Ungidos y urgidos por la misericordia

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Carta Pastoral de
Mons. D. CARLOS OSORO SIERRA
Arzobispo metropolitano de Madrid

En la misión de Cristo y de su Iglesia,
la Iglesia en Madrid ungida y urgida por la misericordia:
desafíos, retos, tentaciones y posibilidades (cfr. Mt 9, 32-38)

Introducción

Esta carta pastoral que os escribo al comienzo del curso 2016-2017 quiere ser continuación de aquella que os escribía el curso pasado: Jesús, rostro de la misericordia, camina y conversa con nosotros en Madrid. Aquella carta quería dar un marco para el primer año del Plan Diocesano de Evangelización (PDE) 2015-2016, que tenía este título: «La conversión pastoral para una transformación misionera de la Iglesia en Madrid». Esta que os escribo ahora quiere enmarcar el segundo año del PDE, es decir, todo el trabajo que durante el curso vais a seguir haciendo con el método de la lectio divina y que lleva por título: «Desafíos, retos, tentaciones y posibilidades para evangelizar en Madrid».

Sigo creyendo que mi comunicación con vosotros debe seguir la misma línea sapiencial con la que deseo hacerlo siempre, porque se acerca con más profundidad a la vida y al núcleo de nuestra existencia, aunque no siempre lo logre con la fuerza con la que desearía ser cauce de Jesucristo. Comunicación que os alcance para vivir con el entusiasmo que engendra en el corazón de quien siente como Él, le toca y hace llegar su efecto, afecto y sabiduría.

El marco que he elegido para este curso nos lo da esta página del Evangelio:

«Estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: “Nunca se ha visto en Israel cosa igual”. En cambio los fariseos decían: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”». Mt 9, 32-3

Entendemos mejor las palabras del Señor si tenemos en cuenta que, un poco antes, Él había curado a dos ciegos. Por eso comienza el texto diciendo que «estaban ellos saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo». Os invito a que, en esta composición de lugar, nos situemos también nosotros. Que, como los ciegos que seguían a Jesús, le digamos al Señor con todas nuestras fuerzas: «Ten compasión de nosotros». Necesitamos experimentar la pasión que el Señor tiene por todos los hombres, su gran compasión. Esa que con tanta belleza contemplamos en la descripción que hace el apóstol san Pablo de Cristo, «el cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» [1]. La experiencia de la compasión de Jesús engendra la fe en Él. Ojalá tengamos siempre la fe de aquellos dos ciegos, que nada ven, pero saben de la compasión de Jesús y creen que el Señor puede curarlos y hacerles ver, mucho más de lo que los ojos físicos ven. Tendrán esa visión que da tener los ojos de Jesús, que nos hace comprender todo, a todos y a nosotros mismos de una manera nueva. Pidamos al Señor que nos dé la experiencia de su compasión y que nuestra respuesta sea la de aquellos dos hombres ciegos; que ante la pregunta de Jesús, «¿Creéis que puedo hacerlo?», podamos decir también nosotros: «Sí, Señor». Y tengamos la gracia de recibir del Señor la certeza, también con sus mismas palabras, «que os suceda conforme a vuestra fe».

1. Una misión que requiere ser bien comunicada
y que la entiendan todos los hombres

El ser humano, viviendo desde sí mismo, ni se conoce ni puede comunicarse en la plenitud de toda su riqueza como lo que es, «imagen y semejanza de Dios». Y esto lo tiene que hacer con todos los hombres, creyentes y no creyentes. La belleza del ser humano, que se la ha dado Dios mismo cuando lo crea –el ser espejo de lo divino, que siempre inspira y vivifica el corazón, no solamente de uno mismo sino de todos los que se encuentra en el camino–, es de vida o muerte para todos.

En las grandes ciudades, que se han convertido en lugares propios de las nuevas culturas, que se han gestado o se están gestando, y que se imponen con un nuevo lenguaje y una nueva simbología y se comunican con toda su fuerza a los ambientes más pequeños y zonas rurales, hemos de estar atentos. Las transformaciones económicas, sociales, culturales, políticas y religiosas impactan en todas las dimensiones de la vida. Surgen desafíos diarios entre tradición y modernidad, globalidad y particularidad, inclusión y exclusión, personalización y despersonalización, lenguaje secular y religioso, igualdad y pluralidad. A todo ello hemos de estar atentos. No tengamos miedos. La Iglesia comenzó la evangelización en las grandes ciudades de su tiempo, y de ellas se sirvió para extenderse. ¿Por qué no realizar con valentía, alegría y esperanza, aunque acontezcan sufrimientos y se produzcan sombras, la búsqueda y la contemplación del Dios de la vida? ¿Es que no es posible ayudar a experimentar, también en la gran ciudad, lo que está inscrito en el corazón de todo ser humano, como es la fraternidad, la necesidad de la comunión, de la solidaridad, de convivir con el otro aunque sea diferente? En la gran ciudad, en el desarrollo y crecimiento de cada persona, es urgente incluir la misericordia como don de Dios. Acoger nuevos estilos y lenguajes, una espiritualidad de la gratuidad, de la solidaridad, de la comunión y de la misericordia. Difundir la Palabra de Dios, anunciarla con alegría. Responder a las grandes preguntas. Insertarnos en todos los ambientes. Expresar con firmeza y con obras reales la acogida a quienes llegan por quienes están. Pasar de un esperar a un buscar. Buscar nuevas estrategias de comunicación y presencia. No dejar ningún lugar sin la presencia de la Iglesia en sus diversos modos de hacerse presente o con otros modos nuevos. Presencias que sean proféticas, que den voz a cuestiones de valores y principios. Estrategias para llegar a lugares cerrados, sean residenciales o barriadas pobres. Todo ello, y seguro que mucho más, hará que experimentemos la urgencia y necesidad de comunicar el Evangelio, de dar a conocer a Jesucristo mostrando su amor, es decir, su misericordia.

Por eso, la imagen que se nos muestra en ese hombre del Evangelio del que se nos dice que era un «endemoniado mudo», que estaba ocupado por el mal, nos muestra la fealdad y la vulgaridad deprimente a la que puede llegar la existencia y la historia de los hombres cuando falta Dios en su vida. Aquella urgencia con la que Jesús habla a los discípulos cuando les dice: «Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» [2], adquiere una fuerza singular cuando se trata de realizar la misión hoy. Comunicar la verdadera belleza, verdad y bondad, que tiene su expresión máxima en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que ha entrado en esta historia y nos ha dicho a los hombres quiénes somos y quién es Dios, tiene una importancia fundamental en la construcción del presente y del futuro. Nada es igual. Todo es diferente cuando Dios entra en el corazón del ser humano. Así nos lo ha mostrado Jesucristo. En los encuentros que Él tiene, cuando toca el corazón de un ser humano, este experimenta un cambio tal que sucede en su vida lo que aconteció al apóstol san Pablo y que él lo describe de esta manera: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí».

La comunicación nos humaniza y nos engrandece. Las distintas formas de comunicación –diálogo, oración, enseñanza, testimonio, proclamación– y los diversos instrumentos que utilizamos –prensa, electrónica, artes visuales, música, voz, gestos de contacto–, son manifestaciones de la naturaleza fundamental de la persona humana. ¡Qué hondura tiene comprobar que la comunicación revela a la persona, crea relaciones auténticas, crea comunidad, nos permite a las personas madurar en conocimientos, sabiduría y amor! Comunicar nos hace humanos.

Pero al mismo tiempo, a la luz de la Sagrada Escritura, lo que refleja la comunicación es nuestra participación en el Amor Trinitario creativo, comunicativo y unificador, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Qué maravilla! Dios nos ha creado para estar unidos a Él. También nos creó dándonos el don y la tarea de la comunicación, que nos hace partícipes de algo suyo: quiere que logremos ser familia de los hijos de Dios, a través de conocernos y conocer, de nuestro amor comunicado y del servicio a nuestros hermanos. La comunicación verdadera reside en su veracidad. Por eso, cuanto más estemos unidos a quien es el Camino, la Verdad y la Vida, que es el mismo Jesucristo, el rostro de la Misericordia, mejor construiremos la fraternidad y la comunión.

Dar la palabra al ser humano, dejar que pueda comunicarse desde lo que es y desde quién es, es una cuestión fundamental de la concepción antropológica que en estos momentos se cuestiona. En todos los ámbitos en los que se dan grandes retos a los cristianos, es fundamental la tarea de vivir con la fuerza de discípulos de Cristo. En poner las bases del tercer milenio está el que dejemos que el Señor nos devuelva la palabra. Para todos los campos de la vida humana, del matrimonio, de la familia; en el ámbito de las grandes cuestiones del momento como son la paz, la justicia y la conservación de la creación, si no tenemos la palabra que solamente Dios nos puede devolver, se juegan dimensiones constitutivas del ser humano y de su verdad.

Por eso, cuando el hombre mudo del Evangelio habló, la gente quedó admirada y decía: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual». Dar la palabra es dar libertad, vida y la capacidad de construir, de unir, de crear puentes, de tirar muros. Dar la palabra es, de alguna manera, ponernos a la altura a la que Dios ha querido que estuviera el hombre, es decir, a su altura. Y es que cuando el Señor creó, lo hizo con una palabra, «hágase», y se hizo todo lo que existe, también el ser humano. Frente a un Dios que quiere regalar al hombre lo que más le identifica a Él, la palabra, el poder de la comunicación, están otros a los que, al igual que a los fariseos, les parece mal dar la libertad, crear y dar las condiciones necesarias para que el ser humano viva como familia de Dios, en comunión y en comunicación, en libertad, justicia y verdad. Hoy podríamos hablar de fuerzas y presencias que siguen diciendo, cuando se engendra libertad y comunicación que construye y crea comunión, «este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios». Pero no hay vuelta atrás, como nos recordaba siempre san Juan Pablo II: estas son líneas esenciales e irrenunciables de la verdad sobre la persona humana.

Hay que sentir la necesidad de acercarnos a las personas, desear conocerlas mejor, darnos a conocer… Así, estamos respondiendo a la llamada divina, grabada en nuestra naturaleza de seres creados a «imagen y semejanza de Dios», el Dios de la comunicación y de la comunión.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Cómo ayudamos como cristianos a hacer experimentar en la vida lo que está inscrito en el corazón del ser humano?
  • ¿Quién y qué ocupa nuestra vida?
  • ¿Cómo comunicar belleza, bondad y verdad a los hombres?
  • ¿Cómo engendrar comunicación, libertad y comunión?
  • ¿Me acerco a todos? ¿Por qué?

2. La Iglesia, como Jesús, en salida: «Jesús recorría las ciudades y las aldeas»

Nada ni nadie se quedaba sin su presencia. Él recorría todas las ciudades y aldeas. Su presencia es necesaria y tiene que ser continuada por la Iglesia. ¡Cuántas veces decimos y oímos que Jesucristo es Camino, Verdad y Vida! Y es verdad, pues sin conocerlo a Él cómo es y quién es, toda la realidad quedaría indescifrable. No sabríamos el camino y, por tanto, no habría verdad y vida. La Iglesia, como Jesús, tiene que salir en medio de los hombres, y esta salida es para darles la certeza de que Jesucristo es Dios, que ha querido acercarse a todos los hombres tomando rostro humano, y haciéndonos ver que solo Él es el único salvador de los hombres.

La Iglesia, como Jesús, no se impone. A nadie obliga a acoger su mensaje. Pero sí sale a la historia concreta de los hombres, no para hacer una comunicación intelectual, sino para evangelizar y así entregar una experiencia de vida, de purificación y de transformación de la existencia. Para dar de primera mano a Jesucristo. Para ser presencia viva de su amor, de su entrega, de su misericordia, de su curación y sanación al hombre entero. Todo ello va unido a una promoción humana y a una auténtica liberación, pues el amor a Dios y al prójimo se funden de tal modo que, en lo más pequeño y humilde, encontramos a Jesús y, en Él, a Dios. La presencia de la Iglesia en medio del mundo y en todas las realidades donde están y viven los hombres debe ser realizada por testigos fieles y creíbles de Cristo, lo cual significa que son rostro de Él. La evangelización se realiza desde la santidad. La Iglesia sale llena del amor divino para cumplir su misión, para sanar al mundo. Y esta sanación no se hará más que con discípulos que, como Jesús, son santos y se construyen conforme a Dios. ¡Qué fuerza tiene para nosotros conocer el secreto de la vida de un discípulo de Jesús como fue el apóstol san Pablo! Nunca huyó de las dificultades y de los sufrimientos, porque era muy consciente de que forman parte de la cruz que como cristianos hemos de llevar cada día: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» [3].

No podemos salir de cualquier manera. Hay que hacerlo llevando la alegría, esa que proviene de ser discípulos de Jesucristo, que conlleva haber conocido a Jesucristo y ser enviado por Él. Somos discípulos misioneros. Esa alegría que sintieron los primeros discípulos cuando estaban reunidos en aquella estancia por miedo a los judíos, cuando creían que todo había terminado, y Él se aparece en medio de ellos, y nos dice el Evangelio que «se llenaron de alegría». Era la alegría de la Resurrección, del triunfo de Cristo sobre todo. Era la alegría de sentirse inmensamente queridos por el Señor, de saber que Él contaba con ellos, que ellos eran importantes para Él. La alegría de quitar miedos, de saber que el poder es de Dios y no de los hombres, la alegría de la misión que les entregaba.

En las entrañas de nuestra vida están estas dimensiones: discípulos-misioneros. El habernos encontrado con Jesucristo, que nos llena de alegría, y el haber sido, fruto de este encuentro, enviados al mundo, a todos los hombres, con el tesoro del Evangelio. De tal manera que esto no se convierte en una carga, es un don, es una bendición: encontrados por Cristo y enviados por Él. ¿Qué debe significar en nuestra vida todo esto? Llenarnos de alegría. Ser discípulos-misioneros es la gran liberación que llena la vida de alegría cuando reconocemos al Hijo de Dios que se ha encarnado y nos ha redimido y sanado, y quiere que a través de nosotros llegue esta noticia a todos los hombres. Él, que es vencedor del pecado y de la muerte, tiene que llegar a todos los hombres que están en los caminos, a veces al borde de los mismos, y todos, pidiendo limosna y compasión. Cuando vivimos de la alegría del Evangelio, el discípulo-misionero se convierte en un antídoto frente a un mundo atemorizado, agobiado, violento, dividido, enfrentado, roto, egoísta, que se olvida de los más pobres.

¡Cómo no salir al mundo cuando se ha conocido a Jesús! ¡Cómo guardar para uno mismo lo que es una auténtica liberación, que llena de alegría el corazón y nos hace acercarnos de tal manera a los demás que, en cada uno de los que nos encontramos, sea quien sea, tenemos un hermano! ¡Cómo no gritar a todos los hombres que conocer a Jesús es el regalo más grande que hemos recibido, y que puede tener cualquier persona, pues en Él hemos encontrado lo mejor para nosotros mismos y para los demás! ¡Cómo no hacer ver a los hombres que la historia de esta humanidad a la que Dios no abandona nunca transcurre bajo su mirada! No estamos solos. Somos acompañados por un Dios que nos ama, que nos ama tanto que ha querido estar con y entre nosotros, ha querido acercar el rostro de Dios a los hombres, para que viésemos que nuestro rostro también es diseñado por Él. Jesucristo, rostro verdadero de Dios y del hombre, nos ama, nos quiere, cuenta con nosotros, no es una amenaza para los hombres. Su poder es salvador y liberador. Nos acompaña en la tribulación y nos alienta siempre a la esperanza. De tal modo que los cristianos, o somos portadores de buena noticia para la humanidad, o no somos discípulos de Cristo. Nunca podemos estar siendo profetas de desventuras. Seguidores de los pasos y de las huellas de Jesús, nos ponemos al servicio de todos los hombres, nos hacemos servidores.

¿Dónde está el secreto de la nueva vida que tiene y ofrece el discípulo-misionero? En aquello que decía el apóstol san Pablo: «También yo fui conquistado por Cristo Jesús» [4]. Y añade: «Sed imitadores míos» [5]. Conquistados e imitadores. Él nos conquista el corazón y se apropia de nuestra vida, de tal modo que es Él en nosotros. Y es que si cada uno de nosotros, discípulos de Jesucristo, siguiendo nuestra propia vocación allí donde vivimos y trabajamos, testimoniamos el Evangelio, es decir, somos testigos de una manera sencilla y directa de Dios, revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo, y hacemos descubrir con nuestra vida que Dios ha amado al mundo en su Hijo, mostrando que hemos sido alcanzados, sorprendidos por Jesucristo, y que ello hace que nuestra vida no esté en función de nosotros mismos sino de los demás, mostraremos que el empeño evangelizador nace de lo más bello que existe: poder comunicar a quien da la verdadera Belleza a todo y a todos. Y esta Belleza tiene nombre y rostro: Jesucristo.

Así hay que salir al mundo. Hay que vivir saliendo y «recorriendo las ciudades y aldeas», los lugares donde se encuentran y viven los hombres. Salir y ver a todos, en todas las situaciones en las que estén y vivan. Es un imperativo para la Iglesia. Ningún camino, ningún lugar, ninguna persona, nos son ajenos a la misión. Y es constitutivo de la misión abrir las puertas a Cristo. La puerta del corazón, de la mente, de nuestras comunidades. Hay que hacer posible que todas las puertas estén abiertas, para que puedan entrar y nosotros podamos salir en búsqueda de todos los hombres. Va unido a la fidelidad a Jesucristo el no hacer acepción de personas. Fidelidad que tiene dos movimientos: abrirnos a todas las personas para amarlas, y cerrarnos a todo aquello que amenace ese amor. Abrir la puerta a todos, de una manera especial a quienes no son fácilmente admitidos: pobres, pequeños, descarriados, pecadores. Abrírselas a todos aquellos por los que el Señor nos va a decir: «Venid, benditos de mi Padre», disteis de comer, de beber, hospedasteis, vestisteis, visitasteis. Abrir las puertas no es cuestión de palabras, sino de gestos concretos que se traducen en acogida franca, cordial, cálida, y que hacen posible que quien los recibe se abra. Para salir hay que dejar espacio al Señor en nuestra vida. Quien tiene espacio para el Señor, tiene espacio para los demás, y los busca, allá donde estén.

Salir a recorrer caminos, ciudades y aldeas donde están los hombres complica la vida. ¡Qué fuerza tiene ver a Dios mismo complicarse la vida por los hombres! Esto es lo que el Señor desea de su Iglesia: que se complique la vida por los demás. Salir allí donde viven los hombres para decirles que este es el «tiempo de la misericordia», que estamos llamados a hacer del mundo «casa de la misericordia», donde la ternura de Dios y su misericordia se hacen patente, donde Dios se hace caricia para todos los hombres, y muy especialmente para aquellos que más necesitan experimentar su amor, que son los descartados, despreciados, marginados. Los que se sienten en su corazón no aceptados y excluidos. Esos mismos a quienes el mundo, con los métodos de análisis que hoy existen, cuando se prevé que al nacer vendrán con una enfermedad degenerativa, propone eliminar antes de nacer. Salir a los caminos como Jesús, sin cansarnos de curar, de perdonar, sin miedos, sin rigideces, sirviendo, abrazando como lo hace Dios.

Salgamos para anunciar a los hombres que somos una familia, que tenemos un Padre que es Dios, que se nos ha mostrado en su Hijo, que quiere que sigamos dándole a conocer con la fuerza del Espíritu Santo. Salgamos unidos, pero sin crear ni entrar en confusión. ¿Qué quiero decir? Pues que no es lo mismo unidad que uniformidad. Los apóstoles, desde el inicio de la misión, salieron al mundo. Y lo hicieron unidos, manteniendo la unidad. Pero no eran uniformes. Unidad y uniformidad son distintas. Confundir esto es querer hacer homogeneidad y matar la vida, matar los carismas. La unidad se ve amenazada siempre que queremos hacer a los demás a nuestra imagen y semejanza. La unidad es un don que no se impone, viene regalado. Es una gracia que solamente nos la puede dar el Espíritu Santo. Es verdad que a nosotros nos toca pedirla, y ser consecuentes con el don recibido que nos transforma. ¡Contemplar a la Iglesia en sus inicios es una gracia para ver la diferencia entre unidad y uniformidad en su salida al mundo! ¡Qué importante es salir e irradiar la alegría siempre y en todas partes! ¡Claro que vendrán cansancios! ¡Claro que vendrán tentaciones de escepticismos y de desesperanzas! Pero mirad, esto es como la polilla o el cáncer: destruyen el alma y nos conducen al aparcamiento.

Para ver los desafíos, retos, tentaciones y posibilidades, es importante recordar siempre estas palabras del Señor: «Jesús recorría las ciudades y las aldeas». Veía, oía, sentía, gustaba, tocaba la realidad y la vida de los hombres. Y yo discípulo-misionero, que he sido conquistado y enviado para salir como Jesús, del cual he recibido la vida y su misión, tengo que vivir en salida, en dirección a los caminos por los que van los hombres, a las ciudades y aldeas en las que viven. Salir para anunciar a Jesucristo, para unir mentes y corazones, para darnos la mano. Todo ello lo alcanzamos si tenemos el corazón y la mente abiertos. Esta fue la manera de salir de Nuestro Señor Jesucristo por los caminos del mundo.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Salimos a encontrarnos con todos los hombres? ¿Por qué?
  • ¿Qué damos a quienes nos encontramos en esa salida? ¿Damos amor, entrega, misericordia, curación, sanamos?
  • ¿Dónde está el secreto para salir y encontrar de verdad a los hombres?
  • ¿Salimos con alegría? ¿De dónde viene la misma?
  • ¿Cuál es el regalo y el medicamento más grande y bueno que se puede dar al ser humano hoy para curar las heridas que tiene?
  • ¿Dónde está el secreto de la nueva vida?
  • ¿Tenemos las puertas de nuestra vida abiertas a todos? ¿Por qué?
  • ¿Mostramos que la Iglesia es «casa de misericordia»? ¿Cómo? ¿Salimos unidos?

3. La Iglesia, como Jesús, enseña con obras y palabras:
entra en todos los lugares donde están los hombres

Me viene a la mente y al corazón una expresión de María Magdalena, de la que conocemos su historia: pecadora, mujer explotada y despreciada por aquellos que se creían justos, que lloró delante del Señor, ungió los pies del Señor y los secó con sus cabellos. De esta mujer dijo Jesús que había amado mucho y por ello sus pecados, que eran abundantes, eran perdonados. María supo decir desde lo más profundo de su corazón: «He visto al Señor». Y lo expresa llorando. Ella llora. ¿Qué contemplo y qué me dice este pasaje?, ¿qué nos dice esta mujer? Algo muy sencillo, simplemente: «He visto al Señor». María lo había visto, pero ahora da testimonio definitivamente con estas palabras llenas de vida.

Y esto cambió su vida. Sencillamente porque había visto al Señor. ¿Cómo cambió su corazón? Con expresión de ella misma, porque «he visto al Señor». Y lloró, que es una manera de hablar y de expresar su gozo y felicidad, porque había «visto al Señor». Su llorar era de alegría. Se sentía amada, reconocida y llena de plenitud en lo que era: una mujer reconocida por Dios. Amada por el Señor, ella respondió con su amor a Él. Y Él le devolvía y la envolvía en su Amor. No para que guardase ese Amor, sino para que hiciera a otros partícipes del mismo. «He visto al Señor» es una manera de decir a quienes la rodean que anuncia a quien da la plenitud de la vida. María, querida y especialmente mirada, reconoce que Jesús se ha presentado delante de ella. «He visto al Señor». Y esta mujer llora. Lo hace por todo, pero muy especialmente porque ha experimentado su presencia que la llena de felicidad y plenitud. Y desea que esa misma presencia llegue y sea partícipe a todos los hombres. El Señor entró en su corazón y cambia la vida de esta mujer. Pero lo importante es cómo lo dice y lo que dice, ya que el cambio de su vida se produce por algo muy especial e importante: «He visto al Señor» [6].

Así tenemos que salir a enseñar. Esta es la experiencia que tiene que provocar la Iglesia con su presencia. Habla porque ha «visto al Señor». Su enseñanza se manifiesta y se da con obras y palabras. Con palabras que responden a las obras. Recuerdo, siendo sacerdote, en mi primer año de ministerio, cuando hablaba a los niños que se preparaban para la Primera Comunión. Los catequistas les habían hablado del amor de Dios que debía de manifestarse con los que nos rodean. Después, los reunía a todos y motivaba con alguna expresión del Señor en el Evangelio el final del encuentro. Los reuní a todos y les dije: «Ahora, por un momento, cerrad los ojos». Y continué hablándoles: «Mirad cómo Jesús quiere a los niños, cómo se acerca a ellos, como dice que nadie impida que ellos se acerquen a Él». Les dije: «¿Veis cómo os quiere Jesús?». Y uno de los niños, Pablo César, exclamó: «¡Qué bien lo veo!». Le pregunté yo entonces qué era lo que veía: «Pues que es verdad, me quiere y estoy muy contento. Voy a hacer lo que Él dice, “amar a todos”, empezando por los que me encuentro todos los días». Y tenía razón Pablo César, pues ver a Jesús es mostrar su rostro, manifestar su presencia.

¡Qué importante es este momento de la vida y de la historia de los hombres para salir y enseñar con obras y palabras! Hay que provocar estupor, que no es mero entusiasmo, es algo mucho más profundo. Es hacer experimentar el encuentro con Jesús. Un encuentro que provoca paz, da alegría, engendra salir de nosotros mismos, impulsa a salir a la misión. Es un don de Dios. Nos lleva siempre a hacer un hueco para la caridad, para el amor de Dios. Nos abaja y nos hace humildes para que sobresalga el amor mismo de Dios. Tanto amó Dios al mundo… ¡Qué conquista más grande poder decir a todos los hombres que el Señor nos salva, nos libera por amor y con su amor! Y que nosotros los hombres, si deseamos entregar la liberación verdadera, el rostro auténtico al hombre, solamente lo podemos hacer acercando ese mismo amor. Ser salvados es devolver la dignidad que se pierde, que es la dignidad de ser hijos de Dios.

Hay algo que sabemos muy bien. Para una auténtica enseñanza, no basta una buena teoría, aunque esta sea importante. Tampoco una buena doctrina, que también es necesaria. Hace falta y urge algo mucho más grande y humano: la cercanía, la vida vivida diariamente, que es propia del amor y que tiene sus espacios en la familia, en el colegio, en la universidad, entre los amigos, en la parroquia, en la comunidad cristiana en la que vivo la fe, en el movimiento, en la asociación. Pero, sobre todo, donde se encuentren personas que cuidan de los hermanos, muy en particular de los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos, los enfermos. Y es que enseñar con obras y palabras es cuestión de corazón, y del corazón solamente es dueño Dios.

Salir a enseñar como Jesús, con obras y palabras, siendo testigos del Señor. El testigo nunca remite a sí mismo, sino a algo mejor y más grande, a Alguien más grande que él, en quien ha encontrado salidas, y cuya bondad ha experimentado. Hemos de salir unidos siempre a Jesucristo, el gran testigo del Padre. Mostrar el amor a Dios y al hombre indisolublemente unidos es nuestra gran tarea y misión. Realizándolo y manifestándolo con compromisos concretos. No salgamos solamente con palabras o con ideas, salgamos llevando en nosotros la persona de Cristo. Dar contenido a la libertad es nuestra gran tarea. Nuestra cercanía a los hombres debe hacernos tomar conciencia de que supone un encuentro de libertades, que debe llevar siempre a una decisión, de tal manera que la propuesta cristiana, la propuesta de la persona de Jesucristo, debe interpelar a fondo la libertad, invitar a la fe y a la adhesión al Señor y a la conversión. Suscitemos valentía en las decisiones, de tal manera que hagamos caer en la cuenta de que una decisión por Jesucristo, no solamente no limita la libertad, sino que hace posible la misma. Optar por Jesucristo nos hace crecer, nos hace alcanzar algo grande en la vida para nosotros y para los demás, pues madura la gran belleza que tiene en sí mismo el Amor de Dios y la belleza que da a quien acoge en su vida al Señor, dando consistencia a la libertad.

La Iglesia, cuando sale a los caminos de los hombres para enseñar como Jesús, no puede dividir. Salimos como Jesús para hablar a todos sin distinción, para hacer caer en la cuenta de que no podemos estar tirando la piedra por aquello que nos separa, por aquello en lo que somos distintos. Busquemos dar la mano en todo aquello que tenemos en común. Recuerdo a este respecto el encuentro de Jesús con la mujer samaritana7. Los judíos y los samaritanos no podían verse, se despreciaban. Cuando Jesús se encuentra con ella, lo hace en algo que tienen en común. Él tenía sed y ella era dueña del pozo que daba agua. Ahí, en el agua, se encuentran. Y, a través de eso que tienen como necesidad común, comienza un diálogo de cercanía, que lleva a la conversión del corazón de aquella mujer, reconociendo su historia personal y pidiendo el agua a Jesús: «Dame de esa agua» que quita la sed para siempre.

¡Qué modo más creativo de salir en medio de los hombres! Hablar de lo que tenemos en común nos puede llevar a animarnos a hablar de las diferencias. Nos encontraremos en el camino con personas muy diferentes a nosotros, pero trabajemos por lograr lo que podemos llamar la amistad social que busca el bien de todos. La salida de la Iglesia a los hombres tiene que ser como lo hizo Jesús. Después vendrá todo lo demás. ¿Por qué se destruye nuestro mundo? Por la enemistad. ¿Cómo podemos lograr que no se dé la división, que es muerte? En la cercanía. Y en esa cercanía podemos hablar de esa agua que quita la sed y que restaura la vida de los hombres, que no es algo, sino Alguien. Es Jesucristo. Soñemos con Jesucristo por la «cultura del encuentro». Hagámosla posible, porque, en definitiva, es la que ha venido a instaurar definitivamente Nuestro Señor. Encuentro, fraternidad, comunión, vida, son palabras que enseñan, se hacen verdad con obras y palabras.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Puedo decir «he visto al Señor»? ¿Cómo? ¿Por qué?
  • ¿Expreso con obras y palabras que «he visto al Señor»?
  • ¿Tengo y cómo es mi encuentro con Jesús?
  • ¿Experimento que he sido salvado? ¿Cómo?
  • ¿Muestro al amor de Dios uniéndolo al amor de mis hermanos?
  • ¿Uno o divido a los hombres con mi presencia, vida y testimonio? ¿Cuándo sucede y cuándo no?
  • ¿Pido y tengo la creatividad del Señor para salir?

4. La Iglesia, como Jesús, «proclamando el Evangelio del Reino»

Hemos de caer en la cuenta de que el Señor, con palabras y acciones, con su muerte y con su Resurrección, ha inaugurado en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, el Reino de Dios. Ese Reino del cual el libro del Apocalipsis hace una descripción bellísima cuando dice: «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: “He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios”. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero (todo lo antiguo) ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: “Mira, hago nuevas todas las cosas”. Y dijo: “Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas”» [8].

Me vais a permitir que os diga que quizá lo más importante y en lo que deseo que fijemos la mirada está en esas palabras que resumen lo que es el Reino: «Ya no habrá muerte ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero (todo lo antiguo) ha desaparecido». Me permito hacer un paréntesis y poner una palabra que nos hace entender mejor lo que es el Reino y su proclamación. Para descubrir qué es y cómo hemos de proclamar el Evangelio del Reino, es muy importante contemplar la vida y la muerte de Jesús, viendo cómo permanece fiel al Padre y a su voluntad. El sentido de su vida era sellado por el sentido de su muerte. Contemplar la muerte es ver que ella es fuente de fecundidad para todos los hombres, que trae lo nuevo, algo muy nuevo y sorprendente. Si me permitís, es enteramente nuevo, pues con el Señor aparece la época de la misericordia, del amor de Dios, capaz de reconciliar a los hombres, de hacerles entrega de su perdón para que lo demos a quienes nos encontremos por el camino. No es tiempo de guardar lo que me hicieron, es tiempo de guardar y vivir lo que Dios mismo hace por mí. Es tiempo creador de puentes, liquidador de muros, restaurador de caminos para que los hombres nos encontremos. Eliminemos distancias, creamos y busquemos la comunión, la fraternidad. Todo ello es lo que hizo el Señor cuando proclamaba el Reino. Y lo que nos dice, con su vida, que hagamos nosotros. Esto es lo que tiene que seguir realizando la Iglesia.

No nos cansemos de contemplar a Nuestro Señor Jesucristo en el misterio pascual: con su acto de obediencia y de amor al Padre, de entrega por todos los hombres, dona la vida que Él iba ofreciendo por las ciudades y aldeas, por los caminos tanto físicos como existenciales, en los que encontraba a los hombres. Puesta la vida en manos del Padre, nos salva. El Padre lo hace salvación de todos los hombres. Y ahora podemos entender cómo nos llama, a quienes nos hizo por gracia miembros de la Iglesia, a que continuemos su misión: anunciar el Evangelio del Reino a todos los hombres. ¡Qué misión! ¡Qué encomienda! Nos hace partícipes de su misión, nos vincula a Él y lo muestra haciéndonos amigos suyos y hermanos. Esta tarea no es opcional para los discípulos-misioneros, pertenece a nuestra identidad cristiana.

Como podéis ver, nuestra pertenencia a Cristo, el ser uno en Él, nos hace decirle, por una parte, ¡gracias!, ser agradecidos, y por otra parte, estar llenos de alegría que engendra tal ímpetu en nuestras vidas, que provoca un permanente deseo de comunicar todo lo que conlleva el encuentro con Jesucristo. Os animo a contemplar la misión del discípulo de Cristo en toda su amplitud. No es un programa, tampoco es un proyecto. Es la experiencia de poder compartir todo un acontecimiento, dando testimonio del mismo, y anunciándolo tal y como nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: «En cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» [9].

¿Cómo comenzar nosotros esa proclamación del Reino? Nuestro maestro es Jesús mismo. Él, en el inicio de su vida pública, es conducido por el Espíritu Santo al desierto. Allí hace tres cosas: 1) orar, 2) ayunar y 3) discernir la voluntad del Padre. Del desierto salió, siguiendo los caminos que el Padre le había trazado y que Él asumió. El mismo Espíritu nos comunicó a los discípulos después de su Resurrección lo que Él quiere de nosotros. La Iglesia entera está marcada y sellada con el Espíritu Santo y fuego, y continúa la obra de Jesús. La mejor manera de ser esa continuación es llevar a cabo el deseo del apóstol san Pablo cuando dice: «Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todo el mundo. Es evidente que sois carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne» [10]. Todos los cristianos, por el Bautismo y la Confirmación, hemos sido llamados a protagonizar en esta historia concreta, en los caminos de los hombres, el ser discípulos-misioneros. Y lo hemos de ser viviendo todo desde la cumbre de la vida cristiana que es la Eucaristía, principio y proyecto de todo nuestro existir y de toda nuestra misión.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Puedo decir «he visto al Señor»? ¿Cómo? ¿Por qué? Preguntas que piden respuesta · ¿Me identifico con el Reino que es Jesús mismo?
  • ¿Contemplo y descubro las exigencias que tiene para mí, la permanencia de Jesús ante el Padre en todas las situaciones? ¿Qué me dice?
  • ¿Estoy dispuesto a revelar y mostrar en medio de la historia, en comunión con Jesucristo, «la época de la misericordia»?
  • ¿Me siento partícipe de la misión de Jesús? ¿Esa misión explica mi identidad?
  • ¿Soy cómo Jesús? ¿Doy a los demás esto que soy?
  • ¿Cómo me preparo para la proclamación del Reino?
  • ¿Soy carta escrita por Dios mismo? ¿Qué me falta para que la puedan leer bien?

5. La Iglesia, como Jesús, «curando toda enfermedad y dolencia»

Nada ni nadie es extraño para la Iglesia en su misión, como no fue extraño para Jesucristo. Como nos dice el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón. Pues la comunidad que ellos forman está compuesta por hombres que reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos. Por ello, se siente verdadera e íntimamente solidaria del género humano y de su historia» [11]. La tarea de la Iglesia no termina en ella misma, sino que ha de llegar a todos los hombres. Este ha de ser nuestro gran empeño, nuestra tarea. No somos un grupo que nos aupamos unos a otros. Somos discípulos de Jesucristo, que estamos en medio del mundo para llegar al corazón y a todas las situaciones que viva el ser humano, donde sea. Hemos de sentir la llamada a discernir los signos de los tiempos a la luz del Espíritu Santo, y así ponernos al servicio del Reino.

Hemos de ver las enfermedades, las heridas, las dolencias de los hombres que viven entre nosotros, sin desentendernos de los que están lejos. Jesús vino a esta tierra para que todos los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia. Este momento histórico que nos toca vivir está trayendo una serie de situaciones nuevas en todos los ámbitos de la vida social: cultura, economía, política, ciencia, educación, deporte, arte y, por supuesto, religión. Soy vuestro pastor y, como tal, tengo un interés especial por ver y descifrar cómo afectan los signos de los tiempos a nuestro pueblo. Sobre todo, los que afectan a su sentido religioso y ético. Me interesa percibir y ver la búsqueda infatigable de Dios que tienen los hombres, aunque no le den nombre como tal a Dios. Muchos lenguajes que hoy utilizamos no niegan pero ocultan en parte, aunque no lo pueden hacer en su totalidad, el sentido de la vida, de lo religioso, de lo divino. Sin embargo, hay una percepción clara de la necesidad de algo más y más profundo. Hay necesidad de ver la realidad del señorío del hombre. Todo ello nos remite a ser humildes, a no ser simplistas, a ver la realidad y ver las heridas que provoca una sociedad que solamente quiere ser leída desde lo económico, político, científico, entretenimiento o espectáculo.

En esta situación, los discípulos de Cristo, es decir, los cristianos, necesitamos comenzar desde Cristo, desde su contemplación, desde quien nos ha revelado dónde está la plenitud del ser humano, su vocación y su sentido. Presentar directamente la persona del Señor, su seguimiento, la dignidad que nos muestra y nos revela del ser humano y la plenitud de vida que nos ofrece. Llevar esto al corazón de la cultura de nuestro tiempo, dando un sentido completo y unitario de la vida humana, que ni la economía ni la política, ni la cultura, ni los medios de comunicación social pueden ofrecer por sí mismos, es nuestra gran tarea y la gran misión. Hemos de hacerlo sin despreciar nada, pero dando a todo su lugar y su sentido. Como decía el Papa Benedicto XVI: «Solo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano» [12].

Estoy seguro que en vuestra reflexión y trabajo en los grupos del Plan Diocesano de Evangelización a través de la lectio divina, descubriréis desafíos, retos, tentaciones y posibilidades. Pero yo quiero apuntar algunos que se han detectado en otros momentos de la vida de la Iglesia, y que se refieren a su misión. Me atrevo a señalar algunos, que creo son importantes:

a) Vivamos con la alegría de ser discípulos misioneros: alegres, porque hemos sido conquistados por Cristo, tenemos su vida y nos ha regalado su misión.

b) Vivamos con el compromiso de anunciar el Evangelio: que sean las palabras de Jesús antes de ascender a los cielos, unas palabras que acogemos en nuestra vida y asumimos como compromiso: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio». No son unas palabras más. Son para nosotros un imperativo importante, porque nos están pidiendo una manera de vivir, de estar en medio de los hombres.

c) Vivamos llevando y mostrando la buena nueva de la dignidad humana: Nos hizo a su imagen y semejanza. Anunciar esta realidad, tomarnos en serio esto que somos, transforma nuestras relaciones, compromisos y tareas. La relación que Dios ha establecido con el hombre es la fuente de nuestra dignidad, y es innegociable e inviolable.

d) Vivamos y propongamos positivamente la buena nueva de la vida: valoremos lo absoluto de la vida humana. Pongámonos al servicio de la misma con lo que somos y tenemos. Situemos nuestra vida al servicio de los demás para eliminar toda enfermedad que afecte a la dignidad del ser humano, curando las heridas de todos los hombres que nos necesiten. Seamos apoyo claro para quienes tienen dolencias del tipo que fueren.

e) Vivamos haciendo vida lo que Jesús nos dice en el Evangelio: «El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» [13].

f) Vivamos haciendo memoria de nuestros santos y santas, que vivieron con radicalidad el Evangelio, y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo.

g) Vivamos reconociendo los derechos fundamentales del hombre y sus deberes correspondientes, y no dejemos que crezca y avance la idolatría del dinero, las ideologías individualistas y utilitaristas, la falta de respeto a la dignidad de cada persona, el deterioro del tejido social, la corrupción y la falta de defensa de los derechos de los más pobres, de los emigrantes, la violación de los derechos humanos, entre los que se encuentran el más sagrado, como es el derecho a la vida, la libertad religiosa o la libertad de enseñanza.

h) Vivamos con el convencimiento de que conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier ser humano. Para nosotros haberlo encontrado, o mejor, habernos dejado encontrar por Él, es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y poder darlo a conocer con nuestras palabras y obras, debe ser el gozo más grande que nos inunde.

i) Vivamos sabiendo, y convencidos de que la misión de la Iglesia es evangelizar, es decir a los hombres que no están solos, que Dios los ama y los acompaña siempre, que Dios ama a nuestro mundo y que nunca es una amenaza, al contrario, es la gran liberación y el único promotor verdadero de la dignidad humana.

j) Vivamos sabiendo que los discípulos de Cristo lo haremos creíble si nos tomamos en serio el seguir las huellas de Jesús, que se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Tienes personas o grupos que extrañas en tu vida? ¿Llegas y eres para todos los hombres?
  • ¿Tienes empeño por llegar al corazón y a todas las situaciones que viven los hombres?
  • ¿Cómo ves tú que pueden afectar los signos de los tiempos a las gentes con quienes vives?
  • ¿Percibes en la vida diaria la búsqueda que tienen los hombres de Dios, aunque no den este nombre? ¿En qué? ¿Cómo?
  • ¿Cuáles son las heridas más profundas que observas en las personas con las que vives?
  • ¿Cómo hacer llegar al corazón de la cultura la persona del Señor y la dignidad y plenitud que revela al ser humano?
  • Para ver los desafíos, retos, tentaciones y posibilidades, ¿cómo vivo la alegría del discípulo-misionero, el compromiso del anuncio, la buena nueva de la dignidad humana? ¿Cómo hago propositivamente la Buena Nueva? ¿Hago vida del Evangelio y memoria de los santos? ¿Cómo y qué obras manifiestan que reconozco los derechos fundamentales de los hombres?

6. Una misión que, con los ojos y el corazón de Jesús, la Iglesia realiza contemplando, viendo, queriendo y compadeciéndose de todos los hombres

Hacer una lectura meditada de los primeros momentos de la Iglesia, tal y como nos los describe el Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos hace ver cómo fueron los inicios de la Iglesia: seguir los pasos de Jesús, realizando la misión con sus ojos y su corazón. «Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos» [14]. Quienes habían convivido con el Señor, quienes habían experimentado la profundidad de cómo el Señor los había mirado, y la grandeza de su corazón en el que cabían todos, siendo tan distintos y a veces tan distantes del camino de Jesús, habían aprendido del Señor cómo hacer la misión. Y habían aprendido a vivir ellos y a hacer vivir a quienes se les unían en una misma fe en la comunidad eclesial. Necesitaban hacer un trasplante de ojos y de corazón.

Los apóstoles lo habían aprendido a hacer del mismo Jesús, su Maestro y su Señor, su Guía y su Voz. Él les había dado sus ojos y su corazón. Él se lo había comunicado todo. Les había dicho que la perseverancia en su seguimiento, en ser testigos, en comunicar a quien es la Vida, el Camino y la Verdad, requiere que se alimenten siempre en cuatro manantiales, que hacen posible vivir dando testimonio de Cristo. Estos son:

a) Escuchar, acoger y vivir de la Palabra de Dios. De esa Palabra tal y como ellos habían visto que Jesús la entendía. Por eso asistían a la enseñanza apostólica.

b) Vivir en la comunión, la que nace y es don de Cristo. Una presencia viva de Cristo en nuestra vida quita todo aquello que nos divide, porque Él se convierte en don de la unidad y de la comunión. No es uniformidad, ni homogeneidad. Es sentirse un solo cuerpo, que ensambla a todos los miembros por la presencia viva de Jesucristo. Una comunión que nace no del esfuerzo personal, sino de acoger el don de la comunión que tiene su origen en Dios mismo, y que se ha revelado de una manera maravillosa en Jesucristo.

c) La Eucaristía: alimentándose de Jesucristo y descubriendo en ella que de eso que comen tienen que dar. Si su alimento y el diseño de su existencia vienen dados por Jesucristo, también su respuesta en la vida tiene que ser la de Jesucristo, viendo con los ojos del Señor, escuchando con los oídos del Señor, gustando las cosas del Señor, sintiendo con los sentimientos del Señor y tocando con las manos de Señor que siempre curan, sanan, acogen a todos sin excepción.

d) La oración, porque mantener el diálogo abierto con el Señor es fundamental. Dejarse mirar y dejarse querer por el Señor. Escuchar, preguntar al Señor, mantenerse en su presencia muchas veces sin decir nada, sabiendo que Él está y me quiere, y cuenta conmigo y me da las fuerzas para el camino, y yo me mantengo en su presencia y percibo su aliento y su cercanía.

Las consecuencias de vivir de esos manantiales son evidentes, se notan rápidamente. Nos lo dice el Libro de los Hechos: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando» [15]. Ciertamente es impresionante ver cómo el trasplante de ojos y corazón puede cambiar la vida, la convivencia, las relaciones. Aparecen las fuerzas que engendran fraternidad, comunión, unidad. La generosidad como elemento constitutivo de la convivencia, el darse y el dar de lo que uno tiene y hacer partícipe a otros de lo mío, que Dios me lo da, pero para que actúe en bien de los demás. La constancia, porque ser cristiano no es para un momento, o por unos actos a los que se asiste. Se es cristiano porque la relación con el Dios de la vida cambia la existencia, la orientación y nos hace vivir la vida junto a los demás en la sencillez y en la alegría. Cuando los cristianos viven con seriedad lo que son, aportan y son un bien para la sociedad y la convivencia, «eran bien vistos». Todo ello provoca admiración e imitación; engendra escucha y llamada de Cristo a incorporarse a la vida de la Iglesia.

Mirar con los ojos y el corazón de Jesús nos empuja a amar a todos. ¡Qué fuerza tiene para nosotros ver cómo el Señor nos salva con su amor! No nos salva con decretos, con juicios en los que hay testigos y acusadores. Nos salva porque nos ama incondicionalmente. Así son sus ojos y su corazón. Es una salvación en la que se nos devuelve la dignidad de ser hijos de Dios y, por ello, poder vivir siempre en esperanza. ¡Cuánta diferencia entre el modo de Dios y el nuestro! Dios salva amando incondicionalmente, y nosotros creemos muy a menudo que nos salvamos con dinero, con prestigio, llegando a tener cierta situación en la sociedad. Nada de esto salva. Salva el amor de Dios. Somos salvados por su amor y nada más. Por eso precisamente no tenemos miedo, pues la salvación no viene de nosotros. Es un regalo de Dios.

¿De dónde les venía la fuerza a los primeros cristianos? Simplemente de tener los ojos y el corazón de Cristo. Tenían la fuerza del Bautismo que les daba la valentía apostólica. Es la fuerza del Espíritu Santo la que les hace descubrir la Palabra de Jesús que va al corazón, porque es palabra de amor. Tiene belleza, y lleva amor, y nos hace amar. Tener los ojos y el corazón de Cristo hace que los cristianos vivan convertidos, caminando en el amor, desde la belleza del amor que no hace distinciones con nadie, todos son sus hermanos. Los demás pueden tenerme como enemigos. Yo les tengo como hermanos, por la diferencia en la mirada y en el corazón. Los miro como hermanos, y los introduzco en mi vida.

Tener los ojos y el corazón de Cristo hace posible que la Iglesia se muestre como una historia de amor. Un amor que se hace concreto, que sienten y perciben los hombres a quienes se dirige. ¡Qué belleza tiene nuestra Madre la Iglesia! Lo mejor que tenemos nos lo ha dado Ella. Mirad cómo nace: Cristo fue enviado por el Padre por amor, y Él envía a la Iglesia al mundo por amor. La Iglesia es una historia de amor. Y ha de mostrarse como Madre. Por eso todos los cristianos, unidos y juntos siempre, formamos esa familia que da a los hombres lo mejor, a Jesucristo, y nos hace hermanos, y nos envía al mundo como testigos del Señor.

Buscar otros modos de hacer la misión que no sean los que Cristo nos ha regalado es traicionar el Evangelio. De alguna manera se hacen verdad aquellas palabras de Jesús cuando nos dice: «Yo soy la puerta». Sí. Él es la única manera y el único modo de dar vida. La tenemos si entramos por esta puerta que es Cristo, y la damos si entramos por ella. Si utilizamos otra, aproximamos la muerte. Cristo es la puerta bella, puerta de amor, puerta que no es falsa, no engaña. La llave de esta puerta la tiene Él, y tenemos que ir a Él para que nos abra, y nos indique su rumbo, que es el mismo Jesús. Por eso la misión que hemos de hacer con los hombres en este mundo, la hemos de realizar con la misma pintura y decoración que tiene esta puerta que es Cristo: sus mismos ojos y su mismo corazón. Y esto no es un espiritualismo vivido fuera de la realidad; al contrario, es vivir no desde ideas, por muy buenas que sean, sino de una persona, que tiene que ocupar mi existencia y dejarme decir las mismas palabras del apóstol san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí».

¡Cuántas veces he escuchado estas palabras de Jesús, «nadie tiene amor más grande que este: dar su vida»! Esto solamente se puede hacer con la mirada y con el corazón de Jesús. El egoísta cuida su vida, e incluso a base de vivir para sí y lo suyo, se convierte en traidor de los que le rodean. Sin embargo, el que da su vida, el que acepta vivir el don que Jesús nos regala y da gratuitamente, como es vivir con sus ojos y su corazón, se dona, tiene el impulso siempre de darse a los demás para dar fruto, ese fruto que permanece. Hay que dar sabor a este mundo. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Se hace desde esa configuración que por gracia nos da el Señor, haciéndonos salir al mundo con sus ojos y su corazón. ¿Estamos dispuestos a hacer trasplante de ojos y corazón? ¿Tenemos la valentía y la audacia de ponernos en manos de Jesús y que sea Él quien haga esta operación? ¿Estamos disponibles para vivir y asumir los compromisos que fuere en nuestra vida, según nos pida el Señor, una vez que tengamos sus ojos y su corazón?

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Qué me impresiona más de los primeros momentos de la Iglesia?
  • ¿Tengo los ojos y el corazón del Señor? ¿Cómo escucho, acojo y vivo su Palabra? ¿Cómo vivo la comunión?
  • ¿Es la Eucaristía quien diseña mi existencia, es decir, mi ser y forma de ser?
  • ¿Cómo es mi diálogo con Dios y qué consecuencias tiene en mi vida? ¿Cómo se manifiestan en mi relación con los otros?
  • ¿Dónde busco la fuerza para identificarme cada día más con Jesucristo?
  • ¿Hago y pongo todo lo que soy y tengo para que la Iglesia muestre que es una historia del amor de Dios con los hombres, que es Madre?
  • ¿Qué significa para mí decir que nadie tiene amor más grande que este: dar la vida?

7. Las gentes «extenuadas y abandonadas»: realidades que lo manifiestan

En muchas ocasiones he manifestado que, para ver la realidad en la que viven las personas, hay que salir. Siempre me impresionó la parábola del buen samaritano [16]. Expresa la situación en la que el Señor desea que vivamos sus discípulos. Manifiesta la necesidad de plenitud que tenemos y que buscamos los hombres. Aquella pregunta del maestro de la ley es la que todos tenemos en lo más hondo del corazón. Aunque realizada por ese hombre, tiene una formulación profunda que manifiesta la que todos tenemos: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» [17]. En la respuesta que da el Señor pone al mismo nivel a Dios y al prójimo. Es más, quien da verdadero valor al prójimo es Dios. Por eso, a la larga, si eliminamos a Dios de nuestra vida, ¿quién es el hombre para nosotros? Eliminar a Dios al final es matar, romper, destruir la dignidad del hombre. Esta solamente puede ser mantenida por quien nos ha creado, y desde la honda marca que puso quien nos creó. Jesucristo nos quiere decir que la imagen de Dios está en el prójimo, y que es ahí donde, según cómo nos comportemos con él, alcanzamos la vida.

Pero las preguntas continúan, y dice el maestro de la Ley: «¿Y quién es mi prójimo?» [18]. En esta pregunta y en la respuesta que da el Señor está la clave para descubrir a las «muchedumbres» que necesitan de nosotros. «Extenuadas y abandonadas». El Señor nos sitúa en el camino de los hombres. Hay que salir al camino. Y hay que ver cómo vamos y lo que hacemos por ese camino: ¿Vamos ensimismados en nosotros, y sin ver? ¿Vamos, y solamente nos fijamos en algunos, quizá en los que son como yo? ¿Miramos a todos los que nos encontramos, y hacemos selección? El Señor nos pone en una alternativa que es como espada afilada que rompe nuestros esquemas, para hacernos ver que nuestra mente y corazón tienen que ser los de Dios. Por eso al maestro de la Ley le pone en el camino a un samaritano, a un enemigo de los judíos, a alguien a quien ni saludaban, ni miraban y menos, ayudaban. Y en salida pone a un samaritano, que encuentra a uno tirado en el camino. Y es precisamente el samaritano el que se acerca a aquel judío apaleado. Se rompen todos los parámetros de la convivencia y la fraternidad construida con la fuerza de los hombres. Se rompen todas las medidas de curación y sanación. Todos son prójimos míos. Todos son hermanos. A todos tengo que acercarme. El hombre no se define ni por el lugar donde vive, ni por la raza que tiene, ni siquiera por la religión que profesa o la increencia que tiene. Al ser humano se le mira, nos acercamos a él, le prestamos nuestra vida, lo que somos y tenemos, sencillamente porque es «imagen y semejanza de Dios». Hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.

¿Dónde se manifiesta hoy esta realidad que constató Jesús en su salida por los caminos, que «al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas»? Es una pregunta que nos debemos hacer y que hemos de responder cada uno de nosotros. Solamente quiero aproximar algunas indicaciones que nos ayuden a abrir los ojos y el corazón, y a que miremos la realidad como discípulos-misioneros:

a) ¿Qué signos de los tiempos nos afectan, nos interpelan y vemos más urgentes para los discípulos de Cristo aquí, en Madrid, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida?

b) Hoy todo tiene un carácter global. El fenómeno de la globalización es evidente, con todo lo positivo y también lo negativo que esto tiene. Por la capacidad de la red de medios de comunicación de alcance mundial que tenemos se llega a todos los rincones del planeta. ¿Qué y cómo hacer posible que no se oculte el sentido divino de la vida? ¿Qué y cómo hacer posible que este entre en todos los ámbitos de la vida social: cultura, economía, política, ciencias, educación, deporte, arte, etc.? ¿Cuáles son nuestros lenguajes? ¿Estamos convencidos y convencemos con nuestro modo de hacernos presentes en medio del mundo de que, sin una percepción del misterio de Dios, todo se vuelvo opaco?

c) ¿Utilizamos los medios necesarios para no mirar la realidad unilateralmente? ¿Tenemos la seguridad, caminamos y proponemos a todos los hombres que sabemos y que podemos regalar un significado coherente para todo lo que existe, precisamente sin prescindir de Dios?

d) Hay una constatación generalizada por la que científicos, pensadores y estudiosos en diversos campos sostienen que hay una crisis de sentido. El Papa Francisco en la encíclica Laudato si [19] plantea dos cuestiones a las que es necesario acercarnos en estos momentos, y que afectan a todas las latitudes de la tierra: I) la crisis antropológica: el ser humano no sabe quién es, padece una gran enfermedad, la más grave, no saber de sí mismo; y II) es urgente y necesario un sistema educativo nuevo mundial.

e) ¿Qué espacios le quedan al ser humano para vivir desde su intimidad, desde una conversación con quien uno elija y con el contenido que uno desee, y no desde los medios que invaden esa intimidad, rompen la conversación, imponen el contenido?

f) El ser humano tiene raíces, tiene cimientos alcanzados en su familia, en su cultura y pueblo. Está inserto, por tanto, en unas tradiciones. Sin raíces ni tradiciones es alguien manipulable en lo que afecta a lo religioso, a la familia, a la educación. Se debilita la vida familiar, y las legislaciones en muchas ocasiones hieren gravemente la dignidad de la persona humana, de la vida, de la familia.

g) Sin embargo, en nuestra cultura aparecen aspectos muy positivos, pues el fracaso de las ideologías dominantes ha permitido ver el valor fundamental de la persona, de su conciencia, de su experiencia, de la búsqueda de sentido de la vida, de la necesidad de trascendencia. El valor de la sencillez, de lo pequeño y débil. La necesidad de encontrarse con otros. El acceso de más gentes a bienes que antes eran para unos pocos. El dar importancia a la experiencia personal, a lo vivencial y testimonial.

h) Contemplemos en este camino el rostro de los que sufren. Todos los excluidos y descartados: niños maltratados y utilizados, que no tienen lo necesario o que son víctimas del aborto; jóvenes que no reciben la educación necesaria, y otros que, bien preparados, están sin futuro inmediato; ancianos en la soledad y algunos, desprotegidos y excluidos y rechazados por su misma familia; familias vulnerables, rotas por múltiples motivos o con necesidades primarias sin cubrir por falta de trabajo; pobres, desempleados, migrantes, desplazados, dependientes de la droga; personas con capacidades diferentes; personas portadoras de enfermedades graves que sufren la soledad; la violencia, los miedos que engendra el terrorismo, la inseguridad; las nuevas esclavitudes y la trata. ¿Con quiénes me encuentro y qué hago? ¿Dónde están los explotados, sobrantes y desechables en mi camino?

i) ¿Nos preocupa el avance de una ideología individualista y utilitarista, la falta de respeto a la dignidad de cada persona, el deterioro del tejido social, la corrupción, las leyes injustas que no respetan los derechos humanos y ponen en primera fila a unos y a otros los desechan y se quedan sin ellos, casi con la obligación de pedir permiso para vivir?

j) ¿Nos preocupa la violación de los derechos humanos como la libertad religiosa, sin la cual no se puede dar ninguna clase de libertades, o la libertad de enseñanza?

k) En el camino, ¿nos encontramos para buscar una convivencia fundada en la limpieza de los procedimientos electorales, que nos lleven a una democracia participativa y basada en la promoción y en el respeto de los derechos humanos y los valores fundamentales, que impida la dictadura y la traición a lo que es más elemental?

l) ¿Luchamos para que nuestro mundo no sea una tierra cada vez más degradada y degradante?

La parábola del buen samaritano termina con Jesús preguntando al maestro de la Ley: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Sería la misma pregunta que os hago yo. La respuesta del maestro de la Ley es clara, como estoy seguro que será la vuestra: «El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda y haz tu lo mismo» [20].

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Mi manera de salir al mundo y a los caminos de los hombres se identifica con la del buen samaritano?
  • ¿Qué personas me encuentro en el camino que están extenuadas y abandonadas?
  • ¿Son todos los que encuentro en el camino prójimos míos? ¿Veo en todos la imagen de Dios?
  • Abre los ojos y el corazón que Cristo puso en ti y responde:
    • ¿Qué situaciones de personas me interpelan?
    • ¿Cómo hacer posible que el sentido divino de la vida no se oculte y entre en todos los ambientes?
    • ¿Miro la realidad solo desde mí mismo? ¿Con qué ojos y qué corazón?
    • ¿Salgo al paso de la «crisis antropológica», la crisis de identidad del ser humano de la que nos habla el Papa Francisco en Laudato si?
    • ¿Dónde pongo los cimientos para que el ser humano crezca en todas las dimensiones existenciales que tiene? ¿Dónde pongo las bases de la convivencia de los hombres?
    • ¿Qué hago para que siempre en mis actos la persona sea el centro?
    • ¿Dónde veo a quienes sufren en mi camino?

8. Estaban como «ovejas que no tienen pastor». Preguntas que nos hace hoy Jesús a los sacerdotes, consagrados y laicos cristianos

Antes de formular las preguntas, quiero hacer un remite que siempre me parece necesario y, en este caso, fundamental. El Señor camina por las calles con y junto a nosotros, en Madrid. Pero al caminar con nosotros nos pone siempre en la ruta de esa Eucaristía celebrada, y muy especialmente cuando todos los cristianos nos reunimos a celebrarla los domingos, el Día del Señor, y de la que también todos los días muchos nos alimentamos. Nuestro Señor, siempre que nos encontramos con Él, nos invita a recorrer dos caminos. Uno que nos lleva a la Eucaristía, que es de encuentro con Él, y un segundo camino, que parte de la Eucaristía, y que es siempre un camino abierto a la esperanza.

a) Camino de encuentro con el mismo Señor, que se hace realmente presente en el misterio de la Eucaristía y que se muestra dándose: «Tomad y comed que esto es mi Cuerpo», «tomad y bebed que esta es mi Sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía».

b) Camino de esperanza que es largo, apunta al cielo. Es el camino en el que será el mismo Jesús el que se sentará a la mesa y nos servirá. Es el camino que nos señala que estamos en dirección hacia el Reino. Es el camino del tiempo de la Iglesia. No lo vemos todo, pero vemos primicias. Y comulgando percibimos que el Señor nos acompaña, nos espera, nos da su fuerza, nos manifiesta su amor, nos capacita para amar y regalar su misericordia. En realidad, en este camino mostramos el rostro y las obras del Señor. Y en este camino, como Jesús, provocamos la misma atracción que Él provocó en el camino de Emaús, haciendo posible que dijesen aquellos discípulos que aún no lo habían reconocido: «Quédate con nosotros».

Es necesario que los discípulos de Jesús emprendamos estos dos caminos si queremos que los hombres no sean robados en su dignidad e identidad, que tengan como pastor a quien es Buen Pastor y se quiere acercar a los caminos de los hombres y a cada ser humano a través de nosotros, que formamos y somos miembros vivos de la Iglesia.

Es cierto que la expresión máxima y más cercana a nuestra vida de quien es el Buen Pastor, el Señor ha querido prolongarla y manifestarla en el ministerio sacerdotal. Ahí el Señor quiere mostrarse pidiendo a quienes llama que le presten la vida para hacerse presente realmente Él, regalando su presencia real y dándose Él mismo, dando de lo suyo, su Cuerpo y su Sangre, su perdón, su abrazo. Como nos dice el Concilio Vaticano II: «En los obispos, a cuyo lado están los presbíteros, se hace presente, pues, en medio de los creyentes Nuestro Señor Jesucristo, Sumo Sacerdote» [21].

Por otra parte está la vida consagrada, que nos enriquece con dones y carismas, que son un regalo que embellece a la Iglesia y al mundo, y manifiesta cómo el Señor quiere cuidar a los hombres. En esta vida consagrada, unos hombres y mujeres, acogiendo la llamada a vivir un carisma, cada uno de los que se consagran, «por medio de los votos y otros compromisos sagrados parecidos […] se obliga a los tres consejos evangélicos […], este se entrega totalmente al servicio de Dios amándole por encima de todo […]. Los consejos evangélicos unen a los que los siguen de una manera especial a la Iglesia y a su misterio por medio del amor, que es su objetivo» [22]. Los consagrados, tanto en la vida activa como en la vida contemplativa, quieren ser expresión clara de la presencia del Reino y de sus manifestaciones en favor de los hombres. Sepamos leer la vida y la misión de la Iglesia en todos los modos y lugares donde se hace presente en este mundo.

En los lugares de más compromiso, en todos los campos de la vida de los hombres y en todas las situaciones y para todas las edades de la existencia humana, en las periferias, en las fronteras, ahí está presente la vida consagrada, como un regalo inmenso del Señor para la vida de todos. Y no es menos importante la presencia de la vida consagrada contemplativa desde el silencio de los monasterios, orando y trabajando, teniendo como tarea única vivir desde la cercanía y la contemplación de quien es centro de todo: Jesucristo. Y desde la convicción de que quien da lo que necesitamos es el Señor. A Él hay que acudir y, con Él, por Él y desde Él, acompañar a los hombres y todas sus situaciones de vida, teniendo como trabajo fundamental, el orar y el trabajar para no ser carga de los demás y vivir con el trabajo de nuestras manos, poniendo a todos en manos de Dios.

Dos modos diferentes de entrega y de hacer presente el Reino, pero siempre para visibilizar que todo ser humano es imagen y semejanza de Dios y que todos los hombres son cuidados y defendidos en la esencia de su ser por Dios mismo. Todos ellos –tanto los que se ponen a vivir junto a los hombres en las diversas situaciones de su vida, desde que nacen hasta su muerte, como los que se dedican explícitamente a poner a los hombres en manos de Dios– son interpelación permanente en la existencia de los que habitamos en este mundo. Su entrega gratuita, desapercibida porque la viven en el silencio y sin hacer alardes, produce una fecundidad y un atractivo especial incluso para aquellos que están más lejos. Y aproximan el rostro del Buen Pastor que no olvida a nadie, de ninguno se desentiende, y de ninguna situación que vive el hombre se aparta.

Como tantas veces nos ha dicho el Papa Francisco, la misión no es fácil, pero es necesaria para llevar la buena noticia del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo.

Y también están los laicos que son la mayoría del Pueblo de Dios, «incorporados a Cristo por el Bautismo, forman el Pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. El carácter secular es lo propio y peculiar de los laicos […]. Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia» [23]. La Iglesia santa, se organiza y dirige desde una diversidad admirable. El Pueblo elegido de Dios es, por tanto, uno: «un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo» [24].

La Iglesia es santa y es madre, y así se presenta en medio del mundo. El solo Santo amó a su Iglesia como a su esposa, se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como a su propio cuerpo, y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Y la Iglesia Madre santa acompaña a todos los hombres a través de la estructura que el Señor ha dado a la misma, sabiendo que quienes la componen están ungidos y urgidos por la misericordia, y tienen que acercar al corazón de cada hombre, a las diversas situaciones en las que viven y acontecen en el mundo, el amor mismo de Dios. En la Iglesia la Cabeza es Cristo, y el Cuerpo somos quienes hemos sido llamados a su pertenencia, quienes la formamos, desde María la Madre de Jesús hasta el último cristiano que recibió en el Bautismo la vida del Señor, en cualquier parte del mundo. Por eso, quizá la mejor tarjeta de presentación y de revisión de nuestra vida sea la que el Señor nos entregó en el Evangelio hablándonos de Él mismo como Buen Pastor. En la misión que tenemos cada uno de los que formamos la Iglesia, lo que es la Cabeza tiene que ser el Cuerpo.

El Buen Pastor es tarjeta de presentación para todos los miembros de la Iglesia. Así, vive y camina la Iglesia con todos los hombres: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» [25]. Por eso, el Señor hoy se acerca a todos nosotros y nos hace varias preguntas:

a) Como sacerdote que soy, ¿qué significado y qué exigencias para mi vida me describe la parábola del Buen Pastor? ¿Doy o guardo mi vida en el ministerio que el Señor me encomendó? ¿Indico con mi vida dónde está y quién es la puerta? ¿Doy vida o la paralizo? ¿Huyo de las situaciones que complican mi vida? ¿Estoy disponible siempre? ¿Salgo en búsqueda de los hombres o me mantengo en mi estancia esperando a que vengan? ¿Conozco la realidad de las personas que tengo encomendadas, las que vienen a mí y las que están muy distantes de mí? ¿Cómo busco a las que no están o están en otro lugar? ¿Atraigo, distancio, elimino, descarto, encuentro, hago sitio?

b) Como miembro de la vida consagrada, ¿descubro la grandeza de mi vida en esta parábola del Buen Pastor? ¿Mi consagración hace presente el Reino de Dios y muestra el rostro de ese Pastor Bueno que deja la Iglesia Madre para que acompañe a los hombres en todas las situaciones que viven? ¿Anticipo con mi vida ya en este tiempo y en esta hora la presencia del Reino? ¿Valoro lo suficiente lo que significa que mi vida haga presente el Reino entre los más necesitados: niños, jóvenes, ancianos, familias, pobres, marginaciones diversas, los descartados, los que no cuentan en la construcción de la sociedad, los que están en las periferias geográficas y existenciales, construyendo el Reino en las fronteras, con todo lo que ello implica? ¿Valoro, contagio, percibo el valor de la misión evangelizadora en la vida contemplativa? En un mundo que busca a Dios, aunque no siempre de manera consciente, ¿sabemos ser personas sabias para reconocer los interrogantes que Dios y la humanidad nos plantean?

c) Como laico cristiano, como adulto, joven o niño, como familia, ¿descubro en la parábola del Buen Pastor aspectos fundamentales de la Cabeza que es Cristo, pero también del Cuerpo que es la Iglesia, y que como laico me afectan? Con la vida que el Señor nos regaló y recibimos en el Bautismo, ¿me ocupo de todas las realidades temporales y las ordeno según Dios? ¿Lo hago con el estilo y la manera de Jesús? ¿Lo hago en las realidades humanas del mundo del trabajo, de la política, de la economía, del estudio, de la investigación, de la educación en todos los niveles, de la universidad? ¿Lo hago en el mundo de la salud, de la marginación, en el mundo de la justicia, de la paz, de la fábrica, del taller, en la realidad y el mundo de la familia como célula básica de la sociedad? ¿Busco a los que están lejos o enfrente, y me acerco con la fuerza y la manera del Señor? ¿Asumo como misión el sanar las estructuras humanas y las condiciones del mundo? ¿Participo activamente también en todas las tareas de la misión salvadora de la Iglesia, abriendo caminos según las posibilidades y necesidades? ¿Mantengo vivas las comunidades cristianas? ¿Celebro el Día del Señor como realidad clave para mantener la experiencia de pertenencia eclesial, y como lugar que engendra pertenencia, unidad y comunión con Cristo y con su Iglesia? ¿Participo de los sacramentos para fortalecer y no olvidar que nuestra vida tiene sentido cuando somos testigos de la Resurrección y de la vida del Señor Jesús, y signo de Dios vivo?

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • Como discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia, hazte esta pregunta: ¿Qué y cómo es un domingo, el Día del Señor, para mí? ¿Lo vivo para situarme en los dos caminos que he de pasar para ser y actuar como discípulo de Cristo: encuentro y esperanza?
  • Os invito a que volváis a este capítulo 8 y os hagáis las preguntas que en él os propongo, ya seáis sacerdotes, miembros de la vida consagrada o laicos.

9. Una misión de largos alcances: «la mies es abundante, pero los trabajadores pocos»

Siempre me han llamado especialmente la atención aquellas palabras con las que Jesús se dirige de una manera especial a los discípulos después de la Resurrección, en Galilea, en el monte que Jesús les había indicado. Allí escuchamos unas palabras que han dado dirección, forma, modo y contenido a la misión. Una misión de largos alcances, una misión que es grande, y requiere trabajadores abundantes. Nos dice así el Señor: «Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» [26].

a) Aprendamos de Jesucristo: Él es el primer evangelizador. Por eso, hay que estar muy cerca de Él, escucharlo, entrar en comunión de vida con Él, ver y contemplar las estrategias que tiene en el acercamiento a los hombres con los que se encontraba y a los que quería dirigirse. Descubramos el testimonio que Él da de sí mismo, «es preciso que anuncie el Reino de Dios en otras ciudades» [27]. Nuestro Señor Jesucristo dedicó toda su vida pública a proclamar de ciudad en ciudad, en las aldeas y pueblos, a los más pobres, que en general son los mejor dispuestos, el gozo del anuncio del cumplimiento de las promesas y de la Alianza. Dedicó su vida ante todo a anunciar el Reino de Dios y a hacer descubrir, y describir, la dicha de pertenecer a ese Reino, sus exigencias, que sería bueno que las meditásemos y que están contenidas en los capítulos 5 a 7 del Evangelio de san Mateo [28]. Junto al Señor vemos cómo Él anuncia una salvación liberadora. ¡Cuánto tenemos que aprender de Él en anunciar liberación y no condena, libertad y no esclavitud, misericordia y no ojo por ojo y diente por diente! Esta salvación arranca desde el mismo momento de la venida de Cristo a este mundo, alcanza su plenitud en su muerte y Resurrección, y tiene su continuidad, a través de la historia, por la Iglesia de la que somos parte, hasta el final de los tiempos. Hay que aprender a vivir este anuncio con entrega y sacrificio, como el Señor. Realizando una predicación infatigable. Mostrando el anuncio con aquellos signos que, después de escuchar al Señor, transformaban sus vidas.

b) Centremos nuestra tarea en evangelizar, que es la vocación propia de la Iglesia: así nos lo ha pedido el Señor. Las palabras del apóstol san Pablo son elocuentes para ver cómo la evangelización es un imperativo de la misión, «porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!» [29]. Alabado sea Jesucristo, que hace nacer a la Iglesia de la acción evangelizadora de Él y de los Doce. Alabado sea Jesucristo, que envía a la Iglesia a evangelizar. Alabado sea Jesucristo porque pide a la Iglesia que, para evangelizar y cumplir esta misión que Él da, primero se tiene que evangelizar ella misma. Alabado sea Jesucristo, que ha entregado a la Iglesia el depósito de la Buena Nueva que debe ser anunciada. Alabado sea Jesucristo, que envía a los evangelizadores. Alabado sea Jesucristo porque sin Él no entenderíamos la misión de la Iglesia: nexo inseparable entre Cristo, la Iglesia y la evangelización.

c) Recuperemos la alegría de ser discípulos-misioneros, de haber sido llamados a anunciar el Evangelio de Jesucristo: ir a todos los hombres, a todos los sectores de la humanidad, a todas las culturas. Pero hay que ir, hay que salir siendo testigos. Con la gracia de conseguir que quienes escuchan y ven, se pregunten: «¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esta manera? ¿Quién los inspira? ¿Por qué están con nosotros? ¿Por qué nos acogen si no creemos como ellos, y nos ayudan, y nos defienden?». Hay que ir dando razones de nuestra esperanza, anunciando explícitamente, de forma que provoque una adhesión de corazón y que haga asumir un programa de vida.

d) Descubramos y proclamemos desde Jesucristo el gran valor de la vida, la vida en sí misma, de la que es dueño solamente Dios, el valor de ponerla al servicio de los demás, de dar rostro humano a Dios con nuestra vida, desde el rostro divino que Él nos regala, haciéndonos expresión de su amor y de su misericordia. Demos testimonio del amor del Padre con tal fuerza que se manifieste que Dios no es anónimo y lejano, sino que es quien nos hace experimentar que somos hijos de Dios y hermanos los unos de los otros. Que ha tomado rostro humano en su Hijo, ofreciendo la salvación a todos los hombres como don de su gracia y de su misericordia.

e) El centro del mensaje es Jesucristo. Nunca caigamos en la tentación de descentrarlo: el centro del mensaje que hemos de dar no es otro que Jesucristo, que provoca esperanza en un Dios que se dona totalmente al hombre, que perdona siempre, que renuncia a sí mismo y pone a los demás por encima, que ayuda siempre, que hace descender el amor de Dios. Su mensaje afecta a toda la vida del hombre. Es un mensaje liberador de cualquier condena que lleve a la marginación y al descarte. Y siempre promociona lo humano (el humanismo de verdad), sin tener que hacer ninguna reducción o vivir en ambigüedades que rompen la verdad del hombre.

f) Avivemos la necesidad de la conversión de corazón y de mente. Excluyamos como camino de liberación la violencia, pues esta no es cristiana ni evangélica. Ayudemos a crear estructuras que salvaguarden la libertad humana, sin dejar de lado los derechos fundamentales del hombre, entre los que se encuentra la libertad religiosa como derecho de primera importancia, que salvaguarda todos los demás derechos.

g) Tomemos con tanta ilusión y compromiso ser evangelizadores, que florezca en todos nosotros la sabiduría, inteligencia y creatividad en la búsqueda de los medios más adecuados para hacer llegar a la vida de los hombres y a las realidades que viven, la persona de Jesucristo, la Buena Nueva. Pero, eso sí, siempre con el testimonio de una vida llena de coherencia, firme en el amor, que tiene las medidas que Dios le ha dado, hasta dar la vida. Rebosantes de esperanza, no sirven los tristes y desalentados, pues eso no es de Cristo. Celebrando la presencia del Señor con una liturgia viva. Transmitiendo la fe y comunicándola, con una catequesis bien formulada. Utilizando los medios de comunicación social, que no son enemigos del anuncio, sino todo lo contrario, amigos disponibles para anunciar la noticia más importante. Intentando lograr una relación personal y directa con todos los hombres con los que nos encontremos.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Escucho, vivo en comunión, veo y contemplo las estrategias de Jesús para acercarme a los hombres, tal y como se presentan en el Evangelio?
  • ¿Es la misión en todos los ámbitos de mi vida, mi vocación propia como miembro vivo de la Iglesia? ¿La he incorporado como una forma de vivir?
  • ¿Hago con alegría la misión? ¿Qué alegría y de dónde viene?
  • ¿Doy rostro a Dios con mi vida, siendo expresión de su amor y misericordia?
  • ¿En dónde o en quién encuentro el centro de la misión y del mensaje? ¿Tengo ideas o vida?
  • ¿Cómo está siendo mi camino de conversión? ¿Qué medios utilizo para hacerlo? · ¿Vivo con pasión y creatividad la misión?

10. Llamados y convocados al compromiso por haber sido ungidos, urgidos y marcados por la misericordia

Necesariamente la llamada y convocatoria al compromiso de vivir el haber sido ungidos, urgidos y marcados por la misericordia nos la muestra el Señor en una conversación con Pedro, cuando este le pregunta: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». La respuesta de Jesús es contundente y está avalada por su vida, que responde con prontitud a Pedro y en él a todos nosotros: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Y seguidamente propuso la parábola del siervo despiadado, que termina diciendo así: «“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano» [30].

Es una llamada y convocatoria al compromiso de mostrar y regalar la misericordia de Dios. No estamos solos. El Señor nos da su vida, su gracia, su fuerza, su amor. Hay que acercar el Reino de Dios a los hombres. Y una de las manifestaciones más bellas, más atractivas, mas constructivas, más creativas, con más consecuencias para la vida personal y colectiva de los hombres, es llevar, ser actores y dadores de la misericordia de Dios. Ella cambia la vida y los corazones. No tengamos miedo. Esto no es buenismo, es la acción misma de Dios que es el único Bueno y Santo. El buenismo es aparecer como buenos sin serlo, es ser buenos de escaparate, pero nuestra vida va por otros lugares y derroteros. Solamente hay uno Bueno que es Dios mismo. Atrevámonos a vivir desde la condición que el Señor nos ha regalado por gracia.

En las tres parábolas de la misericordia encontramos el modo y la manera concreta de salir a este mundo a anunciar el Evangelio con el arma de la misericordia. Llevar al mundo la revolución que produce la misericordia, la época nueva que ha nacido con la entrada de Dios en este mundo. Jesucristo nos ha mostrado lo que quiere el Padre de nosotros. No nos importe a la Iglesia que digan lo que de Jesús se decía, «ese acoge a los pecadores y come con ellos» [31].

a) Salgamos siempre a la búsqueda de quien está perdido y desorientado en el camino. No para reñirle, sino para acercar a su vida el rostro de Dios, que lo encuentra, lo pone sobre sus hombros, lo perdona, es decir, lo rehabilita desde dentro, le hace tener y vivir una novedad única y se lo lleva consigo. Y reúne a los amigos porque ha encontrado a quien estaba perdido [32].

b) Tener en nuestra vida y en nuestro corazón la misericordia de Dios es el tesoro más grande que un ser humano puede poseer. Entre otras cosas porque es un tesoro que cambia la vida personal, la orientación de nuestras acciones, las relaciones entre los hombres, la dirección de la historia. Establece la paz que tiene rostro, la fraternidad, el encuentro, el diálogo, el interés por el otro aunque sea diferente a mí. Y todo ello tiene un rostro: Jesucristo. ¿Cómo no vamos a convocar a los que viven junto a nosotros, para hacerles partícipes de la alegría de tener este tesoro? Cómo es decirles: «¡Alegraos conmigo, he encontrado la moneda que se me había perdido!», el tesoro que es la «moneda de la misericordia», que cambia y convierte el corazón [33].

c) Hay una manera singular de estar en el mundo y por los caminos del mismo regalando la misericordia de Dios. La parábola del hijo pródigo nos lo muestra con toda claridad. Ahí vemos la libertad que Dios nos da, que nos permite hasta vivir por nuestra cuenta y a nuestro modo, desde nuestras fuerzas e intereses, como hizo el hijo pequeño, que le dice al padre de la parábola: «Dame la parte que me toca de la fortuna», que en el fondo es «quiero que me des la identidad y vivir por mi cuenta, sin referencia a ti». ¡Cómo es el comportamiento de Dios! Nos deja tal libertad que quiere que si estamos a su lado sea porque vemos que en Él somos y que, al margen de Él, nos perdemos y destruimos. Esta es la experiencia del hijo menor, que derrochó toda su vida, y cuando estaba hundido recapacitó y se dio cuenta de lo que había perdido. Esta es la situación de muchos de nuestros contemporáneos, que creen que Dios limita y ata. Y lo que limita y ata, deshace y destruye la vida, es vivir sin identidad; es decir, sin sabernos en las manos de quien nos ama con todas las consecuencias. La decisión de volver a la casa del padre era egoísta, para poder comer y estar como los jornaleros. Pero se encuentra con un recibimiento totalmente contrario, y ello le devuelve a su dignidad, a la dignidad de hijo. Por eso convoca la gran fiesta. Dios siempre nos devuelve la dignidad. Nos devuelve a la verdad y a la vida, nos perdona, no lleva cuentas de lo pasado, sino de lo que Él nos da en el momento que le pedimos estar en su casa. ¡Qué profundidad tienen las palabras del hijo y la respuesta del padre! «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela, ponedle el anillo en la mano y las sandalias en los pies […] porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». Dar la misericordia con esa generosidad a quien ha estado al margen molesta a quien no vive de la misericordia, sino del ojo por ojo y diente por diente. El hijo mayor se molesta y tiene que convencerlo el padre para que él también se alegre y devuelva la misericordia [34].

Estas parábolas nos muestran el rostro de la Iglesia, una Iglesia Madre, Servidora de la Misericordia, que desea hacer presente y cercano al único Maestro, que tiene «palabras de vida eterna» [35]. Estamos llamados todos los discípulos del Señor a acompañar, conducir, llevar a la fuente, a la fiesta, al abrigo de quien es la Misericordia. Escuchemos al Señor. Escuchar es más que oír. Escuchar está en la línea de la comunicación y oír en la línea de la información. La escucha siempre ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de ser espectadores, nos lleva a hacer camino juntos, trabajos comunes, a peregrinar, a tener sentido de pertenencia. No es fácil escuchar, la tentación es hacernos sordos. La escucha de la realidad de rostros, miradas, abrazos, preguntas, necesidades, ambientes diversos. Para amar hay que escuchar: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor» y «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Escuchar para amar, escuchar para entrar en diálogo y responder, escuchar para conmoverse. Escuchar a Dios para mostrar su rostro misericordioso.

PREGUNTAS QUE PIDEN RESPUESTA

  • ¿Qué es y quién es la misericordia para mí?
  • ¿Vivo la misericordia como compromiso de cambio del mundo y de vida entre los hombres?
  • ¿Encuentro en el Señor el rostro de la misericordia?
  • ¿Es mi pasión salir a buscar a todos los hombres para acogerlos, rehabilitarlos desde dentro y hacer fiesta con ellos?
  • ¿Descubro que el tesoro más grande en mi vida e incluso para construir la familia humana es la misericordia?
  • ¿Con qué hijo de la parábola del hijo pródigo me identifico más?, ¿con el menor o con el mayor? ¿Hacia quién suelo inclinar más mi vida?

Epílogo con tres miradas

«Sal fuera». Es la hermosa llamada a la libertad. Aquella a la que, muerto Lázaro y con la tumba sellada, le llamó el Señor: «Lázaro, sal fuera». Nos llama a nosotros. Salgamos de nuestras tumbas de muerte a la vida y con la vida. No existe límite alguno para la misericordia de Dios ofrecida a todos los hombres. El Señor siempre está dispuesto a quitar la piedra que retiene nuestra vida en la tumba, en el pecado que nos separa de Él y de todos los hombres. Por eso, te invito a que tengas tres miradas. Y si puedes hacerlas en los lugares que nos remiten fácilmente a ellas, mejor. Haz por lo menos una peregrinación al año a la escuela de estas miradas:

1) La mirada de María: la que descubrimos en el canto del magníficat. Repite muchas veces este canto: proclama la grandeza de Dios que se manifiesta en cada una de nuestras vidas y de la que quiere Dios que seamos rostro, «su misericordia llega a todos los hombres» [36]. Haz una peregrinación: asiste a la escuela del santuario de la Virgen Santa María la Real de la Almudena en nuestra catedral. Mírala y déjate mirar por Ella.

2) La mirada de un mártir, que dio su vida por Jesucristo aquí en Madrid, san Pedro Poveda: descubrir la mirada que tiene y que pide tener al Crucifijo es expresión de cómo él ha visto el modo en que la misericordia de Dios se revela de una manera admirable en él. Dice san Pedro Poveda a los miembros de la IT (Institución Teresiana) y, como santo hoy, testigo fuerte de la misericordia, a toda la Iglesia: «Deben ser crucifijos vivientes. […] no tiene otra fortaleza que la que le viene del crucifijo, que es su armadura, la armadura de Dios; que el crucifijo es el único tesoro, la única propiedad que por diversos títulos, legítimamente posee. Pero ahora os digo más: […] no debe contentarse con solo eso, sino que debe aspirar a transformarse en crucifijo, es decir, ser un crucifijo viviente […] causando en cuantos nos traten el mismo respeto que un crucifijo, los mismos sentimientos, las mismas ideas» [37]. ¿No has visto la influencia y la fuerza de cambio que Jesucristo crucificado ejerce en quienes le contemplan? En el Crucifijo podemos conocerlo, amarlo e imitarlo, para pensar, sentir y obrar siempre como Cristo. Haz otra peregrinación: visita la capilla donde se encuentra el cuerpo de este mártir en Los Negrales. Lleva en la mano un Crucifijo. Y pídele que interceda para que tú seas ese Crucifijo que ama con el mismo amor que le llevó a dar la vida como lo hizo Jesucristo, por amor, por y con misericordia.

3) La mirada de una familia cristiana, formada por san Isidro Labrador, santa María de la Cabeza y su hijo: pusieron en el centro a Jesucristo. No eran propietarios más que de sus vidas ofrendadas a Dios en el trabajo diario del campo, en la convivencia de una familia que sabía dirigirse a Dios, es decir, orar; que sabía pedirse perdón, es decir, perdonarse mutuamente; vivir en y desde la comunión que engendra en nuestras vidas Jesucristo, que nos hace vivir siempre mirando el bien de quien tengo a mi lado más que el mío propio. Sin propiedades personales, trabajando para otros y haciendo de sus vidas una señal del amor misericordioso de Dios. Que pasaron haciendo el bien y mostrando que la familia es un icono del Dios cristiano. Hacer de la vida una procesión del amor de Dios, caminar con metas y sentido, abrirse totalmente a los demás, mostrando siempre esa fotografía viva de ser un gesto de amor sin condiciones de parte de Dios. Ser testigos de la memoria del amor de Dios, ganar el corazón de los que nos rodean, porque nosotros nos hemos dejado ganar el corazón por Jesucristo. Haz esta peregrinación: a la colegiata de San Isidro donde se encuentran las reliquias de esta familia o a la capilla del campo de San Isidro.

Estoy seguro de que estas tres miradas, si dejamos que sea el Señor quien nos las dirija, serán un bien para nosotros y para toda nuestra archidiócesis de Madrid. Harán que entre en nuestras vidas la verdad de lo que en esta carta he querido deciros: ungidos y urgidos por la misericordia.

En el día de la fiesta de la Asunción de María, en el que celebramos en Madrid la fiesta de la Virgen de La Paloma.

Con gran afecto os bendice,

osoro_firma
✠ Carlos, Arzobispo de Madrid


[1] Fil 2,6-8

[2] Mt 28, 19-20

[3] Mt 16, 24

[4] Fil 3,12

[5] Fil 3, 17

[6] Cfr. Jn 20, 11-18

[7] Cfr. Jn 4, 1-45

[8] Ap 21, 1-5

[9] Hch 1, 8

[10] 2 Cor 3, 2-3

[11] GS 1

[12] Benedicto XVI (2007): Discurso inaugural en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, n. 3

[13] Jn 10, 10b

[14] Hch 2, 42-43

[15] Hch 2, 44-47

[16] Cfr. Lc 10, 25-37

[17] Lc 10, 25b

[18] Lc 10, 29b

[19] Cfr. Papa Francisco, Laudato si. Toda la encíclica muestra las dos cuestiones a las que aludo.

[20] Lc 10, 36-37

[21] LG 21

[22] Cfr. LG 43, 44

[23] Cfr. LG 31

[24] Ef 4, 5

[25] Jn 10, 7-16

[26] Mt 28, 18-21

[27] Lc 4, 43

[28] Mt 5; 7

[29] 1 Cor 9, 16

[30] Cfr. Mt 18, 21-35

[31] Lc 15, 2b

[32] Cfr. Lc 15, 3-7

[33] Cfr. Lc 15, 8-10

[34] Cfr. Lc 15, 11-31

[35] Jn 6, 68

[36] Lc 1, 46-56

[37] Poveda y Castroverde, Pedro (2005): Obras I, Creí por eso hablé, Narcea Ediciones. págs. 719-720

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