Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la diócesis de Jaca

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Jaca

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S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Domingo 13 de noviembre de 2016

HOM. 33 C. CLAUSURA AÑO DE LA MISERICORDIA

 

0) Estamos aproximándonos al final del año litúrgico y la palabra de Dios nos convoca a discernir sobre lo verdadero y falso, entre lo consistente y lo efímero de nuestra vida y nuestro comportamiento. Es importante saber caminar en la verdad. Y para nosotros, la verdad es Cristo. El año litúrgico es la formación de Cristo, y de su vida, en nosotros. Lo que en nosotros es Él, persiste. Lo que en nosotros no es Él, se desvanece.

1) La primera lectura es de Malaquías. A finales del siglo V antes de Cristo el pueblo vive una profunda crisis religiosa de desánimo y desconfianza, pues, ante el sufrimiento, las promesas divinas parecían no cumplirse. Y no se entendía el silencio de Dios en la historia. La apatía y el desinterés religioso llevaron a muchos al despego por el culto y al desencuentro entre el comportamiento y la ley. El profeta anuncia la llegada de un día en que Dios destruirá el mal e iluminará a los justos. Compara a los malvados y perversos con la paja, y afirma: “no quedará de ellos ni rama ni raíz”. Por el contrario, a los que honran el nombre del Señor, les asegura: “los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas”. Honran su nombre quienes toman en serio su voluntad, quienes se comprometen a ser constructores del Reino, constructores de la nueva civilización del amor, constructores de paz, testigos de fraternidad, portadores de perdón, testigos de la misericordia.

2) Jesús en el evangelio presenta la venida de los últimos tiempos en un lenguaje apocalíptico. Pretende suscitar atención para inculcar la perseverancia. La descripción del fin de Jerusalén, del templo y del mundo, sitúan ante lo que es verdaderamente importante y decisivo para la salvación: las actitudes internas del corazón. De todo lo demás, incluido el templo, no quedará piedra sobre piedra. El hombre vive la fascinación por lo eventual y temporal, e incluso muchos creyentes viven la seducción de lo accesorio y secundario. Se privilegian los medios y se descuidan los fines. Se olvida lo de dentro, el corazón, y se sobrevalora lo meramente exterior, las formas.

Los discípulos hablan extasiados ante la belleza del templo y de los exvotos. Al regresar del destierro de Babilonia, los judíos volvieron a reconstruir el Segundo Templo, en sustitución del antiguo templo de Salomón destruido por Nabucodonosor el año 586 antes de Cristo. Herodes el Grande, hacia el año veinte antes de Cristo, decidió ampliarlo y embellecerlo. Los trabajos de reconstrucción duraron varias décadas, hasta el año sesenta y tres después de Cristo, siete años antes de su destrucción total por los romanos. El templo fue construido con grandes bloques de piedra blanca. Estaba recubierto por planchas de oro puro. Cuando daba el sol, las gentes apartaban la vista para no quedar deslumbrados. Los peregrinos, conforme se acercaban a Jerusalén, divisaban el templo como una montaña coronada de nieve. Cuando Jesús dice a sus discípulos: “esto que contempláis, llegará un día en que no quede piedra sobre piedra; todo será destruido”, ellos se quedan perplejos. Y aquí radica precisamente lo que Jesús quiere resaltar. Cuando llegue Jesucristo, en su segunda y definitiva venida, quedaremos todos despojados de mediaciones: sólo permanecerán nuestras actitudes internas. En el juicio queda el hombre solo, despojado de todo, solo con sus obras e intenciones profundas, con el motivo real y sincero de sus actos.

Jesús afirma que los verdaderos creyentes encontrarán dificultades y persecuciones. Y anima a perseverar con constancia y fortaleza. Las palabras de Jesús son una firme exhortación a la vigilancia y perseverancia.

El juicio final pone al descubierto lo verdaderamente importante y lo accesorio. Se derrumba todo lo que no fue hecho con amor, humildad, paz y bondad. Sólo permanecen el amor, la misericordia, la humildad, la paz y la solidaridad. Hoy debemos empezar a demoler y a derribar lo que es falso, inseguro, poco transparente, escasamente relevante desde el punto de vista del evangelio. Y comenzar, hoy, a realizar algo que será salvado en el último día, algo que tiene vocación de eternidad.

3) Algunos de los cristianos del primer momento de la Iglesia, creyendo que Cristo venía de inmediato a juzgar al mundo, abandonaron sus tareas temporales, y ya no querían trabajar. Pablo, en su segunda carta a los Tesalonicenses, reacciona con fuerza. Primero se propone él mismo como modelo de trabajador. Pudiendo vivir a costa de los demás, prefirió trabajar para ganar con sus manos su propio sustento: “no viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie”.

Pablo es todavía más audaz: “El que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy preocupados en no hacer nada”. Los cristianos no hemos valorado debidamente la importancia que tienen los valores humanos para la confesión de la fe.

Cuando vuelva Cristo, deberá encontrarnos a cada uno de nosotros con las manos (no con la lengua) en acción. El mejor modo para ganarse la eternidad consiste en ganarse con honestidad y esfuerzo el pan que se come cada día en la vida de aquí abajo. La perspectiva del más allá no permite ninguna evasión de nuestros compromisos en la historia.

4) Celebramos hoy la Jornada de la Iglesia Diocesana con el lema “Somos una gran familia CONTIGO”. Gracias a la colaboración económica de todos, la Iglesia realiza una gran tarea al servicio de la sociedad, una labor de evangelización y de asistencia.

Para cumplir esta misión, la Iglesia necesita poner en acto la fuerza transformadora que le viene de Dios, pero necesita también recursos económicos. “Somos una gran familia CONTIGO” es algo más que un lema para celebrar el Día de la Iglesia Diocesana. Es un reconocimiento de nuestra realidad eclesial y una llamada a la responsabilidad de todos para integrar personas, valorar la común colaboración, compartir esfuerzos, y agradecer a cada uno su ser y su actividad.

Sin ti, la familia queda disminuida. Contigo, nos sentimos más capaces. Sin ti, hay todavía personas que no han conocido la Buena Noticia. Contigo, Jesucristo es conocido y amado. Sin ti, nuestra fe es más apagada. Contigo, nuestro testimonio es más luminoso. Sin ti, hay demasiadas sombras de desilusión a nuestro lado. Contigo, nuestra esperanza es más firme y más segura. Sin ti, nuestra capacidad de amar es menor. Contigo, el amor crece y se hace más constante.

La participación y ayuda económica de todos es fundamental. Juntos podemos hacer que la labor pastoral y socio-caritativa de la Iglesia siga creciendo con nuestra colaboración y nuestro donativo o con nuestra suscripción periódica. Muchas gracias por vuestra generosidad.

5) Al concluir el Año de la Misericordia damos gracias a Dios porque experimentamos su misericordia y nos sentimos invitados a ser “Misericordiosos como el Padre”, es decir, estamos llamados a vivir de la misericordia y a atraer a con misericordia a los no creyentes; estamos llamados a saciarnos de la misericordia de Dios, y simultáneamente, a ser instrumentos activos de esa misma misericordia; a caminar hacia Dios y a ayudar a los demás a que también ellos entren en el camino que conduce a la Vida.

El Papa Francisco convocó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia como “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (Misericordiae vultus, 3). Está siendo para todos un tiempo extraordinario de gracia y de renovación espiritual.

Escribió San Juan Pablo II: “La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia -el atributo más estupendo del Creador y del Redentor-  y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora” (Dives in misericordia, 15).

El Papa Francisco afirma: “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, (…). (…) el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” (Misericordiae vultus, 12).

El lema del Año Jubilar “Misericordiosos como el Padre” nos sitúa a la escucha de la Palabra de Dios. De este modo podemos recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. Así se nos concede contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.

Al final de nuestras vidas seremos juzgados sobre las obras de misericordia: “si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración a nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”” (Misericordiae vultus, 15).

“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe (…), para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor” (Misericordiae vultus, 24).

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