Tuve hambre y no me disteis de comer

Carta de
Mons. D. Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Tarrasa

SaizMenesesJosepAngel

Domingo 25 de septiembre de 2016

La parábola del rico y del pobre Lázaro, que se lee en la misa de este domingo, se sitúa en la misma trayectoria que las del buen samaritano y del padre misericordioso, que hemos leído recientemente. Sin embargo, ofrece un contraste con las precedentes. Esta parábola dirige la atención hacia la eternidad.

Y como comenta el opúsculo Las parábolas de la misericordia –editado en España por la Biblioteca de Autores Cristianos- “las parábolas que desplazan la atención hacia la eternidad no son contadas para aterrorizar a los oyentes, ni para describir, como hará Dante Alighieri en su Divina Comedia, el infierno, el purgatorio y el paraíso. Más bien, con estas parábolas sobre el fin de la vida humana Jesús habla de la eternidad para el tiempo o del futuro para el presente. Le interesa el hoy y trae a cuento el fin para cuestionar a sus contemporáneos. Entre desconocimiento –el nombre anónimo del rico- y reconocimiento –el pobre tiene nombre y es reconocido por su nombre-, la parábola del rico y el pobre Lázaro incide con ímpetu sobre el tiempo concedido a cada uno”.

La parábola presenta el contraste entre el desconocimiento del pobre en esta vida –que yace ante el portal del rico- y su reconocimiento en la eternidad, y está muy relacionada  con la descripción del juicio final en el Evangelio de san Mateo (Mt 25, 31-46). En la primera parte de la parábola del juicio final el Hijo del Hombre (Jesucristo) bendice y acoge a cuantos, sin conocerlo a él, han dado de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos, han acogido al extranjero, han vestido al desnudo, han visitado al que está enfermo o en la cárcel.

Sin embargo, en la segunda parte, el divino Juez es implacable contra quien ha ignorado las llamadas “obras de misericordia corporales y espirituales”. El criterio que separa a las ovejas de las cabras, o al que es  bendito del que es maldito, cierra la parábola y vale para todos: “cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo”.

Lo que se dice en general para las personas que no han sido socorridas en la parábola del juicio, vale tambiénpara la parábola del rico y del pobre Lázaro. Lázaro está hambriento, pero el rico no le ha dado ni las sobras de su mesa. Las obras de misericordia, enumeradas en la parábola del juicio final, no han sido cumplidas con Lázaro, a quien el rico ha ignorado en vida, pero al que en la eternidad contempla al lado de Abrahán.

Los comentaristas de la parábola señalan que es decisiva –en la lógica del Señor- la incapacidad o la capacidad de sentir compasión por el otro, mayormente por el otro que es pobre y necesitado. En esto la parábola es interpeladora para cualquier tiempo en que sea escuchada. Una vez más, el relato nos conduce a la práctica de las obras de misericordia, tan justamente subrayadas por el papa Francisco como un objetivo prioritario del actual Jubileo de la misericordia.

El papa Francisco confesó al periodista italiano Andrea Tornielli: “la centralidad de la misericordia, que para mí representa el mensaje más importante de Jesús, puedo decir que ha crecido poco a poco en mi vida sacerdotal como consecuencia de mi experiencia de confesor, de las muchas historias positivas y hermosas que he conocido” (El nombre de Dios es misericordia, Ed. Planeta; en catalán Ed. Columna).

Os invito, pues, a reflexionar sobre la práctica de las obras de misericordia en nuestras vidas.

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Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Tarrasa

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