Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la archidiócesis de Zaragoza

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

jimenezzamora20112016

S.I. Catedral Basílica de Ntra. Sra. del Pilar, Zaragoza
Domingo 23 de octubre de 2016

CLAUSURA DEL AÑO DE LA MISERICORDIA
Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que culmina el año litúrgico y resume la historia de la salvación. La fiesta nos presenta a Cristo como centro del Cosmos y de la Historia: el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.

El prefacio de la Misa nos da la clave de interpretación de la realeza misteriosa de Cristo: “Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana, y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu Majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida; el reino de la santidad y la gracia; el reino de la justicia, el amor y la paz”.

El segundo libro de Samuel nos narra la elección de David como rey y pastor de Israel. El pueblo dijo: “somos hueso tuyo y carne tuya”. David reúne y conduce al pueblo (1ª lectura). David anticipa y encarna la figura de Cristo que en el misterio de la cruz reúne a toda la humanidad y la guía a la salvación (Evangelio). Su reino no se fundamenta en el poder, sino en la debilidad, reconciliando la tierra con el cielo, a Dios con los hombres, haciendo la paz por la sangre de su cruz (2ª lectura).

Clausura del Año de la Misericordia

En comunión con el Papa Francisco, que ha clausurado esta mañana en la Basílica de San Pedro en Roma el Año Jubilar de la Misericordia, lo clausuramos también nosotros, hoy, en nuestra Catedral Basílica del Pilar.

El Año de la Misericordia tiene un digno final y broche de oro, en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, porque la realeza de Jesucristo se manifiesta principalmente en la cruz, misterio de amor y de misericordia. El crucificado es el Rey de los judíos. “Vexilla regis prodeunt”, cantamos en un himno litúrgico: “las insignias del rey avanzan; refulge el misterio de la cruz, en que la Vida padeció la muerte y con su muerte nos dio la vida”. En la cruz levantada sobre el Calvario se manifiesta el corazón eterno de Dios, ya que el Padre en su Hijo Jesús “nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Jesús reina desde un madero, el “madero de la cruz”. Dios reina desde la cruz con su amor.

El Año de la Misericordia
y nuestro Plan Diocesano de Pastoral

Durante este Jubileo extraordinario hemos podido experimentar la gracia y la misericordia. Providencialmente estrenábamos nuestro Plan Diocesano de Pastoral, fruto de un trabajo de comunión y participación de todos, cuando el Papa había convocado el Año de la Misericordia. Ambos acontecimientos eclesiales se han fecundado y complementado mutuamente. El Año de la Misericordia no ha sido un duplicado, que nos haya distraído de nuestra atención pastoral, sino una convergencia enriquecedora.

Nuestra Diócesis de Zaragoza, en el Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020 ha optado por una Iglesia que anuncia el Evangelio. Una Iglesia misericordiosa, servidora y pobre. Una Iglesia en salida y  conversión. Recuerdo ahora algunos párrafos de nuestro Plan Diocesano: “La misericordia cualifica la sacramentalidad de la Iglesia. La Iglesia, podemos decir parafraseando a San Juan Pablo II, está llamada a ser transparencia del rostro misericordioso de Cristo, a poner compasión en el centro de su vida y de su actuación. Es la gran herencia de Jesús: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Pero, antes, hemos de rescatar la compasión y la misericordia de una concepción excesivamente sentimental y moralizante, para convertirla en el gran principio de actuación de la Iglesia que la impulsa a comprometerse con los más pobres en la construcción de un mundo más justo y mejor. Mientras los poderosos tienen en cuenta todo menos el sufrimiento del pueblo, la Iglesia está urgida a recuperar y patentizar el clamor. “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas las fuerzas” (EG 188). “Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (EG 24). El Papa Francisco habla de comunidades samaritanas, verdaderos hospitales de campaña, capaces de salir a las periferias del dolor para sanar las heridas, curar, dar calor…” (cfr. Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, página 35).

Cristo es la puerta que permanece abierta

La puerta del Año de la Misericordia como símbolo queda cerrada, pero la verdadera puerta, que es Cristo, permanece abierta siempre. El Año de la Misericordia no es un punto y final, sino un punto y seguido. Por eso hemos de seguir siendo “misericordiosos como el Padre”, practicando siempre la misericordia. Esto supone ser una Iglesia misericordiosa.

Os brindo tres compromisos, en convergencia con nuestra Programación Pastoral Diocesana: abrir los ojos al sufrimiento de los pobres; trabajar por la justicia; practicar las obras de misericordia.

1. Tendremos que abrir los ojos al sufrimiento de los pobres y escuchar sus gritos. La misericordia nos hace salir de la cárcel de nuestro egoísmo, de superar la autoreferencialidad, de vivir encerrados en nuestros propios intereses y buscar lo que es bueno no sólo para nosotros, sino para los otros, para la comunidad en la que vivimos y cuyo presente y futuro compartimos.

2. Tendremos que seguir trabajando por la justicia y por transformar las estructuras que generan pobreza. El mundo necesita justicia, pero también necesita caridad y misericordia. La caridad es la plenitud de la justicia. Quien ama con caridad y misericordia a los demás es, ante todo, justo con ellos. “Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad” (GS 72).

3. Tendremos que practicar las obras de misericordia corporales y espirituales, y promover el desarrollo integral. Caridad no es sólo entregar una limosna al pobre mientras nos negamos a mirar su rostro, porque no somos capaces de darle la mano ni de mirarle a los ojos. La caridad pasa por correr el riesgo del encuentro con el humillado y vencido por la vida, y tener la valentía de acogerlo y acompañarlo en el camino de su propio desarrollo y dignidad.

A la Virgen del Pilar hemos confiado los frutos del Año de la Misericordia y seguimos pidiendo su intercesión para la aplicación de la Programación Pastoral Diocesana 2016-2017, para ser una Iglesia en salida y conversión.

Que en esta Eucaristía encontremos la fuerza necesaria para andar el camino. Amén.

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