Acción de gracias por la canonización de D. Manuel González García

Homilía de
Mons. D. Jesús Catalá Ibáñez
Obispo de Málaga

articulos-231969

S.I. Catedral Basílica de la Virgen de la Encarnación, Málaga
Sábado 29 de octubre de 2016

1. Llamados a la santidad

El domingo día dieciséis del presente mes de octubre tuvo lugar en Roma la canonización de nuestro querido D. Manuel González García, junto con otros seis santos de distintas naciones y épocas históricas. Muchos de nosotros tuvimos la gracia de poder asistir a dicha celebración, que nos llenó de alegría y esperanza.

Hoy venimos a dar gracias a Dios por esta canonización. Queremos agradecer la persona, la presencia, la dedicación, la santidad, el pastoreo de D. Manuel. En esta misma tarde todas las parroquias de la Diócesis están celebrando la acción de gracias a Dios por la canonización.

Podemos pensar que la santidad es inalcanzable y que está reservada solo para unos pocos privilegiados, a quienes la Iglesia incluye en el libro de los santos tras una vida ejemplar.

Pero las lecturas del presente domingo, trigésimo primero del tiempo ordinario, nos ofrecen la esperanza de vivir cada día el amor providente y misericordioso de Dios, quien ama a todas sus criaturas (cf. Sb 11,24). El mundo es para Dios como «como un grano en la balanza, como gota de rocío mañanero» (Sb 11,22).

D. Manuel meditó y rezó esta lectura y vivió con humildad y agradecimiento el amor de Dios. El grano en la balanza evoca “El granito de arena” de los escritos de D. Manuel, que reflejaba esta sencillez y confianza en Dios. Al igual que él podemos hoy meditar este texto bíblico y confiar en la providencia y en el perdón misericordioso de Dios, que se compadece de todos y es indulgente (cf. Sb 11,23-26).

«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen el conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4-5). Con la canonización la Iglesia nos ha propuesto como intercesor y modelo a San Manuel. Con la beatificación la Iglesia declara que el beato goza en el cielo, pero su ejemplaridad queda circunscrita a los lugares o familias religiosas; con la canonización es propuesto como modelo e intercesor de todos los fieles cristianos.

Pidamos su mediación para llegar, como él, a la cima de la santidad. Él celebró en esta misma catedral muchas veces; rezó y escuchó los mismos textos. ¿Por qué no imaginar que también nosotros podemos seguir el camino de santidad en la humildad y sencillez de la vida diaria?

Como recuerda san Pablo refiriéndose a la santidad: «Oramos continuamente por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe» (2 Tes 1,11), para que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en nosotros (cf. 2 Tes 1,12).

2.- D. Manuel González: Pastor bueno

Podríamos describir la vida espiritual de D. Manuel de muchas maneras; pero desearía centrarme en tres grandes rasgos, que tienen una misma fuente: la Eucaristía. En primer lugar, como Pastor bueno. El Señor lo eligió para hacerlo pastor de la Iglesia.

Nació en Sevilla, en 1877, en el seno de una familia humilde y cristiana. Formó parte de los «seises» de la catedral hispalense, cuya experiencia influyó en su vida con el amor a la Eucaristía y a la Virgen María, y encaminando sus pasos hacia el sacerdocio, que recibió en 1901 de manos del beato cardenal Marcelo Spínola.

Fue nombrado Obispo auxiliar de Málaga en 1916, y en 1920 residencial de esta sede, donde promovió la adoración eucarística y construyó un nuevo Seminario a las afueras de la ciudad, con una orientación eucarística, invitando a los sacerdotes a «llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada».

El lema pastoral, inscrita en la cruz del frontis del altar del Seminario, dice en latín: “Pastor Bueno, haznos buenos pastores, dispuestos a dar la vida por las ovejas”. San Manuel estuvo muy cerca de la gente, ayudando, educando, evangelizando. Como “pastor bueno” fue un gran sacerdote, enamorado de la Eucaristía, y un gran catequista; y publicó varios escritos eucarísticos, sacerdotales y catequísticos. Todo ello formaba parte de su tarea de pastor, que Dios le encargó.

Hace unos años iniciamos la reparación y rehabilitación del Seminario, conscientes de que no podíamos dejar caer esta hermosa obra emblemática, que nos legó D. Manuel. De manera providencial, y sin preverlo, ha coincidido su canonización con la terminación de las obras. No solo hemos restaurado y rehabilitado lo que estaba en malas condiciones, sino que, además, hemos terminado la “obra inacabada”, que nos dejó, tal como la había soñado él. Su sueño era un hermoso espacio luminoso y blanco, abierto, como un cortijo andaluz, donde los futuros sacerdotes se formen para ser buenos pastores y sean hostias vivas que se entreguen al servicio de la Iglesia.

Estamos convencidos de que D. Manuel ha sostenido nuestros trabajos y seguirá protegiendo su querido Seminario. ¡Muchas gracias, san Manuel!

3.- Apóstol de la Eucaristía

En segundo lugar, D. Manuel fue un gran Apóstol de la Eucaristía, que presidía como sacerdote en representación sacramental de Cristo (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 15).

En 1902 tuvo una experiencia ante el Sagrario abandonado en la localidad sevillana de Palomares del Río, que marcó su futuro ministerio sacerdotal. Y en 1910 develó sus anhelos eucarísticos a las más cercanas colaboradoras: «Permitidme que (…) invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento (…); que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados».

Promovió la adoración eucarística y el amor a Jesús Sacramentado. Fue fundador de varias asociaciones eucarísticas, entre las que permanecen las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y la gran familia de la Unión Eucarística Reparadora.

San Manuel nos invita a vivir de la Eucaristía como manantial de amor y alimento de vida eterna; ello le sostuvo en su ministerio sacerdotal. En esta sociedad, alejada de Dios, es necesario vivir unidos a Jesucristo y celebrar el misterio pascual de su muerte y resurrección; de ahí sacamos la fuerza para ser testigos y ahí encontramos la salvación que Cristo nos ofrece.

4.- Servidor de los pobres.

Otro rasgo de la espiritualidad de D. Manuel es la atención y el servicio a los pobres. En su tiempo había mucha gente pobre de medios materiales y falta de instrucción y de fe. Cuando él contempla estas necesidades, pone manos a la obra para paliar estas carencias. Él decía: “El tesoro de un obispo son sus pobres y el cuidado de ellos su negocio preferente”.

Recordemos que, cuando fue nombrado obispo residencial de Málaga, lo celebró dando un banquete a los niños pobres, a quienes sirvieron las autoridades, los sacerdotes y los seminaristas.

El Evangelio de hoy narra el pasaje del encuentro de Jesús con Zaqueo, cuando entró en Jericó e iba atravesando la ciudad (cf. Lc 19,1). Zaqueo era un hombre rico y jefe de publicanos; pero era pequeño de estatura y no podía ver a Jesús (cf. Lc 19,2-3).

Había muchos “zaqueos” en tiempo de D. Manuel, que no podían ver a Jesús; o no querían verlo, como se demostró en el año 1931 al inicio de la segunda República, cuando le quemaron la casa y tuvo que salir precipitadamente. Eran pobres “zaqueos” por sus limitaciones de ignorancia, pobreza económica y falta de fe. A ellos les ayudó y los ganó con su cercanía, con su espíritu jovial, con su simpatía, con su palabra amable, con el anuncio de la Buena Nueva.

Y, queridos hermanos, hay también muchos “zaqueos” en nuestra sociedad, que no ven a Jesús por su ceguera, por su falta de formación, por falta de fe; y por tantos reclamos que les llaman para apartarlos de Dios. San Manuel nos invita hoy a acercarnos a esos “zaqueos”, para anunciar la Palabra del Señor, iluminar su vida con la luz del Evangelio, instruirles en la fe y ayudarles en sus necesidades. Recojamos esta invitación de San Manuel, quien, como pastor bueno, vivió de la Eucaristía y tomó fuerzas de ella para asistir a los pobres. ¡Que la Eucaristía nos lleve también a nosotros a dar gloria a Dios y nos acerque a los pobres y necesitados!

Termino con una oración que san Manuel dirigía a la Santísima Virgen María: “¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos! Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios. ¡Nada de volver la cara atrás!, ¡nada de cruzarse de brazos!, ¡nada de estériles lamentos! (…). ¡Madre mía, por última vez! ¡Morir antes que cansarnos! (San Manuel González).

¡Que san Manuel González interceda por todos nosotros, para que seamos verdaderos fieles “eucarísticos”! Y pedimos de modo especial por nuestras queridas Hermanas Nazarenas y por la familia de la Unión Eucarística Reparadora. ¡San Manuel González, ruega por nosotros! Amén.

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