Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la archidiócesis de Madrid

Homilía de
Mons. D. CARLOS OSORO SIERRA
Arzobispo metropolitano de Madrid

osoro12112016

S.I. Catedral de Sta. María la Real de la Almudena, Madrid
Sábado 12 de noviembre de 2016

Señor cardenal. Querido señor obispo emérito de Ciudad Real, don Antonio. Querido obispo don Juan Antonio. Vicario general, vicarios episcopales, señor deán y cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos diáconos. Queridos miembros de la vida consagrada. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos.

Clausuramos en este domingo, tal y como ha querido el santo Padre, el papa Francisco, el Año de la Misericordia. En Roma lo hará el santo Padre el día 20, el domingo próximo.

Al clausurar el Año de la Misericordia en este domingo 33 del tiempo ordinario, el Señor, desde ese amor que tan maravillosamente nos ha mostrado durante este año, acercándose a nuestra vida de una manera especial para decirnos que nos ama incondicionalmente, que su mensaje es la misericordia y que este ha de ser el mensaje de la Iglesia, desde el que conquiste el corazón de los hombres; que esta es la gran tarea de la Iglesia, pues la viga maestra que sostiene a la Iglesia es la misericordia, y con ella debe acercarse a todos los hombres, hoy damos gracias todos los hombres a Dios por este Año que el Señor nos ha concedido por voluntad del sucesor de Pedro.

Por eso, no es extraño que el Señor nos proponga hoy, a través de la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, tres grandes tareas esenciales en nuestra vida.

Primera, nos ha dicho el Señor en la primera lectura: honrad mi nombre, que en este Año hemos aprendido que se honra siendo misericordiosos como el Padre, tal y como nos lo revela nuestro Señor Jesucristo. Es decir, honrar su nombre es acoger su misericordia y ser misericordiosos. Queridos hermanos y hermanas: tened la fuerza de dejaros iluminar, nos diría el Señor, con mi gracia y resplandor. Mi gracia es sol de justicia, pues esto es lo que da salud a los hombres.

Hermanos: os digo con toda verdad que para mí es el mensaje más contundente del Señor. Hay un paso que tenemos que dar, y en este Año Santo tanta gente ha dado: reconocernos necesitados de misericordia, de perdón. Y es que cuando reconocemos que somos pecadores sabemos y experimentamos que Jesús vino por nosotros, vino a salvar y no a condenar.

Mirad aquella parábola del fariseo y el publicano: si, como el fariseo, delante de Dios nos creemos justos, nunca, nunca conoceremos el corazón del Señor y no tendremos la alegría de sentir su misericordia. Pues qué fuerza tienen las palabras del publicano, que no se atrevía a levantar la vista y reconocía que era un pobre pecador. Qué difícil es, para quien está acostumbrado, como el fariseo, a decir: no soy como ese, y dejarse abrazar y perdonar por el Señor. Y es que, quien está acostumbrado a cuidar a los demás desde arriba, sintiéndose cómodo y considerándose bueno, justo y leal, no sabe honrar el nombre de Dios, que es misericordia.

En este Año de gracia, el Señor –hermanos- nos ha enseñado con su pedagogía a volver a Él, a dejarnos que el beso de la paz, el suyo, el del Señor, lo recibamos, nos abrace y nos diga Él: ni siquiera yo te condeno, vete y de ahora en adelante no peques más.

La segunda tarea que nos da el Señor hoy, a través de su palabra, es esta: entregaos al trabajo que salva. Nos lo decía hace un instante san Pablo. El apóstol nos invita a trabajar para ganarnos el pan y no ser carga para nadie. El apóstol observa que algunos viven sin trabajar, ocupados en no hacer nada. Entregarnos, queridos hermanos, a dar a conocer el carnet de identidad de Dios: ese es el trabajo que salva. Y ese carnet de identidad de Dios es la misericordia. Qué buenas son las palabras del apóstol Pablo: si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede renegar de sí mismo.

Hermanos: tú y yo podemos renegar de Dios, podemos pecar contra Él, pero Dios no puede renegar de sí mismo. Él permanece fiel. Misericordia y fidelidad van unidas. Por ello, la gran tarea que hemos de hacer para experimentar y hacer experimentar la salvación es dejarnos amar por el Señor, como lo hace Él: sin condiciones, acogiendo su misericordia y regalando ese amor que gratuitamente se nos ha dado. Hermanos: cambiemos la vida, cambiemos la historia, hagamos la revolución que cambia la vida y las relaciones entre los hombres, que no elimina, que no descarta, que no retira a nadie, que todos son integrados en mi vida y en mi corazón.

Puede venirnos bien escuchar el modo y la manera en que san Juan XXIII lo hizo. Nos decía así: «la esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia en lugar de empuñar las armas del rigor». El beato Pablo VI decía que el fundamento de su vida espiritual estaba en la síntesis propuesta por san Agustín: miseria y misericordia. Decía así el beato Pablo VI: «miseria mía, misericordia de Dios, que yo pueda al menos honrar a quien tú eres, el Dios de infinita bondad, invocando, aceptando, celebrando tu dulcísima misericordia».

Y san Juan Pablo II afirma, en la encíclica Dives in misericordia, que «la Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia—el más maravilloso atributo del Creador y del Redentor—y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia». Y también el papa emérito Benedicto XVI nos habló de esto en su magisterio cuando nos decía: «La misericordia es, en realidad, el núcleo central del mensaje evangélico; es el propio nombre de Dios, el rostro con que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del amor creador y redentor».

Queridos hermanos. ¿Cómo no nos va a recordar el Papa Francisco, después que sus anteriores papas, que todos o casi todos hemos conocido, cómo no nos va a recordar que nunca perdonamos demasiado? Que miremos y contemplemos al Señor, que acojamos el regalo de la confesión todos, y quienes somos sacerdotes vivamos este ministerio con pasión, que cuando alguien se acerque con las puertas cerradas seamos capaces de buscar una fisura, una rendija, una grieta para abrir esa puerta y poder dar el perdón, regalar el amor de Dios, la misericordia. Entreguémonos a este trabajo que salva.

Y, en tercer lugar, dad y mostrad a los hombres la belleza verdadera. La belleza con mayúscula, que es Jesucristo. Nos lo ha dicho el Evangelio que hemos proclamado, lo acabamos de escuchar. Frente a aquellos que ponderaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos, oigamos lo que Jesús nos dice: «No quedará piedra sobre piedra». Y es que el derribo material del templo es la expresión de que un mundo injusto, corrupto, de pecado, tiene que acabarse. Toda construcción de una vida fundamentada en lo exterior, en la apariencia y en lo superficial, se derrumbará. Cristo ha traído una nueva creación. No es restauración: es nueva creación. Y esa nueva creación tiene un nombre: misericordia.

Qué expresiones las del Señor en el Evangelio que acabamos de proclamar… «Cuidado, que nadie os engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre: soy yo». No equivoquemos el camino, no aceptemos –hermanos- ofertas engañosas que no aportan liberación. Con vuestra perseverancia, nos dice el Señor, salvaréis vuestras almas. Es decir: el amor vence siempre, la misericordia vence, la misericordia cura, sana. Perseverar es volver al Evangelio, es no repetir palabras vacías, es volver a quien es fuente de vida y alegría, es volver a la misericordia que es Cristo mismo.

El amor de Dios revelado en Cristo es tan curativo, queridos hermanos y hermanas. Qué fuerza tiene en la existencia humana sentirse sorprendido y asombrado por la misericordia de Dios. La misericordia existe si cada uno de nosotros queremos recibirla, hermanos. Tengamos la audacia, tengamos la valentía de volver a las fuentes de la misericordia y de la gracia, que es Cristo mismo. Pecadores, sí; corruptos, no. La corrupción es el pecado no reconocido y elevado a sistema que se convierte en costumbre y en una manera de vivir que no conoce la humildad. La corrupción no es un acto, es una condición. Sin embargo, el pecador sabe que no hay situaciones de las que no podamos salir, que Jesús siempre está dispuesto a darnos la mano para salir. Y es que la misericordia será siempre más grande que el pecado. De ahí la fuerza que, para nosotros y para este momento de la historia de los hombres, tiene precisamente la misericordia, hermanos.

Hemos vivido un año de gracia. Quizá la gran pregunta que en esta clausura el Señor nos hace a todos sea esta: ¿Estamos dispuestos, estáis dispuestos, a hacer de la misericordia, que es la viga maestra que sostiene la Iglesia, la acción pastoral de toda vuestra vida? Es decir, ¿que esté fraguada de misericordia y de ternura en el anuncio y el testimonio en medio del mundo? Digamos un sí claro a la justicia. Pero la Iglesia ofrece, en nombre de Cristo, vivir de una manera y con una meta más alta, más significativa, quiere ir más lejos de la justicia.

Descubramos que la primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo; de ese amor que llega hasta el perdón y el don de sí. La Iglesia se hace sierva y mediadora entre los hombres. Allí donde se haga presente ha de ser evidente que la Iglesia ofrece la misericordia del Padre: a todas las tareas, a todas las relaciones, a todos los planteamientos, a todas las acciones que lleve a cabo la Iglesia… Todo lo que vive, todo lo que hace, todo lo que dice, tiene que estar alcanzado por la misericordia. Este año de gracia así nos lo está pidiendo.

Hemos aprendido, en este año, que donde quiera que esté un cristiano, en las parroquias, en las comunidades, en la iglesia doméstica que es la familia cristiana, en las asociaciones y movimientos, donde estén los cristianos, los hombres tienen que encontrar siempre, en estos lugares, un oasis de misericordia. Y quienes se acerquen vean realizadas en la vida diaria estas realidades existenciales de las que Jesús nos habló y nos propuso vivir: no juzgar, no condenar, perdonar siempre, dar. La generosidad máxima: hasta la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas: el Señor, rostro de misericordia, una vez más se acerca a nosotros realmente en el misterio de la Eucaristía. Acojámosle. Hagamos verdad lo que, desde que soy obispo, en el lema episcopal, pongo: vivamos de Él, por Él, en Él y con Él.

Que así sea.

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