La educación católica en una sociedad plural

Lectio inauguralis

Card. GIUSEPPE VERSALDI
Prefecto de la Congregación para la Educación Católica

Acto de apertura del curso académico 2016-2017
de la Universidad Eclesiástica San Dámaso

Madrid, 3 de octubre de 2016

versaldi

I. INTRODUCCIÓN

Con alegría he aceptado la invitación del Excelentísimo Gran Canciller, Mons. Carlos Osoro Sierra, y demás autoridades a presidir el acto con el cual se inicia el año académico 2016-2017 de esta prestigiosa Institución de estudios eclesiásticos. Con este singular gesto, la Santa Sede quiere reafirmar el interés y la preocupación que tiene por todos aquellos Centros erigidos canónicamente por ella y dedicados al logro de “una inteligencia cada día más profunda de la sagrada Revelación” (Sapientia christiana, Proemio III). Permítanme, entonces, expresarles mi agradecimiento por poder compartir con ustedes este momento. Que el Señor fuente de todo bien los premie y los bendiga.

Mi intervención requiere ante todo de una premisa que precise tanto los términos del discurso como también sus límites, debido a mi labor como Prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

Comienzo a partir del significado que se le debe dar a la ‘educación católica’ como sujeto representado por las instituciones educativas de cualquier nivel que hacen presente a la Iglesia en el campo de la formación e instrucción. Como es bien sabido, la obra educativa en el ámbito eclesial es parte de la misión general de la Iglesia que anuncia y testimonia el Evangelio a todas las gentes. Ahora bien, en el campo académico esto se realiza a través del diálogo entre fe y razón, favoreciendo el desarrollo integral de la persona tanto en el plano individual como en el social. A propósito de esto, la Declaración sobre la educación católica del Concilio Vaticano II, Gravissimum educationis, afirma lo siguiente:

Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz (n. 1).

Tenemos así de los Padres conciliares una definición general de la educación que contiene todos los elementos para desarrollar un discurso concerniente a la relación específica del cristianismo en el ámbito educativo. Encontramos todos los aspectos derivados de un marco antropológico común, necesario para permitir el diálogo entre personas con diferencias culturales y religiosas, las cuales intervienen inevitablemente en cualquier proceso educativo.

El texto conciliar citado subraya sobre todo que el fundamento del derecho a la educación radica en la misma persona, cuya dignidad no depende de otros factores de contingencia (raza, condición individual y social, edad, sexo), sino del solo hecho de que la persona existe. A continuación especifica el contenido del proceso educativo, que por una parte considera el sujeto en sus aspiraciones encarnadas en la propia cultura, y por otra parte indica la necesidad de que las instancias subjetivas estén dirigidas hacia los valores objetivos de la convivencia entre los pueblos como condición para llegar a la unidad y a la paz en la tierra.

Encontramos aquí una preciosa indicación para una elección pedagógica conforme a una visión antropológica respetuosa de la dignidad de la persona humana, que se convierte en criterio de discernimiento en el diálogo entre la fe y la razón. En efecto, los Padres conciliares en esa definición de educación no incluyen aún la perspectiva de la fe cristiana, sino que se limitan a proponer una noción de educación como fruto de la razón. Solo en el número sucesivo de la misma Declaración Gravissimum educationis hablan de educación cristiana señalando que

todos los cristianos, en cuanto han sido regenerados por el agua y el Espíritu Santo han sido constituidos nuevas criaturas, y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana […], [para que] se hagan más conscientes cada día del don de la fe (n. 2).

Con estos dos pasos sucesivos, la Iglesia propone una idea de educación que puede ser compartida incluso por los no creyentes o por los creyentes de otras religiones, pues se trata de una noción fundada en la razón (que en el cristiano está iluminada por la fe). El concepto de educación propuesto por los Padres conciliares se realza en su verdad cuando se lo confronta con los datos de una moderna y sana psicología y pedagogía, que entiende la obra educativa como un proceso de acompañamiento que ayuda a cada persona a descubrir las propias aspiraciones y a dar respuesta a los propios interrogantes, yendo más allá de la simple satisfacción de las necesidades inmediatas, para alcanzar la plena realización de la naturaleza humana en todas sus dimensiones, terrestres y trascendentes.

Se trata de una educación entendida como modelo de interacción entre el agente educativo y el educando que busca ayudar a éste a interpretar las cuestiones actuales e inmediatas que se plantea en su existencia, pero suscitando en él otras preguntas hasta llegar a realizar el proyecto de desarrollo integral de la persona concreta y de la sociedad en la que vive. Tal pedagogía, llamada interpretativa, se diferencia de aquellas que se limitan a indicar la meta a alcanzar o a señalar un conjunto de valores objetivos sin tener suficientemente en cuenta la condición de los sujetos singulares (pedagogía objetiva); y también se distingue de la pedagogía que se limita a considerar las aspiraciones y la preguntas inmediatas del sujeto sin proponer ninguna meta que vaya más allá del ámbito inmediatico y subjetivo (pedagogía subjetiva) [1].

La declaración conciliar se mueve en la dirección de la interacción educativa y de la interpretación existencial, pues a la vez que indica claramente las exigencias del respeto a las personas en el interior de sus aspiraciones y en el contexto de su cultura, también exige la necesidad de una apertura y una propuesta de valores objetivos y trascendentes capaces de realizar el diseño de una humanidad en la cual se actualice la convivencia fraternal y pacífica entre los pueblos. Más aún, puesto que quien propone esta noción razonable de educación es la más solemne asamblea de la Iglesia, no se puede negar que aquí se evidencia como ya realizado de modo correcto el diálogo entre fe y razón. De ahí que, junto al respeto a la autonomía de la razón, aparezca la luz de la fe en la noción racional de educación que los Padres conciliares elaboran. Se trata del dinamismo esencial que la fe pone en marcha en su encuentro con los pueblos en su diversidad de culturas según el mandato recibido del Maestro y Señor: “Id y haced discípulos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo aquello que les he encomendado” (Mt 28,19). Dicho dinamismo integra dos movimientos complementarios, a saber, la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas.

II. EL DINAMISMO EVANGÉLICO

En la Constitución Gaudium et spes, el Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia

desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible (n. 44).

Son palabras clarificadoras que recuerdan la originalidad del cristianismo desde sus orígenes. No obstante, debemos admitir que ese proceso de inculturación no ha sido de hecho observado siempre. Renovando la conciencia de la Iglesia en este punto, los Padres conciliares han puesto la exigencia de la inculturación del Evangelio como ley de cada evangelización. En la misma enseñanza conciliar ha sido implícitamente incluido también el otro elemento del dinamismo evangélico, esto es, la evangelización de las culturas. En efecto, el inciso del texto “en cuanto era posible” expresa un límite en la adaptación del mensaje evangélico a las diferentes culturas. Ciertamente, la Palabra de Dios ha sido revelada para la salvación de los pueblos, cuyas culturas por sí solas no son capaces de llevar a la humanidad hacia la realización del proyecto para la cual ésta fue creada. El Concilio Vaticano II, evocando los orígenes de la Iglesia, quiere regresar a las fuentes de su auténtica historia. Esto requiere la purificación de las incrustaciones que a lo largo de los siglos se han sobrepuesto al fecundo dinamismo derivado del estilo evangélico que los apóstoles habían aprendido de su Maestro. No podemos olvidar que el mismo Jesús anunció el Evangelio sirviéndose de una cultura concreta y tuvo como interlocutores personas de culturas diversas, al mismo tiempo que su predicación, con toda su fuerza innovadora, manifiesta no estar condicionada a un pueblo ni determinada por una cultura (tampoco la estrictamente religiosa), mostrando así su carácter trascendente y universal. Verdaderamente su mensaje ha sido y debe permanecer como la Buena Noticia que entra en cada cultura y que además lleva a todas las personas a la plenitud de la Verdad que salva. Por eso, el Concilio enseña que

la buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos (Constitución Gaudium et spes, n. 58).

Es necesario que la Evangelización exprese la buena nueva de Cristo en concretas formas culturales. Sin embargo, ninguna cultura puede tener la pretensión de apropiarse del Evangelio y de imponerse ante otras culturas. A este respecto dice la Constitución Gaudium et spes:

la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes […] Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente […] puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas (n. 58).

Esta enseñanza del Concilio Vaticano II ha sido recogida y desarrollada por el Magisterio pontificio sucesivo hasta nuestros días. El Papa Francisco escribe en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium:

No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio (n. 117).

La pretensión anteriormente indicada, definida por el Papa Francisco como ‘sacralidad vanidosa de la propia cultura’, revelaría ‘más fanatismo que auténtico fervor evangelizador’. En el sentido que hemos apenas descrito, el pluralismo cultural no es solamente legítimo, sino además necesario, también dentro de la Iglesia. Pero está la otra cara de la cuestión. Es igualmente innegable que la inculturación del Evangelio ha encontrado y encuentra obstáculos en las mismas culturas a las que se acerca. Con frecuencia dichas culturas ponen resistencia al dinamismo de purificación y maduración que, como he señalado, corresponde al proceso de evangelización de las culturas. Esto siempre ha sucedido. Un ejemplo claro lo tenemos en la misma experiencia que vivió San Pablo en el Areópago de Atenas cuando trató de transmitir allí el Evangelio en la cultura de ese pueblo civilizado. La respuesta que obtuvo de los atenienses fue poco favorable (cf. Hch 17,32). Ese aparente fracaso no hizo desistir a San Pablo de predicar solamente a Cristo y Cristo crucificado. La semilla de su evangelización fecundó la cultura greco-latina y con el devenir de la historia creció en ella como un gran árbol.

En el tiempo que nos ha tocado vivir, se está verificando un fenómeno nuevo que no podemos pasar por alto. Como en el pasado, también ahora se manifiestan resistencias para acoger el Evangelio. La novedad está en que asistimos además a un rechazo del mensaje evangélico por parte de aquellos pueblos y culturas que antes lo habían aceptado y se habían nutrido de él hasta desarrollar una cultura cristiana, que por medio de ellos se extendió por el mundo entero. Esto es lo que ha sucedido y está sucediendo en Europa y en los países occidentales en la época moderna y postmoderna, que profundiza sus raíces en el renacimiento y en el iluminismo. Esta novedad produce una situación que no es la de una simple pluralidad cultural, sino una especie de súper cultura que se presenta con pretensiones universalistas y absolutas, a la cual las demás culturas se deben adecuar para legitimar su credibilidad.

III. LA REFLEXIÓN DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

A este propósito no podemos olvidar la reflexión que el entonces Cardenal Ratzinger tuvo en Subiaco el primero de abril de dos mil cinco, vigilia de su elección como Pontífice. En su intervención, el Cardenal Ratzinger subrayó el momento histórico crítico que la humanidad sigue viviendo hoy en día. El creciente poder humano sobre la naturaleza, acompañado de una energía moral disminuida, ha llevado a afirmar el principio prometeico de que todo lo que el hombre sabe y puede hacer, puede hacerlo.

El Papa Ratzinger analiza tal proceso histórico poniendo en evidencia los puntos positivos de la cultura de la Ilustración, pues “contiene valores importantes de los cuales nosotros, precisamente como cristianos, no queremos ni podemos renunciar” (libertad, igualdad, dignidad, democracia, derechos de la persona, autonomía de la razón, etc.). Pero a la vez no deja de indicar que “la concepción mal definida o no definida para nada de libertad, que está en el fundamento de esta cultura, implica inevitablemente contradicciones”. La contradicción más evidente consiste en el hecho de que en nombre de la autonomía absoluta se niega ciudadanía y legitimidad a la dimensión trascendente del hombre y a la fe en Dios, en cuanto se considera que no corresponden a los criterios de una razón encorvada sobre sí misma. Por eso Joseph Ratzinger afirma que

si el cristianismo, por un lado, ha encontrado su forma más eficaz en Europa, es necesario, por otro lado, decir que en Europa se ha desarrollado una cultura que constituye la contradicción absoluta más radical no sólo del cristianismo, sino también de las tradiciones religiosas y morales de la humanidad.

La novedad de la actual cultura occidental es aquella de autodefinirse como una “cultura de una razón que tiene finalmente conciencia completa de sí misma” y que se enorgullece de ser “una ambición universal y concebirse como completa en sí misma, sin necesidad de ser complementada por otros factores culturales”. El Cardenal Ratzinger se plantea dos cuestiones. En primer lugar, la consideración de sí la cultura iluminista, que excluye a Dios en nombre de la ciencia y de la razón, constituye en verdad “la filosofía universalmente válida y totalmente científica, en la que se expresaría la razón común a todos los hombres”. En segundo lugar, el examen de dicha cultura en su pretensión de ser “verdaderamente completa en sí misma, de modo que no tiene necesidad alguna de raíces fuera de sí”.

A ambas cuestiones, el entonces Cardenal Ratzinger, responde negativamente. La cultura de raíz iluminista no constituye la última palabra de la razón en el campo científico ni tiene validez universal, porque sus ideas positivistas y antimetafísicas “están basadas en una autolimitación de la razón positiva, que resulta adecuada en el ámbito técnico, pero que allí donde se generaliza, provoca una mutilación del hombre”. Siendo cierto

que las filosofías positivistas contienen elementos importantes de verdad. Sin embargo, éstos se basan en una autolimitación de la razón, típica de una determinada situación cultural –la del occidente moderno–, por lo que no pueden ser la última palabra de la razón. Aunque parezcan totalmente racionales, no son la voz de la razón misma, pues también están vinculadas culturalmente, es decir, están vinculadas a la situación del occidente actual.

A la postre, esta cultura de la Ilustración es incompleta en cuanto “corta conscientemente las propias raíces históricas privándose de las fuerzas regeneradoras de las cuales ella misma ha surgido, esa memoria fundamental de la humanidad sin la cual la razón pierde su orientación”.

Siguiendo su análisis, Joseph Ratzinger llega a

la siguiente afirmación central, que toca directamente nuestro tema: la auténtica contraposición que caracteriza al mundo de hoy no es la que se produce entre las diferentes culturas religiosas, sino entre la radical emancipación del hombre de Dios, de las raíces de la vida, por una parte, y las grandes culturas religiosas por otra.

Y asevera proféticamente además que

si se llegase a un choque de culturas, no será por el choque de las grandes religiones –que siempre han luchado una contra la otra, pero que también han sabido convivir siempre juntas–, será más bien a causa del choque entre esta radical emancipación del hombre y las grandes culturas históricas.

El Cardenal Ratzinger no deja de ofrecer en su intervención una contribución positiva de solución ante esta conflictividad cultural tan radical. Él recuerda que el cristianismo es la ‘religión del Logos’. Como tal, la religión cristiana ha hablado desde sus inicios con el mundo filosófico, y ha tomado distancia de las pretensiones del Estado político de subsumirlo todo en su sistema civil, proclamando frente a todas las ideologías la dignidad de cada persona. Por desgracia, no faltan en la historia cristiana períodos de ofuscación de tal original característica. Como señala Joseph Ratzinger, estos momentos de ceguera se han dado sobre todo “allí donde el cristianismo, contra su naturaleza y, por desgracia, se había vuelto tradición y religión del estado”. En este sentido, “ha sido y es mérito de la Ilustración el haber replanteado estos valores originales del cristianismo y el haber devuelto a la razón su propia voz”.

Teniendo en cuenta esta compleja situación derivada de los errores históricos tanto del cristianismo como de la Ilustración, el Cardenal Ratzinger auguraba que

ambas partes reflexionen sobre sí mismas y estén dispuestas a corregirse. El cristianismo debe acordarse siempre de que es la religión del “lógos”. Es fe en el “Creator Spiritus”, en el Espíritu creador, del que procede todo lo que existe. Ésta debería ser precisamente hoy su fuerza filosófica […] En el diálogo tan necesario entre laicos y católicos, los cristianos debemos estar muy atentos para mantenernos fieles a esta línea de fondo: a vivir una fe que proviene del “lógos”, de la razón creadora, y que, por tanto, está también abierta a todo lo que es verdaderamente racional.

A los no creyentes imbuidos en la corriente cultural del racionalismo positivista de raíz ilustrada, el Cardenal Ratzinger los invita a cambiar el axioma de hacer y pensar “etsi Deus non daretur”, que ha llevado a la lamentable mutilación de la misma razón, mediante la siguiente propuesta:

incluso quien no logra encontrar el camino de la aceptación de Dios debería de todas formas buscar vivir y dirigir su vida veluti si Deus daretur, como si Dios existiese. Éste es el consejo que daba Pascal a sus amigos no creyentes; es el consejo que quisiéramos dar también hoy a nuestros amigos que no creen. De este modo nadie queda limitado en su libertad, y nuestra vida encuentra un sostén y un criterio del que tiene necesidad urgente.

Expresándolo con otras palabras, no se pide que las ciencias empíricas demuestren la existencia de Dios (no tienen los instrumentos para ello), sino que no pretendan abarcar con su legítima pero limitada investigación el conocimiento de toda la realidad, sino más bien que permanezcan abiertas a las contribuciones de otras investigaciones y conocimientos relacionados con aquello que trasciende la realidad sensible e inmanente, para que la razón se amplíe así en el campo metafísico y religioso.

El Cardenal Ratzinger concluía sus reflexiones con una llamada rica de esperanza:

Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo.

IV. EL DIÁLOGO INTERCULTURAL

Siguiendo las reflexiones de Joseph Ratzinger, hemos visto que el verdadero problema y obstáculo para una convivencia pacífica y fraterna en un mundo diferenciado y plural en culturas y religiones se encuentra en la clausura y la pretensión de absolutizar una determinada visión del mundo y de la naturaleza humana. Se desprende de ahí que la solución de los problemas y la superación de los conflictos no puede venir más que de un sincero y profundo diálogo entre los diversos componentes de la realidad en la cual vivimos. Dicho diálogo se ve urgido en nuestros días porque la pluralidad cultural no es ya una posibilidad abstracta y geográficamente lejana, sino que se hace realidad presente y concreta por los procesos de globalización y de migración en aquellos países que antes encontraban en su seno una cultura más homogénea. Este hecho se ha convertido últimamente en fenómeno de vital importancia y de emergencia en las sociedades occidentales, provocando reacciones inmediatas no siempre adecuadas. Existen tentativas de integración de las personas recién llegadas desde otros países con la pretensión de englobarles en la cultura del territorio en el cual ahora se encuentran. Se requiere de ellas la aceptación de las leyes del país, y además que asuman los estilos de vida del lugar que los aloja. Contra dicha posición, partiendo de una imprecisa conciencia del error que ésta contiene, se ha formulado la vía de una concordia superficial que, en nombre de la igual dignidad, sitúa todas las culturas en el mismo plano y las considera dotadas de idéntico valor, abandonado todo esfuerzo por dialogar para una real integración. Este camino no se salva del riesgo de crear guetos y marginación. Sin duda alguna, es necesario el trabajo de un verdadero diálogo y discernimiento racional para que las legítimas diferencias no solo puedan coexistir libremente, sino también encontrarse, creando el espacio humano adecuado para conocerse y encontrar juntos nuevas formas de convivencia, derivadas del común esfuerzo por progresar hacia el desarrollo integral de las personas y de la sociedad.

En este contexto general, la aportación del educador católico se convierte en algo de fundamental importancia, a la vez que corresponde a su auténtica identidad cristiana, porque el mensaje evangélico que lo llama a anunciar y testimoniar tiene como paradigma esencial el diálogo inicial entre Dios y la humanidad, culminado con la Encarnación del Verbo de Dios, que vino a este mundo a revelar en plenitud la vía de la salvación y a acompañarnos en ella. El anuncio del Evangelio, en medio de un mundo derrumbado y disperso, ha sido siempre propuesto por Jesucristo con la palabra y el ejemplo, sin forzar jamás las conciencias, sino con un diálogo que inicia con el compartir las debilidades humanas y la fragilidad de los hombres (excepto el pecado) hasta llegar al testimonio supremo del amor manifestado en la aceptación del rechazo y de la muerte en Cruz, desde donde Jesús atrae las gentes hacía sí mismo.

La Iglesia, gracias al impulso del Concilio Vaticano II y a los Papas suscitados por el Espíritu Santo para el ministerio petrino en estos cincuenta años del postconcilio, ha entendido bien la necesidad del diálogo con el mundo tal como éste es en cada momento de la historia, reforzando el estilo evangélico de un amor que comparte las dificultades y propone un camino de crecimiento respetuoso de las conciencias, pero al mismo tiempo deseoso de iluminarlas con la luz recibida de Cristo. Por eso, quisiera ahora resumirles el pensamiento del Papa Francisco sobre el tema de la presencia católica en el diálogo entre la fe y la razón a nivel universitario, que si bien podría ser entendido más genéricamente para los otros niveles educativos, lo propondré pensando en la identidad y misión de la Universidad eclesiástica en la que nos encontramos.

A. EL AMOR Y LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Uno de los elementos esenciales para esta Universidad, el cual encuentra su raíz en la identidad y misión de las instituciones educativas eclesiásticas, es el amor y la búsqueda de la verdad: tarea primordial de todo profesor e investigador. Dice la Constitución Apostólica Sapientia christiana que la Universidad eclesiástica se distingue porque en ella

la Verdad revelada debe ser considerada también en conexión con los adelantos científicos del momento presente, para que se comprenda claramente “cómo la fe y la razón se encuentran en la única verdad” y su exposición [debe ser] tal, que, sin mutación de la verdad, se adapte a la naturaleza y a la índole de cada cultura, teniendo especialmente en cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos (art. 68 § 1).

La institución universitaria eclesiástica, por tanto, busca y ama esa verdad porque, como dijo San Juan Pablo II, sabe que “ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor” (Veritatis splendor, Saludo inicial); o como afirma el Papa Francisco, se trata de la búsqueda sincera de “la verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios” (Evangelii gaudium, n. 257).

El Papa Francisco ha explicado este amor y búsqueda de la verdad en innumerables intervenciones. Me quiero detener en las hermosas palabras que dirigió al encuentro que tuvo con los miembros del Consejo de Europa, en el año 2014. Dijo el Papa en esa ocasión:

la verdad hace un llamamiento a la conciencia, que es irreductible a los condicionamientos, y por tanto capaz de conocer su propia dignidad y estar abierta a lo absoluto, convirtiéndose en fuente de opciones fundamentales guiadas por la búsqueda del bien para los demás y para sí mismo, y la sede de una libertad responsable.

De esta enseñanza del Papa Francisco se deduce que cuando un profesor o investigador del ámbito universitario eclesiástico abandona u olvida la búsqueda de la verdad en su propia vida y en su obrar,

pierde las raíces, el tronco se vacía lentamente y muere, y las ramas –antes exuberantes y rectas– se pliegan hacia la tierra y caen [es decir, tiende] al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social.

Las ciencias sagradas se convierten en ciencias de escritorio y las verdades permanecen en la más dura abstracción sin llegar a liberar al hombre. Recordemos la promesa que nos dejó Jesús: “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (cf. Jn 8,32).

B. EL AMOR Y LA BÚSQUEDA DEL DIÁLOGO

En este inicio del siglo XXI, el diálogo representa uno de los más grandes desafíos de la humanidad. No en vano escribió el Papa Francisco en la Evangelii gaudium que

para la Iglesia, en este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica. En todos los casos “la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe” (n. 238).

El diálogo, en palabras de San Juan Pablo II,

es paso obligado del camino a recorrer hacia la autorrealización del hombre tanto del individuo como también de cada comunidad humana […]; el diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un “intercambio de dones” [2].

Una universidad eclesiástica está llamada a instaurar este intercambio de dones sin perder u ocultar su identidad y su misión. En este sentido, la Sapientia christiana invita, en primer lugar, al diálogo con los hermanos separados y con los no creyentes (Proemio, III). Coloca a las instituciones universitarias eclesiásticas en diálogo con aquellos que poseen una fe iluminada por la razón y, a su vez, con aquellos que no reconocen la fe pero defienden la razón. Éste es por tanto uno de los motivos por los cuales la Santa Sede ha erigido estas instituciones, de modo que se llegue a “conseguir mediante la investigación teológica un conocimiento más profundo de la verdad revelada, fomentando el intercambio con los que cultivan otras disciplinas, creyentes o no creyentes, y tratando de valorar e interpretar sus afirmaciones y juzgarlas a la luz de la verdad revelada” (cf. Proemio, III). La universidad eclesiástica dialoga con los hombres de nuestro tiempo (cf. art. 79§2) y lo hace también a través de la filosofía, como lo dice la Constitución Apostólica, ya que ella

investiga con método científico los problemas filosóficos y, basándose en el patrimonio filosófico perennemente válido, busca su solución a la luz natural de la razón, y demuestra su coherencia con la visión cristiana del mundo, del hombre y de Dios, poniendo de relieve las relaciones de la filosofía con la teología (cf. art. 79 § 1).

Tenemos que reconocer, no obstante, como recordaba años atrás el Papa Benedicto XVI, que la filosofía vive actualmente una fuerte crisis, tanto que parece estar perdiendo el interés de los hombres. En el lugar de la filosofía se ha colocado la tecnología; se pretende responder a las verdades del hombre y del mundo con los avances tecnológicos. Por ello, es urgente que esta universidad construya puentes para establecer un diálogo vivo con la humanidad. Ese tender puentes pasa hoy en día por una doble tarea, a saber: por la revalorización de la sana filosofía, y por la realización de un trabajo filosófico que logre dar significado adecuado y respuesta verdadera a los problemas del hombre y del mundo contemporáneo. De una sana filosofía se llega a la teología y a las otras ciencias sagradas.

C. EL AMOR Y LA BÚSQUEDA DE LAS PERIFERIAS

La Universidad eclesiástica como institución es ante todo una comunidad ‘en salida’, puesto que trata de acercarse al hombre, a la sociedad y al mundo. Se tiene que preocupar por discernir “cuál es el camino que el Señor le pide, saliendo de la propia comodidad y atreviéndose a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Evangelii gaudium, n. 20); con la clara conciencia de que “salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido” (n. 46). Una universidad eclesiástica inicia su camino hacia las periferias cuando, como dijo el Papa Francisco en Cerdeña, se convierte en un espacio humano y de fe con tres características fundamentales: 1ª) lugar del discernimiento; 2ª) lugar en el que se elabora la cultura de la proximidad; y 3ª) lugar de formación en la solidaridad.

Todos los profesores están llamados al discernimiento de lo humano. Tal discernimiento “se realiza sobre la base de criterios éticos y espirituales, interrogándose sobre lo que es bueno, en la referencia a los valores propios de una visión del hombre y del mundo, una visión de la persona en todas sus dimensiones, sobre todo en la espiritual, trascendente”. El profesor realiza una enseñanza universitaria ‘en salida’ en su relación con los alumnos en la medida que “forma en el discernimiento para alimentar la esperanza, [y enseña al estudiante a] no huir, sino a leer seriamente, sin prejuicios, la realidad”.

Es necesario que los profesores de la Universidad eclesiástica construyan la cultura de la proximidad. “Esto significa comprender y valorar las riquezas del otro, considerándolo no con indiferencia o con temor, sino como factor de crecimiento”. Implica también abrirse “a los horizontes de la trascendencia, al encuentro con Cristo y a profundizar en la relación con Él”. La cultura de la proximidad engendra y fomenta la solidaridad hacia el prójimo y de unos pueblos con otros.

V. CONCLUSIÓN

Es muy actual la discusión dentro de la Iglesia sobre la identidad de las instituciones católicas, especialmente en el campo universitario, con opiniones a veces contrarias y hasta opuestas. Por una parte, en estos tiempos de secularismo combativo y persuasivo (promovido en ocasiones por instituciones laicas y del Estado), algunos quisieran un atrincheramiento defensivo en la ciudad segura de la ortodoxia, con la consecuente clausura del diálogo con aquel que no es creyente o condescendiente con el Magisterio de la Iglesia. Por otra parte no faltan aquellos que, en nombre del diálogo, olvidan la propia identidad de creyentes cristianos y terminan (tal vez sin intención) por reducir las instituciones eclesiásticas a meros lugares de debate, donde los católicos se convierten en simples árbitros de una libertad de expresión sin ninguna toma de posición (eso cuando no se prestan para criticar, incluso en público, el pensamiento cristiano, tachándolo de oscurantista y contrario al progreso científico).

Para evitar estos dos riesgos considero oportuno concluir esta reflexión citando el discurso que el Papa Francisco nos dirigió, el pasado mes de noviembre, en la clausura del Congreso mundial, a todos los participantes y representantes de las escuelas y universidades católicas presentes en la Audiencia general, en el que daba respuesta a preguntas realizadas por algunos asistentes al Congreso. La reflexión del Papa es aplicable también a las instituciones universitarias eclesiásticas. Francisco ha recordado el valor pleno de la educación en cuanto significa introducir a la persona en la totalidad de la verdad; de manera que “no se puede hablar de educación católica sin hablar de humanidad, porque precisamente la identidad católica es Dios que se ha hecho hombre”. Por eso, “educar cristianamente es llevar adelante los jóvenes, los niños hacia los valores humanos en toda la realidad, y una de estas realidades es la trascendencia”. Esta tarea educativa tiene una mayor urgencia e importancia actualmente, porque “la crisis más grande de la educación es esta cerrazón a la trascendencia […]; [hay que] educar humanamente pero con los horizontes abiertos. Cualquier cerrazón no sirve a la educación”.

Frente a la crisis educativa, que ha llevado a la “ruptura del pacto educativo” entre la familia, la escuela, la universidad y el Estado, es necesario, según el Papa Francisco, una “educación de emergencia” capaz de encontrar nuevas vías. De entre ellas el Papa ha destacado la siguiente: “la educación informal como remedio al empobrecimiento de aquella formal como causa de la herencia del positivismo basado solamente en “un tecnicismo intelectualista” y en “un lenguaje de la cabeza”. Se trata de sumar experiencias con el arte y el deporte como factores de educación, de manera que se abran nuevos modelos y horizontes educativos. Se requiere para ello una “educación inclusiva” de todos los valores humanos y religiosos compuestos en armonía. Y además, una educación que incluya el riesgo: “un educador que no sabe arriesgar, no sirve para educar. Un papá y una mamá que no saben arriesgar no educan bien al hijo. Arriesgar en modo razonable” como se hace cuando se enseña a caminar… porque “el verdadero educador debe ser un maestro del riesgo, pero del riesgo razonable”.

El Papa Francisco nos pone también ante algunos desafíos. Primero, el desafío de “derrumbar los muros”. “El fracaso más grande que puede tener un educador es educar dentro de los muros… muros de una cultura selectiva, los muros de una cultura de seguridad, los muros de un sector social de bienestar y que no va más allá”. Y finalmente el Santo Padre nos indica el desafío de repensar las obras de misericordia en la educación con ocasión de este año jubilar de la misericordia, para enriquecer así el testimonio de los educadores católicos en nuestra sociedad tan secularizada y pluralista.

Son todas ellas indicaciones preciosas que la Congregación para la Educación Católica no quiere en modo alguno que queden postergadas u olvidadas en la vida académica de las Universidades eclesiásticas y demás instituciones educativas católicas, y que está impulsando y llevando hacia adelante con oportunas reflexiones, que se concretan en decisiones y documentos que puedan ser de ayuda a todos los educadores y a los centros católicos de educación, y también a las otras culturas y religiones, para instaurar aquel diálogo auténtico y eficaz que es el único instrumento para resolver los problemas y los conflictos de las sociedades culturalmente plurales de nuestro tiempo.


[1] Cf. F. Imoda, Desarrollo humano: psicología y misterio, 1993.

[2] Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 25 de mayo de 1995, n. 28.

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