50 aniversario coronación Virgen del Lluch, de Alzira

Homilía del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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Plaza Mayor de Alzira
Domingo 25 de septiembre de 2016

Con una gran alegría y profunda devoción filial con acción de gracias celebramos el 50 aniversario de la coronación de la imagen de Nuestra Señora del Lluch, patrona de Alzira, faro y protectora de toda la comarca de la Rivera, en este día de su fiesta. Hacemos nuestras las palabras mismas de María en su canto en el que proclama la grandeza del Señor porque ha hecho grandes maravillas en Ella y por ella. El Evangelio que hemos proclamado, lo acaecido en las bodas de Caná de Galilea nos muestra las maravillas que la misericordia realiza a favor nuestro por medio de María.

Aquí, en este pasaje evangélico, vemos la plena y total humanidad de Jesús, que nace de la Virgen María. En la sencillez de este hecho, tan normal y tan significativo en la vida de los hombres, como es la celebración de unas bodas, vemos la humanidad de Jesús, tomada de María, su Madre comparte las alegrías con los hombres, está presente en la fiesta de esa realidad tan básica y tan natural. Esta escena nos da testimonio de la humanísima sencillez de Jesús, hombre de su pueblo; nos revela la encantadora connaturalidad de Jesús, lo mismo que María, su madre, con el alma de su pueblo. Ha entrado en nuestra historia y la ha hecho suya.

Ahí, en esa escena además, Jesús adelanta “su hora”, la hora de la Verdad, la de la alianza nueva, definitiva e irrevocable de Dios con los hombres en su propia sangre, vino nuevo que trae la alegría, la paz, la dicha y el amor inquebrantable de Dios, del Dios-con-nosotros, del Dios que salva, del Dios se ha desposado para siempre con la humanidad a la que ama con un amor pleno e inconmensurable del Dios Redentor que hace nueva la humanidad conforme a su designio. Adelanta, pues, en este pasaje, de modo simbólico, la hora redentora y de la alianza nueva de la muerte en Cruz del Mesías, Siervo y servidor, Salvador único de todos. Todo esto, gracias a la intercesión de María ante sus Hijo.

“No tienen vino”, dice María a Jesús en esta narración del Evangelio. El rico simbolismo del vino en el lenguaje bíblico nos descubre todo el alcance de la observación de María a su Hijo: falta la manifestación del poder de Dios, no tienen el vino nuevo del Evangelio. María aparece como portavoz de Israel y de la humanidad entera que espera la manifestación salvadora del Mesías, que está sedienta del Evangelio, que aguarda con impaciencia la Verdad y la Luz que sólo de Cristo puede recibir. Ese es el vino nuevo, vino mejor que el que se echó en falta. En Caná se nos muestra así la solicitud de María por todos los hombres, al ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades (cf. Redemptoris Mater, 21). “No tienen vino”. Con estas mismas palabras María se dirige a su Hijo hoy, desde una sociedad como la nuestra, que, pese a sus raíces cristianas, ha visto difundirse en ella los fenómenos del secularismo y de la descristianización, y reclama, sin dilación alguna una nueva evangelización. La Iglesia no puede replegarse en sí misma. Ha de escuchar y hacer suya la súplica de María, que sigue intercediendo como madre en favor de los hombres, que, conscientes o no de ello, tienen sed del “vino nuevo” del Evangelio. Las manifestaciones o signos de descristianización que observamos no pueden ser pretexto para una resignación conformista o un desaliento paralizador. Al contrario; urge un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo. El reto es decisivo y no admite dilaciones ni esperas. Ni hay motivos para el desaliento pues por muchas que sean las sombras que oscurecen el panorama, son más los motivos que en él se vislumbran: las propias raíces cristianas, nuestra fe en Jesucristo, nuestra devoción a su divina Madre.

Es sobre todo la fe en Jesucristo que permanece en medio de nosotros. Conforme a su promesa, Él mismo, es el que adelanta su hora en Caná, el que realiza el signo del agua convertida en vino nuevo, el que muestra así que el Reino de Dios ha llegado, el que nos hace ver y palpar que Dios no nos deja en la estacada, y nos hace vivir en su alianza definitiva: “Yo estaré con vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo para siempre”. Dios, Emmanuel, “el mismo ayer, hoy y siempre”, está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Esta certeza ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y sigue viva, y es su razón de ser de la Iglesia y de nosotros que creemos en Él. “De esta certeza debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino” (NMI 29).

¿Qué hemos de hacer ante este mundo nuestro que necesita del vino nuevo del Evangelio y que tanto se aleja de él? ¿Qué y cómo podemos hacer para llevar ese Evangelio ante tantos problemas como se nos presentan, ante tantas carencias como nos aquejan, ante tantos retos y desafíos como nos urgen? No hay ciertamente “una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero si una Persona y la certeza que ella nos infunde ¡Yo estoy con vosotros!” (NMI 29). A Cristo, verdadero vino nuevo e inseparable, hemos de acudir. De Cristo hemos de partir. En El hemos de apoyarnos. Cristo en el centro de todo. Por eso es preciso escuchar las palabras de la Virgen, que no sólo se dirige a su Hijo, diciéndole “no tienen vino”, sino que también se dirige a nosotros, a los hombres, y nos repite las palabras las únicas dirigidas por María en los Evangelios a los hombres- que dirigió a los sirvientes y que son como su testamento: “Haced lo que El os diga”. El objetivo de la evangelización no es otro que éste: acoger la palabra de Cristo en la fe, seguirla en la vida de cada día, hacer de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta individual, familiar, social y pública. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid vuestras puertas a Cristo!”, Hijo de Dios vivo, hecho hombre por nosotros, Redentor único de todos los pueblos.

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