Festividad de San Valentín de Berriotxoa

Homilía de
Mons. D. Mario Iceta Gavicagogeascoa
Obispo de Bilbao

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Elorrio, 4 de julio de 2016

Queridos hermanos sacerdotes, queridas autoridades, hermanos y hermanas.

Nos reunimos en torno al altar para celebrar con gozo, un año más, la fiesta de San Valentín. Este año, el Santo Padre ha convocado a toda la Iglesia a celebrar el año santo de la misericordia. Efectivamente, el nombre de Dios es misericordia y estamos llamados a vivir, a conocer, a experimentar cada día esta misericordia.

Así lo hizo también San Valentín. Como todo niño, es en la familia el lugar donde somos amados y acogidos de modo incondicional. La familia es la primera experiencia del amor. Así nos lo recuerda el Papa Francisco en su reciente exhortación “Amoris laetitia”. Somos amados por quienes somos y no por nuestras cualidades. En la familia descubrimos un amor que nos sobrepasa y nos configura.

También en la familia tenemos la primera experiencia de la misericordia y del perdón. Nuestras limitaciones no son juzgadas, sino sostenidas con paciencia y ternura. Nuestros fallos y pecados son perdonados desde el fondo del corazón. También en familia tenemos la primera experiencia del amor y de la misericordia de Dios. Él nos ha llamado a la vida y nos ha regalado un hogar. En la familia hemos aprendido a dirigirnos a Dios como Padre que nos ama, nos acompaña, nos sostiene, nos perdona. Afianzados en ese amor, podemos trazar un futuro lleno de luz, de amor y de esperanza. El amor humano y divino experimentado en la infancia es la tierra fértil sobre la que poder edificar una vida que merezca la pena, en el crecimiento personal y en la edificación de un mundo humano y fraterno.

San Valentín, afianzado en este amor de Dios aprendido en su familia, en su parroquia, en su pueblo, pronto se vio llamado por el Señor a ser testigo de esa misericordia de Dios. El Papa Francisco nos llama a ser una Iglesia en salida, a que experimentemos una conversión misionera. Él nos invita a vivir y sembrar la alegría del Evangelio. Para esta tarea, San Valentín es nuestro modelo. Pronto se dio cuenta de que no podía retener para sí el don inmenso del amor y misericordia de Dios. Estaba llamado a llevar este amor hasta el fin de la tierra.

También, con él, nosotros estamos llamados, en primer lugar, a acoger la misericordia de Dios en nuestra vida. Una misericordia que abraza nuestra debilidad, nuestra pobreza, nuestro pecado y nos invita a la conversión. Es el don de Cristo que cada día nos ofrece recomenzar una vida nueva. Más allá de nuestras limitaciones estamos llamados a una vida plena y eterna en Cristo desde ahora. Para Él no hay situación irremediable. Él sale a buscarnos como buen pastor para cargarnos sobre sus hombros, para curarnos, para alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre. ¿Nos atreveremos a dejarnos atrapar por ese amor? ¿Seremos capaces de aceptar la vida que nos ofrece? ¿Estamos dispuestos a abandonar nuestras esclavitudes y comodidades para vivir en la libertad, en la confianza y en la esperanza?

Como quien encuentra un tesoro inmenso y no puede guardar el secreto para sí mismo; quien encuentra la vida que Cristo ofrece y bebe de las aguas puras y cristalinas que nos ofrece, no puede guardar ese don para sí. Si realmente hemos experimentado el amor de Dios nos veremos empujados a llevar su misericordia a todos. Cuántas situaciones de pobreza, hambre, enfermedad, violencia, angustia, desesperanza necesitan de una esperanza real y cierta. ¿Nos atreveremos a ser “personas cántaro”, como dice el Papa para dar de beber a tantos sedientos que conviven con nosotros en nuestros pueblos y tantos aquellos que están pueblos y naciones alejadas?

Que San Valentín sea hoy nuestro modelo e intercesor. Él entregó su vida por amor. Entendió que la cruz es signo de una vida que se entrega. Y como dice San Juan, “el amor vence el temor”, o el libro del Cantar de los Cantares: “el amor es más fuerte que la muerte”. El temor a ser apresado, el temor a ser encarcelado o torturado, el peligro inminente de la muerte, no paralizó a San Valentín. Hizo suyas las palabras de San Pablo: “El amor de Cristo nos urge”. También nos apremia a nosotros. Que el temor, los respetos humanos, el “qué dirán” no nos impida llevar la misericordia de Dios a tantos hermanos que lo necesitan. Que seamos capaces de anunciar a Cristo vida y esperanza de la humanidad como el don precioso que podemos humildemente ofrecer.

Acudimos a María, Reina y Madre de la misericordia, estrella y guía de la evangelización. Ella que sostuvo con su consuelo y dulzura a San Valentín en la hora suprema del martirio, nos acompañe siempre en el camino de la vida llenándonos de alegría, esperanza y paz. AMÉN.

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