Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

lopezmartin15082016

(S.I.Catedral, 15-VIII-2016)

María, icono de la nueva humanidad”

Ap 11,19.1-6.10; Sal 44                        1 Cor 15,20-26             Lc 1,39-56

“Un gran signo apareció en cielo:
una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”
(Ant. de entrada)

A lo largo del año los cristianos vamos recorriendo, de la mano de la Iglesia, cada uno los misterios o acontecimientos principales de la vida de Cristo, nuestro Maestro y Redentor, y al mismo tiempo, con idéntico recuerdo y celebración, evocamos los misterios de María, la Madre del Señor y Madre nuestra, en la que vemos reflejados, casi diría repetidos esos mismos misterios que contemplamos en su Hijo. Esto es realmente lo que sucede en la fiesta de hoy, la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, denominada en Oriente de la Dormición de María.

1.  La victoria pascual de María sobre la muerte

Es la fiesta que merecería llamarse también la Pascua de María en paralelo a la gran celebración pascual de Jesucristo resucitado y entronizado en el cielo. No en vano, esta gran fiesta de Nuestra Señora glorificada en cuerpo y alma, es decir, en la totalidad de su ser, tiene lugar nueve días después de la dedicada a la Transfiguración del Señor, el 6 de agosto, preludio y anuncio, a su vez, del triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte. Los fieles cristianos saben muy bien lo que significa esta fiesta de María, que podemos llamar también de la transfiguración o glorificación de María a semejanza de Cristo resucitado y ascendido a la gloria del cielo.

San Pablo decía en la segunda lectura que “lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida” (1 Cor 15, 22-23). Estas palabras se aplican hoy a la mujer elegida por Dios para ser la madre del Salvador de los hombres. Ella, pues, ha sido la primera, después de Cristo, en gozar de la vida en plenitud junto al Hijo de sus entrañas, como anuncio de la felicidad que los seres humanos anhelamos con esperanza. El pueblo cristiano, guiado por el sentido de la fe y lo que podríamos llamar la “lógica del corazón”, intuyó desde muy antiguo la exaltación de la Virgen María que hoy celebramos. Por eso el 15 de agosto es la fiesta por excelencia de Nuestra Señora Santa María. Expresión de la importancia de este título es el hecho de que la inmensa mayoría de las catedrales le estén dedicadas como es el caso de la nuestra. La declaración del dogma llegaría más tarde, en 1950, por decisión del papa Pío XII que quiso sancionar lo que en el pueblo cristiano era una convicción inamovible, tanto de Oriente como en Occidente. Estas fueron las palabras de la definición dogmática: “La inmaculada y siempre virgen María, Madre de Dios, acabado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

2. María es el icono escatológico de la Iglesia

El Concilio Vaticano II completó la enseñanza de Pío XII al situar a la Santísima Virgen María en el misterio de la Iglesia como el miembro más eminente después de Jesucristo, presentándola además como “tipo” (es decir, figura y modelo)de esta “en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo”  (LG 63). El mismo Concilio, después de evocar la presencia de María en la vida de Jesús y en el momento del nacimiento de la Iglesia, cuando la Madre del Señor estaba reunida con los apóstoles en la espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14; LG 59), puso de manifiesto de qué manera tan íntima y sólida María está unida a toda la comunidad de los creyentes en Cristo que “levantan sus ojos hacia ella que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes” (LG 64).

La primera lectura, tomada del Libro del Apocalipsis, nos presentaba “un gran signo (que) apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1). Los artistas cristianos de todas las épocas  y en todos los estilos se han esforzado en representar a la Santísima Virgen con estos elementos maravillosos que la manifiestan como el “icono”, o sea, la “imagen” por excelencia de la Iglesia. Por eso, al contemplarla, la Iglesia se ve a sí misma no como es todavía sino como quiere ser y como será en aquellos de sus miembros que viven en santidad y se esfuerzan en ser fieles al Señor. Pero no olvidemos que este “icono” o “imagen”  tiene un rostro y tiene un nombre. El “rostro” luminoso de la Madre del Señory que es también Madre nuestra (cf. Jn 19,25-27). Y el “nombre” de María, la“llena de gracia” (cf. Lc 1,28) yla “bendita entre todas las mujeres” porque creyó en la palabra del Señor (cf. 1,42.45). Así la debemos ver también nosotros, como modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal. La tradición cristiana la ha llamado la “Hija de Sión” en la que se han cumplido las promesas del tiempo mesiánico (cf. Sof  3,14), y la “nueva Eva” que nos ha abierto las puertas del Paraíso que cerró la primera (cf. Gn 3,15; LG 55).

3. Celebremos con gozo la fiesta de la Virgen María

El evangelio nos muestra también el motivo profundo de la grandeza de María y de su dicha: ese motivo es la fe pero también la generosidad. De hecho, Isabel la saludó con estas palabras: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). Pero María, que había recibido el anuncio de que sería la Madre del Hijo de Dios, sabiendo que Isabel, su pariente, esperaba también un hijo aun siendo de edad avanzada y que, por tanto, tenía necesidad de ayuda, se puso rápidamente en camino para ayudarla (cf. 1,39). El encuentro de ambas futuras madres dio lugar a nuevas gracias. El hijo de Isabel saltó de alegría en el seno de su madre mientras esta se llenaba del Espíritu Santo para proclamar la bienaventuranza de María: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (cf. 1,41-42). Y en esa comunicación mutua de los dones recibidos, María dio rienda suelta también a sus sentimientos de gratitud y de amor a Dios que había hecho grandes cosas en ella (cf. 1,46-55).

            La fe y la alegría están el fondo de toda esta historia de María. María es la “mujer creyente”, la gran creyente que sabe -y así lo proclama- que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia, con atención, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los soberbios y elevando a los humildes (cf. Lc 1,46-55). El cántico de la Virgen deja también al descubierto la razón profunda de ese actuar de Dios “compasivo y misericordioso” (cf. Sal 103 [102],8) porque su nombre es santo,y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”(Lc 1,49b-50). María -recordémoslo una vez más porque todavía estamos dentro del “Año jubilar de la Misericordia”– lo sabe y lo proclama: la misericordia del Señor es el verdadero motor de la historia humana. Todo lo que sucedió, las “obras grandes” que “el Poderoso” hizo en ella,  nos toca y afecta profundamente a todos para nuestro bien. En este sentido anuncia lo que será el destino de nuestra vida de creyentes en Cristo, la meta prometida a los hijos de Dios, la casa del Padre adonde confiamos llegar siendo fieles y esperando en su misericordia.

Queridos hermanos: No lo olvidemos. Mientras transcurre nuestra vida en este mundo, Dios nos ofrece una señal luminosa para su pueblo, todavía peregrino sobre la tierra,“un signo esperanza segura y de consuelo” (LG 68; prefacio de la Misa).Celebremos, pues, con inmenso gozo la fiesta de la Asunción de la Virgen María y pidámosle que “vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos” y que “después de este destierro” nos muestre “a Jesús, el fruto bendito de su vientre”:“¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María!”.

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