Misa de envío a los profesores

Homilía de
Mons. D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

osoro29092016

S.I. Catedral de Sta. María la Real de la Almudena, Madrid
Jueves 29 de septiembre de 2016

Querido Avelino, vicario general; querido Carlos, vicario de Evangelización; madre Inmaculada, delegada, y equipo de la Delegación de Enseñanza. Queridos hermanos y hermanas todos.

Es un momento éste -no por ser, quizás, menos numeroso, cuando la catedral está llena- muy importante en la vida de la diócesis: nada más y nada menos que en este día en la diócesis queremos abrirnos a la acción de Espíritu Santo y pedir por todos los que enseñáis, por los alumnos que van a recibir vuestro testimonio. Queremos pedir al Espíritu que nos llene de sabiduría en estos momentos de la historia, en estas circunstancias. Con qué fuerza le hemos dicho al Señor cantando juntos: «oh Señor, envía tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra».

Estamos viviendo una época nueva. La Iglesia tiene que anunciar a Jesucristo en una época no que está naciendo: es nueva. Una época en que la situación y la historia de los hombres ha hecho unos cambios tremendos. Una época en la que todos nos comunicamos: no hay un rincón de la tierra donde no podamos llegar con alguna noticia a los hombres y darla al mismo tiempo en todos los lugares de la tierra. Una época en la que, también es cierto, la capacidad de enfrentamiento, de división que tenemos los hombres, y las armas que tenemos para mantener esa división, son tremendas. Por eso, aquí, esta noche, en la catedral, los que enseñáis, los que sois cristianos y como cristianos queréis comunicar la sabiduría en su plenitud a los alumnos, le decimos al Señor: envía tu Espíritu. ¡Qué grande eres Señor, qué belleza tienes, cómo envuelves nuestra vida! Y a veces nosotros no nos damos cuenta ni de la belleza, ni de eso que haces con nosotros: envolvernos. ¡Cuántas son tus obras! ¡Qué sabiduría tienes para poder hacer estas obras! En concreto, la de cada uno de nosotros como personas, como seres humanos. Nos has hecho con hambre y plenitud de Dios. La tierra está llena de tus huellas. Que los hombres sepamos verlas. Y nos has elegido a nosotros, a hombres y mujeres de este mundo; nos has dado la comunión contigo, la adhesión a ti; nos has hecho miembros de tu Iglesia para que nosotros comuniquemos la noticia de quién es el hombre de verdad y cómo el ser humano, si quiere alcanzar la plenitud, tiene que acoger a Dios en su vida y en su sabiduría. Si tú le retiras el aliento, expira; si le retiras el aliento, es polvo, es tierra. Tú puedes repoblar el corazón de cada ser humano con tu sabiduría, y regalarla a los hombres.

Por eso, esta noche nosotros celebramos el tener una misma confesión de fe. Todos los que estamos aquí podemos decir juntos, como nos decía hace un instante el apóstol Pablo en la carta a los Corintios: Jesús es el Señor. Una misma confesión. Una confesión de fe que nos tiene que llevar a todos nosotros a hacer y a descubrir que el secreto para cambiar el mundo está, precisamente, en dar el nombre verdadero a todo ser humano. Es lo que hizo Jesucristo con nosotros: nos regaló el nombre verdadero. «Creed en Dios, creed también en mí. Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

Sí: hijos de Dios y hermanos. Éste es nuestro nombre. No tenemos otro. Y si el ser humano quiere establecer en esta tierra la verdadera convivencia, la paz entre los hombres, el que sanemos las heridas de quienes están a veces heridos por muchas causas y motivos, no tenemos más remedio que acoger este nombre que Dios mismo nos ha dado: hijos y hermanos de Dios.

El olvido de este nombre trae consecuencias terribles. Por eso, queridos hermanos, en este día en que nos reunimos los que enseñáis, sabiendo que tenéis que regalar la verdadera sabiduría con vuestra propia vida también, con vuestro ejemplo, qué importante es celebrar y gozar de lo que esta noche gozamos nosotros; hacer una misma confesión: Jesús es el Señor. Es Jesús el que nos ha dicho a nosotros de quién dependemos, cómo tenemos que vivir entre nosotros. Por otra parte, no solamente tenemos que hacer esta confesión de fe, sino que tenemos que vivir en comunión; somos un cuerpo con dones diversos, pero un único cuerpo. Solo si la Iglesia sale así a este mundo será testigo de Cristo. Si sale de otra manera -dividida, rota, enfrentada, pintada de colores diversos, sin entendernos los unos a los otros- no dará ninguna noticia de Jesucristo; más bien, dará la noticia contraria.

Por eso, queridos hermanos, esto que nos decía el apóstol es cierto: el cuerpo tiene muchos miembros, es uno, pero estos miembros, muchos, solo forman un solo cuerpo. Y así sucede con Cristo. Todos nosotros hemos sido bautizados, todos hemos recibido un mismo Espíritu, todos formamos un solo cuerpo. San Pablo lo decía, además, con unas palabras que en el mundo dividían absolutamente: judíos, griegos, esclavos, libres… Y, sin embargo, todos habían vivido el mismo Espíritu. Y los judíos estaban con los griegos como hermanos, y los libres trataban a los esclavos como hermanos y no como esclavos, y los esclavos veían en los libres a un hermano que les liberaba…

Esta noticia de Jesucristo, queridos hermanos, la tiene que dar la iglesia. Por eso, yo os he invitado a todos; y no estáis exentos los que os dedicáis a la enseñanza, los que formáis un claustro de profesores, sea porque estáis en un colegio público de iniciativa de la iglesia o en un colegio público de iniciativa estatal, porque los dos son públicos, están al servicio de la gente. Y digo que igualdad, porque en todo lo que estemos los cristianos tenemos que vivir esta comunión y manifestar que bebemos de un mismo Espíritu, que la confesión de fe, decir que Jesús es el Señor, lo hacemos con obras. Sí. Llevando a cabo nuestra vida, el nombre que tenemos, y mostrándole con nuestra vida y con nuestras obras.

Y, en tercer lugar, el Señor nos invita no solo a hacer una misma confesión, no solo a ser un solo cuerpo y salir juntos y unidos, sino que el Señor nos impulsa a vivir, a contemplar y a anunciar a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo. Queridos hermanos y hermanas: comenzamos este curso el segundo año del Plan Diocesano de Evangelización. El año pasado, la línea fuerza que tenía todo nuestro trabajo era la conversión pastoral. Este año, la línea fuerza que va a tener todo el trabajo que vamos a hacer juntos va a ser los desafíos, los retos, las dificultades y las posibilidades que tenemos.

Ya os digo una, nos la ha dicho el Señor: confesemos bien a Jesucristo, tengámosle como único Señor, seamos un solo cuerpo, mostremos esto con obras. Mostremos, realizando esta reflexión, que el momento nuevo, época nueva en la que estamos, nos está pidiendo a los cristianos para salir de este mundo, para salir a anunciar el evangelio. Habrá dificultades, es cierto, pero también grandes posibilidades.

Nuestro Señor nos pone en la mano grandes posibilidades para anunciarle a Él, para hacer posible que los hombres vivan con el nombre que realmente tienen y nos distingue: hijos y hermanos. Estamos impulsados a vivir, a contemplar y a anunciar a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo.

Nos los decía el Evangelio que hemos proclamado: el Espíritu de verdad, os voy a enviar, vivid de este Espíritu, tened esta vida. No tengáis miedo. No tengáis miedo a las dificultades. No tengáis miedo. Dios puede mucho más que los poderes de los hombres. Fiémonos de Dios, demos testimonio de Jesucristo. ¿Pero, no nos hemos dado cuenta de que Dios, desde el inicio de la creación, está con nosotros? ¿No nos damos cuenta de que Dios ha venido junto a nosotros, se ha hecho hombre como nosotros, ha vivido con el nombre que nosotros tenemos: hijo y hermano, y en Él nos hemos hecho hijos y hermanos? Tenemos su vida.

Impulsados a vivir. Pero para eso es necesario contemplar a este Señor, contemplar a Jesucristo, tener experiencia de Él. El que hable no será de lo suyo: hablará de lo que oye, os comunicará lo que escucha. Eso exige también la contemplación del Señor. Pero nos está exigiendo también la salida: anunciarle. Anunciarle. Os lo he dicho: todo lo que es mío; y el Espíritu os ha dado a conocer todo lo que es mío. Os lo anuncio: anunciadlo, dadlo a conocer.

Hermanos y hermanas: este día es importante para nosotros, para toda la iglesia diocesana. Los que os dedicáis a enseñar, a dar la mano a otro para que vea lo que yo veo y pueda, incluso, ver más de lo que yo veo, porque ese es el verdadero maestro; el cultivar y hacer posible que el ser humano descubra que tiene que hacer trasplante de ojos y de corazón, porque tiene que tener el corazón de Cristo y los ojos del Señor, para ver la realidad, para vislumbrar esa realidad en la profundad que ya tiene… Es un don para nosotros. No es una carga la enseñanza: es una gracia de Dios el que nos dé la posibilidad de regalar la sabiduría verdadera a quienes estén a nuestro lado.

Que en este comienzo de curso, en todas las instituciones educativas donde os hacéis presentes los cristianos, dando a conocer a Jesucristo unos desde la enseñanza de la fe, de la religión, otros desde cualquier ciencia en la que estéis especializados, sepáis decir y hablar del Señor. Porque se puede hablar desde todas las ciencias. Y, a veces, sin nombrar a nadie. Pero sabiendo que la esquematización que yo hago de esas siete velas que hay encendidas ahí, no es lo mismo poner un siete para las velas que poner un siete cuando es indicativo de personas. La operación que yo pueda hacer, tengo que ser consciente de que tengo que tener cuidado al hacerla. No es lo mismo tratar con velas que tratar con imágenes de Dios.

Queridos hermanos: acojamos el Espíritu Santo. Gracias por vuestro trabajo, gracias por vuestra entrega. Confesad a Jesucristo. Sed miembros vivos de una Iglesia que sale como cuerpo, juntos. Animad a vuestros alumnos mayores a que vengan a vivir aquí todos los viernes la Fiesta de la Comunión. Es que yo soy de no sé quién… Ven a vivir la Comunión. Acompañadles también vosotros. Hagamos la Iglesia real, no teorías sobre la Iglesia. Establezcamos en nuestra vida ese impulso que nos invita siempre a vivir del Señor, a contemplarlo y a anunciarlo. Cristo se hace presente. Acojámoslo. Acojamos lo que nos dice. Ante las dificultades, Él nos da orientación. Ante los retos, Él nos da fuerzas para asumirlos. En todas las situaciones, Él nos ofrece posibilidades para sanar siempre al hombre y mantener al ser humano con el verdadero nombre que tiene: hijo y hermano. Que así sea.

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