Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

Homilía de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

(S.I. Catedral, 20-XI-2016)

“Reconciliartodas las cosas… por la sangre de su cruz”

            2 Sam 5,1-3; Sal 121            Col 1,12-20            Lc 23,35-43

“Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz” (Col 1,12). Esta invitación a la acción de gracias de la lectura del apóstol expresa muy oportunamente la alegría de esta solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, cuando concluye un año litúrgico que ha estado presidido por la evocación constante de la misericordia divina en el Año Jubilar que el papa Francisco ha clausurado esta misma mañana. Y la alegría por la ordenación de presbítero de un alumno de nuestro Seminario de San Froilán. Ambos motivos nos invitan a dirigir la mirada agradecida hacia Cristo, el Señor de la historia, el Mesías de Dios, el Elegido por antonomasia, para ofrecerle el obsequio de nuestra obediencia y amor. Con esa alegría hemos venido esta tarde a la catedral, “a la casa del Señor”, en palabras del salmo responsorial (cf. Sal 122 [121], 1).

1. La figura del Reypastor encarnada en Jesucristo

Ha sido el Señor quien nos ha convocado, Jesucristo el “Sacerdote eterno y Rey del Universo” (prefacio). Debemos reconocerlo y agradecerlo. La primera lectura nos mostraba la figura de David en el momento en que fue proclamado rey de todas las tribus de Israel después de la muerte de Saúl que había sido rey tan solo de la tribu de Judá. Después fueron todas las tribus, descendientes de Jacob, las que reconocieron a David, convertido en rey de Israel. Aquel acontecimiento tuvo un carácter profético, de anuncio de un Rey universal que habría de superar todas las expectativas. Ese rey es Jesucristo, el “hijo de David”, el descendiente anunciado primeramente por el profeta Natán (cf. 2 Sam 7,8-16) y, en la plenitud de los tiempos, por el ángel Gabriel a María cuando le dijo: Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).

Ahora bien, aunque Jesús descendía de David desde el punto de vista legal -y en esto coinciden Mateo y Lucas, los evangelistas de la infancia de Jesús al referirse a San José, el esposo de María (cf. Mt 1, 20; Lc 1,27)-, sin embargo los evangelios no sitúan en el primer plano el poder o la autoridad que debería corresponder a un descendiente de la casa real de Israel, sino la condición primera de David, es decir, el haber sido pastor, carácter que el mismo Jesús se atribuyó también (cf. Jn 10,11-18). Pero Jesucristo es también rey, y así lo reconoció ante Pilatos cuando este le preguntó si era rey: “Tú lo dices -le contestó- soy rey” (Jn 18,37a). Un rey-pastor de su pueblo, al que cuida con amor y alimenta caminando delante de él como hace todo pastor digno de este nombre, de manera que las ovejas lo siguen porque conocen su voz (cf. Jn 10,1-5).

Querido Jorge: el ministerio del presbiterado te va a hacer partícipe de esta función pastoral de Cristo. El sacramento del Orden que vas a recibir en el grado de presbítero, te convierte, a imagen del Buen Pastor, en servidor del pueblo cristiano. Vas a participar en la misión de aquel que te ha elegido y llamado para que le imites como servidor suyo y dispensador de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4,1). Ten presente siempre esta condición y procura asimilar y poner en práctica la caridad pastoral, virtud que consiste, ante todo, en la donación total de uno mismo para la salvación de los hombres a ejemplo de nuestro Señor y Maestro[1], como se manifiesta en el evangelio que se ha proclamado.

2. Un Rey que reina desde la cruz

En efecto, el evangelio de hoy nos ha mostrado de qué manera Jesús se convirtió en rey. No fue como resultado de una victoria o de un triunfo personal sino como consecuencia de un gran sufrimiento aceptado voluntariamente para salvar a los hombres. El evangelista alude a los jefes del pueblo que se burlaban de él diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido” (Lc 23,35b). Sin embargo Jesús aceptó el perder su vida de un modo terrible y cruento a fin de redimir a la humanidad. El que había sanado antes a muchos enfermos, el que ofrecía a todos bondad y consuelo, e incluso el perdón de los pecados, fue increpado cruel y burdamente cuando estaba en la cruz. En sus gestos y milagros había procurado siempre la salud integral del hombre, es decir, la curación de todos sus males, los del cuerpo y los del espíritu. Pero lo verdaderamente extraordinario y sorprendente es que la salvación tuviera que lograrse, porque así sucedió de hecho, mediante el sufrimiento y la aceptación de la muerte como expiación por los pecados. ¿Qué clase de reinado es este en el que el Rey manifiesta su poderío aceptando la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8)? El apóstol san Pablo, ante este hecho, llegó a exclamar asombrado: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero?” (Rom 11,33-34).

Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo(Lc 23,37), le gritaban los soldados. Incluso uno de los malhechores le dijo también: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (23,39). El otro, sin embargo, pareció haber entendido que Jesús entraría en su reino por medio de la cruz. Acaso ¿no era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”,como el mismo Señor comentará a los discípulos de Emaús el día de la resurrección (cf. Lc 24,25ss.). Por eso, aquel pobre condenado, en lugar de insultar a Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (23,42). Es posible que tuviera ya una cierta idea acerca del reino de Dios. De todos modos, estando al lado de Jesús, a quien el pueblo había aclamado como Mesías-Rey en la entrada en Jerusalén (cf. Lc 19,36ss. y par.), percibió un destello de luz y, en el fondo, de fe que le movió a dirigir a Jesús esa súplica. Y el Señor le respondió de una manera conmovedora: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso(23,43).

Amigo Jorge y queridos hermanos en el sacerdocio: Nunca comprenderemos del todo el misterio de la cruz, en el que Jesucristo manifestó su verdadera realeza y poder. Y sin embargo somos consagrados ministros de ese misterio de amor y de sacrificio. El mismo Jesús estableció el criterio para reconocer el mayor amor que puede existir. Fue cuando dijo a sus discípulos en la última cena: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,13-14a). Todos los bautizados, pero especialmente los que hemos sido consagrados por el sacramento del Orden, somos depositarios de ese amor, el “más grande” y verdadero, no para guardarlo para nosotros sino para compartirlo, avalarlo y testimoniarlo con nuestra propia actitud y ministerio en beneficio de los fieles que nos han sido confiados, aunque es un amor abierto también a todos los hombres. Ese amor, como gracia y fruto del sacramento del Orden, tiene un nombre. Se llama “amor pastoral” o amor de Cristo, el Buen Pastor que “da la vida por las ovejas” (Jn 10,11), el amor “hasta el extremo” al que se refiere san Juan en el relato de la última Cena (Jn 13,1) y que tiene un eco perfecto en san Pablo cuando afirma: con sumo gusto me gastaré y desgastaré yo mismo por vosotros” (2 Cor 12,15).

3. Al servicio del Reino de Cristo

Estas actitudes pastorales, asumidas y puestas en práctica por quienes hemos sido llamados y consagrados para el ministerio sacerdotal, son un verdadero signo y garantía de la presencia del reino de Cristo en nuestra sociedad y en el mundo. Lo sugiere la segunda lectura al reproducir el himno cristológico de la Carta a los Colosenses (cf. 1,15ss.), para ayudarnos a percibir la auténtica dimensión o alcance de ese reinado. El autor reconoce, ante todo, que este reino trae la liberación del poder de las tinieblas. Por eso dice: “(Dios) nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1,13-14). De este modo, la realeza de Cristo alcanza “a toda criatura” y a todas las cosas, “celestes y terrestres”, y se manifiesta no solo en la creación (cf. 1,16) sino también y muy especialmente en la reconciliación de “todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (1,20).

Queridos hermanos: Esta es la gran paradoja del reinado de Cristo, de quien está como Verbo eterno del Padre en el origen y en el final de todo cuanto existe como el alfa y la omega (cf. Ap 1,8; 21,6; 22,13). Este reino, sin embargo, no se manifiesta de modo llamativo sino más bien sin hacer ruido ni llamar la atención. Tampoco es ejercido mediante la violencia ni con la fuerza sino mediante el amor en los corazones y, a través de ellos, en toda la historia. En este sentido Cristo nos convoca a todos a trabajar por la extensión de su reinado “de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz” (prefacio). En una palabra, un reinado caracterizado por una permanente manifestación de la misericordia, pues como ha recordado esta misma mañana el papa Francisco: Hemos sido investidos de misericordia, para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también nosotros instrumentos de misericordia”.


[1] Cf. PO 15; Congr. para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Ed. de 2013, nn. 2, 9, 14, 54, etc.

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