Santa Misa en la Solemnidad de la Asunción

Homilía de
Mons. D. ATILANO RODRÍGUEZ MARTÍNEZ
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

atilano rodriguez martinez

Sigüenza, 15 de agosto de 2016

La Iglesia nos invita a celebrar un año más, con gratitud y profunda alegría, la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a la gloria celestial, después de su peregrinación por este mundo. La celebración de la Patrona de la Catedral y de la diócesis nos impulsa a unir nuestras voces al canto de los ángeles y a la oración de tantos cristianos que, al celebrar la victoria de María, rememoran, celebran y actualizan en la Eucaristía el triunfo de su Hijo sobre el poder del pecado y de la muerte.

La Asunción de María a los cielos nos recuerda que Cristo, en virtud de su muerte y resurrección, nos ha abierto a todos los hombres el camino de la gloria y el triunfo definitivo sobre el poder del pecado y de la muerte. María, vinculada estrechamente a Jesús durante los años de su infancia y de su vida pública, ahora participa para siempre de la victoria de su Hijo por su asunción a los cielos.

Saber que María participa ya plenamente de la vida eterna es para nosotros signo de esperanza, pues sabemos por la fe que la victoria sobre la muere no es sólo para Ella, sino también para nosotros. Todos los cristianos, por el sacramento del bautismo, hemos sido injertados en la vida de Dios y hemos sido revestidos por la acción del Espíritu Santo de una vida nueva para caminar siempre como hijos de la luz y para que recordar en todo momento la verdadera meta de nuestra existencia.

Como María, estamos de paso en este mundo. No tenemos aquí morada definitiva. Aspiramos y esperamos heredar un día la vida eterna prometida para participar así plenamente de la vida del Resucitado, en comunión con María y con todos los santos. Esta esperanza de heredar la vida eterna nos ayuda a caminar por este mundo, buscando en todo momento la voluntad de Dios y afrontando confiadamente los sufrimientos y las dificultades del camino, pidiéndole al Señor que “nuestros corazones, abrasados en su amor, vivan siempre orientados hacia Él”.

El papa Benedicto XVI nos recordaba hace algunos años que la presencia de María en el cielo también la acerca a nosotros. Decía el Papa: “María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una Madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mimo lo dijo. La hizo Madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: He aquí a tu madre. En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene corazón”.

Ahora bien, la participación definitiva de la victoria sobre el pecado y la muerte tiene un recorrido, unas etapas, en las que hemos de tener siempre presente la primacía de Dios y de su gracia. Así nos lo enseña la Santísima Virgen, cuando proclama la grandeza del Señor, se alegra por la salvación de Dios y proclama que el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella. María lee toda su vida bajo la luz de Dios y de su amor misericordioso.

En contra de lo que algunos piensan, este reconocimiento de la grandeza de Dios no se opone al reconocimiento de la grandeza del hombre ni limita su libertad. Al contrario, en la medida en que dejamos a Dios actuar en nuestras vidas y realizar obras grandes en nosotros, estamos reconociendo la gran verdad de nuestra condición de criaturas limitadas y finitas y confesando la necesidad de que alguien venga en nuestra ayuda para poder superar nuestra impotencia y nuestros pecados. Sólo, desde una sincera actitud de humildad y desde el reconocimiento de nuestra pequeñez, podremos abrir nuestro corazón al amor de Dios y a la colaboración con nuestros semejantes para ser personas en plenitud.

Con la celebración del Año de la Misericordia, convocado por el papa Francisco para toda la Iglesia, estamos descubriendo en comunión con la Santísima Virgen que “la misericordia de Dios es eterna y que llega a sus fieles de generación en generación”. Al acoger en nuestro corazón el don de la misericordia, podremos ser misericordiosos como el Padre y estaremos preparados interiormente para ofrecer esta misericordia a nuestros hermanos, mediante la práctica de las obras de misericordia.

María, asunta al cielo, desde la perfecta comunión con su Hijo, sigue velando e intercediendo por nosotros mientras dura nuestra peregrinación por este mundo para que no cerremos nunca el corazón a la misericordia divina. En ocasiones, la búsqueda egoísta de nuestros gustos e intereses personales puede impedirnos contemplar la grandeza de nuestro Dios y, consecuentemente, puede hacer muy difícil que sus grandes obras se realicen en nosotros.

Podríamos preguntarnos: ¿Cuáles serían esas obras que el Señor quiere realizar en nosotros?. El texto evangélico, que hemos proclamado, nos recordaba que lo primero que hizo María, después de escuchar el anuncio del ángel, fue salir de sí misma y ponerse en camino para servir a su prima Isabel. Por medio de la cercanía, la alegría y el servicio generoso, María mostrará a su parienta el amor misericordioso de Dios.

Para permanecer siempre atentos a la voluntad de Dios y abiertos a las necesidades de nuestros semejantes, invoquemos la especial intercesión de la Santísima Virgen. Que brote en este día de nuestros corazones una súplica que no se limite a dar gracias a Dios por las maravillas que Dios realiza en nosotros y en nuestro mundo, sino que exprese el sincero deseo de que “nuestros nombres estén inscritos en el libro de los ciudadanos del cielo –la nueva ciudad- que hoy acoge a la Madre del Señor”.

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