El despertar religioso de los niños

Carta de
Mons. D. Julián Ruiz Martorell
Obispo de Huesca y de Jaca

Julian-Ruiz-Martorell

Domingo 11 de septiembre de 2016

Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Hay momentos en que pensamos que la fe es solamente una herencia cultural, una especie de traje protector que nos envuelve, que nos protege de la inclemencia del tiempo y que nos asegura un poco de bienestar en medio de tantas incertidumbres.

En realidad, la fe es una continua acción de la gracia de Dios en nosotros, una constante presencia divina que se hace cercanía, llamada, y que requiere una respuesta libre, una adhesión personal.

Cada persona vive su peculiar historia de fe. Nadie puede responder por otro. Sin embargo, los padres tienen una especial tarea para dar testimonio creíble de su fe, para dar razón de la esperanza que les mueve y motiva, y para comunicar el amor que les une y que se extiende en el don de la vida de los hijos, recibida de Dios, comunicada como un regalo y una responsabilidad.

El constante testimonio del amor conyugal, vivido y expresado día a día, jornada tras jornada, es el mejor estímulo para que los hijos salgan de la somnolencia que caracteriza a nuestra sociedad y despierten a una realidad nueva y fecunda.

Con el paso del tiempo, de un modo silencioso, pero eficaz; sin apenas palabras, pero con mucha entrega, los padres contribuyen al despertar religioso de los hijos. Con su vida de amor recíproco, los padres ponen ante los ojos de sus hijos el don de Dios, la fe sembrada por el Señor, como una semilla, en el interior de cada persona.

Esa fe recién amanecida, balbuceante, requiere cuidado y atención, sabiduría y paciencia, para crecer hasta convertirse en una fe sólida, con raíces, arraigada en el Señor, cimentada en Él. Una fe que se volverá activa en el amor y producirá abundantes frutos.

El proceso de transmisión de la fe tiene unas constantes que se repiten a lo largo de la historia. Comienza por el testimonio, pero se concreta en los momentos en los que los padres enseñan a rezar a sus hijos y oran con ellos. Hay personas que continúan recitando diariamente las sencillas oraciones que aprendieron, hace mucho tiempo, de los labios, mejor diríamos, de los corazones de sus padres.

Los padres acompañan a sus hijos en el itinerario de iniciación cristiana. Solicitan para ellos el bautismo, sacramento que preparan con interés y dedicación. Inscriben a los niños en la catequesis, que les garantiza la formación adecuada para recibir la Primera Comunión. Cada año, realizan la inscripción en la Enseñanza Religiosa Escolar, para que su educación sea integral y no descuide la dimensión espiritual. Animan en los adolescentes y jóvenes la decisión de recibir la Confirmación.

Son los padres quienes introducen a los hijos en la vida de la Iglesia. Son ellos quienes leen con los hijos la Biblia. Son ellos quienes les regalan su primer Nuevo Testamento o su primera edición de los Evangelios. De esta manera, la vida familiar va siendo iluminada por la luz de la fe y se abre a la alabanza del Señor.

Pero los padres no están solos. La comunidad cristiana les ayuda, les aconseja y les acompaña. Familia, parroquia y escuela han de trabajar en sintonía y de un modo complementario. De esta manera, los niños van descubriendo el regalo formidable de la fe y aprenden a agradecer este don y a vivir en consecuencia.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

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