Santa Misa con motivo de la Peregrinación de voluntarios de Cáritas en el Año de la Misericordia

Homilía del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizares29102016

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Sábado 29 de octubre de 2016

Esta mañana, cuantos colaboráis como voluntarios de Cáritas encarnando en vuestras vidas y con vuestra actitud las obras de misericordia, y ofrecéis el hermoso testimonio de esa misericordia que viene de Dios, venís aquí, a la catedral de nuestra diócesis, su primer templo, como peregrinos de la misericordia. Bienvenidos y gracias por lo que sois y hacéis, por lo que Dios obra en vosotros y a través vuestro.

Nos encontramos casi al final de este Año que el Santo Padre Francisco ha querido que dedicásemos a contemplar y acoger la misericordia infinita de Dios, reflejada en el rostro humano de su Hijo, buen samaritano que se acerca a curar nuestras heridas para que seamos misericordiosos como nuestro Padre del Cielo es misericordioso. La misericordia, el ser misericordiosos es la forma de ser cristiano: “Sed misericordiosos, dice Jesús, como vuestro Padre celestial es misericordioso”. Esto mismo nos dice cuando, como esta mañana, celebramos la Eucaristía o tomamos el Cáliz de la Misericordia en la Santa Misa: “haced esto en memoria mía”: su sangre derramada por nosotros como bebida de salvación, es esa Sangre en la que se nos da todo, se nos entrega toda la misericordia del Señor como perdón y gracia de su amor misericordioso.

Así, con la celebración del sacrificio de la cruz en la Eucaristía, significado en el Santo Cáliz, los católicos de manera muy especial y viva, reconocemos, proclamamos y alabamos la misericordia de Dios, invocamos con toda sencillez y confianza de hijos necesitados “Dios de misericordia infinita”, que nos ha rescatado con la Sangre de su Hijo, y le damos gracias porque “es eterna su misericordia”.

Es necesario que a plena luz con todo lo que somos y con todos los medios de que dispongamos testifiquemos y anunciemos esto en tiempos como los nuestros en que siguen y agravan las tribulaciones, los sufrimientos y las pruebas, las heridas abiertas del Crucificado, pero en los que también sigue de manera irrevocable la esperanza de Jesús, vencedor de toda muerte y de toda destrucción humana. De momento nos toca sufrir un poco en pruebas diversas. ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy, cuánta necesidad de lo que entraña este Santo Cáliz del que rebosa la misericordia de Dios!

En todos los continentes, desde lo profundo del sufrimiento humano, de tantos sufrimientos y heridas humanas, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde dominan el odio y la sed de venganza, donde la guerra conduce al dolor están segando tan injustamente vidas humanas, es necesaria la gracia de la misericordia que aplaque las mentes y los corazones, y haga brotar la paz. Donde falta el respeto por la vida y la dignidad del hombre es necesario el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el indecible valor de todo ser humano. Es necesaria la misericordia para asegurar que toda injusticia en el mundo encuentre su término en el esplendor de la verdad, la que se realiza en el amor.

La Humanidad de hoy se ve acechada por “nuevos peligros” que acosan al hombre y su dignidad, a la convivencia fraterna y su futuro, o que la amenazan por el debilitamiento de la familia, o el poderoso narcotráfico, o el terrorismo infernal desatado por fuerzas que dicen blasfemamente actuar en nombre de Dios, por el mercado de las armas, por la violencia machista, o la trata del hombre o de la mujer. A menudo el hombre de hoy vive como si Dios no existiese, e incluso se pone a sí mismo en el lugar de Dios. Se arroga el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana. Quiere decidir, mediante manipulaciones, la vida del hombre, y determinar los límites de la muerte. Se observa una tendencia en la sociedad de hoy, con muchos medios a su alcance, que quiere eliminar la religión, en concreto el cristianismo, más aún, a Dios mismo, tanto de la vida pública como de la privada. El olvido de Dios, rico en misericordia, su desaparición del horizonte y universo de una cultura dominante que lo ignora o rechaza, es el peor mal que acecha a la humanidad de nuestro tiempo, su quiebra más profunda. Esta tendencia que pretende imponerse como cultura dominante, además, al rechazar las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia, que es donde está el futuro del hombre. De diversas formas trata de amordazar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente en la cultura y en la conciencia de los pueblos, y así se priva del Gran Amor que protege y apuesta incondicionalmente por el hombre. Todo ello ha condicionado sobre todo al siglo XX, un siglo marcado de forma particular por el misterio de la iniquidad -ahí están los genocidios y los holocaustos, los totalitarismos e intransigencias empecinadas que siguen marcando la realidad del mundo en este nuevo siglo-. -Estamos viviendo momentos complicados en el mundo, en nuestra sociedad. Con toda honestidad, y con fe viva, es preciso reconocer que estamos necesitados de la misericordia de Dios para reemprender el camino con esperanza; estamos grandísimamente necesitados del testimonio y anuncio de Dios vivo y misericordioso; esta es la cuestión esencial y necesitamos, en tiempos de dispersión y quiebra, centrarnos en lo esencial: y lo esencial es la experiencia, testimonio, anuncio e invocación constante y confiada de Dios misericordioso, revelado en el rostro humano y con entrañas de misericordia de su Hijo venido en carne, que se identifica con los pobres, los que pasan hambre, los enfermos, los privados de libertad, crucificado y resucitado de entre los muertos, y entregado misericordiosamente en el Santo Cáliz de la Cena, de la Sangre derramada por nosotros para nuestra reconciliación. Esto es lo esencial. Para nosotros, en la situación que vivimos, para el mundo y para el hombre sólo existe una fuente de esperanza: la misericordia de Dios, que se ha manifestado tan grande al resucitar a su Hijo de entre los muertos y hacernos renacer por Él, resucitado de entre los muertos, a una esperanza viva e incorruptible.

Hermanos, aquí, en la Eucaristía, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros, anticipada en el Santo Cáliz de la Cena, la santa reliquia que se nos ha dado a custodiar en Valencia se hace presente todo el amor misericordioso de Dios en su Hijo, y queremos repetir con fe, con la fe misma de los santos Apóstoles: ” ¡Jesús confío en Tí!”, que eres la misericordia de Dios. “Por tu Sacratísima Sangre derramada en tu dolorosísima Pasión como propiciación por nuestros pecados y los del mundo entero, ten misericordia de nosotros y de todos los hombres”.

Este es el gran anuncio de futuro para el mundo: De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios, tenemos particular necesidad en nuestro tiempo, en que el hombre experimenta el desconcierto ante las múltiples manifestaciones del mal. Es necesario que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo profundo de los corazones llenos de sufrimiento, de inquietud y de incertidumbre, pero al mismo tiempo con una fuente inefable de esperanza dentro de ellos. El manantial de esa fuente es Cristo, el Hijo único del Padre, rico en misericordia. En el Santo Cáliz de la Cena se nos entrega ese maná y del que brota el agua viva, que no es otra que la Sangre que quita el pecado del mundo. El Santo Cáliz, manifestación y plasmación de la misericordia divina, nos abre a la esperanza grande, nos alienta ella, – nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a ~, porque el duelo que se trabó entre la vida y la muerte, se ha inclinado, de manera definitiva y sin vuelta atrás, del lado de la Vida, del lado del Amor, del lado de la misericordia de Dios. Ese duelo secular que acompaña toda la historia de la humanidad y de la Iglesia, que con tan fuerte intensidad se ha manifestado en los últimos cien años, desemboca en el triunfo del Señor de la Vida, el que es la revelación y la entrega del Amor misericordioso de Dios, cuya gloria es que el hombre viva; del amor misericordioso de Dios que ha resucitado a Jesucristo, cuyo signo, y envío y misión es la paz y la misericordia y el perdón. ¡Que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda a todos mantenernos vivos en esta confianza, que es nuestra victoria, y que demos testimonio valiente de esto, del Evangelio de la misericordia que se concentra y expresa en el Santo Cáliz de la Cena, que seamos misericordiosos como nuestro Padre del cielo que nos ha revelado a su Hijo. Demos gracias a Dios e invoquemos su misericordia sobre todos vosotros, sobre todos los voluntarios que libremente y en verdad ejercen la misericordia como reflejo de hijos de Dios misericordioso, sobre nuestra Valencia y sobre España, sobre el mundo entero – sobre la Iglesia. Y que ,vivamos de cuanto en él se significa y demos testimonio de la misericordia del Santo Cáliz.

Que Dios os pague vuestras obras de misericordia, que Dios os acompañe a todos los voluntarios para ejercer la caridad que viene del corazón amoroso de Dios, que brota de su corazón traspasado por amor para rescatarnos y salvarnos por puro amor y misericordia para con nosotros.

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