Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la diócesis de Albacete

Homilía de
Mons. D. CIRIACO BENAVENTE MATEOS
Obispo de Albacete

3233

S.I. Catedral de San Juan Bautista, Albacete
Domingo 20 de noviembre de 2016

Queridos hermanos:

Muchos de vosotros recordáis cómo, hace un año, abríamos solemnemente la Puerta Santa o Puerta del Perdón  en nuestra catedral. En nuestra peregrinación a la catedral nos precedía el libro de los Evangelios, como expresión de que Cristo camina con nosotros, que somos sus discípulos, que Él va delante. La Palabra de Dios es luz y guía para los seguidores.    

La Puerta Santa nos recordaba a Cristo mismo que nos dice en el Evangelio: “En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pastos” ( Jn 10 ,7-10). La puerta remite también a la puerta del corazón misericordioso de Dios, desvelado en el costado abierto de Cristo en la cruz ( cf. Jn. 19,34)

La puerta de entrada en la Iglesia, comunidad de Jesús, es el sacramento del Bautismo. Entrar por la Puerta Santa de nuestra catedral nos obliga a pasar por la capilla bautismal. ¡Qué significativo también este simbolismo! Con la bendición y aspersión del agua hemos hecho memoria viva de nuestro bautismo, por el que nos convertimos en hijos de Dios, miembros del cuerpo de Cristo: “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios ( cf 1 Pe 2, 9).

Luego, aquí, en esta misma mesa teníamos la celebración de la Eucaristía. El Señor quiso perpetuar la entrega de su vida y de su muerte en el misterio eucarístico. En la Eucaristía acogemos la misericordia (“se entregó por nosotros”), nos alimentamos del pan de la misericordia (“tomad y comed, esto es mi Cuerpo ) y aprendemos a hacernos pan partido de misericordia para nuestros hermanos (“haced esto en memoria mía”). Por eso, la Eucaristía, es fuente de la misericordia.

En la Eucaristía, el Padre sale al encuentro de todos los que le buscamos con sincero corazón, nos ofrece su alianza en la sangre de Cristo, y nos hace pregustar la vida eterna de su Reino , donde, “junto con toda la creación, libre ya del pecado  y de  la muerte, le glorificaremos” .

Hoy nos juntamos para  celebrar la clausura del Año Jubilar. Es hora de dar gracias a Dios por los dones recibidos  a lo largo de este Jubileo.  Yo espero que hayamos  descubierto   con  nueva  luz  y con más intensidad  quién es nuestro Dios.  Que lo hayamos descubierto mirando a  Nuestro Señor Jesucristo,  contemplando  en su rostro  el rostro de  Padre  que en Él se revela, y que es el  rostro  de la misericordia.

Es hora  de  preguntarnos también qué poso  ha dejado en nosotros y en nuestra  Iglesia  este Jubileo.  Espero  que en este año  hayamos experimentado   nosotros mismos  el amor misericordioso  de Dios Padre y. como consecuencia, que hayamos  aprendido a ser más misericordiosos. Preguntémonos en  qué hemos cambiado, qué tipo de  comunidades o parroquias  hemos alumbrado.

Poner la misericordia en el centro  de la vida y de la misión de la Iglesia  y de todo sus miembros, pastores y fieles,  ha sido el gran objetivo  de este tiempo de gracia que  el Señor, a través del Papa Francisco,  nos ha donado a todos.

Imposible  contabilizar  el número de personas  que han acudido al sacramento de  la misericordia  -alma del Año Santo-. Han sido muchos los actos realizados  en  la diócesis, en los arciprestazgos, en  las parroquias y en los institutos de vida  consagrada.  Recordamos con especial gratitud  el Encuentro diocesano  de la Misericordia en los primeros días de Abril, en que  tuvieron  un especial protagonismo  las  instituciones diocesanas que trabajan directamente al servicio de los  más pobres, que nos contaron  sus actividades y proyectos; el viacrucis  de subida al  santuario de Ntra. Sra.  de Cortes;  la numerosa presencia de diocesanos en  el Congreso Nacional  de la Divina Misericordia.  Las  distintas Jornadas diocesanas: la de migraciones, en enero; la de  Manos Unidas en febrero; la jornada pro vida, en marzo;  la jornada de la Enseñanza;  la del enfermo  en abril; el día nacional de Caridad, en junio ; la jornada del Domund  en  octubre…han sido  invitación interpelante a  acoger, a compartir,  a defender, a abrir las manos y el corazón, a hacer realidad  las obras de misericordia, las  corporales y la espirituales.

Y, por citar  alguna de las realizaciones  de orden social, llevadas a cabo en este año,  liderado  por la delegación diocesana de misiones  se ha cumplido el gesto solidario diocesano  de  construir  un gran salón de actos para  los colegios  San Pablo  de Gokwe, la diócesis que preside  nuestro hermano D. Ángel Floro, en  Zimbabwe ( Africa)

La  misericordia  no es una devoción  intimista y piadosa; no se reduce a un sentimiento de compasión sin obras de misericordia;  tampoco tiene que ver nada con posibles formas de  paternalismo humillante o  de compasión superficial que no analiza las causas del sufrimiento.

Para hacer la evaluación es bueno recordar  el lema completo  del  Año Jubilar : “Sed  misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso  con vosotros”. Eso quiere   decir que la misericordia  es ante todo  un don que se acoge:  “Él nos amó primero”. Pero un don, que si es acogido de verdad, nos  lleva a hacernos don  para los demás.  El Año de la misericordia, nos dijo el Papa Francisco   es  para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23); para percibir el calor de su amor cuando nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a la casa del Padre;  para ser tocados por el Señor Jesús y transformados por su misericordia, para convertirnos también nosotros en testigos de misericordia.  Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (MV 12)

El Papa Francisco quería  que en el centro del Jubileo esté el sacramento de la Penitencia. ¿Hemos sido  los confesores  verdaderos signo   de la misericordia del Padre?  ¿Nos ha  ayudado  este año a  crecer en   entrañas de misericordia  al administrar el sacramento de la reconciliación; .. en la  forma de  acoger,   de escuchar, de aconsejar, de absolver?

Misericordia   significa, ante todo,  curar heridas.” dice el Papa.  Los Santos Padres  vieron a Jesús como el Buen Samaritano  para esta humanidad herida.  Y Él  ha querido que su Iglesia  sea iglesia samaritana, que sea  posada  y posaderos, que se hace  cargo  del herido hasta su vuelta. En este sentido  nos dice el Papa “Al final  de los tiempos, será admitido  a contemplar la carne glorificada  de Cristo sólo  el que  no se haya avergonzado  de su hermano herido y excluido

Queridos  diocesanos: Cerramos el año jubilar, se acabó la procesión,  pero la procesión ha de seguir por dentro. se cierra el año jubilar, pero sigue abierta la puerta de la misericordia: “ Porque es eterna su misericordia” .

La Diócesis  os invita ahora a entrar en  la misión ,que inauguraremos en la Vigila de la Inmaculada.  Dice el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón  y la vida entera  de los que  se encuentran  con Jesús . En esta exhortación, quiero dirigirme a los fieles  cristianos  para invitarlos a una nueva etapa  evangelizadora marcada por la alegría,   e indicar caminos  para la marcha  de la Iglesia  en los próximos años”. Y en el  Programa pastoral de la Conferencia leemos :  «Deseamos aprender a vivir como una Iglesia «en salida” que sale realmente de sí misma para ir al encuentro de los que  se fueron o de los que nunca han venido y mostrarles el amor  misericordioso revelado en Jesucristo. «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es alegría misionera».»

Los llamo para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”.  Vamos a dedicar un primer año a prepararnos para esta salida, porque para  proclamar de manera  fecunda  la Palabra del Evangelio   es necesario, ante todo, que se haga una profunda experiencia de seguimiento de Cristo,  de discipulado.  Discípulo es  el que está con su maestro, aprende de  él,  lo conoce,  lo ama, lo imita, ve cómo ora,  cómo es su relación con el  Padre, cuál  es su  cercanía a los que sufren;  discípulo  es el que es  testigo  de su muerte y de su resurrección. Esa es la experiencia en la que ahora os invitamos a  entrar

Damos gracias  a la Sma. Virgen porque sabemos que su ayudada  ha estado muy presente en el Año jubilar  que hoy clausuramos. La pedimos su ayuda  para la Misión diocesana que, en la Vigilia de la Inmaculada;  inauguraremos. Amen.

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