Señales de la misericordia divina

Carta de
Mons. D. José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena en España

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Domingo 11 de septiembre de 2016

Los textos de la Palabra de Dios muestran algo fantástico: Dios y el hombre cara a cara. La circunstancia es lo admirable, la ocasión se produjo por la decisión del hombre de alejarse de Dios, de darle la espalda. Esto, que parece tan simple es la historia de la humanidad, una experiencia demasiado frecuente: la huida y lejanía del Todo, el encuentro con una realidad cruel y deshumanizadora y la vuelta a casa. Jesucristo nos hace caer en la cuenta de esta realidad con la parábola del hijo pródigo, una enseñanza que no ha perdido actualidad. En la primera lectura, se recoge la misma situación con el pueblo de Israel durante el Éxodo. En realidad, lo que se está destacando es la facilidad que tiene la persona para despistarse de lo esencial por estar condicionada por otras muchas voces que le vienen de la cultura, la política, la economía, las dificultades sociales y tantos sufrimientos; además de las consecuencias de la avaricia, de la codicia y el afán de atesorar… Todo esto ha desorientado a muchos. Ya sabemos que la condición humana es frágil y que se olvida de la palabra que da, de las promesas que hace, incluso hasta llegar a negar a Dios. Lo grave de esto es que el corazón del que no reconoce a Dios no tiene piedad y se incapacita para verle. Por esta razón se insiste en que para ver a Cristo hay que abrir los ojos de la fe.

En el Evangelio hay una intención clara de presentarnos a Dios misericordioso en tres bellísimas parábolas, donde se ve a Dios siempre dispuesto al perdón y abierto a la vida y a la alegría, con los brazos abiertos para acogernos, sin preguntas, sin reproches, sin miedos y diciendo: Bienvenido a casa. Jesucristo es presentado como el Maestro, el Señor, que nos abre el camino para llegar al Padre y a Jesús le hemos sentido cercano, nos ha abierto los ojos de la fe y nos ha enseñado a reaccionar ante las adversidades, su corazón es siempre misericordioso, así lo cuenta el Evangelio con la parábola de la oveja perdida o el de la moneda extraviada.

La tercera de las parábolas de la misericordia, la del hijo pródigo, es de esas de las que uno dice, ya la conozco y pasa de largo, sin caer en la cuenta de que se trata de tu propia historia. Al final, después de haber sido acogido extraordinariamente, abraza a su hijo, lo besa y prepara una fiesta por la vuelta, por haber sido recuperado. Sobresalen los signos del perdón y se destaca la ternura del abrazo de Dios al pecador que se convierte, un amor que envuelve por completo, de tal manera que el chico se siente libre del peso de la culpa, se siente perdonado, querido, sumergido en la alegría propia del amor que sabe perdonar.

El amor de Dios es así, sale todos los días a los cruces de los caminos para avistar a los hijos perdidos y no se cansa de mandar señales de su presencia. El Papa Francisco, como sus predecesores, insiste en que no olvidemos nuestra misión, como heraldos de la misericordia de Dios, que ayudemos a todos los que han abandonado, por las razones que sean, a «“volver a casa”, que ha comenzado una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría» (Cf. Evangelii Gaudium, 1,25).

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José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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