Santa Misa con motivo de la apertura de curso de la Universidad Católica de Valencia

Homilía del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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Valencia, 2 de septiembre de 2016

Inauguramos un nuevo curso en esta Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Su singladura comienza con la celebración de la Eucaristía, misterio y núcleo de la fe que profesa la Iglesia, desde la que se proyecta la luz de la sabiduría necesaria para la vida universitaria, que ha de tener muy presente la verdad del hombre entre sus preocupaciones principales. Comenzamos invocando al Espíritu de sabiduría, sin el que nada podemos, ni siquiera confesar el nombre de Jesús como Señor nuestro, quien ha de guiar y conducir a las personas que formamos esta Universidad indicando los pasos, acciones, directrices que hemos de secundar unidos a Él.

Vivimos hoy momentos particularmente importantes para el futuro de la Universidad y para el cumplimiento de su vocación al servicio del hombre. La Universidad, que nació en la época medieval con el impulso decisivo de la Iglesia Católica, necesita hoy replantearse su papel y su función ante la difusión, cada vez más vasta y articulada, de los campos de investigación. Es preciso hacer frente a las exigencias y a los riesgos de un saber cada vez más especializado y fragmentado, a las difíciles aplicaciones de tecnologías cada vez más complejas y a las nuevas cuestiones, delicadísimas y cruciales, en las que se pone en juego la concepción misma de la vida.

Es necesario poner la verdad, al hombre y su vida en el centro delas preocupaciones científicas y educativas de la Universidad. Sabemos muy bien que el saber, separado de su arraigo antropológico y ético vuelve contra el hombre y se convierte en instrumento de decadencia; en cambio, a la luz de la verdad integral, se muestra como condición indispensable de progreso auténtico.

Para nada o para muy poco valdría la presencia de medios e instrumentos culturales, incluso los más prestigiosos, si no estuviesen acompañados de una clara visión del objetivo esencial de la Universidad que es la formación global de la persona humana, considerada en su dignidad constitutiva y originaria, así como en su fin. La sociedad pide a la Universidad no solo especialistas doctos en sus campos específicos del saber, de la cultura, de la ciencia y de la técnica, sino sobre todo constructores de humanidad nueva y renovada, servidores de la comunidad de hermanos promotores de la justicia porque están orientados a la verdad. La causa del hombre será realmente atendida y servida si la ciencia se une y vincula a la conciencia; el hombre de ciencia ayudará verdaderamente a la humanidad si conserva el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre.

Sabemos cómo la Iglesia comparte con la Universidad, salida de su corazón, esta misma solicitud primera y principalísima por el hombre, en toda su verdad, en su plena dimensión. Toda la solicitud pastoral de la Iglesia está empeñada en que el valor y dignidad del hombre se realicen plenamente tal y como es querido por Dios y se ha hecho presente en Jesucristo, venido al mundo para dar testimonio de la verdad, la verdad del Hombre: “He aquí al hombre”. La Iglesia no tiene otra riqueza ni ninguna otra palabra que ésta: Jesucristo, Redentor del mundo, Aquel que ha penetrado de modo único e irrepetible en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón. Cristo sabe lo que hay dentro del hombre, en el corazón del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!” (San Juan Pablo II). Como señala el Vaticano II, “en realidad el misterio del Padre, manifiesta plena-mente al hombre el propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22). Esta es la base en la que busca apoyarse nuestra Universidad.

A partir de Jesucristo podemos comprender mejor y contemplar más ampliamente el estupor y la grandeza del ser hombre y de las capacidades que en él ha plasmado el Creador. Así, la Iglesia no puede ser indiferente a todo aquello que hace latir el corazón del hombre, esto es, a todas sus inquietudes, a todas sus empresas y a todas sus esperanzas: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia. Por todo ello, Iglesia y Universidad se encuentran en lo más vivo de la misión de ambas y están llamadas a colaborar estrechamente, a caminar de la mano. Iglesia y Universidad no pueden, ni deben, por ello, sentirse ni ser extrañas, sino vecinas y aliadas. Es el mensaje constante de las enseñanzas de los últimos Papas, particularmente de San Juan Pablo II en su Carta Encíclica “Fides et Ratio”, donde muestra cómo la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad; o de la Encíclica del Papa Benedicto, “Caritas in Veritate”, o la del Papa Francisco “Laudato Sí”, llamada a ejercer un notable y grande influjo en toda la sociedad, y, por tanto, también en esta Universidad.

Comenzamos, además, el curso, todavía dentro del Año de la Misericordia, del Santo Cáliz de la Misericordia -la misericordia en el núcleo de la Iglesia, en el centro y corazón de la Universidad-. Lo comenzamos poco más de un mes antes de la celebración el día de Santa Teresa en el que se celebrará la Asamblea diocesana para concluir el proyecto de Plan diocesano de Pastoral que se articulará entorno a aquellas palabras que nos dejó como herencia y programa el Papa San juan Pablo II: “España evangelizada, España evangeliza-dora”, así debe ser también aquí: “UCV evangelizada, UCV evangelizadora”. Y lo comenzamos al día siguiente de la canonización dela Madre Teresa de Calcuta, la evangelizadora por antonomasia delos pobres; algo nos quiere decir el espíritu Santo a esta Universidad que tiene como buque insignia el Campus Capacitas y el Campus Populorum Progressio, que ya debería haber iniciado su singladura. Otro signo del Espíritu que invocamos es que comenzamos el curso tras la JMJ celebrada en Cracovia y un mes antes de la canonización del Beato Manuel González, el santo de la Eucaristía, de los sagrarios abandonados, de los pobres: una verdadera interpelación a nuestra UCV en el campo pastoral. Debo añadir que proseguimos la andadura de la Universidad en este mes de septiembre, complicado por tantos motivos, pero que en nuestra Comunidad Valenciana se adivina previsiblemente complicado para el futuro del hombre con la discusión-aprobación de probables Legislaciones, que en literalidad tantos y tan graves problemas presentan al hombre mismo, a las relaciones sociales, a las libertades básicas; y la Universidad debe hacerse presente ahí, en verdad y con libertad, y en defensa del hombre y de la mujer como Dios los creó. La UCV ha de poner en marcha dos cátedras, una para estudios y promoción de la mujer, que podríamos denominar, sugiero, “Santa Teresa de Calcuta” y la otra “Cátedra Santo Tomás Moro”, para la formación de católicos en la vida pública. No podemos olvidar, así mismo, que el Espíritu Santo, Espíritu de amor que nos concede el amor de Dios para amar como Él con predilección e identificación con los que pasan hambre, este Espíritu ha movido a la UCV a la celebración del Congreso Internacional sobre el hambre, problema básico de la Humanidad, que ha de marcar el rumbo de trabajos de investigación, docencia, estilo, inserción en la Iglesia y publicaciones de la Universidad: se trata de la pasión por el hombre que es la pasión del amor de Dios, que por Jesucristo nos envía con su misma misión de reconciliación y de paz: sin justicia, verdad y caridad que erradiquen el hambre en el mundo no habrá paz.

Con mis mejores deseos para todos, mi afecto y mi ánimo; con la invocación y protección de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Desamparados sobre esta Universidad para que esta Universidad ayude a alcanzar la verdadera sabiduría -Cristo, Cristo crucificado- a cuantos se acerquen a ella o en ella se encuentren.

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