Consagración del Altar de la Parroquia de Santiago

Homilía de
Mons. D. José Mazuelos Pérez
Obispo de Asidonia-Jerez

319850-944-531

Parroquia de Santiago, Jerez de la Frontera
Sábado 23 de julio de 2016

Querido D. Diego, Párroco de esta parroquia, Hermanos sacerdotes, Religiosos, Religiosas, Miembros de la Corporación Municipal; Autoridades Civiles y Militares; Presidente y Miembros de la Asociación por Santiago; Real Academia San Dionisio, Fundación Santo Ángel, Presidente y miembros de la Unión de Hermandades; Hermanos Mayores y Junta de Gobierno de las Hermandades de esta parroquia, Consejo Parroquial, Feligreses; queridos todos en el Señor.

Ayer se inauguró la iluminación del templo y todos pudimos contemplar la belleza y la arquitectura tan esplendida de esta joya del gótico. Durante estos días se han abierto sus puertas para que los jerezanos pudieran contemplarlo. Pero nada de ello hubiera tenido sentido sin la apertura al culto. Por ello, la alegría más grande es la celebración de esta eucaristía que nos habla de una comunidad cristiana sigue viva.

Este templo se construyó para dar gloria a Dios, para que un Pueblo Santo se reuniera en torno a la eucaristía y los sacramentos, celebrara la misericordia del Señor y ejerciera su ministerio sacerdotal de interceder ante Dios por toda la humanidad. Sin esto, hablaríamos de templo bello, pero con piedras muertas. Pues, como bien afirma en su artículo de hoy del Diario de Jerez Manolo Romero, al que me permito robarle sus palabras, “Santiago es mucho más que una fábrica de piedras maltratada por los años. Es el sol al caer la tarde tiñendo de oro sus muros, las faldas del arcipreste corona escondiendo a los gitanos de la policía, la saeta al Cristo de la Buena Muerte…las campanas que tocan a boda…el olivo del Prendimiento apareciendo como por milagro por el Angostillo, entre llanto y alegría. Santiago es Jerez”. Y yo añado, Santiago es un pilar importantísimo de la Iglesia de Jerez. Junto con san Miguel es uno de los dos pulmones, que oxigenan el corazón de la Iglesia jerezana.

Por tanto, lo primero que tenemos que hacer en esta eucaristía es darle gracias a Dios por los cristianos jerezanos de todos los tiempos que, movidos por su fe cristiana, hicieron posible la construcción y la vida parroquial de este templo. Darle gracias a Dios porque el pueblo, que camina en la Diócesis de Asidonia Jerez, sigue adelante con el testigo de la fe de sus mayores. De hecho, sin el apoyo de toda la Diócesis, de sus sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos no se hubiera podido llevar adelante esta restauración. Por tanto, hoy podemos hacer nuestra la primera lectura que hemos escuchado y hacer nuestras las palabras de Esdras “Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza”. (Ne 8, 8-10)

Cristo, Sacerdote Víctima y Altar.

En la segunda lectura hemos escuchado al Apóstol Pablo decir:
Sois edificio de Dios…Mire cada uno como construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera de Jesucristo.

Y es eso lo que expresamos en esta liturgia solemne de la dedicación del altar. De hecho, el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete celeste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacrificio.

El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es, además la mesa del Señor, para cuya participación es convocado en la Misa el pueblo de Dios; es también el centro de la acción de gracias que se realiza en la Eucaristía.

En la liturgia introduciremos dos reliquias. Una de San Lorenzo, mártir español, varón apostólico que nos enlaza con la fe de los apóstoles y especialmente con Santiago, titular de esta parroquia. Otra de Madre María de la Purísima, la última Santa vinculada con nuestra Diócesis, canonizada por el Papa Francisco. Tanto uno como otro nos hablan de Cristo Resucitado que ha abierto las puertas del cielo y hace posible vivir la plenitud del amor en esta tierra.

También, con el signo de la Unción con el Santo Crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, cuyo cuerpo ungido fue sacrificio para la salvación de los hombres.

Una vez ungido el altar quemaremos incienso en él para significar que el sacrificio de Cristo sube a Dios Padre como suave perfume.

Por último, el revestimiento del altar: el altar cristiano es el ara del sacrificio eucarístico, donde se celebra el Memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo, por eso se reviste y adorna festivamente.

La presencia de Cristo en el Sagrario

Por otra parte, además de la consagración del Altar en esta celebración tendremos el gozo de contemplar que la llama del Sagrario, volverá a estar encendida en esta bella Iglesia, mostrando la presencia de Cristo en medio de su Pueblo. Saber que las puertas del templo se abrirán todos los días para que puedan acudir a Jesús todos los que estén cansados y agobiados para recibir su alivio.

En la Eucaristía descubrimos a Cristo que quiere quedarse con nosotros para siempre, para alimentarnos, para fortalecernos, para que nunca nos sintamos solos. Cristo se nos da en cada Misa, y se queda con nosotros en cada Sagrario del mundo. Ésta debe ser la fuente más profunda e íntima de nuestra alegría, esta es la fuente de la santidad, (“Dios con nosotros”). Este es el motor, silencioso y efectivo, que transforma nuestro corazón y la historia de los hombres.

Y es esa presencia lo que nos mueve a la dimensión pública de nuestra fe y donde tiene su razón de ser la Hermandad Sacramental de Santiago: el dar a conocer la presencia salvífica del Señor que quiso quedarse entre nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Cf. Mt 28, 20) y hacer posible que nadie se quede sin conocer al Dios revelado en Cristo

Ese Dios que, como en tiempos de Jesús, se hace presente hoy en esa capilla del Sagrario; pequeño, humilde; antes como el “Hijo del Carpintero”, hoy como “Pan Eucarístico” ofreciendo a todos la salvación. Si antes era Dios quien caminaba en Jesús por las calles de Jerusalén, hoy nosotros adoramos al mismo Dios en el Cuerpo Eucarístico de Cristo.

Es un cuerpo que ya no está sometido a las leyes físicas de la carne y de la sangre, un cuerpo inmortal y glorioso. Es el cuerpo auténtico de la Persona de Cristo, del Cristo que vive ahora a la derecha del Padre. No resulta fácil a los sentidos humanos entender cómo es y cómo vive este cuerpo glorioso, por eso nos dice el conocido himno religioso del “Pange lingua”:
“que la fe debe suplir el defecto de los sentidos”
(“praestet fides supplementum sensuum defectui”).

Así que, hermanos, en esta celebración alabemos a Jesús Sacramentado y resucitado y, con Pedro, digamos Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pidámosle que nos ayude en nuestro caminar por la vida y que siga bendiciendo esta parroquia de Santiago y a esta Diócesis de Asidonia Jerez.

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