Apertura del curso 2016-2017 en el Seminario Monte Corbán

Homilía de
Mons. D. Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

SanchezMongeManuel

26 de septiembre de 2016

FORMAR SEMINARISTAS PARA LA NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA

Crece el número de los que se confiesan creyentes, pero viven al margen de Dios. Ofrecen culto a los ídolos del dinero, del placer y del poder, alejándose inconscientemente del Dios verdadero y de la Iglesia que los engendró a la fe. No se preguntan por el sentido de la vida y son presa fácil del consumismo, del relativismo y del subjetivismo, porque tienen miedo a confrontarse con la Verdad y les da pánico tener criterios propios y mostrarse distintos a los demás. El ambiente de indiferencia religiosa y la superficialidad del estilo de vida han hecho posible que algunos bautizados intenten vivir su fe en Dios sin renunciar a los criterios del mundo. Prefieren vivir instalados en la autosuficiencia y en un estéril individualismo religioso a participar en las actividades evangelizadoras de la comunidad cristiana.

Es la nueva realidad social, cultural y religiosa con que nos encontramos y que debe llevarnos a emprender con decisión y con entusiasmo una nueva etapa evangelizadora, a la que nos convoca el papa Francisco. No podemos esperar con los brazos cruzados o instalados en el lamento permanente a que cambien los tiempos para evangelizar. Hemos de fortalecer el impulso misionero y asumir estos nuevos desafíos de la cultura actual para progresar en la conversión personal y pastoral, para buscar nuevas formas y nuevos métodos de proponer la Buena Noticia al hombre de hoy con el ardor misionero de los santos.

1. “El anuncio de la fe debe ser siempre precedido, acompañado y seguido de la oración”.

No se puede hablar de Dios, sin haber hablado antes mucho con El. La acción sin oración pronto conduce a la dimisión. Es Dios quien, por medio de su Hijo y el Espíritu Santo, elige a los cristianos y les encarga difundir la fe con la plena certeza de que dará eficacia a la acción evangelizadora. “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), nos dice el Señor. El Espíritu Santo nos precede en la acción evangelizadora.

La llamada de Cristo, por medio de la Iglesia, a una nueva evangelización requiere de los seminaristas el cultivo de una experiencia fuerte de Dios, una vida teologal intensa. Exige, por evidente que parezca, que sean hombres de fe, que lo que anuncien lo vivan, que, como el justo, vivan de la fe. La afirmación del Señorío de Dios, el anuncio de la supremacía y de la gracia del Dios único y vivo, la búsqueda sencilla y amorosa del Dios escondido que se revela en Cristo y de su voluntad por encima de todo, estar fundados en la adoración humilde del Dios vivo, son dimensiones que necesitamos fortalecer en nuestra existencia diaria.

2. Evangelizar significa anunciar buenas noticias.

Nuestra misión consiste en presentar a Jesucristo como “Evangelio”, como “Buena Noticia”. Él en persona es el Evangelio, no sólo sus palabras y sus obras. Los cristianos no somos profetas de desventuras ni agoreros de desdichas; somos mensajeros de paz, de amor y de esperanza, porque somos enviados de Jesús. Dios nos ha amado y ha mandado a su Hijo como Salvador del mundo. Recuperar el sentido de la fe como buena noticia y como encuentro gozoso con Jesucristo, mostrar la alegría de ser cristianos y la gratitud por haber sido bendecidos por Dios en Cristo Jesús es condición para ser evangelizadores. El evangelizador anuncia que tenemos buenas noticias de Dios y las transparenta personalmente. “Jesús te ama de verdad, tal y como eres. Déjale entrar en tu vida. A pesar de las decepciones y heridas que la vida te haya podido causar, dále la posibilidad de amarte. No te defraudará”: es una fórmula de primer anuncio que el papa Francisco brindaba en la homilía del Jubileo de los catequistas (25.09.2016).

3. Evangelizar con palabras y con obras

Por otra parte, conviene recordar que la evangelización no es sólo cuestión de palabras, no es algo exclusivamente verbal; los signos tienen una importancia capital. Porque confirman las palabras para que no se queden en sonidos que lleva el viento. La cercanía de Jesús a los pobres, los enfermos, los pecadores, los ignorantes, los indefensos… fue también evangelio. La fe que acoge el Evangelio sin ponerle cortapisas es al mismo tiempo confesión, decisión y praxis. “La nueva evangelización no sería auténtica si no siguiera las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres” (JUAN PABLO II, Homilía durante la celebración de la Palabra en Viedma (Argentina), 7.4.87: Ecclesia 2.317 (1987) 637).

La Iglesia debe evangelizar, siempre y en todas partes, uniendo la palabra y las obras, los sacramentos y el servicio caritativo. El Evangelio no es mudo ni las palabras de la predicación deben ser huecas. Jesús curó al paralítico, perdonó sus pecados y se presentó como el Hijo del hombre (cf. Mc 2,1-12). En las curaciones se muestra la salvación, y en las obras Jesús revela quién es.

Hoy anunciar el Evangelio es ir contracorriente. Parece que conocer y amar a Jesucristo no interesa y parece humanamente imposible introducirle en nuestro mundo. Necesitamos –como los Apóstoles- la ‘parresía’, es decir, la audacia, la libertad, la valentía: “Fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con audacia” (Hech 4,31) Pablo en Damasco había predicado valientemente el nombre de Jesús (Hech 9,27ss; 26,26; 28,31; 1 Tes 2,2,..) y pedía a los de Efeso: “Orad para que cuando predique me sean dadas palabras para dar a conocer con audacia el misterio del Evangelio (Ef 6,19). “Concede, Señor –oraba la comunidad de Jerusalén-, a tus siervos hablar con toda libertad tu palabra (Hech 4,29).

4. La fe se propone, no se impone

La fe cristiana excede la razón, pero es razonable para cada creyente y se abre al diálogo con todas las personas y grupos. El Dios revelado en Jesucristo no humilla la razón, sino que la ensancha y vigoriza. “A Dios se le anuncia encontrado a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo sólo bonitos sermones” dijo el papa Francisco en la homilía del Jubileo de los catequistas, 25.09.2016).

No hemos conseguido que la «laicidad positiva», como afirmó frecuentemente Benedicto XVI, sea la clave de las relaciones entre la fe y la cultura actual. A veces la legítima “secularidad” degenera en “secularismo”, que margina la religión. Por otra parte, el que la fe no pueda ser impuesta, por la misma naturaleza del Evangelio y por la dignidad de las personas, no significa que seamos apóstoles desganados y cansinos. Sin amor al Señor y a las personas a las que deseamos anunciar el Evangelio, no hay genuino y celoso apóstol.

El rasgo más gozoso de la Iglesia es darse cuenta de que estamos en una nueva etapa evangelizadora. Nos parecemos a la Iglesia de los comienzos, que sale a la calle y que le dice a la gente por primera vez quién es Jesús… Actualmente también mucha gente cree que ha oído el primer anuncio, pero en realidad lo están escuchando por primera vez. La emoción es que hoy en día la Iglesia se abre a un futuro totalmente nuevo, y es un motivo de gran alegría. Dentro de cincuenta años, la gente mirará hacia atrás y puede que diga que estos fueron los días en los que estaba comenzando una seria renovación de la Iglesia.

¡María, estrella de la evangelización, guíanos en el curso que hoy comenzamos y ruega por nosotros!

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