Santa Misa en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Merced

Homilía de
Mons. D. JUAN JOSÉ OMELLA OMELLA
Arzobispo de Barcelona

omella24092016

Basílica de Nuestra Señora de la Merced, Barcelona
Sábado 24 de septiembre de 2016

Estimados obispos de Terrassa y Sant Feliu de Llobregat,
Estimados hermanos sacerdotes y diáconos,
Muy Honorable presidente de la Generalitat,
Honorables consejeros y excelentísimos regidores,
Autoridades políticas, juridiciales, militares,
Hermanos de la Confraría de la Mercè,
Hermanos todos en el Señor,

Hoy, los cristianos de Barcelona, venimos a felicitar a María, la Mare de Déu de la Mercè, patrona de nuestra ciudad, de nuestra archidiócesis y de la provincia eclesiástica de Barcelona que incluye las diócesis hermanas de Terrassa y Sant Feliu de Llobregat. María acompaña y protege desde este santuario a todos los barceloneses como buena madre que es.

Comienzo por felicitarla en nombre de todos vosotros. Y lo hago con un sencillo ramillete de tres rosas. Muestran todo nuestro cariño a la Virgen y son la razón de ser de nuestros deseos y peticiones.

La primera rosa son…

 I
LOS JOVENES

Recibe, Mare de Déu de la Mercè, esta preciosa rosa que son nuestros jóvenes, el futuro de la sociedad y de la Iglesia.

Me ha impresionado la participación de los jóvenes de Barcelona y de Cataluña en la Jornada Mundial de la Juventud. De nuestra Diócesis participaron casi 1.000 jóvenes. Jóvenes entusiastas, contentos de seguir a Jesucristo siendo miembros de la Iglesia, deseoso de aportar su granito de arena en la construcción de un nuevo mundo, de una nueva sociedad.

Virgen Santa María, siendo tú bien joven escuchaste la voz del Señor, que te invitaba a vivir una apasionante aventura, la de ser la Madre de Dios. Sentiste miedo, mucho miedo, ante tal propuesta. Te sentías incapaz de estar a la altura de la exigencia de tal responsabilidad. Pero pusiste toda tu confianza en el Señor, te abandonaste en sus santas y bondadosas manos y dijiste, con valentía y generosidad: «¡Fiat!, Hágase en mí según tu Palabra» [1]. ¡Que los jóvenes aprendan de ti a responder a las llamadas que Dios les va a hacer a lo largo de sus vidas!

Y te pedimos tu ayuda para que nosotros sepamos salir al encuentro de todos los jóvenes con los brazos abiertos, con sinceridad, sin juicios, sin prejuicios. Ellos son los preferidos del Señor. Y Dios les sigue llamando a trabajar en su viña. También a ellos les dice tu Hijo, el Señor: «Tú eres mi hijo amado» [2]. También a ellos les interpela: «Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme» [3].

Necesitamos convencernos realmente de que Dios los ama. Necesitamos que nos ayudes a tener una mirada positiva y esperanzada sobre ellos: son el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Pero necesitamos también ser claros en el anuncio íntegro del Evangelio, en toda su misteriosa belleza, sin reduccionismos ni complejos al exponerles lo que supone seguir a Cristo. El ángel Gabriel puso ante tus ojos, con toda claridad, lo que Dios te pedía. Que no vayamos con medias tintas, con reparos, rebajando niveles de exigencia. Los jóvenes son por naturaleza generosos, pero necesitan acompañantes atentos y comprensivos. Haz, Virgen María, que seamos sus verdaderos acompañantes, como lo fue Jesús con los discípulos de Emaús.

II
LA FAMILIA

La familia es un gran regalo de Dios para nuestras vidas y para la sociedad. Pero sabemos que no todas las familias son como la de Nazaret. Hay familias que lo pasan mal y no solo económicamente, sino, sobre todo, porque les falta la unión, el cariño, la ternura, la confianza: se ha perdido el amor.

El gran secreto para que una familia permanezca unida es que acuda al manantial del amor, que es Dios. Sí, Dios es un misterio de Comunión. Es un misterio trinitario. Son tres personas que se aman infinitamente.

¿Cómo vivir en el amor de Dios? El Señor nos lo dice con toda claridad en el Evangelio: “Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor” ¿Cuáles son los mandamientos que hay que cumplir? Lo dice también el Señor: “Este es mi mandamiento: que os améis como yo os he amado”. El mandamiento del Señor es amar, pero amar como el Señor nos ha amado, como Él nos ama. Y Dios nos ama con todas nuestras virtudes y defectos, nos ama con inmensa ternura y nos ama hasta dar la vida muriendo en la cruz por nosotros.

Y ese amor no consiste solamente en no desear nada malo al otro o perdonar incluso las ofensas, no. El amor de Cristo va más lejos. Lo expresa muy bien cuando dice: “Padre, que sean uno” (Jn 17, 22). El amor tiende siempre a la unión. Eso lo sabéis muy bien los que estáis casados. No se trata solo de estar unidos, sino de ser uno. Y muchos dramas familiares surgen y se acrecientan por esa falta de unidad. Hay matrimonio, y familias, que son una suma de unidades, pero no llegan a ser uno.

Pidamos al Señor, por intercesión de María y de José, que no falte el amor en nuestras familias. Que busquen todas amar como Cristo nos lo enseña. Que todos seamos capaces de amar hasta dar la vida por los seres queridos, como hizo el Señor.

Y no dejemos de mirar a la familia de Nazaret. Ella es un ejemplo que hace tanto bien a nuestras familias, las ayuda a convertirse cada vez más en comunidad de amor y de reconciliación. En ella experimentamos y crecemos en ternura, ayuda recíproca, el perdón mutuo.

El Papa Francisco nos ha dado tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: “permiso”, “gracias”,“perdón”. Cuando en una familia se pide permiso y no se es entrometido, cuando en una familia se aprende a decir gracias y no se es egoísta, cuando en una familia uno sabe pedir perdón cuando se da cuenta de que ha hecho algo malo, ¡en esa familia hay paz y hay alegría!

Recordemos estas tres palabras. Es preciso que las aprendamos de memoria a fin de poder practicarlas diariamente. Permiso, gracias, perdón.

Pero se nos hace imprescindible que las familias tomen conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. En efecto, el anuncio del Evangelio pasa ante todo, a través de las familias, para alcanzar después los diversos ámbitos de la vida cotidiana.

Y es preciso, asimismo, que, tanto las administraciones como quienes dirigen los destinos de las naciones e influyen con sus ideas en la sociedad, valoren y ayuden a las familias con auténticas políticas sociales y económicas. A menudo, por el contrario, se tiene la impresión de que lo que se apoya es más bien aquello que va en contra de la unión familiar: no se reconoce la grandeza de la familia como pilar básico de la vida social.

III
NUESTROS DIRIGENTES

Muchos me preguntan cómo veo la situación social y política de nuestra tierra catalana. Sólo pido y deseo de todo corazón, Virgen María, que los dirigentes junto a la sociedad civil, empresarios, intelectuales, educadores, juristas… todos aquellos que tiene alguna responsabilidad e influencia social y política que trabajen por el bien común y por la construcción de una sociedad más y más unida, más libre y más justa. Y para conseguirlo es necesario aunar fuerzas. Todos unidos podremos más que separados. No deberíamos excluir a nadie en esa tarea de crear puentes, de atender a las demandas sociales, empezando por los pobres y necesitados, de establecer ámbitos de cultura, de formación en valores morales.

¿No es admirable lo que hizo la Venerable barcelonesa Dorotea de Chopitea? Desde su profundo amor a Dios expresado en el cuidado de los más pobres, su vida se conformó en dos grandes ejes. Estos son: la formación de los jóvenes y la preocupación por las personas más humildes, que dieron lugar a la obra social pionera en su época. Ojalá que en estos momentos de la historia encontremos en nuestra tierra personas con ese mismo empuje y esa misma entrega. Este país se lo merece.

Mare de Déu de la Mercè, protege a todos los barceloneses y a todos los catalanes. Ayúdanos a caminar con esperanza y dispuestos a abrazar a todos los hermanos con el fin de construir una sociedad más fraterna y humana. Pongo en tus manos de Madre mi ministerio pastoral que quiero ejercerlo como se dice en mi lema episcopal: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios”. ¡Que la misericordia sea el móvil de todas nuestras acciones sociales, políticas y pastorales!

Santa María, Madre y Abogada nuestra, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Confiamos en ti y nos ponemos bajo tu protección, en la seguridad de que «ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado por Tí» [4], ¡Princesa de Barcelona, proteged vuestra ciudad! Señora y Madre nuestra. Amén.


[1] Cfr. Lc 1,38

[2] Lc 3,22

[3] Lc 18,22

[4] Oración de san Bernardo

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