Santa Mias en la fiesta de la Dedicación de la Catedral de Valencia

Homilía del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Domingo 9 de octubre de 2016

Celebramos la fiesta de la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral de Valencia, consagrada por orden del Rey don Jaime en 1238 y puesta bajo la advocación de la Virgen María. Desde entonces esta Iglesia es la primera de la diócesis, madre y cabeza de las demás iglesias de la diócesis, y la sede del Obispo. Este templo, cuya dedicación celebramos, es figura de la Iglesia. Todos los templos lo son, pero este templo, de tan gran belleza, de tanta riqueza histórica y artística, lo es de manera particular, porque él se manda edificar en acción de gracias por la reconquista por parte del Rey D. Jaime de Valencia, en la que ya se había asentado la Iglesia siglos antes, previamente a la invasión y dominio musulmán; acción de gracias, además, porque se restauraba la Iglesia, que había sido prácticamente eliminada o reducida a poca cosa, casi nada, e insignificante en la vida pública. En este templo, además de la belleza extraordinaria que lo caracteriza y de la riqueza histórica que contiene, podemos apreciar la realidad de la Iglesia, edificada sobre la piedra angular de Cristo y los cimientos de los apóstoles, en la que se cumple la promesa de Jesús de que no prevalecerán contra ella las fuerzas del mal. Este edificio de la catedral nos revela, con la belleza de sus símbolos y la riqueza de sus reliquias, el misterio de Cristo y de su Iglesia: Dios ha puesto su tienda entre nosotros al encarnarse su Hijo, y ha construido el templo espiritual de la Iglesia, formado por las piedras vivas que somos los cristianos, que podemos ver en este templo catedral como la reedificación de esa Iglesia que es de Dios, que viene de Él, en la que vive y está presente Jesucristo, salvador y esperanza de los hombres.

Con esta celebración de la dedicación de esta santa Iglesia catedral de Valencia, celebramos este día igualmente el gozo inmenso de haber sido restablecida de nuevo la fe cristiana en Valencia, eliminada o marginada de la esfera pública por el dominio invasor, en ello va implicada la acción de gracias por haber sido reavivadas sus raíces cristianas que sustentaban al pueblo valenciano. A partir de la rendición de los poderes dominantes sobre nuestra ciudad y la consagración de este templo a María, el pueblo de Valencia comenzó a vivir, de nuevo, el gozo de la gran gesta, la suprema gesta, que Dios ha hecho a favor de la humanidad: darnos a su propio Hijo, nacido de la Virgen María, por obra y gracia del Espíritu Santo.

La Iglesia en Valencia, con la memoria agradecida de la dedicación de esta Catedral, reafirma aquí, en la Catedral misma, en este día de tantas y tan dichosas resonancias históricas, su fe en Jesucristo, Salvador, el “Sí” de Dios al hombre, su redención y salvación: Ante Él se sitúa la historia humana entera, nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia, el hombre descubre el misterio de su propia vida, la vida del hombre se ensancha y recobra el vigor perdido; en Él halla su verdad todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana. Jesucristo es lo mejor que le ha podido pasar a la humanidad y, para nosotros valencianos, lo que en este día celebramos es con mucho el acontecimiento más importante de nuestra historia como pueblo que tiene sus cimientos y se construye desde un proyecto de vida, que nada ni nadie nos puede arrebatar, salvo que se quiera abocarlo a su fracaso como pueblo al que, con los hechos que hoy agradecidamente ante Dios y los hombres rememoramos, se le ha abierto ya un gran futuro de libertad, de paz, de concordia, de reconocimiento de la dignidad de la persona humana de todo ser humano, de solidaridad y acogida de los más pobres, de amor, de misericordia, de perdón sin venganzas ni odios, de unidad sin discriminaciones ni exclusiones de nadie, feliz con la felicidad que anticipa las promesas de Dios que veremos cumplidamente en el Reino de los cielos.

Las raíces cristianas prendieron pronto en las tierras valencianas como atestigua, entre otros, el martirio de San Vicente, del que tenemos noticia cierta, acaecido ya en los primeros siglos. Para aquellos hombres y mujeres de esos siglos, como para los del tiempo del Rey Jaime I, Jesucristo era un bien más precioso que la vida, porque la vida sin Jesucristo, después de haberle conocido, no podía llamarse vida. Sin duda, Jesucristo, repito, es lo mejor que ha pasado a la humanidad, a España, y al pueblo de Valencia. Tal vez hacer esta afirmación pueda parecer a algunos un tanto provocativo: no, en modo alguno, es lo más abierto, lo más acogedor de todos, lo menos excluyente, porque Cristo es lo mejor para todos, y el proclamarlo y ofrecerlo es lo mejor que podemos ofrecer como servicio a todos. Pero, además, precisamente por encontrarnos en esta época de la historia que considera provocativa esta afirmación, siento más la urgencia de reiterar esta confesión de fe, esta verdad que es esperanza para todos y une a todos sin excluir a nadie.

Es así, porque en Cristo accede el hombre a la libertad de la filiación divina, la genuina y plena libertad y a la vida eterna; porque en Él tenemos acceso a la Verdad que hace libres; porque en Él tenemos la salvación definitiva e irrevocable andamos buscando pues estamos necesitados y sedientos de ella. Él es el Salvador y su salvación es universal. Es el Camino, la Verdad y la Vida. Él da valor, sentido y consistencia a la realidad, nada se puede separar de Él sin que se quede sin alterar su verdad. Desechada por los constructores de este mundo, se ha convertido en la piedra angular sobre la que se puede edificar una humanidad verdadera y enteramente nueva, con la novedad del amor y de la verdad, la paz y la justicia verdadera, el respeto a la dignidad inviolable de todo ser humano. Cristo sabe lo que hay en el corazón del hombre; sólo Él lo sabe. Él es nuestra esperanza.

Esta fe se propone a todos y no se impone a nadie; siempre es oferta de gracia y salvación a la libertad del hombre. Esa fe que hemos recibido como la mejor de las herencias y el más grande tesoro, es la única fuerza y el único poder, la única riqueza de la Iglesia de todos los tiempos, no puede dejar morir o perecer esta riqueza, no puede silenciarla, no puede dejar de ofrecerla, porque traicionaría a la misma humanidad a la que se debe, y a la que ha de servir: su principal servicio es entregarle esta fe. Sobre Jesucristo, sobre la fe en Jesucristo se edifica nuestra historia, la de nuestra diócesis, presente en esta santa Iglesia Catedral, la de nuestra patria Valenciana, esta tierra tan querida por nosotros simbolizada en la Senyera que hemos tenido presente en nuestro presbiterio, como signo de que Valencia está aquí, en su Catedral, dando gracias por el don infinito de su amor, que nos ha dado en su Hijo Jesucristo, raíz de nuestro pueblo valenciano.

En efecto, las raíces cristianas prendieron pronto en las tierras valencianas como atestigua, entre otros, el martirio de San Vicente, del que tenemos noticia cierta, acaecido ya en los primeros siglos. Para aquellos hombres y mujeres de esos siglos, como para los del tiempo del rey Jaime I, Jesucristo era un bien más precioso que la vida, porque la vida sin Jesucristo, después de haberle conocido, no podía llamarse vida. Sin duda, Jesucristo, repito, es lo mejor que ha pasado a la humanidad, a España, y al pueblo de Valencia. Tal vez hacer esta afirmación pueda parecer a algunos un tanto provocativo y fuera de lugar: no, en modo alguno, y menos aún en este lugar del Real Monasterio de Santa maría del Puig; Jesucristo, la fe en Él, es lo más abierto, la más acogedor de todos, lo menos excluyente, porque Cristo es lo mejor para todos, y el proclamarlo y ofrecerlo es lo mejor que podemos ofrecer como servicio a todos.

Es así, porque en Cristo accede el hombre a la libertad de la filiación divina, la genuina y plena libertad y a la vida eterna; porque en Él tenemos acceso a la Verdad que hace libres; porque en Él tenemos la salvación definitiva e irrevocable andamos buscando pues estamos necesitados y sedientos de ella. Él es el Salvador y su salvación es universal. Es el Camino, la Verdad y la Vida. Él da valor, sentido y consistencia a la realidad, nada se puede separar de Él sin que se quede sin alterar su verdad. Desechada por los constructores de este mundo, se ha convertido en la piedra angular sobre la que se puede edificar una humanidad verdadera y enteramente nueva, con la novedad del amor y de la verdad, la paz y la justicia verdaderas, el respeto a la dignidad Inviolable de todo ser humano. Cristo sabe lo que hay en el corazón del hombre; sólo Él lo sabe. Él es nuestra esperanza.

Esta fe se propone a todos y no se impone a nadie; siempre es oferta de gracia y salvación a la libertad del hombre. Esa fe que hemos recibido como la mejor de las herencias y el más grande tesoro, es la única fuerza y el único poder, la única riqueza de la Iglesia de todos los tiempos; también de los de hoy. La Iglesia, por amor y servicio a los hombres, no puede dejar morir esta riqueza, no puede silenciarla, no puede dejar de ofrecerla, porque traicionaría a la misma humanidad a la que se debe y necesita ser renovada con hombres y mujeres nuevos.

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