos jóvenes que necesitan que tu soplo de amor venza las resistencias para seguir tu silbo de Buen pastor.

Veni, lumen cordium, sobre tantos consagrados que agracian esta Diócesis, dame una nueva oportunidad de compartir su alabanza, su hospitalidad y su servicio. Ayúdame a ser “signo de fe” con los Hermanos de La Salle, y así decir “Nada te turbe, solo Dios basta” con las Madres Carmelitas y como la Discípulas de Jesús, “vivir de los criterios, del amor y del ministerio del Maestro”, para “en todo amar y servir” con mis amigos Jesuitas.

Veni, lumen cordium, para que obispos, presbíteros, laicos y consagrados escuchemos: “Sois hijos de la luz e hijos del día; no de la noche ni de las tinieblas. Vivid conforme a la vocación en la que habéis sido llamados”. Pasad al mundo mi amor misericordioso en la caridad política, en la caridad consumada, en la caridad pastoral en este Misterio de Comunión que es la Iglesia. Si en las luchas sociales del siglo XIX un grito ¡Asociación o muerte! sostuvo la vida de los pobres, hoy también hemos de decirnos ¡Comunión o esterilidad! para confesar, en nuestra fraternidad, el amor trinitario que bendice al mundo.

Testimoniad con obras y palabras que creer en Dios es bueno, que nos hace bien y contribuye a fundamentar y dar horizonte al bien común.

Veni, lumen cordium, sobre esta Iglesia para que ofrezca a la sociedad de la que formamos parte esta buena noticia.

Queridos representantes de las diversas instituciones de nuestra vida pública que nos permitís reconocernos como comunidad política que se organiza en diversos servicios para el bien común. Miembros de la Administración pública estatal, regional y municipal; miembros de los parlamentos, de la judicatura, la enseñanza, la sanidad y los servicios sociales, representantes del Ejército, Policía y Guardia Civil, a todos nuestro respeto y consideración.

Permitidme en este momento, un saludo y recuerdo agradecido a mi estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid, allí viví experiencias de amistad y el cultivo de la preocupación por la justa organización de la convivencia. Que la luz del corazón venga también sobre todos vosotros para que juntos avancemos hacia el bien común, que es de todos y de cada uno, con una preocupación singular por los pequeños y los que sufren.

Pedidnos algo más que el voto cada cuatro años…, o, en esta ocasión, seis meses, y los impuestos de cada ejercicio. Queremos ofreceros nuestro amor a la vida, en medio del invierno demográfico; nuestra propuesta de familia que transmite virtudes y custodia la fragilidad de manera incondicional; queremos colaborar en el impulso y renovación del Estado del bienestar con nuestra presencia en la educación, la sanidad y los servicios sociales.

Os ofrecemos la catolicidad del corazón, para no cerrarnos en intereses corporativos y tener en cuenta los problemas y necesidades de otras gentes, en otros sitios; queremos compartir con vosotros nuestro estremecimiento ante el juicio que los empobrecidos hacen al sistema económico y a nuestro estilo de vida.

La Iglesia acoge a personas con diferentes criterios respecto a la organización del común y ofrece una propuesta para discernir y buscar el bien. En ella podemos cultivar la amistad fraterna que se mantiene más allá de los turnos de poder y oposición. En ella recibimos el perdón y la comunión para transformarlos en reconciliación y amistad civil en la plaza pública.

Veni, lumen cordium, también en los día oscuros. “Cristo Jesús, oh fuego que abrasas, que las tinieblas en mi no tengan voz, Cristo Jesús, disipa mis sombras y que en mi solo hable tu amor”.

Veni, lumen cordium para que descubra que la noche es tiempo de salvación, pues ante ti “la tiniebla ya no es tiniebla, la noche es clara como el día”.

Veni, lumen cordium, para que pueda ser, como dice San Juan Pablo II, obispo servidor del Evangelio para la esperanza del mundo.

Veni, lumen cordium, sobre los habitantes de Aguilar de la Frontera, antigua Ipagro, en Córdoba y sobre su actual pastor. Este título de una Diócesis histórica nos recuerda que recibimos una herencia y que tenemos la responsabilidad de transmitir la fe a la generación siguiente.

Que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo; ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es el la esperanza a la que nos llama.

Veni, lumen cordium, para que pueda ser un buen auxiliar de esta Diócesis y de D. Ricardo. Que antes de cualquier iniciativa diga, “Dios mío ven en mi auxilio”, para colaborar a que la Iglesia mantenga la senda del Señor hasta que Él vuelva.

Veni, lumen cordium.

Amén

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