Solemnidad de la Santísima Virgen del Camino

Homilía de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

(Basílica-Santuario, 15-IX-2016)

“Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre”

Jdt 13,17-20; Sal 30;             Hb 5,7-9             Jn 19,25-27

Una vez más la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Camino, nos ha reunido en su basílica en el día de su fiesta mayor.  Un año más hemos venido a honrar y venerar a la Patrona de la Región Leonesa, nuestra Reina y Madre. Lo hacemos siempre con gozo profundo y confianza segura, porque sabemos que ella nos escucha siempre, y siempre “vuelve a nosotros sus ojos misericordiosos” como decimos en la Salve. En este Año Jubilar de la Misericordia quiero comentar para vosotros, a la luz de la palabra de Dios que se ha proclamado, la invocación con que comienza precisamente la oración más bella del pueblo cristiano dirigida a la Nuestra Señora, después del Avemaría. Me estoy refiriendo a la Salve, cuyas primeras palabras son estas: “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra…”.

1. Jesús desde la cruz nos entregó a María como Madre de misericordia 

El Evangelio que hemos escuchado evocaba el instante en que nuestro Redentor, desde la cruz, confiaba su Madre a todos los discípulos, y por tanto a nosotros también, representados en Juan, a la vez que le daba el encargo de velar por María. “Y desde aquella hora, dice el Evangelio, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,27b), es decir, como su verdadera Madre, como la debemos recibir también nosotros. Aquello fue el comienzo de una relación materno-filial entre María y el apóstol Juan que ya no cesaría jamás y que entró de lleno en lo que se conoce como la “economía de la salvación de los hombres”  o “de la gracia divina”, que no es otra cosa que el plan de Dios para salvar a la humanidad herida por el pecado y alejada de su Creador.

María había entrado ya en ese misterioso proyecto divino orientado a salvarnos, enseña el Concilio Vaticano II, “desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la anunciación” y que ahora mantiene y actualiza constantemente y sin vacilar como hizo al pie de la cruz, “hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos (María), no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 62). María empezó en el Calvario a ejercer su nueva maternidad en favor de los discípulos de su Hijo, a la vez que Juan le abría la puerta no solo de su casa sino también de su corazón. Como debemos hacer también nosotros, como ha hecho siempre el pueblo cristiano invocando a María precisamente como “Reina y Madre de misericordia”.

2. María“Reina y Madre de misericordia”

Este título mariano es el que quisiera que todos evocarais en la fiesta de hoy al dirigir la mirada a María Santísima en la bella imagen de la Virgen del Camino, a la que nuestra gente llama y canta tierna y dulcemente: “Reina y Madre del pueblo leonés”. Ella es la Madre de la misericordia divinaporque es la madre de Jesús, en quien Dios reveló al mundo su verdadero rostro rebosante de amor y de compasión, de perdón y demisericordia. Lo dejó escrito también el evangelista san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito” (Jn 3,16). Escuchando esta palabra, al contemplar a Jesús muerto en los brazos de María, tomamos conciencia de que Dios nos ama, de que nos ha amado siempre y nos ama de verdad. He aquí, en la imagen de la Virgen del Camino con su Hijo muerto en brazos, la expresión plástica, sencilla y sublime, que resume todo el Evangelio, toda la fe y toda la teología cristiana: ¡Dios nos ha amado y nos sigue amando con un amor gratuito y sin límites! ¡Así nos ama Dios, hasta entregar a su Hijo único! (cf. Jn 3,16).

San Pablo afirmaba en una de sus cartas: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo” (Ef  2,4-5). Y la prueba suprema de ese amor por nosotros es la cruz, demostración también hasta donde llegó el amor del propio Jesús, “hasta el extremo” como recuerda san Juan (cf. Jn 13,1), es decir, no sólo hasta el último instante de su vida terrenal, como aparece en los brazos de la Virgen, muerto y despojado de todo, sino hasta el extremo de un amor que no conoce límites porque es realmente inmenso. Y esta es precisamente la prueba: si, al crearnos, Dios demostró ya que nos amaba dándonos la vida y la existencia, en la pasión y en la muerte de su Hijo, ese amor ha alcanzado su expresión máxima.

Pero no olvidemos esto: el amor y la misericordia infinita de Dios se comunicó al mundo precisamente por mediación de María y en su maternidad virginal y gloriosa. La que empezó a realizarse en Nazaret al concebir a Jesús “por obra y gracia del Espíritu Santo”, como decimos en el Credo, y que culminó en el Calvario cuando Nuestra Señora fue asociada íntimamente a la pasión, muerte y resurrección de su divino Hijo. Al pie de la cruz María se convirtió en nuestra Madre, Madre de todos los discípulos de Cristo, Madre de la Iglesiay de toda la humanidad, “Reina y Madre de misericordia”.

3. Nuestra relación filial con María nos invita a ser misericordiosos

Ante esta constatación y volviendo nuevamente nuestra mirada a la Virgen del Camino, podíamos preguntarnos: ¿Cómo debe ser nuestra respuesta a ese amor y ternura de nuestra Madre para con nosotros? ¿Qué podemos hacer? El papa Francisco, cuando convocó el Año Jubilar de la Misericordia, no dejó de aludir a esa dulzura de la mirada de María para que acompañara a la Iglesia a lo largo de todo el año santo, “para que todospodamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios”,porque “ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre” (“Misericordiae Vultus”, 24).

“Redescubrir la alegría de la ternura de Dios” es un objetivo precioso, pero no solo para nosotros mismos, sino también para los demás, para todas aquellas personas que conviven con nosotros, que tratamos a diario, que encontramos a lo largo de la jornada, conocidos y no conocidos. Esto quiere decir que todos debemos convertirnos en “misericordiosos como el Padre” en expresión del papa Francisco(“Misericordiae Vultus”, 13), poniendo en práctica las “obras de misericordia corporales y espirituales” en nuestras casas y en nuestras familias, en la calle y en nuestras relaciones profesionales o de convivencia, en todas partes. Para que nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias, nuestras cofradías y asociaciones de fieles, nuestras instituciones sociales y caritativas, nuestra diócesis en una palabra, sean con la ayuda de Dios y la intercesión de María fuentes y espacios de misericordia, y todos nosotros testigos trasparentes y eficaces de un amor que no admite exclusiones.

A la Virgen del Camino le pedimos hoy que este Año jubilar sea, efectivamente, una siembra de generosidad y de misericordia en el corazón de las personas, de las familias y de los pueblos; que ella siga guiando nuestros pasos de peregrinos que buscan el consuelo y la fortaleza de la esperanza y para que aliente en todos los corazones la certeza de que Dios nos ama verdaderamente, que siempre está cerca de nosotros, especialmente en los momentos de dificultad o de angustia. Para que nuestro paso por su santuario, en este día de su fiesta y cada vez que nos postremos ante su sagrada imagen, se transforme en una experiencia de gracia, de acogida, de perdón si es necesario, de amor y de alegría.

Santísima Virgen del Camino, Reina y Madre de misericordia: Tu amor inmenso hacia tus hijos se convierta para todos en un océano de bondad infinita y de alegre esperanza.

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