Santa Misa con motivo de la apertura del curso académico en los Institutos de Teología y Ciencias Religiosas y en los Seminarios Diocesanos

Homilía de
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez Plaza

Toledo, 26 de septiembre de 2016

Queridos hermanos:

El inicio de un nuevo curso académico en los institutos teológicos de nuestra Archidiócesis de Toledo está siempre envuelto en una atmosfera de novedad y continuidad; también de una cierta parsimonia, pues el sujeto humano (profesores, alumnos, formadores) viene de un tiempo de inercia vacacional, que cuesta poner en marcha. Pero ya es tiempo de acción, de actividad académica y, en el caso de los seminaristas, de incidir con otro ritmo en la formación, que el verano no ha tenido por qué interrumpir, sino cambiar de tono o de modalidad.

Nos ponemos primero en oración y en actitud de celebración con esta Misa votiva del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios quien tiene que habitar en nosotros: es el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y actúa en nosotros desde la gracia fundamental de la adopción en la Iniciación cristiana. Gracia que no nos vivifica sin querer nosotros, sin el ejercicio de la fe y de la caridad que mantiene nuestra esperanza. En Él confiamos, para no vivir según la carne, sino como hijos de Dios. Ahí está nuestra libertad verdadera, para no recaer en el temor. No: somos hijos que clamamos “¡Abba, Padre!

Introducirnos de nuevo en el estudio de la Teología y las otras ciencias de nuestro currículo, en estos institutos teológicos, agregados a la Universidad Eclesiástica san Dámaso de Madrid, supone un ejercicio de responsabilidad, pues no se trata de aprobar para conseguir un título, sino adentrarnos en el estudio apasionante de tantas materias que nos muestran, siempre de modo imperfecto, el misterio de Dios manifestado en Cristo por obra del Espíritu Santo. Eso necesita tiempo, dedicación, amor y no olvidar un dato sumamente importante: Cristo nos dice que el Paráclito “será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26). No estamos en contra de un rigor teológico que permita dialogar con aquellos que practican otras ciencias; pero nos gusta más que el que estudie las ciencias de Dios y sus auxiliares se sienta en la piel de creyente y de discípulo del Señor de tal modo que experimente cada vez más la alegría de la fe.

Al tratar estos temas se nos ofrece la oportunidad de acercamiento a la figura del Cardenal Cisneros, cuyo quinto centenario de su muerte se acerca cada vez más a nosotros. En concreto, me interesa la visión de la renovación de los sacerdotes que este Arzobispo de Toledo anhelaba, y así comprobar cómo el ideal de una sólida preparación cultural que quiso para los pastores de la Iglesia de su tiempo, unida a una rica y profunda vida interior, sigue siendo válido hoy para poder llevar adelante el ideal ministerial de comunicar la palabra de la verdad (“veritatis verbum comunicantes”) desde una fe vivida como rica experiencia interior, con un discurso comprensible, lógico, razonable sobre Dios. Algo en lo que ha insistido, por ejemplo, Benedicto XVI repetidas veces, en la mejor tradición cristiana.

No es éste el lugar de hacer una disertación sobre este tema, muy amplio y objeto de otro tipo de parlamento. Diré solo algún pensamiento sencillo. La importante labor renovadora de Cisneros fue calificada por Menéndez y Pelayo como la “verdadera reforma en España”, de manera que, en su opinión, libró a nuestro país de ser un feudo más del protestantismo. El Cardenal intentó que el clero llevase una vida más digna, acorde con la misión que tenía encomendada, y pudiera así satisfacer los anhelos del pueblo cristiano, ansioso de poder practicar una vida religiosa más sentida y vivida, que rutinaria o, incluso, mezclada con ignorancia y superstición. Animó a los sacerdotes, pues, a que combatiesen la ignorancia religiosa de los fieles, velaran para que éstos conociesen las verdades elementales de la fe cristiana y cumplieran devotamente con las prácticas sacramentales. Para lo cual era menester contar primero con sacerdotes cultos y ejemplares, que aunasen armónicamente en su vida una profunda piedad con la mejor preparación intelectual posible.

La apuesta de Cisneros era muy clara: para romper una cierta dicotomía existente en el panorama intelectual de la época –pensemos en Alcalá de Henares, Salamanca o Valladolid- diseñó en esta primera ciudad y en su universidad un ámbito que estuviera marcado por la primacía de la teología y la Sagrada Escritura. De ahí, por ejemplo, el empeño en el estudio de las lenguas antiguas en función de la exégesis bíblica, que debía facilitar a los alumnos un mejor conocimiento de la Palabra de Dios. En realidad, se trata de la necesidad de un contacto más íntimo y directo con lo que eran las fuentes propias de la Teología, pues la función teológica, lejos de ser un ejercicio meramente intelectual, debía establecer las bases de la doctrina cristiana.

La universidad de Alcalá, en opinión de los que conocen bien la figura del Cardenal, fue creada no para formar solo humanistas ni eruditos, sino para educar a sacerdotes que fuesen capaces de entender y explicar el mensaje cristiano a partir de sus fuentes primordiales, especialmente la Biblia. Quiere esto decir que apostaba Cisneros por un tipo preciso de clérigo, llamado a renovar la Iglesia con un perfil: el que nacía de la conjunción entre Escritura, Teología y la piedad cristiana, que desembocaba necesariamente en el ejercicio práctico del ministerio. Aquí estudió san Juan de Ávila, el que más tarde escribiría Memoriales para el Concilio de Trento y aún para los Sínodo de la provincia eclesiástica de Toledo. En estos escritos, el Maestro Ávila dice muy bellamente la primacía que el estudio de la Escritura debería tener en la preparación de los futuros pastores.

No estoy en ningún mensaje publicitario, ahora que ha salido publicada una carta pastoral del Arzobispo de Toledo que, en otro ámbito de apostolado, habla de la Escritura Santa y la Tradición, de su riqueza, su contexto, y la necesidad de adentrarnos en conocimiento, gran déficit de los católicos españoles. Solo afirmo que ningún discípulo del Señor puede prescindir de la espiritualidad bíblica –tampoco de la litúrgica- sin un enorme detrimento de su salud, esto, de su salvación. De vosotros, profesores y alumnos de estos institutos nuestros depende mucho que la riqueza de la Escritura y la Tradición llegue fresca a fieles laicos y otros miembros del Pueblo de Dios. Ese es el deber pastoral de los que aquí estudian, seminaristas o cuales fueran otros. Tal vez ese era también el sueño de ese gran Arzobispo toledano, el Cardenal Cisneros.

Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida (…), ayúdanos a decir nuestro “sí” ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús (…) Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas, intercede por la Iglesia, de la cual eres icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino. Amén (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 288).

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