Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la diócesis de Cádiz y Ceuta

Homilía de
Mons. D. RAFAEL ZORNOZA BOY
Obispo de Cádiz y Ceuta

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S.I. Catedral de la Santa Cruz, Cádiz
Domingo 13 de noviembre de 2016

Queridos hermanos, Pueblo Santo de Dios, Iglesia de Cristo:

Gracias, queridos amigos, por acudir a esta acción de gracias por el Año Jubilar de la Misericordia. Pero, como la puerta del amor compasivo de Dios no puede estar cerrada ni un solo segundo, no hablemos de “clausura”, pues de lo que no se puede prescindir es de la misericordia. Es verdad, se cierran las puertas de los templos jubilares, pero porque suponemos que, al fin de este año, en cada uno de nosotros se ha abierto otra puerta para que fluya la misericordia de Dios. Por ella debe venir al mundo el amor de Dios, para que la caridad, las obras de misericordia, la evangelización, lleve a cada uno de los que nos rodea al mismo Cristo, que con su perdón nos ha hecho salir al encuentro de los demás, después de destruir nuestros muros. En esta Eucaristía — la acción de gracias por excelencia– pidamos intensamente a Dios que no se levanten nuevas barreras de egoísmo, de odio, enemistad o antitestimonio que cierren al mundo las puertas de la salvación.

Sin duda ha hemos vivido unos meses fecundos que han empapado de la gracia de Dios y de su perdón a multitudes, y que ha estimulado un derroche de caridad a través de las obras de misericordia. Si, demos gracias a Dios, y al Santo Padre, el Papa Francisco que ha sido su promotor. Que el Señor le bendiga y le fortalezca en su misión. Gracias también a las delegaciones –como Cáritas, Emigrantes, Pastoral de Enfermos, Catequesis, etc.—que habéis asumido una mayor preocupación por promover las obras de misericordia.

Hemos escuchado al Señor en su Palabra. Esperamos siempre “el Día del Señor”. Esta expresión constituye una categoría profética con la que se anunciaba ya antes de Cristo ese momento definitivo en el que el mundo sería renovado por la paz y el triunfo de Dios. El mal presente en la historia hace siempre al creyente interrogarse por la presencia de Dios y sufre un tanto el escándalo de su aparente ausencia. También los profetas quisieron mover las conciencias para que no abandonasen la esperanza en Dios, que cumple sus promesas. Ciertamente, Jesús, prefiere ir al fondo y mostrarnos, a nosotros como a aquellos embobados por los prodigios humanos, en primer lugar, la caducidad del mundo, que ha de pasar. Nos pone gráficamente ante los ojos el fin del mundo y el acabamiento, aun de lo más portentoso, como lo era el espléndido templo de Jerusalén. Todo pasa, nos dice, pero Dios queda; todo se acabará, pero el Reino de Dios triunfa y pervivirá.

La historia humana, sin embargo, llena de dramas y contrariedades, ha sido salvada por la presencia en el mundo del Hijo de Dios que con su misericordia nos ha redimido. Su amor ha entrado ya en el mundo, se nos ha dado a conocer, y funda nuestra esperanza. Conocer y amar al Señor son ya las primicias de la vida eterna. No tiene sentido –dice Jesús– preocuparnos por el “cuándo” y el “cómo” del fin del mundo, pues es vana curiosidad, distracción inútil. Podría considerarse como una pérdida de tiempo más, de las muchas que el hombre contemporáneo se permite en su desorientación fatal, que le hace estar disipado en la existencia, afanosamente distraído y alejado de su felicidad por más que la busca desesperadamente.

“Con vuestra esperanza salvaréis vuestras almas”, dice el Señor. Nos quiere decir que estemos atentos a este tiempo pues, a pesar de todos los desastres que pasan, es tiempo de salvación. Lo es, en efecto, para quien ha conocido el amor que Dios nos tiene, pues ha enviado a su Hijo Jesucristo; lo es para quien ha encontrado en el perdón de Cristo una vida convertida, ha dejado atrás el pecado y la muerte y –unido a El—camina en una nueva existencia de bautizado, como discípulo que reproduce en su vida las mismas actitudes, criterios y virtudes del Señor; lo es para quien conoce el mandato de su amor, que está fundado en su entrega hasta la muerte, y profundiza en su fidelidad indestructible por nosotros, que es nuestra escuela de entrega de la vida; lo es para quien ha escuchado decir al Señor: “yo he vencido al mundo y al pecado”, “vuestra liberación está cerca”, “vivid en vela, anhelando el Día del Señor sin temor”; lo es para nosotros, sacerdotes y consagrados, que experimentamos una llamada de amor preferente y exigente, pero también el consuelo de un amor esponsal que colma de felicidad nuestro corazón, y que se abre –con amor desprendido de si mismo—a una entrega universal, a un servicio sin fronteras ni limitación; lo es para todos vosotros – queridos hermanos—acostumbrados a vivir con paciencia y a padecer, en vuestros trabajos, luchas, enfermedades, compromisos, convencidos de este amor de Dios que nos salva y nos hace embajadores de su compasión para los demás.

Para hacer de nuestro tiempo un tiempo de salvación Jesús nos enseña a hacer nuestro el sufrimiento del mundo, el dolor de los excluidos, la justicia de los descartados y humillados. El amor realista de Cristo –su misericordia– hace a los cristianos vivir sin evasiones alienantes, ni narcóticos que disuelven la vida para no sufrir, sino –como enseña San Pablo a los Tesalonicenses— trabajando con sosiego por los demás y para la edificación de nuestra sociedad. Sigamos viviendo, pues, la fuerza de la misericordia, cuya gracia nos ha inundado en este Año Jubilar. El amor de Dios es nuestra garantía para vivir transformando la realidad, sin olvidar que todas las contrariedades y aún las persecuciones –pues el bien sufre persecución– son ocasiones providenciales para dar testimonio.

El Día de la Iglesia Diocesana nos recuerda hoy que somos una familia, que es un termino sencillo pero de inmensa profundidad. Mucho más allá de hacernos conscientes de la necesidad de colaborar en nuestra misión, tan diversificada en las áreas de la vida, y de la responsabilidad de sostener económicamente entre todos sus grandes necesidades, es la oportunidad de reconocer, también en esto, la misericordia de Dios. Démosle gracias porque somos el Cuerpo de Cristo, amados infinitamente como Pueblo de Dios en la historia, invitados como Esposa por el Esposo Divino, a compartir su amor, que es siempre activo, entregado, redentor. Somos, como Iglesia, el mayor signo para el mundo de la misericordia de Dios, aunque sea controvertido.

Hermanos queridos: dejemos también que pase por nosotros la compasión de Dios y que nos purifique su perdón. No dejemos en mal lugar al Señor por nuestra falta de comunión, nuestro desafecto a la Iglesia o mal ejemplo. Demos al mundo el testimonio de ser Cristo prolongado en el tiempo, la Iglesia de Cristo que sigue acogiendo a todos, perdonando los pecados, salvando y santificando. Seamos en Cristo un puente que salva la distancia entre el cielo y la humanidad que peregrina en la tierra. Vivamos lo que ya somos, la familia de Dios, y hagamos juntos una diócesis capaz de acompañar a todos, viviendo un hogar de caridad fuerte e intenso, capaz de atraer a los alejados o escépticos, siempre fortalecidos para anunciar entusiasmados a Jesús, con obras y palabras. Oremos, pues, y trabajemos sin descanso por nuestras parroquias, por sus sacerdotes, religiosos, consagrados, seminaristas, matrimonios. Vivamos con fidelidad nuestra vocación edificándonos unos a otros con ejemplos de santidad y de caridad que acoja a todos, especialmente a los más débiles en la fe y a los necesitados, en lo material y en lo espiritual, sin excluir a nadie. Hemos de dar aún muchos pasos para que todo lo diocesano se haga particular o parroquial, y para expresar con fortaleza una unidad afectiva y efectiva, un verdadero espíritu de colaboración y entrega. Nuestras limosnas, nuestras espléndidas acciones a favor de los necesitados, nuestros esfuerzos de piedad, nuestras manifestaciones publicas de fe, nuestra indescriptible historia de santos, todo nuestro esplendido patrimonio cultural, con la belleza de sus obras de arte, toda nuestra cultura cristiana, se quedan en poco si no vivimos en unidad, sin la fortaleza de una familia unida que responde a los retos, sin nuestra respuesta unánime para mostrar juntos que Cristo esta vivo y que actúa en nosotros desbordando su misericordia a favor de los que nos rodean. Es cierto, con el Señor “Somos una gran familia… CONTIGO”. “Que nadie os engañe”, dice Jesús. Esta es también nuestra debilidad a la hora de transmitir la fe o de evangelizar. No nos dejemos encandilar por los espejismos del individualismo, los personalismos o comportamientos humanos que no son del Señor y que nos envuelven en los criterios del mundo. Solo la caridad y la eclesialidad nos libran del sinsentido de emanciparnos de Dios y hacen fuerte a la iglesia. Que el mal no sea un obstáculo sino solo la ocasión para que abunde el bien. Del viejo templo “no quedará piedra sobre piedra”, pero el nuevo, que es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, vivirá para siempre. Mostremos a todos el hogar de Dios para los hombres, cuyo amor no pasará nunca.

Hemos de recordar siempre la segunda venida de Cristo y permanecer vigilantes en oración a la espera de su retorno. Mientras la historia sigue su curso El nos llama a vivir en la fe y en el amor, confiados a su providencia. El guía la historia. Repitamos, como lo hace el salmista, “para mi lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio” (Sal 72,28), y vivamos siempre en vela, esto es, despiertos para amar en el Señor y trabajando sin pereza, como Iglesia unida, familia de Dios, evangelizando al mundo con su misericordia que nos salva, viviendo en esperanza. Anunciemos a todos con alegría: “levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28) , pues su misericordia es eterna. AMEN.

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