Santa Misa en la fiesta de la Virgen de la Antigua

Homilía de
Mons. D. ATILANO RODRÍGUEZ MARTÍNEZ
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

atilano rodriguez martinez

Guadalajara, 8 de septiembre de 2016

Celebramos hoy la fiesta del nacimiento de la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia. Como todos sabemos muy bien, con el correr de los siglos, los cristianos, impulsados por la devoción y el afecto a la Santísima Virgen, le han asignado distintos títulos como expresión de cariño y admiración por su testimonio de fidelidad a Dios y por su amor a los hombres. Nosotros la veneramos como Patrona de la Ciudad de Guadalajara, bajo la advocación de la Virgen de la Antigua.

Esta año hemos de situar esta fiesta en honor de la Madre en el marco del gran Jubileo de la Misericordia, convocado por el papa Francisco para ayudarnos a descubrir la verdadera identidad de nuestro Dios y la grandeza de nuestra vocación cristiana. Los cristianos, contemplando a María, somos invitados a poner la mirada en el rostro de Cristo resucitado para meditar sus palabras de vida y descubrir así la entrañable misericordia de nuestro Dios, que se abaja hacia cada uno de nosotros para abrazarnos, perdonarnos y curar nuestras dolencias físicas y espirituales.

Pero, la meditación de la Palabra nos recuerda también que no podemos quedarnos sólo en la contemplación de la misericordia divina que llega hasta nosotros de generación en generación por medio de la entrega de Jesucristo. En los gestos y palabras de Jesús con los hombres y mujeres de su tiempo, descubrimos que el amor misericordioso del Padre no podemos guardarlo para nosotros solos. Hemos de concretarlo cada día en la convivencia familiar y en las relaciones sociales mediante la ternura, la escucha, la comprensión y la cercanía a cada ser humano.

La acogida del amor misericordioso de Dios y la celebración del mismo en los sacramentos, especialmente en la Penitencia y Eucaristía, tiene que impulsarnos a vencer nuestros egoísmos y cansancios para salir al encuentro de tantos hombres y mujeres, que experimentan en su vida pobreza y marginación, desprecio y persecución por sus convicciones religiosas. A ellos hemos de recordarles, con las obras y las palabras, que Dios les ama con amor infinito, que Jesucristo continúa entregando su vida por ellos y que quiere ser su amigo y compañero de camino.

Al referirse a los gestos de misericordia de la Madre Teresa de Calcuta con los moribundos y abandonados por la sociedad, el papa Francisco nos decía el domingo pasado: “La misericordia ha sido para ella la “sal” que daba sabor a cada obra suya y la “luz” que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento”.

Con el fin de acompañar hoy a quienes lloran y sufren de cualquier modo hemos de practicar las obras de misericordia corporales y espirituales en la relación con nuestros semejantes. De este modo, además de ayudar a los necesitados, estaremos poniendo los medios para que la Iglesia sea “el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

En este momento de la historia, lleno de grandes esperanzas y de fuertes contradicciones, todos los bautizados deberíamos asumir con gozo la misión de introducir a todos los hombres en el misterio de la misericordia de Dios a partir de la contemplación del rostro de Cristo. Hoy son muchos los hombres y mujeres que dedican su tiempo y sus energías, en ocasiones con la entrega de la propia vida, a mostrar este amor misericordioso de Dios a los más pobres y desheredados de la tierra.

Pero, también constatamos con profundo dolor que el olvido de Dios, el fanatismo religioso y la reducción de la fe cristiana a los propios criterios y deseos están sacando a la luz los sentimientos más bajos del ser humano, como son el odio, la venganza, la mentira y la violencia. Quienes se dejan guiar por estos sentimientos egoístas siembran división, sufrimiento, muerte y desolación entre los hijos de un mismo Padre. Es más, estos comportamientos hacen imposible la construcción de una sociedad justa y pacífica, respetuosa con los derechos y la dignidad de cada persona.

Ante la contemplación de esta realidad de sufrimiento y dolor, no podemos ser conformistas ni mirar para otro lado. Hemos de luchar con todas nuestras fuerzas y con la ayuda de la gracia divina para hacer del entorno familiar y de la convivencia social un oasis de misericordia y de paz.

La Santísima Virgen, desde su asunción al cielo, vive ya la perfecta comunión de amor con Jesucristo y con el Padre. Desde esta experiencia de amor, nos acompaña a todos los discípulos de su Hijo mientras peregrinamos por este mundo para que, contemplando su testimonio de amor y de fidelidad a la voluntad del Padre no tengamos miedo a salir al encuentro de cada hermano para mostrarle su entrañable misericordia.

Con el propósito de concretar este amor misericordioso de Dios en el mundo, miles de cristianos, convencidos de que María les escucha, acoge y conforta en medio de las dificultades y sufrimientos de cada día, acuden a sus santuarios para pedirle protección y amparo. Estas vivencias de fe suscitan en ellos sentimientos de afecto filial, de confianza en el amor de Dios y de súplica sincera por la paz, la justicia y el respeto a la dignidad de cada ser humano.

Con toda seguridad, quienes nos hemos congregado aquí esta mañana para contemplar las virtudes de la Santísima Virgen, a la que veneramos bajo la advocación de la Antigua, también le abrimos cada día nuestra intimidad para encontrar en la plegaria a la Madre paz, confianza, fuerza espiritual y alegría. No dejemos nunca de invocarla como auxilio y amparo de todos los cristianos.

Con el rezo o con el canto de la Salve, saludemos a María como “Reina y Madre de misericordia”. Confiados en su protección maternal, presentémosle los agobios y los sufrimientos de nuestra condición humana, diciéndole: “a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Y, después de llamarla, “clementísima, piadosa y dulce Virgen María”, pidámosle que “vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos”.

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