Santa Misa en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Homilía de
Mons. D. Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

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Santo Toribio de Liébana
Miércoles 14 de septiembre de 2016

La cruz de Cristo, revelación del amor misericordioso del Padre y del Hijo

Celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz en el año de la misericordia. Es un buen momento para meditar cómo la cruz es la manifestación suprema del amor, la misericordia y el perdón de Dios. Es lo que vamos a hacer en un primer momento. Luego incideremos en que la Iglesia ha de ser testigo del amor y de la misericordia de Dios.

Dios es amor, perdón, compasión

Dios ha tomado la iniciativa de venir a nuestro encuentro y ha escrito una historia de amor hasta lo inimaginable. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su único Hijo para que todo el que cree en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3,16-17). Dios, entregando a su Hijo por nosotros, nos ha amado hasta el extremo. No somos para Dios Padre extraños ni indiferentes, nos ha amado con obras y de verdad, ya que el amor verdadero se manifiesta con el sufrimiento real por la persona amada (cf. Jn 15,13). Jesús, por su parte, entrega su vida al Padre. Incluso en Getsemaní lo llama Abbá, mostrándonos el rostro de Dios, compasivo y misericordioso. Dios no es un Dios distante, insensible, ajeno a nuestro sufrimiento. Jesús muerto y resucitado nos revela que Dios es amor, perdón, compasión. Escuchó al Hijo, no ahorrándole anticipadamente la muerte, sino liberándolo de la muerte y constituyéndole señor y dador de vida. En la cruz de Jesús confluyen el rechazo y la condenación de los hombres y el amor y la entrega del Hijo de Dios. Jesús nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1), hasta lo indecible, hasta entregar su vida por nosotros. “Me amó y se entregó por mí”, pudo decir S. Pablo (Gal. 2,20).

La muerte de Jesús, reflejo del amor de Dios

“¿Cómo respondió Jesús a la traición de Judas, a las negaciones de Pedro, al abandono de todos, al escarnio de los enemigos? Entregándose, perdonando. Jesús no se defendió, no se escabulló con artimañas, no se hundió en la amargura, no se quebró en la desesperación, no se revolvió en insultos y amenazas. Su muerte fue como la de un cordero, pidiendo perdón al Padre por los que lo crucificaban, poniendo su espíritu en manos de Dios, prometiendo el Paraíso a quien se dirigió a Él invocándolo como Salvador. Su muerte fue reflejo del amor de Dios. Por la forma de morir, tan mansa y dignamente, se transparentó su condición divina (cf. Lc 23, 47-48; Mt 27,54; Mc 15,39). Jesús es el rostro personal de Dios, también y particularmente en su pasión y muerte”.

Jesús, murió en la cruz, pidiendo al Padre que perdonara a quienes lo crucificaban. El que mandó perdonar a los enemigos (cf. Lc 6, 27-28) dio ejemplo (cf. Lc 23,34). Fue crucificado por odio, pero Él respondió con amor. Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto (cf. 1P 2,23). Jesús venció en la cruz, aceptando la voluntad del Padre, superando la natural resistencia al extremo sufrimiento y a la muerte, dominando el miedo y la angustia, dando muerte en Él al odio (cf. Ef 2,16). Respondió con amor a la crueldad de quienes lo condenaron y entregó su espíritu confiadamente en manos del Padre. Por eso el anuncio de Jesús crucificado es para nosotros el anuncio y la promesa del perdón de los pecados.

S. Juan Pablo II nos ha dejado escrito que “la cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre” (DM.8). Porque “el amor conteniendo la justicia, abre el camino de la misericordia” (DM.8).

La Iglesia testigo del amor y de la misericordia de Dios

La Iglesia ha de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión. Profesándola y proclamándola en toda su verdad, viviéndola sobre todo en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. La auténtica misericordia es la fuente más profunda de la justicia y la más perfecta encarnación de la igualdad entre todos los hombres. La misericordia crea fraternidad. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado (Cf. JUAN PABLO II, DM. 146).

“El madero de la cruz –explicaba el papa Benedicto XVI- se convirtió en vehículo para nuestra redención, así como el árbol del que fue hecho había ocasionado la caída de nuestros primeros padres. El sufrimiento y la muerte, que habían sido una consecuencia del pecado, se convirtieron en los mismos medios por los que el pecado fue vencido. El Cordero inocente fue muerto en el altar de la cruz, y sin embargo de la inmolación de la víctima, estalló nueva vida: el poder del mal fue destruido por el poder del amor del autosacrificio” (Homilía de la Misa celebrada en la iglesia parroquial latina de la Santa Cruz en Nicosia, 5 de junio de 2010).

Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios. En la cruz Dios mismo mendiga nuestro amor: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás, metiendo su mano en la herida del costado de Cristo, reconoció a Jesús como su Señor y su Dios. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros.

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