Ordenación diaconal de Francisco Orán

Homilía de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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S.I. Catedral de San Juan Bautista, Badajoz
Sábado 24 de septiembre de 2016

Querido Francisco, queridos sacerdotes miembros del presbiterio diocesano, Sr. Vicario general, Vicarios episcopales, Arciprestes, Sr. Deán de la Santa Iglesia Catedral y Cabildo, Sr. Rector del Seminario y formadores, queridos Seminaristas de nuestro Seminario de San Atón, Sr. Párroco de La Albuera.

Queridos hermanos y hermanas, padre y hermano de Francisco. Saludo también con cariño a tu madre que desde el cielo está contigo y te asiste, a tus tías, familiares y amigos, parroquianos de La Albuera, jóvenes del PDAV…

Estoy muy contento que el Señor me haya concedido la gracia de poder administrar, en la Archidiócesis, por primera vez, el sacramento del Orden, en su primer grado, el del Diaconado.

Es un día de agradecimiento a Dios por este gran don y un día de esperanza y de petición confiada de nuevas y santas vocaciones para esta amada porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Archidiócesis de Mérida-Badajoz. ¡Las necesitamos y cómo!

¡Bienvenidos todos a nuestra Catedral metropolitana!

Esas palabras del Señor tan consoladoras, conclusivas del evangelio de san Mateo, y que tan frecuentemente resuenan en nuestros oídos, hoy resuenan con particular fuerza en nuestra Iglesia particular: “No tengáis miedo. Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,10). También las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar: “Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-14).

La llamada de Cristo al ministerio ordenado es uno de esos signos inequívocos de que Jesús no nos abandona. ¡Que no deja al mundo sin sal, que no deja al mundo sin luz!

Él sigue llamando y eligiendo, no a superhombres, no a personas sin defectos ni pecados, sino a hombres normales para “hacerlos partícipes, por la imposición de las manos, de su ministerio santo”, como dice el prefacio de la Misa de órdenes. Él sigue pasando “miserando atque eligendo” (mirando con misericordia y eligiendo), como reza el lema episcopal del Papa Francisco, tomado del comentario de san Veda el Venerable a la elección de Mateo apóstol.

La vocación es siempre un misterio insondable de la misericordia de Dios y de la respuesta de un hombre normal, con defectos, con pecados, pero que se da cuenta que algo está pasando en su alma. Como tú mismo, Francisco, has descrito en la entrevista publicada en Iglesia en camino:

“El Señor me empezó a llamar e hizo que cambiara mi vida de rumbo. Empiezas a cuestionarte cosas y eso da lugar a que un día te pares y te digas que hay que dar respuestas al Señor de manera distinta a lo que estaba haciendo hasta ahora”.

No pienses que pierdes por haber dado esta respuesta, por haber dicho: “Sí”. Hoy, la opinión pública, el ambiente que se respira, no ayuda mucho a dar esa respuesta, aunque no debemos exagerar, ni perdernos en lamentos. Pero si alguna vez te viene a la mente y al corazón la duda –no es que se deba dar siempre, pero puede venir– y comienzas a pensar: ¿Por qué yo? ¿Por qué tengo que ser yo y no otros? Piensa que ya resolviste todas las dudas antes; que “ya pusiste la mano sobre el arado”; ríete un poco de ti mismo, déjate ayudar y mira al Señor y fíate de Él. Has llegado hasta aquí. Tendrás siempre la gracia sacramental del orden: hoy del orden del Diaconado; pronto la gracia del orden en su grado de Presbítero.

Consuélate, confórtate en la gracia sacramental. Descansa en la gracia sacramental, que es amistad muy íntima, muy personal, muy intransferible con el Señor. ¡Nunca olvides, Francisco, esta “gracia sacramental”, esta gracia específica que te signa con carácter permanente e indeleble y que es una gracia viva a través del tiempo; gracia sacramental que Jesucristo hoy te concede a través de la oración consagratoria y de la imposición de las manos! Vive siempre la comunión con tu Obispo y su presbiterio.

Serás así un instrumento para servir al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la Palabra y de la caridad y serás feliz.

Hay un libro del Cardenal Ratzinger dedicado a los sacerdotes cuyo título es Servidores de vuestra alegría. También don Miguel Ponce tiene un libro sobre el sacerdocio titulado Llamados a servir. ¡Cómo ha insistido la teología a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en esta dimensión del ministerio! El sacramento del orden nos configura a Cristo para servir. Pero, en primer lugar, para servir a Cristo, para permitirle a Él, al Señor, estar en medio de su Pueblo como sacerdote y mediador, para que pueda seguir realizando la Redención a través de su Palabra, de sus gestos sacramentales, de su presencia como Pastor bueno. Esto es nuclear en nuestra vida. Los demás pueden buscar su realización personal –meritoriamente, santamente– mediante la realización de sus capacidades humanas, profesionales… Nosotros, dejando que Cristo se trasparente, que no haya en nosotros opacidad, resistencias: no venimos a figurar, a lucirnos, a hacer carrera, a que se hable bien, con admiración, de nosotros, de nuestras capacidades y mé- ritos… ¡Ya me entendéis!

Si no entendemos esto ni lo vivimos, no hemos entendido nada de nuestra misión en la Iglesia. La Constitución conciliar Lumen Gentium n. 29, describe tus oficios y tareas como diácono: será tu oficio propio administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al sacramento del Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el santo viático a quienes están en grave peligro de muerte, proclamar la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura… Pero todo ello con el espíritu arriba descrito: para que el Señor sea conocido, amado, glorificado… si no, has equivocado el camino.

Y cuando tengas necesidad de cariño, de afecto humano o simplemente de un poco de reconocimiento y de que al menos te den las gracias, haz como el apóstol Juan: “reclínate en el pecho del Señor” y en la amistad y comunión con tus hermanos.

Querido Francisco, pidamos a la Virgen María, Madre del Señor y Madre nuestra, por tu ministerio; pidamos por todos los sacerdotes y seminaristas de nuestra Archidiócesis y del mundo; que Ella nos guíe por este camino de servicio y de humildad, de amor y de generosidad, de fidelidad y de felicidad, hasta no temer de dar la vida diariamente, poco a poco, con naturalidad, sin alardes ni aspavientos, darla por Cristo en nuestros hermanos. Así sea.

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