Celebración conclusiva del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en la archidiócesis de Mérida-Badajoz

Homilía de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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S.I. Catedral de San Juan Bautista, Badajoz
Sábado 26 de noviembre de 2016

Queridos fieles:

No puedo ocultar la alegría desbordante de mi corazón en este día tan especial para nuestra Iglesia de Mérida-Badajoz. Celebramos la clausura del Año Jubilar de la Misericordia, poniendo también ante nuestros ojos estas dos figuras excelentes, extraordinarias de nuestro presbiterio diocesano. Ha sido, como dice el Papa Francisco, “un tiempo rico de misericordia, que pide ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades”.

Estoy seguro que todos, con más o menos intensidad, hemos sido tocados por la gracia del Espíritu Santo que nos invitaba, una y otra vez, a una verdadera conversión personal y misionera. Todos, de una u otra forma, hemos sentido cercano el rostro de Dios durante este año, el rostro de Dios “rico en misericordia”. A nuestro corazón han llegado mensajes que nos han removido, pero sobre todo estos testimonios concretos y visibles de la misericordia de Dios que son don Rafael y don Luis.

Misericordia es el nombre de Dios, la Misericordia de Dios transforma y hace nuevas todas las cosas. Como nos han invitado las lecturas de hoy, damos gracias a Dios por este año de Gracia.

Quiero agradecer de modo particular y especial a todos los sacerdotes aquí presentes y a todos los sacerdotes de la Archidiócesis por todo el trabajo que habéis realizado como instrumentos vivos de la Misericordia de Dios, todas las confesiones, todas las peregrinaciones, todos los esfuerzos que habéis realizado para que este año fuera fructífero y provechoso para tantos fieles de nuestra Archidiócesis. Os lo agradezco de todo corazón delante de toda la Asamblea y de toda la Archidiócesis. Sois vosotros, sacerdotes, los que lleváis el peso de esta Misericordia de Dios, para que esta Misericordia de Dios pueda llegar a todos los fieles.

La clausura del Año jubilar no clausura la misericordia, como nos decía el Santo Padre el domingo pasado, porque “la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre”, decía el Papa.

A esto nos invita el Santo Padre, a recorrer ese camino, porque ahora “es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la “conversión pastoral”, que estamos llamados a vivir en los próximos años del Plan Pastoral Diocesano se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la Misericordia de Dios.

En este camino de misericordia, que ha de recorrer nuestra Iglesia Diocesana, nos preceden estos dos sacerdotes, según el Corazón de Dios, don Rafael y don Luis que han sido Testigos y Servidores de la Misericordia durante toda su vida y ahora son, para nosotros, una referencia gozosa y agradecida. Durante este Año de la Misericordia hemos tenido la dicha de que fueran declarados venerables por el Papa Francisco; don Rafael el pasado 8 de julio y don Luis el 11 de octubre. Son un modelo para todos para nosotros, para los sacerdotes especialmente, pero también para todos los fieles. Don Rafael a través del cuidado a los enfermos del Hospital Provincial, y don Luis que nos dejó el legado de mujeres consagradas en el Instituto Secular Hogar de Nazaret, que este fontanés fundara en Ribera del Fresno en la Navidad del año 1935 y que llega hasta nuestros días con la actualidad propia del Evangelio hecho vida, como vemos en sus instituciones. Ambos fueron amigos y se ayudaron mutuamente, vivieron la fraternidad sacerdotal y la amistad y sabemos cómo don Luis impartió la unción de enfermos a don Rafael.

Son dos testigos para nuestra Iglesia Diocesana, que nos han dejado un ejemplo maravilloso. En primer lugar nos han dejado un ejemplo de oración, esa roca inconmovible de nuestra vida. Si rezamos, si hacemos oración, si estamos con Dios, nada nos puede vencer, nada nos puede fallar, sabemos que la oración es como una roca inconmovible, dicen los salmos.

Junto al Sagrario don Rafael y don Luis hablaban y escuchaban a Jesús, al Maestro, que cada día cautivaba sus corazones.

Es muy elocuente que el Papa Francisco, al cerrar el año de la Misericordia, nos insista en lo mismo: “Dios sigue hablando hoy -dice el Papa- con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros, para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía”.

En segundo lugar, nuestros dos sacerdotes venerables manifestaban, en su ministerio, la oferta continua del perdón. ¡Cuantas horas de confesionario!, ¡a cuántas personas llevaron el perdón de Dios, el único que puede traer la paz a los corazones!, ¡cuántos testimonios de paz, recibida a través de las manos consagradas de estos dos sacerdotes diocesanos!

Es el Papa Francisco, en la Clausura de este Año Santo quien ha escrito que “la celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento de la Reconciliación. Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos la gracia de ser sus hijos”.

En la carta apostólica Misericordia et misera, con palabras de San Agustín, que nos ha regalado el Santo Padre en la clausura del Año de la Misericordia, se dirige con gran cariño a los sacerdotes y les dice: “renuevo la invitación a prepararse con mucho empeño para el ministerio de la Confesión, que es una verdadera misión sacerdotal. Os agradezco de corazón vuestro servicio y os pido que seáis acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios”.

E insiste todavía: “El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente, se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón”.

En tercer lugar, y por último, nuestros dos queridos sacerdotes eran expertos en consolar, en acoger, en ofrecer con abundantes hechos un amor tierno para los más desheredados, para los más débiles. Nadie duda de esas entrañas de padre y madre que tenían, especialmente para los más necesitados. No sólo fueron testigos, sino verdaderos servidores de la Misericordia del Buen Dios.

Es nuevamente el Papa quien señala nuestro futuro caminar, cuando afirma que la misericordia de Dios: “se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción. Enjugar las lágrimas es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados.

Todos tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión. ¡Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia!; ¡cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono!; ¡cuánta amargura ante la muerte de los seres queridos! Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas. Una palabra que da ánimo, un abrazo que te hace sentir comprendido, una sonrisa, una caricia que hace percibir el amor, una oración que permite ser más fuerte…, son todas expresiones de la cercanía de Dios a través del consuelo ofrecido a nuestras hermanas y hermanos.

Es apasionante el camino a seguir: Camino de misericordia, apoyado en un amor que se fragua en la oración, que se renueva recibiendo y ofreciendo perdón y que se manifiesta en la cercanía y el consuelo.

El Papa Francisco termina su carta diciéndonos que nos volvamos hacia María: “Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor de Dios. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios.

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