Santa Misa en el primer día de la Novena a la Virgen de Covadonga

Homilía de
Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Arzobispo de Oviedo

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Basílica de Covadonga
Martes 30 de agosto de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Es una de las advocaciones más queridas y sentidas por parte del pueblo de Dios, cuando invocamos a la Virgen María con el título de puerta de misericordia. Con él comenzamos nuestra novena a la Santina de Covadonga un año más. Cumplimos con este gesto que mueve a toda Asturias para subir desde nuestras parroquias, comunidades y familias hasta la Santa Cueva donde encendemos los cirios de nuestras plegarias y echamos a volar nuestra esperanza ante la mirada de la Virgen que nos acoge y acompaña.

Pasa irremediable el tiempo que nos ha ido trayendo año tras año en estos días hasta aquí. Y pasa delante de nosotros todo eso que narra lo vivido en estos doce últimos meses: situaciones y momentos que hacen que no subamos aquí sin más por una inercia piadosa y siendo todos un año más viejos. No es así en la andadura cristiana de peregrinar. Venimos con la mochila del alma cargada de nombres que deletreamos ante la Santina. Y con circunstancias que ponemos ante María para que Ella interceda cuando nos abruman con su peso, nos apagan con su penumbra o ponen a prueba nuestra confianza ante tantos retos y desafíos.

Aquí de nuevo, y como quien estrena esta ocasión por vez primera, nos allegamos a este rincón tan bello en su naturaleza con los bosques y cumbres que nos presiden, tan cargado de historia en los siglos que nos contemplan, tan lleno de fe sencilla y sincera que hemos recibido de nuestros mayores. Aquí invocamos a la Santina de Covadonga como Madre de misericordia, por tratarse de un año a ella dedicado desde que lo convocó el Santo Padre el papa Francisco.

Un año especial para algo extraordinario, que sin embargo es tan cotidiano que sucede todos los días. Dios nos quiere, nos espera, sale a nuestro encuentro para decirnos como nadie y para siempre que en su corazón hay latidos de ternura y misericordia. No es el gendarme que nos vigila para multarnos, ni el extraño que nos ignora y para el que nunca contamos. La misericordia es el nombre de Dios, porque es lo que mejor expresa la entraña de su Corazón. Pero ese nombre tiene unos apellidos que nos ha querido confiar como quien comparte lo que en su corazón palpita de veras: son las actitudes y las expresiones de un amor que se hace concreto. Sobre estas obras de misericordia queremos reflexionar durante esta novena que hoy comienza, porque las vemos cumplidas en María. Son las obras de misericordia que en el espíritu de nuestros sentimientos más nobles y en el cuerpo de nuestras intemperies todas, están testimoniando que hemos sido abrazados por Dios, porque Él nos esperaba a nuestra vuelta de todos nuestros devaneos pródigos, para introducirnos en la casa encendida de su propio hogar en el que siempre organiza una fiesta cuando vuelve un hijo perdido.

Por eso, al comenzar esta novena, os invito y también yo me sé invitado a hacer experiencia viva de lo que decía el papa Francisco y sirve de trasfondo en nuestra novena a la Santina: «dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios» (Francisco,Misericordiae vultus, 25).

Un primer rasgo de misericordia en los relatos evangélicos que nos hablan de María es la respuesta que se entrecruzan ella y el mensajero Gabriel, arcángel de Señor: lo que le propone Dios a ella era algo desbordante, insólito, inesperado. Como tantos otros mensajeros nos acercan a nosotros propuestas que se enmarcan en la vida y que nos ponen ante ese mismo desafío que le aconteció a María: creer o no que en nuestros imposibles Dios hace nacer su posibilidad. ¿Qué representa para nosotros lo imposible? ¿Nos atreveremos a ponerle nombre y circunstancia? Tantas cosas nos pueden resultar inasequibles, desbordantes, hasta provocar las lágrimas que furtivamente hemos ido a compartir con la Dulce Señora en esa ermita escondida del corazón. Ella nos dice que Dios es más, que tiene recursos, que nos sabe amar y que es el único que  no juega con nuestra felicidad, trocando de este modo nuestro llanto en danza, quitándonos los lutos para revestirnos de la mejor algazara de una fiesta cuyo gozo no declina jamás.

Si las piedras que sostienen esta Basílica de Covadonga pudieran hablar, o la roca de la Santa Cueva nos contase sus secretos, nos darían testimonio de la petición de tantos hermanos nuestros que a través de los siglos han ido y venido precisamente a este lugar buscando lo que es capaz de sostener la firmeza ante cualquier zozobra y contradicción. Madre de misericordia porque creyó. Este fue el lance de María. Con este sí en sus labios, y con la vida en su vientre de primeriza mamá, se fue hasta Isabel para asomarse al milagro que su prima grande también le testificaba. Y allí fue nombrada como bendita por siempre, la que en nombre del Señor venía. Y Jesús que crecía en sus adentros de mujer virgen, despertó a su primo Juan el Bautista que dormía plácido en el seno fecundado de Isabel. Este es el segundo rasgo en el que María nos muestra su testimonio de cómo creyó en la misericordia de Dios: la Visitación. Todos hemos oído tantas veces ese relato en donde dos mujeres, una estéril y otra virgen, se encuentran cara a cara siendo ambas testigos de un milagro. Que donde la vida no cupo jamás o donde no cabía todavía, de pronto llamó a la puerta con toda su luz, con toda su fuerza, como irrumpen así las cosas divinas.

Esto se le dijo a María: mira a tu prima Isabel. Ella, la que era señalada con escarnio como “la estéril”, estaba ya de seis meses gestando a Juan Bautista. Y María fue a mirar, no como quien curiosea picada por el morbo de una increíble noticia, no como quien quiere comprobar embargándole la duda secreta, ni siquiera simplemente como quien va a echar una mano a quien esperaba un hijo en avanzada edad. María fue hasta Isabel para reconocer algo mucho más grande: el milagro de cómo Dios hace cosas posibles allí donde a los hombres nos resulta tantas veces imposible. Isabel esperaba a Juan el Bautista. María esperaba a Jesús. Ambas eran testigos de esa posibilidad de Dios que llega en la hora moza o en la postrera.

Dios siempre nos espera y enseña a mirar las cosas en la gracia de su tiempo. Siempre tenemos que estar atentos a las palabras de Dios, a sus guiños y a su constante compañía. Él siempre está, y nos habla de mil modos, y se nos ajunta en cualquier circunstancia. ¡Si tuviéramos oídos para escuchar, corazón para acoger, y ojos para verle continuamente pasar!

Un tercer rasgo de la misericordia que aparece en María está en Caná, durante una célebre boda a la que estuvo invitada, con Jesús y sus discípulos. María es una mujer que viendo el conjunto de cuanto en esa boda sucedía, se da cuenta de una carencia: la del vino. Hace de su descubrimiento una petición a su Hijo e invita a los sirvientes a escuchar esa Palabra de Jesús: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Les propone lo que en el fondo ha sido su vida desde que decidió que en ella se cumplieran los hablares de Dios: “hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38). Ella propone a los otros algo que no le es extraño, no algo prestado o aprendido, sino algo que constituye la entraña de su actitud ante Dios: les propone lo que desde siempre Ella ha vivido.

Sin duda que en una boda lo más importante son los novios y su amor. El vino es una pequeñez sin transcendencia, pero que si llega a faltar, aunque esté lo más importante, la fiesta resulta incompleta. Tantas veces los grandes momentos dependen de las cosas pequeñas. Y en nuestro mundo, y en nuestra vida cotidiana, hay muchas cosas “importantes” que están ahí, pero acaso todo eso importante no se logra culminar de modo feliz porque faltan las pequeñeces, todo eso que jamás llenará las primeras páginas ni será objeto de grandes titulares. Es la letra menuda de nuestro cotidiano vivir.

¿Cuál es el vino que nos falta en nuestro mundo? Tantos, quizás, nos están faltando. El vino de la paz, el de la ternura y la comprensión; el vino de la esperanza y del amor, el vino de la fe. Particularmente en las tragedias que siembran los violentos de siempre o los de la última hora, o cuando acontecen catástrofes naturales como el terremoto de estos días en Italia, es cuando la vida reclama un vino nuevo para poder seguir brindándola a pesar de todo. Cuando faltan estos vinos, la vida se “avinagra”. No es igual brindar con vino generoso que tiene la denominación de origen de las viñas de Dios, que hacerlo con el licor tramposo de nuestros egoísmos, pretensiones e intereses en los que las cosas tienen nuestro pobre horizonte y nuestra mezquina medida.

María vio la carencia en la boda, la hizo suya solidariamente, y se puso manos a la obra. No se quedó en relatar lo que sucede y lamentarse por lo que falta. Darse cuenta del “vino” que no tenemos, arrimar el hombro en lo que de nosotros depende, teniendo en la Palabra de Jesús nuestra esperanza: esto fue Caná y esta fue María.

Nuestra tradición cristiana ha reconocido siempre en María ese milagro de amor que Dios nos entregó en ella, porque ella siempre está junto a nosotros cada vez que nos falta en la vida el buen vino de bodas, como sucediera ya en Caná. Si falta el vino de la paz o de la gracia, de la esperanza o de la luz, María siempre estará para indicar a su Hijo Jesús que estamos faltos de esos vinos generosos, y para recordarnos a nosotros lo que nunca hemos de olvidar: hacer lo que Él nos diga. Por ese saber escuchar las palabras de Dios y vivirlas, por eso María es bienaventurada. Hoy es un buen día para saber dar gracias por todos estos motivos que dan sentido a nuestra alabanza dando gloria a Dios en María madre y puerta de misericordia. A ella nos encomendamos y que ella os bendiga.

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