Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la archidiócesis de Santiago de Compostela

Homilía de
Mons. D. JULIÁN BARRIO BARRIO
Arzobispo metropolitano de Santiago de Compostela

barrrio13112016

S.I. Catedral Basílica de Santiago, Santiago de Compostela
Domingo 13 de noviembre de 2016

Queridos Capitulares
Sacerdotes, Diáconos, Religiosos y Laicos
Autoridades
Un recuerdo afectuoso a todos los peregrinos
Hermanos y hermanas en el Señor

“¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!, los humanos se acogen a la sombra de tus alas” Ps 35, 7). Al clausurar este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, no debemos callar cuando hemos visto la misericordia de Dios con nosotros, reconociendo que “el cristianismo es la sorpresa de un Dios que satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura”[1]. Muchas han sido las personas que han pasado por la Puerta de la Misericordia, acercándose al Señor para hablar con El en la celda interior de su alma y vivir la experiencia de su misericordia para ser misericordiosos como el Padre celestial, siendo testigos del amor misericordioso de Dios en la familia, en la sociedad, en el mundo de la cultura y en la profesión laboral. Este convencimiento nos lleva a proclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador, conscientes de que “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. Ahí estamos también nosotros incluidos.

En este atardecer proclamamos: ¡A Ti, oh Dios, te alabamos! Cuántas personas han experimentado que Dios es fiel y misericordioso a pesar de las infidelidades. “El Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). “Nuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seremos pobres en méritos, mientras él no lo sea en misericordia” (San Bernardo de Claraval), pudiendo decir con San Agustín: “Tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”.

¡A Ti, Señor, te confesamos! Confesamos a Cristo que siendo nosotros pecadores, entregó su vida para salvarnos porque “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene de someter a si todas las cosas” (Fil 3, 20-21). Cristo encarna y personifica la misericordia. ¡Verdaderamente cada gota del Evangelio contiene el océano de la misericordia! Testigos veraces de ella son entre otros el leproso curado (Mc. 1, 40-45), el publicano cobrador de impuestos (Mt. 9,9), la mujer que padecía flujos de sangre (Lc. 8, 43-48) o el paralítico al que le fueron perdonados sus pecados (Lc 5, 24).

¡A Ti, Señor, te damos gracias! La gratitud es finura espiritual y perfección en la caridad: “Vosotros como elegidos de Dios, santos y amados”, ¡sed agradecidos en todo!” (Col 3, 15). “Solo la esperanza de la plena comunión de nuestra vida con la vida de Dios sacia el deseo de nuestra alma y nos hace libres” Jesucristo resucitado es la razón de nuestra esperanza”[2]. La Puerta de la Misericordia como símbolo se ha cerrado pero queda siempre abierta la Puerta que es Cristo que nos llama a vivir en santidad y justicia todos los días de nuestra vida.

A Palabra de Deus proclamada esta tarde fainos mirar ao futuro da humanidade para manternos na  fe, confianza e perseveranza no ben. “Velaí chega o día: abrasará coma un forno, e os soberbios e tódolos que cometen a maldade serán palla. Si, o día chega e será a vosa queima”. Chegará o fin do mundo e, con el, o xuízo de Deus que poñerá cada cousa no seu lugar, segundo xustiza. “Estade atentos, para non vos extraviar. Porque han vir moitos no meu nome, dicindo: “Son eu”, e: “Está a chegar o momento”, pero non os sigades”. Non hai nada peor que a verdade deformada.

A Igrexa quere que pensemos na nosa salvación. Nunha sociedade como a nosa na que queremos xestionar todo tipo de seguridades ante calquera evento, o futuro preocúpanos porque ninguén é dono nin da historia nin dos acontecementos que a xestan e escriben. Pero isto non nos debe levar a vivir nunha permanente desazón, a non esperar nada nin a crer en ninguén. Jesús tranquilízanos fronte aos agoreiros que anuncian calamidades sen fin. Deus sabe ben o que fai. Nós habemos de estar ben preparados para sufrir por defender o Reino de Deus. Non nos faltan impostores que nos fan ofertas suxestivas. Por iso Jesús dinos: “Coidado con que ninguén vos engane, non vaiades tras eles”. Abramos ben os ollos para discernir o falso do auténtico e ver cal é a oferta de Deus, que en realidade é a que nos salva. No medio das incertezas humanas lembremos que “nin un pelo da nosa cabeza perderase”. Non sabemos nin o como nin o cando da hora de Deus pero si sabemos que o futuro de Deus para os que cren nel é a salvación plena e total. A nosa misión como cristiáns é encher o mundo de Deus, e contaxiar a esperanza, a serenidade e a confianza na salvación de Deus, asumindo a cruz de cada día, signo da autenticidade do noso obrar cristián. Non debemos cruzarnos de brazos, fomentar a falsa actitude da pasividade pensando que Deus resolverao todo. San Paulo advírtenos: “O que non queira traballar, que tampouco coma”. Traballemos tanto na Igrexa como no mundo, día e noite. “A mensaxe cristiá non aparta aos homes da edificación do mundo nin os leva a despreocuparse do ben alleo, senón que ao contrario, imponlles como deber facelo” (GS 34). Co salmista dicímoslle: “Alonga a túa misericordia aos que te recoñecen, a túa providencia aos rectos de corazón” (Sal 36, 11). Amén.


[1] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 4.

[2] CEE, La fidelidad…, 20.

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