Líneas de acción pastoral para el curso 2016-17

Carta de
Mons. D. Alfonso Carrasco Rouco
Obispo de Lugo

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1. Una fe relevante para la vida

Al inicio de este nuevo curso, el 13 de noviembre, celebraremos la clausura de este especial Año Jubilar de la Misericordia, al que nos convocó nuestro Papa Francisco. Durante los últimos meses ha estado en el centro de nuestra atención y de nuestra labor pastoral. Ahora hemos de recordar que su significado no se agota con las iniciativas particulares que se tomaron, sino que pretende ser perenne. El Papa ha querido que renovásemos nuestra experiencia de lo esencial del cristianismo, que creciésemos en conciencia de ello; nos exhorta a que aprendamos siempre de nuevo a vivir desde el corazón del Evangelio —la Misericordia— y a ir al encuentro de todos, ciertos de esta Buena Noticia.

De alguna manera, se ha tratado de avanzar por el camino marcado por su Exhortación programática Evangelii Gaudium. Esta intención fundamental será nuestra guía también el próximo año: afrontar nuestra tarea pastoral, mirar a la porción del Pueblo de Dios que tenemos encomendada, con la voluntad de que todo sirva para el crecimiento de su alegría y de su certeza de que el Amor Misericordioso nos viene al encuentro en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

Evangelii Gaudium nos ha invitado a revisar nuestros modos de hacer, nuestras costumbres pastorales, aunque tengan mucha tradición o «se haya hecho siempre así», para poner todo —y, en primer lugar, nuestro tiempo, nuestra inteligencia y dedicación— al servicio de este anuncio del Evangelio, que puede renovar la vida del hombre y abrirla a una esperanza definitiva. Debemos hacer nuestra esta prioridad fundamental, que acompaña el pontificado de Francisco desde sus inicios, con mayor conciencia este año. No es una variante o una «moda» pastoral.

Es un juicio profundo sobre nuestra situación y, para nosotros, una indicación del Espíritu Santo. El anuncio del Evangelio, el conocimiento del Señor Jesús, de su entrega misericordiosa, del Amor con que viene a nuestro encuentro, genera ciertamente la alegría de la fe; pero, al mismo tiempo, renueva la experiencia humana, la conciencia y la manera de vivir de cada uno, abriéndola a un camino de perfección en el amor y en la verdad. Ambas cosas son inseparables: la acogida del Amor de Dios y el revivir del corazón, el surgir de la fe y el iluminarse el camino de la vida. Sabemos perfectamente que no podemos dar por descontada esta «vida cristiana» en nuestros fieles —y ni en nosotros mismos. Nos inquietan las incoherencias y, más aún, la puesta en cuestión generalizada de que la fe sea germen de una vida diversa y más humana. Sufrimos a veces ante la experiencia de la desconexión entre los esfuerzos de comunicación de la fe y la respuesta que encuentran en los fieles —con frecuencia, por ejemplo, en la catequesis. Tenemos que repetir, que proponer de nuevo insistente y conscientemente la fe como un camino de vida, que da forma a la existencia de modo verdadero y bueno, que inserta en una comunidad de discípulos y de hermanos en que la bendición y gracia de Dios es otorgada con abundancia. Nuestros fieles necesitan volver a recordar, ser confirmados en la certeza de que la fe no es una costumbre venerable o una cultura propia de generaciones pasadas, sino el camino de la verdad y de la vida. Necesitamos recuperar la conciencia del ser cristianos como una forma concreta de ser y estar en el mundo, como una pertenencia a una comunidad fraterna en que el Señor nos ayuda a comprender y responder a los desafíos de la existencia.

Este deseo de una «conversión misionera» debe llegar a ser la prioridad primera en las opciones y decisiones que determinan la misión pastoral de cada uno. De alguna manera nos lo está pidiendo también, de modo más o menos explícito, la vida de nuestros fieles y nuestras comunidades.

Sin duda necesitaremos poder apoyarnos unos a otros en esta tarea a lo largo del curso, en el acompañamiento cotidiano en nuestras parroquias y entre sacerdotes, en las relaciones de amistad, así como en los momentos más estructurados de encuentro por arciprestazgos o diocesanos. Difícilmente conservaríamos una conciencia lúcida, sabríamos entender y responder a nuestra situación pastoral, si nos quedásemos aislados o solos.

El trabajo en común, compartir la misión —sobre todo entre los sacerdotes— no sólo se hace necesario por la exigencia de las circunstancias, sino que es el único modo de estar de corazón al servicio del Pueblo al que nos envía el Señor; porque no es nuestro, sino suyo. Nosotros hemos sido llamados a colaborar unidos en esta obra de su Amor y su Misericordia, que sólo Él puede hacer crecer y guiar como Cabeza suya.

2. El matrimonio en la pastoral familiar

En este horizonte querría subrayar una prioridad concreta, derivada también de la lectura papal de los signos de los tiempos: la que se ha expresado en la celebración de los dos últimos Sínodos sobre la familia, en el documento Mitis Iudex Jesus sobre los procesos de nulidad matrimonial y en la Exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia. La pastoral familiar ha de seguir siendo una prioridad en nuestra Diócesis, prestando este año una particular atención al matrimonio. Sin duda ninguna, el significado de la fe para la vida, del ser cristiano, se manifiesta de manera muy principal en el matrimonio, que da forma a la existencia de los fieles, determinando las relaciones personales más constitutivas.

No resultaría muy comprensible hablar del significado del Evangelio para la vida sin mostrarlo en las realidades más concretas e importantes de la existencia. Entre estas sobresale sin duda el matrimonio; objetivamente, por su significado para la forma, el futuro y la felicidad en la propia vida, y especialmente, por las circunstancias actuales, en que los fieles se encuentran desafiados por alternativas radicales en su comprensión, que harían imposible la conservación de una fe relevante para la persona —y conducirían, por tanto, generalmente a su pérdida. No consideremos este año la pastoral familiar y, en concreto, el matrimonio como una tarea entre otras. Démosle prioridad, para que sea posible la renovación de nuestras conciencias creyentes, de la vida de nuestras comunidades eclesiales.

Procuraremos proponer desde la Diócesis algún gesto que ayude a valorar la belleza y la grandeza del amor esponsal, del sacramento del matrimonio, siguiendo las enseñanzas de la Exhortación Amoris Laetitia, que este curso estamos especialmente llamados a acoger. Nos encontramos asimismo en el proceso de aplicación de las nuevas normas sobre procesos de nulidad y, en particular, en la preparación de alguna forma de acogida de parejas en dificultad o que, por algún motivo, están en situación no ideal, para que puedan hacer más fácilmente su camino en relación con la Iglesia, de acuerdo también con las propuestas pastorales de Mitis Iudex Jesus. Para todo ello contamos con el trabajo de los miembros de nuestra Vicaría Judicial, con nuestra Delegación de Pastoral Familiar y con el COF diocesano, así como con contactos concretos con las otras Diócesis gallegas en vista de alguna iniciativa común. En todo caso, confiando en que maduren gestos e instrumentos que puedan ser útiles para todos, asumamos en nuestras parroquias y comunidades este desafío como un verdadero signo de los tiempos, que no podemos pasar por alto en nuestro camino pastoral.

3. Una propuesta evangelizadora para nuestras comunidades

En este mismo horizonte de renovación de nuestras formas pastorales, para hacer posible un cuidado de nuestros fieles que sea realmente una propuesta evangelizadora, se comprende la prioridad dada en nuestra Diócesis al proceso de reorganización pastoral, que está llevándose a cabo ya sobre todo en nuestro mundo rural. Se trata de una necesidad muy real de las comunidades parroquiales mismas, no sólo de los sacerdotes debido al crecer de sus responsabilidades pastorales. En realidad, no es posible separar ambas cosas, la vida del sacerdote, el ejercicio de su ministerio, y la vida de la parroquia, la realidad del ser cristianos y del ser verdadera comunidad eclesial en cada lugar.

Este año continuaremos, Dios mediante, el camino iniciado, insistiendo precisamente en la intuición de Francisco, tan acertada para nuestra tierra: no podemos seguir haciendo todo como siempre, considerar que se justificarían así suficientemente nuestras opciones pastorales; hemos de dar prioridad a la evangelización de nuestro pueblo, al que hemos de mirar con afecto y con realismo. En realidad, nunca ha dejado de estar en el centro de la tarea pastoral la urgencia por la conservación, la transmisión y la vida de la fe; siempre hemos sabido que nuestra misión es procurar reunir y cuidar nuestras parroquias. En circunstancias diversas, ésta sigue siendo nuestra misión primera también ahora, reunir a los fieles que tenemos encomendados, de modo que vivan como verdaderos miembros de la Iglesia.

Los criterios de fondo son ya conocidos. En primer lugar, hacer posible a todos los fieles, en cualquier sitio en que se encuentre su parroquia, la participación semanal en la Misa dominical y, por tanto, en una comunidad eclesial palpable, visible, como lugar real en que se haga posible una vida según el Evangelio. Y, al mismo tiempo, garantizar la cercanía a todos, favorecer la participación y la colaboración de todos. Pues no es ésta una cuestión que afecte sólo al sacerdote —a su «calendario» y a sus «horarios»—, sino ante todo a las comunidades parroquiales como tales.

En realidad, la reorganización pastoral es esencialmente una propuesta evangelizadora, de vida de comunidad, de experiencia y de transmisión de la fe. No puede ser otra cosa, si está al servicio de nuestros fieles, de nuestro Pueblo. Si resulta urgente, no es debido simplemente a la disminución del número de sacerdotes, a la necesidad de repensar cómo ir adaptando los ritmos pastorales al número creciente de parroquias responsabilidad de cada uno; sino a la situación de nuestras comunidades eclesiales, a los desafíos a que está enfrentada la fe y la vida cristiana de sus miembros, que percibimos de muchas maneras en los diversos momentos de nuestra vida de Iglesia. Sigamos, pues, en el camino ya propuesto de dar forma a lugares o centros de referencia —interparroquiales— más centrales o adecuados para que nuestros fieles puedan acudir a la Santa Misa con su sacerdote todos los domingos, también cuando no se celebra en la propia parroquia. E invitémosles a ello con insistencia y de corazón, como en un anuncio evangelizador de la conveniencia de guardar viva la fe, de esforzarse en cuidarla, de moverse y de unirse para poder vivirla realmente en nuestras circunstancias  actuales. Tomemos en serio nuestra responsabilidad de anunciar la fe y aceptemos el riesgo de salir al encuentro de nuestros fieles laicos; hagamos nuestra propuesta con claridad y sencillez, esperando y confiando en la respuesta de su libertad. Y a todos los que no puedan —o no quieran— acudir a la Santa Misa el domingo, a todas las comunidades locales, asegurémosles siempre igualmente nuestra cercanía, nuestra presencia y nuestra palabra en los momentos oportunos.

4. Santa María, abogada nuestra

Pidamos a la Santísima Virgen María, Reina de los apóstoles, nuestra Madre, que sepamos cuidar de sus muchos hijos, dispersos en las parroquias y comunidades de nuestra Diócesis. Que podamos hacerles llegar la Palabra del Evangelio, el Amor del Señor, presente en los sacramentos, en el matrimonio y la Eucaristía, presente en la unidad de los hermanos, donde Dios «manda la bendición, la vida para siempre» (Sal 133, 3). Que Ella interceda para que sepamos ser dóciles al Espíritu, comprender nuestro tiempo —sus signos—, amar y entregarnos por nuestros hermanos, y así cumplir la misión a la que el Señor Jesús quiso asociarnos, fiándose de nosotros con gran misericordia.

Alfonso Carrasco Rouco
Obispo de Lugo

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